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  • ¿Quién es Andy Burnham, el hombre que podría ser el próximo primer ministro del Reino Unido?

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    Carismático y de un optimismo desenfadado, Burnham es todo lo contrario a Keir Starmer. Sus aliados esperan que pueda mejorar la relación del Partido Laborista con los votantes.

    Andy Burnham se ha presentado dos veces sin éxito a la dirigencia del Partido Laborista, que actualmente gobierna el Reino Unido. Ahora, su contundente victoria en unas elecciones parlamentarias especiales lo pone al alcance no solo de ese objetivo, sino también de entrar en Downing Street como primer ministro.

    Burnham, un comunicador nato conocido por su afabilidad y carisma, lleva nueve años como alcalde del Gran Mánchester, donde se ha labrado una imagen de optimismo, activismo y esa forma de hablar sincera y sin rodeos tan típica del norte de Inglaterra.

    Con un escaño en el Parlamento en representación de Makerfield, en el noroeste de Inglaterra, Burnham necesitará el apoyo de 80 legisladores laboristas para presentar una candidatura a la dirigencia del partido frente al impopular primer ministro del país, Keir Starmer.

    Sus seguidores ven a Burnham –que en Manchester se ganó el apodo de “rey del Norte” por defender la zona durante la pandemia de la COVID-19– como el posible salvador del Partido Laborista frente al partido populista de derecha Reform UK, liderado por Nigel Farage. Los críticos describen a Burnham como un camaleón político que se enfrentaría a las mismas limitaciones económicas que han lastrado al deslucido gobierno de Starmer, y al mismo electorado inquieto e impaciente.

    Sea como sea, sería un líder muy diferente al que quiere sustituir.

    “Es simplemente optimista y alegre, y parece que disfruta siendo político”, dijo John McTernan, asesor de Tony Blair cuando este era primer ministro y alguien que conoce a Burnham desde sus días como investigador para un legislador en el sur de Londres. “Los líderes o te inspiran, o te desaniman un poco”, añadió McTernan, y señaló que ha habido varios primeros ministros recientes “que en realidad no parecían disfrutarlo”, incluido Starmer.

    Burnham nació en Liverpool en 1970; su padre era ingeniero de telecomunicaciones y su madre, recepcionista en un consultorio médico. Creció en Culcheth, un pueblo en Cheshire no muy lejos de Makerfield. De ascendencia irlandesa, estudió en colegios públicos católicos y ha hablado de su catolicismo, incluyendo su encuentro con el papa Francisco en 2023.

    “Mi madre estaba conmigo y, aunque no soy católico en el sentido estricto de la palabra, sentí la atracción magnética del Vaticano”, dijo, y comparó su fe con su devoción de toda la vida por el club de fútbol Everton. Si dejas de ir a los partidos, añadió, “sigues siendo del Everton; puedes dejar de ir a la iglesia, pero sigues siendo católico”.

    Burnham consiguió una plaza para estudiar lengua inglesa en la Universidad de Cambridge y, tras graduarse, siguió un camino habitual hacia la prominencia política: primero como investigador de Tessa Jowell, una legisladora del sur de Londres, y luego como asesor del entonces secretario de Cultura, Chris Smith.

    Durante su estancia en Cambridge conoció a Marie-France Van Heel, quien nació en los Países Bajos; más tarde se casaron y tuvieron tres hijos.

    “Cuando mi esposa quedó embarazada, la verdad es que no habíamos planeado tener hijos en ese momento porque yo consideraba que la estabilidad era importante. Nos casamos en octubre de 2000, cuando Jimmy tenía 8 meses y yo estaba en plena lucha por conseguir la candidatura”, dijo Burnham a The Guardian en 2009, en referencia a sus esfuerzos por presentarse al Parlamento.

    Tras ser elegido en 2001, en representación de Leigh, un distrito del norte cercano al lugar donde se crió, se convirtió en viceministro en el gobierno del Nuevo Laborismo de Tony Blair. Ascendió al gabinete bajo el mandato de Gordon Brown y ocupó los cargos de secretario jefe del Tesoro, secretario de Cultura, Medios de Comunicación y Deporte, y posteriormente secretario de Salud.

    En 2009, Burnham fue abucheado en un acto conmemorativo por el 20.º aniversario de la tragedia de Hillsborough, en la que murieron 97 aficionados del Liverpool FC en una avalancha en el estadio. Esto lo marcó profundamente y lo convenció de que las familias merecían justicia, después de que la policía, los investigadores y los medios de comunicación intentaran presentar a las víctimas como vándalos y los culparan de la tragedia. La presión de Burnham ayudó a que se llevara a cabo una segunda investigación.

    Después de que el Partido Laborista perdiera las elecciones generales de 2010, Burnham se presentó a la presidencia del partido y quedó cuarto. En 2015 lo volvió a intentar y fue el favorito inicial, pero perdió frente al izquierdista Jeremy Corbyn, en cuyo equipo trabajó más tarde.

    En 2017, Burnham dejó el Parlamento tras decidir que su futuro estaba fuera de Westminster, y fue elegido alcalde del Gran Mánchester.

    Robert Ford, profesor de Política en la Universidad de Mánchester, dijo que Burnham había impulsado una economía local próspera allí y había demostrado su habilidad política al aumentar el control y la regulación de los autobuses de la ciudad, y en el proceso ganó una batalla contra las empresas de transporte.

    “Convirtió lo que podría haber sido una medida tecnocrática bastante anodina –créeme, si Keir Starmer hubiera estado allí, así habría sido– en una lucha de David contra Goliat”, dijo Ford. “Su gran punto fuerte es que es un comunicador muy eficaz, un narrador muy eficaz; se le da bien transmitir a los votantes quién es, a quién apoya y qué está intentando hacer”.

    “En todos estos aspectos”, dijo Ford, “contrasta bastante con el actual primer ministro laborista”.

    Burnham también tomó la iniciativa durante la pandemia, y se quejó de que los confinamientos del gobierno estaban castigando a regiones como la suya, y pronunció un discurso en el centro de Mánchester que se hizo famoso.

    Quizá la crítica más recurrente contra Burnham, que trabajó bajo el mando de tres líderes laboristas muy diferentes –Blair, Brown y Corbyn–, es que es políticamente maleable.

    En 2022, tras la última Copa Mundial de fútbol, el propio Starmer se burló de su antiguo colega. En unas declaraciones a los periodistas, Starmer bromeó diciendo que Burnham “pudo ver cómo Argentina, el equipo de su infancia, ganaba el Mundial”, pero que “fue una mezcla de emociones porque también vio cómo Francia, el equipo de su infancia, perdía la final, y cómo Marruecos y Croacia, otros equipos de su infancia, caían en semifinales”.

    McTernan reconoció que la reputación de Burnham es la de un político al que “le gusta caer bien a la gente”, pero dijo: “Un político que busca complacer a la gente es mucho mejor que uno que odia a la gente”.

