{"id":13099,"date":"2026-06-14T16:56:19","date_gmt":"2026-06-14T21:56:19","guid":{"rendered":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=13099"},"modified":"2026-06-14T16:18:27","modified_gmt":"2026-06-14T22:18:27","slug":"la-investigadora-que-eligio-no-saber","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=13099","title":{"rendered":"La investigadora que eligi\u00f3 no saber"},"content":{"rendered":"<p>This <a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/es\/2026\/06\/14\/espanol\/ciencia-y-tecnologia\/huntington-enfermedad-genetica.html\" target=\"_blank\">post<\/a> was originally published on <a href=\"https:\/\/nytapi.wieck.com\/subscribed\/stories.xml?feedId=5BDTx&authKey=94e0c15c-491f-4d65-bdab-c7b42f57186e\" target=\"_blank\">this site<\/a>.<\/p><div>\n<p>La segunda vez que visit&eacute; a Nancy Wexler en su apartamento de Manhattan, ten&iacute;a un regalo para m&iacute;. Era un ejemplar de sus memorias reci&eacute;n publicadas, <em>My Life, My Science: Pursuing a Cure for Huntington&#8217;s Disease<\/em> (Mi vida, mi ciencia: en busca de una cura para la enfermedad de Huntington).<\/p>\n<p>Estaba estampada con un sello de su firma, ya que ella no puede firmar por s&iacute; misma. Tampoco pudo levantarse de su sill&oacute;n reclinable de cuerina marr&oacute;n para saludarme, ya que es incapaz de levantarse sin ayuda. Hablar le cuesta mucho esfuerzo. A lo sumo, puede articular unas pocas palabras o frases muy entrecortadas o, con gran dificultad, una frase breve.<\/p>\n<p>En aquella tarde soleada y ventosa, Nancy y su hermana, Alice Wexler, estaban sentadas una al lado de la otra en sus sillones reclinables, de espaldas a las ventanas que ofrec&iacute;an unas vistas impresionantes del r&iacute;o Hudson, que estaba muy por debajo. Alice vive en California, pero visita a Nancy cada dos meses.<\/p>\n<p>A sus 80 a&ntilde;os, Nancy Wexler padece la enfermedad de Huntington, un temido padecimiento cerebral que destruye la capacidad de una persona para controlar sus movimientos. No hay tratamiento. No hay cura.<\/p>\n<p>La enfermedad es hereditaria: el abuelo de Nancy, tres t&iacute;os y su madre la padec&iacute;an. Alice, sin embargo, no: si uno de los padres tiene la enfermedad de Huntington, cada hijo tiene un 50 por ciento de probabilidades de desarrollarla. Su madre intent&oacute; suicidarse, un camino que han elegido otras personas con la enfermedad, pero finalmente muri&oacute; a causa de la enfermedad de Huntington.<\/p>\n<p>Nancy no es una paciente cualquiera de la enfermedad de Huntington. Durante d&eacute;cadas, dirigi&oacute; un proyecto de investigaci&oacute;n en una zona remota de Venezuela que descubri&oacute; el gen responsable de la enfermedad de Huntington. Ese trabajo dio lugar a un an&aacute;lisis de sangre que permite a las personas en riesgo saber si est&aacute;n destinadas a padecer la enfermedad. En reconocimiento a este trabajo, Nancy ha recibido numerosos elogios y premios, entre ellos un premio Lasker, uno de los m&aacute;s prestigiosos en el &aacute;mbito cient&iacute;fico. Dedic&oacute; su vida a comprender c&oacute;mo es estar en riesgo de padecer la enfermedad de Huntington y c&oacute;mo es tenerla.<\/p>\n<p>Lo que no sab&iacute;a, sin embargo, era que ella misma la padecer&iacute;a. Tras ayudar a dirigir las investigaciones cruciales que permitieron que las personas en riesgo sepan si contraer&iacute;an esta terrible enfermedad, Nancy decidi&oacute; no hacerse la prueba.