    Un hilo conductor a lo largo de la carrera de Burnham ha sido la idea de que la política británica y los medios de comunicación están demasiado centrados en Londres, y que la desigualdad regional ha perjudicado al país, algo que ya señaló en su primer discurso ante el Parlamento en 2001. Durante una entrevista reciente, Burnham dijo que el Reino Unido llevaba “40 años por el camino equivocado“.

    Burnham preocupó a algunos el año pasado cuando dijo que el Partido Laborista debía “dejar de estar en deuda con los mercados de bonos”, una frase que, según ha dicho después, se malinterpretó. Más recientemente, en una entrevista con la BBC, se mostró un poco confuso sobre un aspecto de la política económica. Pero en Manchester aplicó políticas favorables a las empresas para atraer inversiones.

    Según Ford, Burnham, como alcalde, “se acostumbró bastante a decir lo que le venía a la cabeza”, pero ahora “está aprendiendo una lección bastante dura sobre la necesidad de medir más cuidadosamente sus palabras”.

    Es difícil predecir cómo las habilidades que demostró en Manchester lo prepararán para el puesto más alto de la política británica.

    “Es muy diferente cuando te adentras en la tormenta del número 10 de Downing Street, donde cada día tendrás 150 asuntos sobre tu mesa”, dijo Ford. “En realidad no tienes mucho control sobre cuáles elegir para enzarzarte en una pelea, y no tienes tiempo para pensar”.

    Stephen Castle es corresponsal en Londres del Times, donde escribe sobre el Reino Unido, su política y su relación con Europa.

  • Trump se compara con Alejandro Magno y se enfada por los archivos Epstein, según un nuevo libro

    Trump se compara con Alejandro Magno y se enfada por los archivos Epstein, según un nuevo libro

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    El libro de Maggie Haberman y Jonathan Swan, reporteros de The New York Times, titulado “Regime Change”, revela detalles y conversaciones sorprendentes sobre las presiones del presidente para ampliar drásticamente su poder.

    Un ansia de venganza. Una falta de límites. Una obsesión con la decoración de interiores y el afán de dejar una huella duradera en su cargo.

    Ese es el retrato del presidente Donald Trump en su segundo mandato que surge de Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump, un nuevo libro escrito por dos periodistas de The New York Times, Maggie Haberman y Jonathan Swan.

    El libro, de 464 páginas, que sale a la venta el martes, describe los esfuerzos implacables y transgresores de Trump por doblegar a su antojo al gobierno federal, las instituciones culturales y los ciclos informativos. Se basa en entrevistas exhaustivas realizadas bajo condición de anonimato para relatar debates internos y temas delicados. Según cuentan los autores, durante todo el proceso de investigación se esforzaron al máximo por contactar a las personas mencionadas en el libro y ofrecerles amplias oportunidades para que expusieran su punto de vista.

    Regime Change describe al “presidente más poderoso de nuestras vidas”: un líder que actúa movido por “resentimientos e instintos” y al que, al menos en una ocasión, se le vio decorando la Casa Blanca con un tubo de pegamento instantáneo.

    Aquí tienes 11 ideas clave del libro.

    A Trump le encantó ver cómo Zuckerberg y Bezos intentaban congraciarse con él

    Según el libro, después de que Trump llegara a la presidencia en las elecciones de 2024, se deleitaba viendo cómo los líderes tecnológicos que antes lo habían despreciado ahora “me lamen las botas”.

    Disfrutó especialmente del acercamiento de Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Meta, quien había expulsado a Trump de Facebook e Instagram después de los disturbios en el Capitolio del 6 de enero de 2021.

    En Mar-a-Lago, Trump solía contar a sus visitantes los mensajes que había recibido de los titanes de las empresas tecnológicas, según el libro. En una ocasión, les enseñó una foto de una carta de uno de los hijos de Zuckerberg, en la que escribía que esperaban con ansias “la edad de oro de Estados Unidos” que llegaría con el regreso de Trump, según el libro. En otra ocasión, les enseñó un mensaje de Jeff Bezos con una selfi sonriente del fundador de Amazon y Lauren Sánchez, ahora su esposa.

    En una cena tras las elecciones de 2024, según el libro, Trump y Bezos compartieron un motivo de frustración común: The Washington Post, el periódico de Bezos, cuya cobertura llevaba mucho tiempo irritando a Trump.

    Bezos, que compró el Post en 2013, se quejó de que el periódico había sido su peor inversión, según el libro.

    “La gente de allí es horrible”, dijo Bezos en referencia al departamento comercial del medio, según el libro. “No escuchan. En mis otras empresas, sí que escuchan”.

    En otro momento, Trump parecía maravillarse de la nueva acogida que le dispensaba el mundo tecnológico.

    “Me odiaban”, le dijo a Elon Musk, refiriéndose a Zuckerberg y Bezos, según cuenta el libro. Y añadió: “Y míralos ahora”.

    “Serviles de primera clase”, dijo Musk, según el libro.

    Los altos cargos de la Casa Blanca estaban obsesionados con el escándalo de Jeffrey Epstein

    El verano pasado, altos cargos del gobierno se reunieron en la sala de crisis de la Casa Blanca para celebrar una serie de reuniones mientras trabajaban en la respuesta a las revelaciones sobre la relación del presidente con Jeffrey Epstein, y para hacer frente a la presión del Congreso para obligar al gobierno a hacer públicos los documentos relacionados con el delincuente sexual condenado.

    Según el libro, en dichas reuniones los funcionarios discutieron sobre la repercusión que tenía el tema entre los seguidores de Trump. En un momento dado, se habló de enviar al vicepresidente JD Vance o a Todd Blanche, un alto funcionario del Departamento de Justicia, al pódcast de Joe Rogan para hablar del tema, según el libro.

    En otro momento, se mostraron preocupados por una acusación sin corroborar contra Trump que había salido a la luz en documentos judiciales desclasificados de un caso de difamación de hace una década que Virginia Giuffre, una víctima de Epstein, interpuso contra la compañera de toda la vida de Epstein, Ghislaine Maxwell.

    En dichos documentos, otra denunciante de Epstein, Sarah Ransome, afirmaba que conocía a una chica que dijo haber tenido relaciones sexuales con Trump y que él tenía un fetiche por los pezones, según el libro. Ransome se había retractado más tarde de algunas de sus afirmaciones, y su acusación contra Trump se había hecho pública antes de que él volviera al cargo.

    Pero a los funcionarios les preocupaba que incluirla en una base de datos del gobierno le diera más credibilidad, según el libro.

    La sala de crisis es un recinto que normalmente se reserva para reuniones sobre asuntos de seguridad nacional de gran importancia. Según el libro, un funcionario diría más tarde que fue una experiencia “surrealista” estar sentado allí “hablando de Donald Trump y de pezones maltratados”.

    Trump le pidió a Rupert Murdoch que comparara a Vance con Rubio

    A Trump le gusta preguntar a sus aliados si prefieren a su vicepresidente, Vance, o a su secretario de Estado, Marco Rubio. A ambos se les ve como posibles candidatos presidenciales para 2028 y herederos de su movimiento político.