<\/p>\n<p>Ahora que la enfermedad ha avanzado mucho m&aacute;s all&aacute; del punto en el que ella puede seguir contribuyendo a la lucha contra la enfermedad de Huntington, es natural preguntarse: &iquest;C&oacute;mo habr&iacute;an sido diferentes su vida y sus investigaciones si hubiera tomado la otra decisi&oacute;n? Si tu destino est&aacute; sellado, &iquest;es mejor o peor saberlo?<\/p>\n<p><em>La enfermedad de Huntington fue<\/em> descrita por primera vez en <a href=\"https:\/\/hdsa.org\/wp-content\/uploads\/2017\/08\/On-Chorea.pdf\" rel=\"nofollow\">un art&iacute;culo publicado en 1872<\/a> por un m&eacute;dico estadounidense, George Huntington. Se estima que afecta a unas <a href=\"https:\/\/hdsa.org\/what-is-hd\/overview-of-huntingtons-disease\/\" rel=\"nofollow\">41.000 personas en Estados Unidos<\/a>. Los s&iacute;ntomas comienzan lentamente, con algo de torpeza al moverse o un andar tambaleante; a menudo se piensa que los pacientes est&aacute;n borrachos cuando van dando tumbos por la calle. Con el paso de los a&ntilde;os, los pacientes se ven acosados por movimientos involuntarios constantes.<\/p>\n<p>Huntington describi&oacute; el sufrimiento con implacable detalle: &#8220;Si el paciente intenta sacar la lengua, lo hace con gran dificultad e incertidumbre&#8221;, escribi&oacute;. &#8220;Las manos no dejan de girar: primero con las palmas hacia arriba y luego con el dorso. Se encogen los hombros, y los pies y las piernas se mantienen en perpetuo movimiento; los dedos de los pies se giran hacia dentro y luego hacia fuera; se cruza un pie sobre el otro y luego se retira de repente y, en resumen, se adoptan todas las posturas y expresiones imaginables, y los movimientos son tan variados e irregulares que ser&iacute;a imposible describirlos por completo&#8221;.<\/p>\n<p>Los pacientes y sus familiares, a&ntilde;adi&oacute; Huntington, hablaban de la enfermedad &#8220;con una especie de horror&#8221;.<\/p>\n<p>La experiencia de Nancy con ese horror comenz&oacute; en 1968. Despu&eacute;s de graduarse en el Radcliffe College, se encontraba en Europa con una beca Fulbright cuando la llamaron a casa para comunicarle que su madre padec&iacute;a la enfermedad.<\/p>\n<p>Hab&iacute;a crecido rodeada de lujos en Pacific Palisades, California; su padre, Milton Wexler, era psicoanalista de las estrellas de Hollywood. Su madre, Leonore, ten&iacute;a un m&aacute;ster en zoolog&iacute;a por la Universidad de Columbia y un t&iacute;tulo de profesora, pero no trabajaba. Sin embargo, guardaba un secreto que ocultaba a sus hijos e incluso a su marido: el padre de Leonore hab&iacute;a padecido la enfermedad de Huntington.<\/p>\n<p>Leonore no lo mencion&oacute; ni siquiera cuando sus tres hermanos &#8211;los t&iacute;os de Nancy&#8211; empezaron a mostrar los signos reveladores: torpeza, marcha vacilante, movimientos bruscos y espasm&oacute;dicos.<\/p>\n<p>Cuando ya era innegable que su esposa estaba cayendo en la enfermedad, Milton llam&oacute; a las dos hermanas a casa y las sent&oacute; en su dormitorio. La probabilidad del 50 por ciento ahora tambi&eacute;n se cern&iacute;a sobre ellas dos. Les dio un consejo que nunca olvidaron: <em>No desperdicien su vida.<\/em><\/p>\n<p>Alice decidi&oacute; ignorar la enfermedad de Huntington y su propio riesgo. &#8220;No quer&iacute;a tener nada que ver con eso&#8221;, me dijo. Se convirti&oacute; en historiadora.<\/p>\n<p>Nancy tuvo una reacci&oacute;n diferente. Har&iacute;a de la enfermedad de Huntington el centro de su vida, sacando un doctorado en psicolog&iacute;a cl&iacute;nica por la Universidad de M&iacute;chigan. El tema de su tesis: las experiencias de las personas con la enfermedad de Huntington y de quienes corren el riesgo de padecerla. Consider&oacute; esa elecci&oacute;n como una forma de afrontar su situaci&oacute;n. Escribi&oacute; que era una versi&oacute;n de lo que la Asociaci&oacute;n Americana de Psiquiatr&iacute;a denomina &#8220;teor&iacute;a de la implosi&oacute;n&#8221;, es decir, &#8220;una t&eacute;cnica utilizada en la terapia conductual en la que se inunda al paciente con experiencias que se consideran relevantes para su miedo&#8221;.<\/p>\n<p>&#8220;Pod&iacute;a hablar de la enfermedad de Huntington sin parecer ego&iacute;sta ni quejumbrosa&#8221;, explic&oacute;. &#8220;Pod&iacute;a hablar de c&oacute;mo se sent&iacute;an las personas en el contexto de ayudarlas&#8221;.<\/p>\n<p>El padre de Nancy fund&oacute; una delegaci&oacute;n del Comit&eacute; para Combatir la Enfermedad de Huntington (CCHD, por su sigla en ingl&eacute;s), que m&aacute;s tarde se convirti&oacute; en la Fundaci&oacute;n para la Enfermedad de Huntington. Su objetivo expl&iacute;cito era encontrar el gen de la enfermedad de Huntington y buscar una cura. Nancy fund&oacute; una delegaci&oacute;n en M&iacute;chigan y tambi&eacute;n colabor&oacute; con su padre en California.<\/p>\n<p>Su primer trabajo, a los 29 a&ntilde;os, fue en la New School for Social Research de Nueva York, donde continu&oacute; sus estudios sobre las personas que padec&iacute;an la enfermedad de Huntington y aquellas en riesgo. Pero nunca les cont&oacute; a sus colegas acad&eacute;micos sobre su propio riesgo. El trabajo, escribi&oacute; m&aacute;s tarde, &#8220;me ense&ntilde;&oacute; c&oacute;mo una enfermedad gen&eacute;tica como la EH puede influir en la forma en que la gente te ve y reacciona ante ti&#8221;.<\/p>\n<p>A&ntilde;adi&oacute;: &#8220;Tambi&eacute;n aprend&iacute; el alto costo emocional que supone mantenerlo en secreto&#8221;.<\/p>\n<p><em>En sus frecuentes viajes a<\/em> California, Nancy tambi&eacute;n ayudaba a su padre a dirigir la Fundaci&oacute;n de la Enfermedad de Huntington. Las reuniones del grupo no pod&iacute;an estar m&aacute;s lejos de las sobrias reuniones cient&iacute;ficas que son el pan de cada d&iacute;a de la vida acad&eacute;mica. No hab&iacute;a charlas tradicionales ni diapositivas. En su lugar, Nancy y su padre invitaban a cient&iacute;ficos creativos &#8211;quienes quiz&aacute; nunca antes hubieran pensado en la enfermedad de Huntington&#8211; a intercambiar ideas sobre c&oacute;mo encontrar el gen, garabateando lo que se les ocurr&iacute;a en una pizarra. Las reuniones siempre contaban con la presencia de un paciente de Huntington, o de un familiar de un paciente, para que los cient&iacute;ficos pudieran comprender lo que estaba en juego.<\/p>\n<p>De vuelta en Nueva York, como parte de su trabajo en Ciencias Sociales, Nancy organizaba reuniones con familias afectadas por la enfermedad de Huntington y personas que trabajaban con ellas, como trabajadores sociales, neur&oacute;logos, representantes de seguros, polic&iacute;as, profesores, enfermeros y otros funcionarios p&uacute;blicos.