    Según el libro, las preguntas del presidente han llegado hasta Rupert Murdoch, el nonagenario magnate de los medios de comunicación, propietario de Fox News, The New York Post y The Wall Street Journal.

    En una cena amistosa en la Casa Blanca en octubre, Trump –que había presentado una demanda por difamación contra el Journal después de que este informara que había enviado una tarjeta de cumpleaños obscena a Jeffrey Epstein hace décadas– le preguntó a Murdoch si prefería a Vance o a Rubio, según el libro.

    La pregunta tenía una carga especial debido a la presencia de dos hombres en la mesa: los propios Vance y Rubio.

    Murdoch optó por un enfoque diplomático, según relata el libro, pero su preferencia quedó clara.

    “Creo que JD tiene potencial para ser genial”, respondió Murdoch, quien, según se dice, había intentado convencer a Trump de que no eligiera a Vance como compañero de candidatura en 2024.

    “¿Y qué opinas de Marco?”, insistió el presidente.

    Murdoch fue más contundente esta vez, según el libro. “Marco es brillante”, dijo.

    Trump quería vengarse de quienes, en su opinión, le habían hecho daño, incluso cuando no recordaba sus nombres

    Cuando Trump volvió a la Casa Blanca, se vio consumido por un deseo de venganza que a veces lo distraía.

    Una tarde de la primavera de 2025, Trump se esforzaba por recordar a “ese abogado” de su primer gobierno que, según él, había dicho que las elecciones de 2020 “fueron justas y no hubo fraude”, según el libro.

    Un asesor de alto rango, Stephen Miller, quien se había ganado la fama de ser el “guardián de las quejas” de Trump, sugirió que quizá Trump se refería a un funcionario de Seguridad Nacional.

    Boris Epshteyn, uno de los abogados privados del presidente, hizo una búsqueda rápida en su celular, según cuenta el libro, y dio una respuesta: “Chris Krebs”, quien había dirigido una división del Departamento de Seguridad Nacional durante el primer mandato de Trump.

    “Sí, Chris Krebs”, respondió Trump, según el libro. “¿Qué habrá sido de él? Era un tipo malo. Échale un vistazo”.

    Unos días después, la Casa Blanca emitió un decreto ejecutivo que ordenaba al Departamento de Justicia investigar a Krebs.

    Los Trump han obtenido muchísimas ganancias de la presidencia

    Las sospechas de corrupción han acompañado el segundo mandato de Trump, entre otras cosas, por su criptomoneda, por los negocios inmobiliarios de su familia y por aceptar un avión de lujo de Catar.

    Según el libro, los inversores extranjeros han visto una “vía más directa para ejercer influencia, al meter dinero directamente en los bolsillos de la familia Trump a través de sus negocios con criptomonedas”.

    Pero la familia Trump no solo se ha enriquecido con las criptomonedas.

    Sus hijos Eric y Don Jr. cerraron rápidamente acuerdos muy lucrativos, como la adquisición gratuita por parte de Eric de un terreno, valorado en 67 millones de dólares y adyacente a una universidad de Miami, para la creación de la biblioteca presidencial de Trump, según cuenta el libro.

    Howard Lutnick, el secretario de Comercio del presidente, dijo que donaría 25 millones de dólares al fondo de la biblioteca, según el libro, una medida muy inusual para un miembro en activo del gabinete.

    A Trump le gustan las comparaciones de su poder con el de Mao y Gengis Kan

    En una entrevista que Haberman y Swan le hicieron a Trump para el libro, el presidente, que había iniciado la guerra con Irán dos semanas antes, reflexionó sobre su poder.

    El presidente enumeró una serie de figuras poderosas de la historia, extraídas de un documento de dos páginas que le había dado un conocido, y luego explicó por qué creía que su poder palidecía en comparación con el suyo, ya que carecían de alcance global.

    Al enumerar nombres como Alejandro Magno y Guillermo el Conquistador, el presidente señaló: “No tenían aviones”, según el libro.

    Y siguió recitando más nombres: Napoleón, Hitler, Mao, Stalin. Esos líderes, les dijo Trump a los autores, “se mantuvieron en el poder a base de miedo”.

    “¿Quién haría algo así?”, preguntó Trump, según el libro. “¿Verdad?”

    Stephen Miller adquirió un poder enorme… y se aseguró de que todos lo supieran

    Miller fue una figura destacada del gobierno de Trump y de su campaña contra la migración. Pero, como por entonces aún no había cumplido los 35 años, los mandos militares de Trump podían “despacharlo fácilmente”, según el libro.

    Para el segundo mandato, eso había cambiado.

    Con cargos que no reflejaban su verdadero poder (subjefe de gabinete para políticas y asesor de seguridad nacional), el meticuloso y autoritario Miller acumuló una enorme influencia, según el libro.

    Su ámbito de competencia abarcaba la mayor parte del gobierno federal, según el libro, ya que supervisaba las órdenes ejecutivas, contrataba a los abogados que las redactaban e impulsaba la campaña de deportaciones masivas del Departamento de Seguridad Nacional, presionando para que se desplegaran soldados estadounidenses en ciudades del país.

    En el proceso, solía reprender a los miembros de su equipo. En una reunión, al exigir que se acelerara el ritmo de las deportaciones, Miller amenazó furioso con despedir a todo el personal del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, recuerda en el libro un alto cargo del gobierno.

    El libro relata que Miller solía presentar sus puntos de vista como si fueran peticiones del presidente, aunque se mostraba cauteloso al expresarlas en presencia de Trump.

    El asesinato de Charlie Kirk pareció inquietar al presidente, que se enteró por su hijo Barron

    Tras el asesinato del activista conservador Charlie Kirk en septiembre, Trump se enteró a través de un joven admirador de Kirk: su hijo de 19 años.

    Según el libro, Barron Trump llamó a Trump presa del pánico.

    Al hijo del presidente le preocupaba que su padre, al que una bala de un aspirante a asesino le rozó la oreja en 2024, volviera a ser blanco de un atentado. Le dijo al presidente que se ponía en riesgo al hablar ante multitudes, según el libro.

    Trump intentó tranquilizar a su hijo.

    “Tranquilo, cariño, tranquilo”, dijo el presidente, según el libro. Pero, según cuenta, él mismo estaba claramente nervioso.

    A Trump le gusta dar ‘giros inesperados’ cuando llegan malas noticias

    Desde hace mucho tiempo, tanto sus críticos como sus seguidores ven a Trump como un maestro de la manipulación mediática: alguien que cambia lo que sale en las noticias cuando cree que no le conviene.

    En un pasaje del libro, Trump pareció aludir a ese método.

    Cuando la nominación de Pete Hegseth como secretario de Defensa parecía estar en peligro por una acusación de agresión sexual que Hegseth negó, Trump se planteó tirar la toalla y sustituirlo por el gobernador de Florida, Ron DeSantis, un antiguo rival.

    “Necesitamos giros inesperados”, le dijo Trump a un aliado sorprendido, según cuenta el libro.

    En cambio, relata el libro, Trump “desató” a Vance, a Kirk y a uno de sus hijos, Don Jr., para presionar a cualquier republicano que estuviera pensando en rechazar a Hegseth.

    Trump se molestó con Vance tras un ataque contra Irán en 2025

    Después de que Estados Unidos bombardeó una instalación de enriquecimiento nuclear enterrada a gran profundidad en Irán en junio de 2025, Trump pronunció un discurso de celebración, en el que declaró falsamente que la operación había “aniquilado completa y totalmente” la capacidad nuclear de Irán.

    Pero mientras Trump preparaba el discurso, Vance le propuso suavizar un poco el tono. “Sé lo que hago”, respondió Trump con brusquedad, según el libro.

    A la mañana siguiente, según cuenta el libro, Vance apareció en una entrevista en ABC News. No repitió las palabras “aniquilado totalmente”.

    Trump no estaba nada contento, según el libro.

    “Todo el mundo tiene que decir” la palabra dijo Trump, añadiendo un insulto, según el libro. “Esa es la palabra. Todo el mundo tiene que copiar lo que yo digo. Aniquilado. Aniquilado”.

    Trump puede ser un decorador de interiores muy práctico

    Algunos de los proyectos de construcción de Trump en Washington –un salón de baile que sustituirá al ala este de la Casa Blanca, un arco triunfal de 76 metros junto al río Potomac– son obras multimillonarias que requieren de obreros con cascos y grúas gigantes.

    Pero una mañana, Karoline Leavitt, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, entró en el Despacho Oval y se encontró a Trump haciendo cambios en la decoración él mismo.

    Según el libro, el presidente tenía un tubo de pegamento extrafuerte en la mano e intentaba adornar la repisa de mármol de la chimenea con nuevas decoraciones doradas.

    “Como ya se sabía que prefería sus propias creaciones artísticas a las de cualquier otra persona”, escriben los autores, “ver al presidente echando pegamento sobre los adornos dorados y colocándolos él mismo en la pared no sorprendió a nadie de su círculo más cercano”.

  • El costo de la guerra en Irán: miles de vidas y millardos de dólares

    El costo de la guerra en Irán: miles de vidas y millardos de dólares

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    El número de víctimas y los costos económicos se dispararon rápidamente después de que Estados Unidos e Israel atacaran Irán el 28 de febrero.

    La guerra contra Irán duró poco más de 15 semanas antes de que se alcanzara esta semana un acuerdo de paz preliminar entre Estados Unidos e Irán. Pero el costo humano y económico se disparó rápidamente, y las consecuencias llegaron mucho más allá de la región.

    Ante la presión tanto en casa como en el extranjero, el presidente Donald Trump anunció el lunes que un día antes él y el vicepresidente JD Vance habían firmado electrónicamente un documento con los iraníes para poner fin oficialmente a la guerra. El conflicto comenzó el 28 de febrero cuando Estados Unidos e Israel atacaron Irán.

    El miércoles, el presidente volvió a firmar el acuerdo en Francia, en el Palacio de Versalles, donde hace más de un siglo se firmó un tratado fallido para poner fin a la Primera Guerra Mundial.

    Los costos de la guerra para Estados Unidos, estimados en un total de 132 millardos de dólares, aún se están calculando, mientras comienza un periodo de 60 días para nuevas negociaciones. Esto es lo que sabemos.

    Número de víctimas mortales

    Según una agencia del gobierno de Irán, unos 3500 iraníes han perdido la vida en la guerra. Israel dice que han muerto 26 israelíes. Miles de personas en ambos países han resultado heridas.

    El ejército estadounidense dice que han fallecido 13 de sus miembros.

    Israel reanudó los ataques contra Líbano el 18 de marzo como parte de la guerra más amplia, y allí han muerto unas 3700 personas, según el Ministerio de Salud libanés.

    Los ataques, principalmente de Irán, también han causado víctimas mortales en todo el Medio Oriente, incluidos trabajadores de países del sur de Asia en el golfo Pérsico.

    El ejército estadounidense mató a tres marineros civiles indios en un ataque contra un barco comercial cerca de Omán, lo que ha aumentado las tensiones entre Estados Unidos y la India.

    En el incidente con más bajas civiles conocido hasta ahora, un ataque con misil de Estados Unidos arrasó una escuela iraní y acabó con la vida de al menos 175 personas el primer día de la guerra, según las autoridades iraníes.

    Costos económicos

    La economía de Irán ya estaba en una situación muy complicada antes de la guerra. Pero ahora está en caída libre. Los precios de la comida y otros productos básicos se han disparado, y el día a día es una lucha constante.

    La magnitud de la devastación ha sido enorme: cientos de escuelas y centros de salud han resultado dañados o destruidos durante la guerra, según la Sociedad de la Media Luna Roja Iraní, la principal organización de ayuda humanitaria del país.

    Para los contribuyentes y consumidores estadounidenses, el costo de la guerra asciende al menos a 132 millardos de dólares, según una estimación de Moody’s Analytics. Esa cifra tiene en cuenta el gasto militar, el aumento de los precios de la energía y las materias primas, y los tipos de interés, dijo Mark Zandi, economista jefe de la empresa.

    Un alto cargo del Pentágono declaró ante el Congreso el mes pasado que el costo había ascendido a unos 29 millardos de dólares para el ejército. Esa estimación no incluía el costo de reparar más de una decena de bases estadounidenses en la región dañadas por los ataques iraníes.

    También hay que tener en cuenta los costos de reparación y mantenimiento, así como los de mantener en el mar a los grupos de ataque de portaaviones. “Cuesta mucho dinero simplemente mantener a todo el mundo y todo este aparato desplegado allí”, dijo Linda Bilmes, experta en finanzas públicas y profesora titular de la Harvard Kennedy School. Añadió que los costos de reposición de la enorme cantidad de municiones que el ejército estadounidense ha gastado serán mucho más altos que los costos de compra originales.

    Irán también causó graves daños a otros activos estadounidenses en la región, como un valioso avión radar militar en una pista en Arabia Saudita y el complejo de la embajada de Estados Unidos en Riad.

    Precios de la energía

    [Este mapa muestra los precios en dólares de la gasolina regular sin plomo en los diferentes estados de Estados Unidos.]

    Los estadounidenses han pagado unos 60 millardos de dólares más en gasolina y gasóleo desde que empezó el conflicto, debido al aumento de los precios, según el “Iran War Energy Cost Tracker” de la Universidad de Brown. Eso supone unos 460 dólares extra por hogar.

    Cuando Estados Unidos e Israel iniciaron la guerra en Irán, los estadounidenses pagaban, en promedio, 2,98 dólares por galón en las gasolineras, según la AAA, una organización sin fines de lucro que agrupa a varios clubes de automovilistas.

    Desde entonces, los precios de la gasolina han experimentado fuertes subidas y ahora rondan los 4 dólares por galón.

    Los precios del petróleo se dispararon cuando el ejército iraní atacó varios buques mercantes en el estrecho de Ormuz, una vía de paso vital para el transporte hacia y desde los productores de energía del Medio Oriente. Eso provocó el cierre efectivo del estrecho e interrumpió el flujo mundial de petróleo. El crudo es el principal componente de la gasolina.