<\/p>\n<p>Lo que escuch&oacute; le resultaba demasiado familiar. Seg&uacute;n escribi&oacute;, ella misma hab&iacute;a vivido casi todo lo que las familias le hab&iacute;an contado: &#8220;el estigma y el silencio que rodean a la enfermedad de Huntington; la ignorancia de la mayor&iacute;a de los m&eacute;dicos sobre la enfermedad, incluido su patr&oacute;n hereditario; la negaci&oacute;n por parte de los familiares que sab&iacute;an de la enfermedad pero se resist&iacute;an a hablar de ella; el miedo y la ansiedad que sufr&iacute;an quienes estaban en riesgo y esperaban a&ntilde;os a ver si aparec&iacute;an los s&iacute;ntomas; la ansiedad de que, si se desarrollaba una prueba predictiva, esta pudiera revelar una futura aparici&oacute;n pero no hacer nada para anticiparse a ella o prevenirla; las divisiones dentro de las familias sobre c&oacute;mo responder a la enfermedad; la sensaci&oacute;n de pertenecer a un linaje mancillado; la verg&uuml;enza y la incomodidad respecto a los familiares con s&iacute;ntomas; la tremenda carga econ&oacute;mica que supone el cuidado; y la sensaci&oacute;n de que no hab&iacute;a ning&uacute;n sitio al que acudir en busca de ayuda&#8221;.<\/p>\n<p>Como parte de sus investigaciones, Nancy preguntaba a quienes ten&iacute;an antecedentes de Huntington en sus familias si se har&iacute;an la prueba gen&eacute;tica en caso de que se desarrollara una. Dos tercios dijeron que s&iacute;.<\/p>\n<p>Nancy pens&oacute; que ella tambi&eacute;n querr&iacute;a hacerse la prueba.<\/p>\n<p><em>La b&uacute;squeda del gen <\/em>comenz&oacute; de lleno en 1980, centr&aacute;ndose en tres comunidades alrededor del lago Maracaibo, en Venezuela, que ten&iacute;an la mayor prevalencia de la enfermedad de Huntington en el mundo. Los investigadores rastrearon la enfermedad hasta una mujer, Mar&iacute;a Concepci&oacute;n, quien vivi&oacute; en la zona a principios del siglo XIX. Al parecer, Mar&iacute;a ten&iacute;a la enfermedad de Huntington y la transmiti&oacute; a generaciones de descendientes que la llamaban &#8220;el mal&#8221;.<\/p>\n<p>La enfermedad de Huntington era tan temida que los habitantes de esas comunidades hab&iacute;an sido aislados y marginados. Acabaron cas&aacute;ndose entre ellos, lo que aument&oacute; la probabilidad de que el gen se transmitiera.<\/p>\n<p>Nancy dirigi&oacute; el equipo de investigaci&oacute;n, regresando a Venezuela con regularidad durante 22 a&ntilde;os y recogiendo m&aacute;s de 4000 muestras de sangre de venezolanos. Se preocupaba mucho por ellos e incluso ayud&oacute; a crear una residencia para pacientes con Huntington.<\/p>\n<p>Tres a&ntilde;os despu&eacute;s de que comenzara la b&uacute;squeda del gen en Venezuela, esa pregunta &#8211;&iquest;te har&iacute;as la prueba?&#8211; ya no era hipot&eacute;tica. Los investigadores encontraron un marcador, como una bandera en el ADN, que solo estaba presente cuando alguien ten&iacute;a el gen de la enfermedad de Huntington. No era el gen en s&iacute; &#8211;eso vendr&iacute;a m&aacute;s tarde&#8211;, pero se pod&iacute;a usar para decirle a la gente si ten&iacute;a el gen.<\/p>\n<p>La decisi&oacute;n de hacerse la prueba, sin embargo, result&oacute; ser m&aacute;s dif&iacute;cil de lo que podr&iacute;a parecer. &iquest;Es mejor saber que est&aacute;s condenado, o esperar que no lo est&eacute;s?<\/p>\n<p>En su tesis doctoral, Nancy hab&iacute;a advertido de que, cuando la prueba estuviera disponible, muchos de quienes pensaban que la querr&iacute;an cambiar&iacute;an de opini&oacute;n. No se hab&iacute;a dado cuenta de que ella ser&iacute;a una de ellos.