    El índice de referencia mundial del crudo ha bajado desde que se anunciara hace unos días un acuerdo marco de paz. Ahora mismo ronda los 80 dólares el barril. En marzo, los precios llegaron a subir hasta unos 120 dólares el barril.

    Esos altos precios del combustible han repercutido en toda la cadena y han encarecido muchos otros costos relacionados con el combustible, como las tarifas aéreas y el transporte de materias primas y productos manufacturados.

    Fertilizantes y alimentos

    Las perturbaciones en el comercio mundial provocadas por el cierre del estrecho de Ormuz han hecho subir los precios de materias primas como el azufre, un ingrediente clave de ciertos fertilizantes.

    Un informe del Consejo de Relaciones Exteriores publicado a principios de este mes por Máximo Torero Cullen, economista jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, dijo que las interrupciones en el estrecho tendrían consecuencias que “van mucho más allá de la agricultura, ya que amenazan con un aumento de los precios de los alimentos, una mayor inflación alimentaria, una reducción del crecimiento económico y un aumento del hambre en todo el mundo”.

    Farnaz Fassihi colaboró con reportería.

    Edward Wong informa sobre asuntos internacionales, política exterior de Estados Unidos y el Departamento de Estado para el Times.

    Farnaz Fassihi colaboró con reportería.

  • Opinión: Nos gustaba trabajar desde casa. Luego vimos los datos

    Opinión: Nos gustaba trabajar desde casa. Luego vimos los datos

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    La mayoría de los estadounidenses dicen que les encanta trabajar desde casa. Así se ahorran el trayecto al trabajo, evitan a los compañeros impertinentes y se libran de los jefes controladores. En 2024, casi el 80 por ciento de los trabajadores dijeron que serían más felices si pudieran trabajar a distancia.

    Las dos hemos experimentado las ventajas del trabajo remoto, sobre todo al lidiar con náuseas matutinas o cuidar de un niño de 6 años enfermo. Pero algunos días no salíamos a la calle ni hablábamos cara a cara con otra persona. Empezamos a preguntarnos si nosotras –junto con los aproximadamente 35 millones de estadounidenses que trabajan desde casa– nos habíamos metido en un enorme experimento social. ¿Era el trabajo a distancia tan liberador como parecía?

    Buscamos respuestas en montones de datos, sin saber muy bien qué encontraríamos. Las encuestas realizadas a más de medio millón de estadounidenses durante la última década y media revelaron una verdad incómoda: a pesar de sus ventajas, el trabajo remoto ha agravado significativamente el aislamiento y la angustia de los estadounidenses. Nuestras estimaciones, publicadas este mes en la revista Science junto con nuestra colaboradora Amanda Pallais, indican que el trabajo remoto explica un tercio del deterioro de la salud mental entre 2011 y 2024. Nuestra investigación no insinua que solo se pueda trabajar en la oficina, pero sí significa que los empleados y las empresas deberían esforzarse más por dar prioridad al tiempo que pasan cara a cara con sus compañeros.

    Nuestro estudio compara a trabajadores cuyos empleos pueden realizarse de forma remota, como los de finanzas e ingeniería de software, con trabajadores cuyos empleos deben desempeñarse de manera presencial. Las personas en puestos compatibles con el trabajo remoto trabajaron desde casa tres veces más en 2024 que en 2019. A medida que lo hacían, sus días se volvieron mucho más solitarios. El 84 por ciento de quienes trabajan de forma remota pasan toda su jornada laboral solos. Más de la mitad afirman sentirse menos conectados con sus colegas. Incluso cuando se comunican por internet, las personas que trabajan desde casa reciben menos retroalimentación de sus compañeros y tienen contacto con menos gente fuera de sus equipos inmediatos.

    Estos trabajadores no compensaron la situación socializando más fuera del trabajo. Cada vez eran más los días que transcurrían sin ningún tipo de contacto social. Sin un saludo de un compañero de oficina, sin una charla casual con un barista, sin un gesto de reconocimiento a otro pasajero en el trayecto al trabajo. Estas interacciones perdidas no son triviales. En un estudio, cuando se pidió a personas que entablaran conversación con un desconocido camino al trabajo, afirmaron sentirse más felices que quienes continuaron en silencio como de costumbre, para su propia sorpresa.

    Al tener menos encuentros sociales, los trabajadores con puestos que se pueden desempeñar a distancia experimentaron un aumento más pronunciado de la angustia, las consultas por salud mental y las recetas de antidepresivos que otros trabajadores. Este aumento de la depresión no parece reflejar temores más recientes, como el desplazamiento laboral por la IA. Comenzó en 2020 y no ha disminuido desde entonces, lo que apunta al trabajo remoto como el factor determinante.

    El impacto no se repartió de manera uniforme. Las personas que vivían con su cónyuge e hijos mantuvieron una salud mental bastante estable, mientras que quienes vivían solos experimentaron una disminución del 20 por ciento en su bienestar mental. En general, encontramos que el auge del trabajo remoto incrementó los niveles de malestar en un 7 por ciento, lo que representa una tercera parte del aumento total registrado en el periodo de 13 años que medimos.

    Entonces, ¿por qué a tanta gente le gusta el trabajo remoto, al grado de afirmar que aceptarían reducciones salariales de entre un 4 y un 10 por ciento con tal de conservarlo? Una razón es que los costos del trabajo remoto son sutiles y tardan en manifestarse. Cuando la soledad llega gradualmente, es natural atribuirla a otros cambios en la vida: un nuevo empleo, una ruptura amorosa, una pelea con un amigo, el paso de los años. Otra razón por la que algunas personas prefieren el trabajo remoto es que una oficina medio vacía no resulta una alternativa atractiva.

    No tenemos que aceptar este nuevo statu quo. La oficina ha sido el lugar número uno donde los adultos entablan amistades, por delante de los lugares de culto, las escuelas de los niños, los vecindarios y los equipos deportivos. Entablar y mantener estas amistades casi siempre requiere pasar tiempo en persona: nuestro cerebro está programado para conectar cara a cara, y ni siquiera las herramientas digitales más avanzadas son un buen sustituto. Para mantener esta fuente fundamental de conexión, los trabajadores necesitan pasar tiempo unos con otros, en persona.

    Sin embargo, la norma prepandémica de estar en la oficina cada hora de cada jornada laboral solía restar tiempo a los amigos y familiares. Entonces, para muchos de nosotros, la solución no es regresar a la manera en que hacíamos las cosas en 2019. En lugar de eso, podemos crear vínculos sólidos siendo más conscientes de cómo trabajamos.

    Los empleados pueden tomar la iniciativa e invitar a sus compañeros a comer o organizar una salida a un bar después del trabajo. Claro, hay problemas estructurales que pueden limitar lo que pueden hacer, sobre todo si algunos de sus compañeros viven al otro lado del país. Y, a menudo, los esfuerzos individuales no se ven recompensados.