<\/p>\n<p>La enfermedad de Huntington es una de las pocas enfermedades &#8211;otras son el alzh&eacute;imer prematuro y algunas enfermedades pri&oacute;nicas&#8211; en las que un resultado positivo en la prueba gen&eacute;tica te quita toda esperanza de escapar a tu destino. En otras enfermedades gen&eacute;ticas, una prueba solo puede indicar una probabilidad, no una certeza, de que una persona vaya a desarrollar la enfermedad. En ambos casos, la gente suele optar por no hacerse la prueba. En el caso del c&aacute;ncer de colon, por ejemplo, un <a href=\"https:\/\/pmc.ncbi.nlm.nih.gov\/articles\/PMC9317363\/\" rel=\"nofollow\">estudio nacional<\/a> reciente revel&oacute; que solo el 3,7 por ciento de las personas con una mutaci&oacute;n que aumenta el riesgo se someti&oacute; realmente a la prueba gen&eacute;tica.<\/p>\n<p>El fen&oacute;meno de la evasi&oacute;n es tan com&uacute;n que las cl&iacute;nicas de fecundaci&oacute;n in vitro ofrecen una prueba especial a las parejas con riesgo de padecer alguna enfermedad hereditaria: examinan cada embri&oacute;n en busca del gen de la enfermedad e implantan &uacute;nicamente aquellos que no lo tienen, sin informar a los futuros padres del resultado.<\/p>\n<p>En su libro, Nancy explica que se hab&iacute;a tomado a la ligera la idea de hacerse la prueba antes de que existiera realmente una.<\/p>\n<p>&#8220;Me di cuenta de que no hab&iacute;a pensado en todas las ramificaciones, tanto psicol&oacute;gicas como sociales, de lo que un resultado positivo podr&iacute;a significar en mi vida&#8221;, escribi&oacute; Nancy, y a&ntilde;adi&oacute;: &#8220;No estaba segura de poder vivir con la certeza de que alg&uacute;n d&iacute;a aparecer&iacute;an los temidos s&iacute;ntomas. Prefer&iacute; enfrentarme al demonio cuando estuviera a las puertas de mi casa&#8221;.<\/p>\n<p>Alice ten&iacute;a una raz&oacute;n similar para rechazar la prueba. &#8220;&iquest;C&oacute;mo vivir&iacute;a con un resultado positivo?&#8221;, se pregunt&oacute;. &#8220;Pensaba que la idea de la ambig&uuml;edad, la incertidumbre, ten&iacute;a cierto atractivo. Cre&iacute;a que podr&iacute;a vivir con eso&#8221;.<\/p>\n<p>Y, me dijo, &#8220;una vez que tienes ese conocimiento, no puedes deshacerte de &eacute;l&#8221;.<\/p>\n<p><em>En 1996, despu&eacute;s de que<\/em> las investigaciones de Nancy ayudaran a encontrar el gen, Alice empez&oacute; a notar peque&ntilde;os movimientos anormales en su hermana.<\/p>\n<p>Nancy ten&iacute;a solo 51 a&ntilde;os, dos menos de los que ten&iacute;a su madre cuando un polic&iacute;a la vio tambale&aacute;ndose mientras caminaba por la calle y la acus&oacute; de estar ebria.<\/p>\n<p>Pero Nancy negaba que estuviera pasando algo. Llevaba una vida activa; se sent&iacute;a bien. Conoci&oacute; a su pareja, Herbert Pardes, psiquiatra y vicepresidente ejecutivo del Hospital New York-Presbyterian, ya entrada en a&ntilde;os, pero ten&iacute;an una relaci&oacute;n feliz. (<a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/2024\/05\/09\/health\/herbert-pardes-dead.html\" rel=\"nofollow\">&Eacute;l falleci&oacute; en 2024<\/a>).<\/p>\n<p>Sin embargo, amigos y colegas empezaron a preguntarle a Nancy si ten&iacute;a la enfermedad de Huntington, observ&aacute;ndola de cerca. Ella se pon&iacute;a molesta y furiosa. &iquest;C&oacute;mo se atrev&iacute;an a intentar diagnosticarla? No eran sus m&eacute;dicos.<\/p>\n<p>No obstante, a Nancy le sorprendi&oacute; verse en videos haciendo movimientos bruscos y espasm&oacute;dicos. No se hab&iacute;a dado cuenta de que hac&iacute;a eso.<\/p>\n<p>Le preocupaba su comportamiento impulsivo: le dijo a Alice que parec&iacute;a que no pod&iacute;a dejar de comprar cosas que no se pod&iacute;a permitir. (La impulsividad es un rasgo caracter&iacute;stico de la enfermedad de Huntington).<\/p>\n<p>En 2015 hab&iacute;a perdido mucho peso, algo t&iacute;pico de la enfermedad de Huntington, debido a los constantes movimientos involuntarios. Y se tambaleaba al caminar.