    Pero los empleadores pueden ayudar a que se establezcan vínculos. Al investigar para un libro de próxima publicación, descubrimos que hay empresas que se están replanteando cómo unir a la gente. Algunas han renovado las evaluaciones de rendimiento para recompensar mejor el trabajo, con frecuencia invisible, de conectar a los equipos. Otras han reorganizado los espacios de café, sustituyendo las cafeteras dispersas con puntos de encuentro centralizados que acercan a los compañeros. Algunas han convertido a los jefes en “mentores-intermediarios” que organizan reuniones individuales semanales para que los compañeros analicen sus recientes logros y frustraciones. Estas intervenciones pueden fomentar vínculos duraderos, dotar a los empleados de nuevas habilidades y mejorar los resultados de las empresas.

    Veintiséis años después de que Robert Putnam advirtiera que los estadounidenses estaban jugando a los bolos solos, muchos de nosotros ahora tecleamos solos. Para garantizar que el trabajo siga siendo una fuente de conexión, debemos cambiar no solo el lugar donde trabajamos, sino también cómo lo hacemos, para que nuestros trabajos sigan uniéndonos.

    Natalia Emanuel y Emma Harrington son economistas laborales.

    Fuente de las imágenes: ZargonDesign y ~UserGI16208136, vía Getty Images.

  • Opinión: El Mundial es una fiesta global que se comparte con los vecinos

    Opinión: El Mundial es una fiesta global que se comparte con los vecinos

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    Después de casi cuatro años, la Copa Mundial ha vuelto para adueñarse del verano. Pero junto a la celebración por el magnífico fútbol que trae, hay motivos de sobra para la consternación. El torneo de este año, del que Estados Unidos, México y Canadá son anfitriones, se disputa en el contexto de la corrupción endémica de la FIFA, los atropellos del presidente Donald Trump y las muy tensas relaciones que hay entre las tres naciones.

    Para tomarle el pulso al ambiente, les preguntamos a tres autores –un estadounidense, un mexicano y un canadiense– lo que el Mundial significa para ellos y para sus países. Sus variadas respuestas sirven como testimonio tanto de la exasperante complejidad de la vida contemporánea como del perdurable encanto del fútbol mundial.

    No es Estados Unidos 94, pero es algo

    Por Joshua Jelly-Schapiro

    Jelly-Schapiro es un geógrafo y escritor que editó una serie de ensayos sobre la Copa Mundial de 2018 para The New York Review of Books.

    No es fácil hacer que los jóvenes, rodeados de pantallas y videos virales desde pequeños, entiendan el impacto revelador con que la Copa Mundial masculina llegó a la televisión estadounidense en 1994. Ese definitivamente fue el caso del viejo televisor Magnavox de la casa de mis padres en los bosques del norte de Nueva Inglaterra. Como muchos niños estadounidenses en los últimos años de la Guerra Fría, yo pasaba las mañanas de los sábados pateando un balón por las canchas de Estados Unidos. Me había unido a un equipo itinerante cuyo logotipo del patrocinador (“CABOT: Queso de Vermont”) competía con el de Adidas por el espacio en nuestros pechos. Pero nunca había visto el juego al más alto nivel; no hasta 1994.

    Vivir dentro del área que recibía la cobertura que hacía la ABC de los partidos de aquel verano significaba poder ver a los mejores jugadores del mundo y a los equipos más queridos. También significaba presenciar cuadros vívidos, y a veces incongruentes, de fervor étnico y cordialidad, en los que participaban no solo esos equipos, sino también sus apasionados aficionados. Ellos llenaban los estadios más grandes de Estados Unidos: nigerianos vestidos de verde y mexicanos con sombreros, suecos con gorros de vikingo y argentinos que cantaban canciones sobre Diego Maradona. Los sentimientos de rivalidad y orgullo nacional no provocaban guerra, sino juego.

    Ver esos partidos, nos informaban los comentaristas de ABC, era ver transmisiones que estaban siendo seguidas por millardos de seres humanos más. Era formar parte del mundo.

    En 2026, el mundo no se parece a lo que esperábamos desde la perspectiva optimista de principios de la década de 1990, cuando la historia aún daba la impresión de estar avanzando en una dirección positiva. Estados Unidos, que parecía destinado a ser cada vez más abierto, está más cerrado. Pero el regreso de la Copa Mundial, una competencia fundada en la misma época que la Sociedad de las Naciones y que gira en torno a un deporte que los estadounidenses ya han aprendido a amar, seguirá canalizando los conflictos entre países hacia “contiendas pacíficas en el estadio“, como lo expresó en su momento Jules Rimet, el hombre que ideó el torneo. Y lo que es igual de importante: nos ofrecerá a todos la oportunidad de experimentar, aunque solo sea por un momento, una poderosa forma de comunión.

    En 1994, la Guerra Fría había terminado y Estados Unidos –a pesar de las guerras subsidiarias de Washington en países en desarrollo, a menudo terribles– era admirado como el referente global de democracia y Estado de derecho. Pero la cultura deportiva en Estados Unidos era insular y ultranacionalista. Estaba definida por deportes que los estadounidenses habían desarrollado a partir de los juegos de nuestros antiguos colonizadores: el fútbol americano era una versión más dinámica y violenta del rugby inglés; el béisbol era una reinterpretación estadounidense del críquet. Los estadounidenses se enorgullecían de que pocos en el mundo se interesaran o practicaran nuestro “pasatiempo nacional”.

    El fútbol soccer –un juego con raíces globales ancestrales, pero cuya forma moderna se codificó en Inglaterra, al igual que el rugby y el críquet– se convirtió en el deporte del planeta gracias a factores tanto históricos como de forma. El Imperio británico llevó a marineros, ingenieros y mineros británicos a los puertos del mundo. El juego que jugaban en los muelles, desde Buenos Aires hasta Acra y Hong Kong, fue acogido por personas que fundaron clubes en esas ciudades y en mil más. El fútbol se convirtió en la forma por excelencia del siglo XX para que la gente de todo el mundo celebrara, como lo expresó el historiador del fútbol David Goldblatt, “el milagro de nuestras propias solidaridades”.

    Excepto en Estados Unidos; al menos hasta 1994. La Copa Mundial de ese verano fue el torneo con mayor asistencia y mayor audiencia que la FIFA, el organismo rector del fútbol a nivel mundial, había organizado jamás. Ese era el objetivo. En el mercado más rico del mundo, la FIFA y sus asociados, entre los que se encontraban algunas de las empresas y conglomerados mediáticos más grandes del mundo, pretendían convertir el deporte más querido del planeta en un gran negocio.

    En los 32 años que han pasado desde la Copa Mundial de 1994, los sueños de la FIFA y sus compinches corporativos se han cumplido en gran medida. Seguimos las mejores ligas del mundo por televisión, y nuestra selección femenina es una potencia. El fútbol, según una encuesta reciente, ha superado al béisbol como el tercer deporte favorito de los estadounidenses y casi rivaliza con la NBA a la hora de atraer los corazones y la atención de los adolescentes.

    Ahora la Copa Mundial está de regreso. Desde 1994, la reputación tanto de Estados Unidos como de la FIFA ha sufrido importantes daños. La corrupción de la FIFA nunca fue precisamente un secreto, pero ahora ha quedado expuesta ante el mundo. El desprecio del presidente Donald Trump por el Estado de derecho y las normas internacionales ha causado un daño enorme tanto a la posición global de Estados Unidos como a la sociedad estadounidense.

    La razón por la que el evento insignia de la FIFA ha vuelto al país más rico del mundo, esta vez compartiendo las labores de anfitrión con nuestros vecinos norteamericanos y los firmantes del TLCAN a los que a Trump le encanta odiar, es la misma por la que Gianni Infantino, el servil presidente actual de la FIFA, amplió este Mundial de 32 a 48 selecciones: el dinero.

    Así es el mundo. Aun así, vemos los partidos. En 1994, nos emocionamos con los elegantes goles que Romario metió para Brasil; en 2026, nos preguntamos si la volátil selección francesa de Kylian Mbappé es capaz de trabajar como equipo y si el gran Lionel Messi de Argentina tiene otro Mundial en su haber. Animamos a las selecciones más pequeñas, desde Haití hasta Jordania o Cabo Verde, con la esperanza de que consigan aunque sea una sola y gloriosa victoria.

    La final de este año se disputará el 19 de julio en el estadio MetLife de Nueva Jersey, cuyo césped fue testigo de un partido memorable entre Italia e Irlanda en 1994. El estadio estaba abarrotado con hijos de migrantes que expresaban a gritos el amor por sus viejos países en el nuevo, donde habían triunfado.

    Lo vimos entonces y lo estamos viendo ahora: más de cien partidos por todo el continente. Y sabremos que lo que ocurra en las canchas representará, como solo un Mundial puede hacerlo, el mundo tal como querríamos que fuera.

    México, la realidad y la ilusión

    Por Juan Villoro

    Villoro es novelista, guionista, dramaturgo y periodista. Su libro más reciente recoge lo más reciente de su extensa obra sobre fútbol.

    En 1913, a los 71 años, el escritor estadounidense Ambrose Bierce cruzó la frontera para unirse a las tropas de Pancho Villa. En una de sus últimas cartas escribió: “Ser un gringo en México: ¡Ah, eso es eutanasia!”. La relación entre México y Estados Unidos siempre ha sido intensa.

    En esta ocasión, la tensión es imposible de ignorar. Durante el mandato del presidente Donald Trump, Estados Unidos ha intimidado a México –liderado por Claudia Sheinbaum, de tendencia de izquierda– con amenazas y aranceles. Washington acaba de pedir la extradición de 10 políticos mexicanos, entre ellos el gobernador de Sinaloa, por estar presuntamente vinculados con el narcotráfico. Como alrededor del 80 por ciento de nuestras exportaciones van a dar a Estados Unidos, Sheinbaum ha hecho todo lo posible por apaciguar al presidente estadounidense. Pero Trump es implacable.

    Este es el contexto en el que nuestros países se unen como coanfitriones para el Mundial. Las tensiones sociales encuentran su espejo en el fútbol. En lo que toca a este deporte, durante décadas fue la única actividad en la que mi país derrotaba a Estados Unidos. Pero para el torneo de este año, la jerarquía se invirtió.

    Después de albergar dos de los mejores campeonatos de la historia –el de 1970, que consagró a Pelé, y el de 1986, protagonizado por Maradona–, México recibirá 13 partidos de 104 disponibles. Estados Unidos, cuya cultura futbolística tanto hemos hecho por construir, acogerá a 78. La sensación colectiva es la de ser simples comparsas, rasgo humillante, si se piensa en lo mucho que el fútbol ha significado para nosotros. ¿Qué hemos hecho para merecer esta propina?

    El desinterés de nuestros vecinos era tan grande que preferían jugar de visitantes. En enero de 1954 ocurrió algo singular: los dos partidos de eliminatoria para el Mundial de Suiza se disputaron en México, con goleadas de 4-0 y 3-1 que fueron festejadas como si hubiéramos recuperado Texas. Con los años perdimos el privilegio de derrotar a la nación de la que depende nuestra economía. Estados Unidos mejoró notablemente en el fútbol varonil y dominó el fútbol femenil. El deporte que había sido un placer culposo hoy llena las tribunas.

    La paradoja es que los mexicanos contribuimos a la mejoría del adversario. Los migrantes fueron decisivos para animar los estadios de Chicago, Los Ángeles y Nueva York y fomentar la creación de una liga competitiva. Cerca de 40 millones de personas de origen mexicano viven en Estados Unidos. Su nostalgia es un negocio próspero. Ellos pagan fortunas para enarbolar la bandera tricolor en las gradas. México juega de local en todo Estados Unidos, con excepciones como Alaska o Hawái.

    Ávida de ganancias, la Federación Mexicana de Fútbol se aprovecha del público migrante: nuestra selección nacional disputa dos tercios de sus partidos amistosos en Estados Unidos, lo cual genera un profundo malestar en el país. El “equipo de todos” se ha convertido en un producto de exportación; no es de extrañar que en marzo haya sido abucheado en la reinauguración del estadio Azteca en la capital de México.

    Varios factores se conjuntaron esa noche: los inmoderados precios de los boletos para el Mundial y la falta de éxitos del Tri. El balompié ha perdido ímpetu al sur de la frontera. En cambio, en Estados Unidos dejó de ser un juego clandestino. El Mundial de 1994 se promovió con dificultad y tuvo que recurrir a las estrategias diplomáticas de Henry Kissinger; el de 2026 tiene una audiencia y una comercialización garantizadas. Lo peculiar es que ese mecanismo de hacer dinero depende de una organización sumamente extraña: un anfitrión protagónico y dos anfitriones de reparto.

    El Fausto de Goethe tiene su prólogo en el cielo; los Mundiales más recientes lo han tenido en el purgatorio. Rusia y Catar ganaron sus sedes con sobornos y, no mucho después de una investigación del FBI sobre dichos sobornos, Estados Unidos consiguió la suya. Para aparentar unidad regional y ampliar el mercado (máximo objetivo de la FIFA), se incluyó a México y Canadá como organizadores del Mundial de 2026.

    Mientras tanto, un país que no estará en la cancha gana una contienda silenciosa y demuestra que hay otro modo de participar en el Mundial. En los puestos callejeros de la Ciudad de México las camisetas de la selección cuestan de 115 a 202 dólares; las pirata van de 11.50 a 17 dólares; son idénticas y vienen de lejos. La identidad se adapta a las circunstancias: apoyaremos a la selección nacional con camisetas hechas en China.

    Pero no todo está perdido. Una y otra vez el fútbol ha demostrado que tiene anticuerpos contra las amenazas que lo asedian. Antes del Mundial de Catar, hubo justificadas críticas contra un país que viola los derechos humanos, carece de tradición futbolística y cuyas temperaturas obligan a jugar con aire acondicionado. Esas limitaciones no impidieron que, a nivel deportivo, viéramos uno de los mejores torneos de la historia.