<\/p>\n<p>Finalmente, en 2019, se llev&oacute; a cabo un ensayo cl&iacute;nico con un f&aacute;rmaco experimental para la enfermedad de Huntington. Nancy quer&iacute;a participar, pero para ello ten&iacute;a que tener un diagn&oacute;stico de la enfermedad.<\/p>\n<p>Le pidi&oacute; a la neur&oacute;loga Linda Lewis que le dijera la verdad. &iquest;Ten&iacute;a la enfermedad de Huntington?<\/p>\n<p>&#8220;S&iacute;, Nancy, la tienes&#8221;, dijo Lewis.<\/p>\n<p>Era demasiado mayor para el ensayo, pero los investigadores estaban dispuestos a hacer una excepci&oacute;n con ella. Antes de que pudiera empezar a tomar el f&aacute;rmaco, el ensayo se suspendi&oacute;: estaba empeorando el estado de los pacientes.<\/p>\n<p>Sigue sin haber tratamiento para la enfermedad de Huntington.<\/p>\n<p><em>Ahora, les pregunt&eacute; a Nancy y a Alic<\/em>e<em>,<\/em> <em>en retrospectiva: <\/em>&iquest;habr&iacute;a sido mejor haberse hecho la prueba?<\/p>\n<p>La respuesta, para ambas, es un rotundo no. Ninguna de las dos vive con remordimientos.<\/p>\n<p>Seg&uacute;n Alice, la prueba no resuelve las grandes preguntas. &#8220;Aunque la prueba se promocionaba como una elecci&oacute;n entre la certeza y la incertidumbre, para m&iacute; siempre me pareci&oacute; m&aacute;s una elecci&oacute;n entre una forma de incertidumbre &#8211;&iquest;voy a tener la enfermedad de Huntington?&#8211; y otra &#8211;&iquest;cu&aacute;ndo tendr&eacute; la enfermedad de Huntington?&#8221;, dijo.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de toda esa zozobra, Alice se libr&oacute; de la enfermedad familiar. Le pregunt&eacute; si sent&iacute;a culpa del superviviente. &#8220;M&aacute;s que culpa, siento la injusticia de todo esto&#8221;, respondi&oacute;. &#8220;Qu&eacute; injusto es que ella tenga Huntington y yo no. Es solo una suerte cruel y arbitraria del azar&#8221;.<\/p>\n<p>La &uacute;nica raz&oacute;n por la que podr&iacute;a haber querido hacerse la prueba, dijo Alice, era para, en caso de no tener el gen, poder tener hijos biol&oacute;gicos. No hab&iacute;a querido arriesgarse a transmitir el gen a otra generaci&oacute;n. Pero cuando la prueba estuvo disponible ten&iacute;a alrededor de 45 a&ntilde;os: demasiado tarde para ella.<\/p>\n<p>La respuesta de Nancy fue m&aacute;s breve, pero concisa: &#8220;La prueba predictiva no habr&iacute;a servido de nada. Habr&iacute;a sido demasiado amenazante&#8221;, dijo, con dificultad para articular las palabras.<\/p>\n<p>Nancy tambi&eacute;n anhel&oacute; tener hijos. Prob&oacute; el m&eacute;todo de fecundaci&oacute;n in vitro, que le permit&iacute;a evitar saber si alg&uacute;n embri&oacute;n estaba afectado. Pero no logr&oacute; tener un beb&eacute;.<\/p>\n<p>Ahora, atendida por cuidadores a tiempo completo, confinada en su apartamento, incapaz de comer o ba&ntilde;arse sola, despojada de su carism&aacute;tica personalidad por sus dificultades para hablar, le pregunt&eacute; c&oacute;mo es su vida.<\/p>\n<p>&#8220;No da tanto miedo&#8221;, respondi&oacute; Nancy.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/by\/gina-kolata\" rel=\"nofollow\">Gina Kolata<\/a> escribe sobre enfermedades y tratamientos, c&oacute;mo se descubren y prueban los tratamientos y c&oacute;mo afectan a las personas.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La segunda vez que visit\u00e9 a Nancy Wexler en su apartamento de Manhattan, ten\u00eda un regalo para m\u00ed. 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