    El Mundial existe para transformar la realidad en ilusión. En 2026 podrá ofrecer asombros singulares. Lionel Messi representa la veteranía y Lamine Yamal la juventud. Lo sorprendente es que, cuando Lamine era un bebé que formaba parte de una familia de migrantes, fue bañado por Messi en un anuncio del equipo Barcelona para promover a la UNICEF. ¿El astro argentino ungió al futuro genio español en forma legendaria, convirtiéndolo en su sustituto?

    De esta rara magia está hecho el fútbol.

    Para Canadá, importa más de lo que nadie esperaba

    Por Andrew Potter

    Potter, profesor asociado en la Universidad McGill, es entrenador de fútbol recreativo en Montreal.

    La Copa Mundial de Norteamérica promete ser un gran salto para la identidad deportiva de Canadá; debería marcar su transición definitiva hacia un país de aficionados al fútbol canadiense, en lugar de canadienses aficionados al fútbol.

    Sin embargo, el torneo llegó en uno de los momentos más incómodos de la historia reciente de Canadá, con el país dividido internamente –hay movimientos separatistas activos tanto en Quebec como en Alberta– y en una posición muy incierta en el ámbito internacional.

    El resultado es que, incluso mientras los canadienses animan a la mejor selección de talentos futbolísticos que el país haya producido jamás, hay una clara renuencia a unirnos a nuestros primos norteamericanos en un alegre kumbayá continental de armonía deportiva.

    El trayecto de equipo marginal a potencia media ha sido largo. Durante décadas, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, el fútbol en Canadá tuvo dos grupos principales de seguidores. El primero era una base de aficionados inmigrantes –en su mayoría ingleses, escoceses, portugueses, italianos y griegos– que eran acérrimos aficionados de los clubes y selecciones de sus países de origen. A partir de la década de 1970, se sumó un grupo cada vez más grande de chicos de los suburbios que jugaban en clubes recreativos locales y en los equipos de sus escuelas.

    Entre estos dos grupos, la selección masculina de Canadá era una especie de huérfana. Aparte de los Whitecaps de Vancouver y los Blizzard de Toronto, las dos principales franquicias canadienses de la antigua North American Soccer League, no había una liga profesional propiamente dicha que ayudara a desarrollar talento, y había muy poco en términos de una afición para el fútbol local.

    Cuando la selección nacional logró, contra todo pronóstico, clasificarse para el Mundial de 1986 en México, la plantilla fue descrita como “llena de novatos, jugadores de fútbol sala y refugiados de la NASL”. Era un poco cruel, pero no inexacto.

    Una consecuencia fue que, cada vez que la selección canadiense jugaba contra rivales internacionales en casa, casi siempre era como si fuera un partido de visitante. El estadio se llenaba de jamaicanos, mexicanos, guatemaltecos, costarricenses, italianos, croatas y demás, todos animando a los visitantes. El problema era especialmente grave en Toronto, que en 1986 ya era una de las ciudades más diversas del mundo. Esto llevó a la Asociación Canadiense de Fútbol a hacer hincapié en repartir los partidos por todo el país, tanto para evitar a las aficiones de la diáspora como para darle al equipo un alcance más nacional.

    Lo que surgió fue una desconexión importante entre la creciente popularidad del fútbol a nivel de cancha –superó al hockey en número de jugadores registrados a mediados de la década de 1990– y la considerable indiferencia del público hacia la selección nacional. Para agravar el problema, los talentos canadienses destacados a menudo tenían doble nacionalidad y era fácil que los convencieran de aceptar ofertas de jugar con su país de origen, o el de sus padres. El programa de la selección canadiense era, por buenas razones, considerado un callejón sin salida para cualquiera con talento y alternativas.

    Todo eso cambió en la última década gracias a una conjunción de factores, entre ellos la aparición de algunos talentos generacionales, la infraestructura de desarrollo juvenil construida por los tres equipos canadienses de la Major League Soccer, la creación de una liga profesional canadiense y la contratación del inglés John Herdman en 2018 como director técnico de la selección nacional.

    La contratación de Herdman fue probablemente lo más significativo. Él hizo un trabajo extraordinario al convencer a los jugadores de unirse al programa canadiense, y la clasificación para el Mundial de 2022 fue quizá la primera vez que el fútbol canadiense realmente cautivó la imaginación deportiva del público en general. Cuando Canadá se clasificó para Catar, jugadores como Alphonso Davies, Jacob Shaffelburg y Milan Borjan se convirtieron en auténticos héroes populares.

    Para entender lo trascendental que ha sido este cambio, vale la pena destacar un momento memorable durante el torneo de la Copa América celebrado en Estados Unidos en julio de 2024. La leyenda del hockey canadiense y medallista de oro olímpico Sidney Crosby visitó a la selección masculina de fútbol de Canadá en su vestidor para transmitir un mensaje de inspiración después de que el equipo derrotara a Venezuela en la tanda de penaltis para avanzar a las semifinales. Un símbolo más claro del cambio de estatus entre ambos deportes en Canadá no se podría haber planeado.

    A pesar de todo esto, sería exagerado decir que los canadienses se han contagiado de una intensa fiebre por el Mundial. En parte se debe a que el país es un socio muy secundario en el evento, con solo 13 de los 104 partidos del torneo, repartidos entre Vancouver y Toronto. Tampoco ayuda que la corrupción crónica de la FIFA, junto con el enorme costo de ser sede de los partidos (unos 720 millones de dólares tan solo para Vancouver), haya dado munición de sobra a quienes defienden la idea de que “pan, no circo”.

    Pero, sobre todo, está el incómodo tema de la política norteamericana. Por mucho que le desconcierte al embajador de Estados Unidos, Pete Hoekstra, los canadienses están realmente molestos porque el presidente estadounidense se ha pasado el último año y medio amenazando su soberanía y prometiendo destruir su economía. Sumarse con entusiasmo a una celebración de toda Norteamérica nunca iba a resultar algo natural este verano.

    Aun así, las cosas en el campo van mejorando. A pesar de una serie de lesiones en jugadores clave, incluido Davies, se esperaba que la selección canadiense lograra al menos avanzar de su grupo, algo que no consiguió en ninguna de sus dos participaciones anteriores en la Copa Mundial.

    Pase lo que pase, algo ya está claro. Un país que durante décadas produjo futbolistas que no veían la hora de representar a otra nación ahora tiene una selección que su propia gente quiere hacer suya. En un verano en el que Canadá alberga serias dudas sobre su propia existencia, eso resulta ser más importante de lo que nadie había previsto.

    Joshua Jelly-Schapiro imparte clases en la Universidad de Nueva York y es director editorial de Pioneer Works en Brooklyn. Su obra más reciente es Daylight Come: Harry Belafonte and the World He Made.

    Juan Villoro es autor, entre otros, de El partido del fin del mundo. Este ensayo fue traducido al inglés por Francisco Cantú.

    Andrew Potter, profesor asociado en la Universidad McGill, es autor de The Authenticity Hoax: How We Get Lost Finding Ourselves y, junto con Joseph Heath, de The Rebel Sell: Why the Culture Can’t Be Jammed.