{"id":14058,"date":"2026-06-19T16:36:15","date_gmt":"2026-06-19T21:36:15","guid":{"rendered":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=14058"},"modified":"2026-06-19T18:23:13","modified_gmt":"2026-06-20T00:23:13","slug":"estoy-enamorado-de-mi-doctor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=14058","title":{"rendered":"Estoy enamorado de mi doctor"},"content":{"rendered":"<p>This <a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/2026\/06\/19\/style\/i-have-fallen-in-love-with-my-doctor.html\" target=\"_blank\">post<\/a> was originally published on <a href=\"https:\/\/nytapi.wieck.com\/subscribed\/stories.xml?feedId=5BDTx&authKey=94e0c15c-491f-4d65-bdab-c7b42f57186e\" target=\"_blank\">this site<\/a>.<\/p><div>\n<p><b>Pero tenemos una gran diferencia de edad.<\/b><\/p>\n<p>Estoy enamorado de mi doctor, quien, por cierto, tiene 3 a&ntilde;os. Hay que aclarar que este amor es el amor de un pap&aacute;, ya que mi doctor tambi&eacute;n es mi hijo.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de cenar, se pone una bata blanca, el estetoscopio y lleva una jeringa de juguete en su manita. Imita los movimientos que nos ha aprendido cuando le da fiebre y me pide que incline la cabeza hacia atr&aacute;s y abra bien la boca, asegur&aacute;ndose de que me tome el medicamento. Finjo escupirlo, momento en el que me mira con seriedad y dice: &#8220;No, no, papi, es hora de tu medicina&#8221;.<\/p>\n<p>Me ausculta el coraz&oacute;n, me revisa los o&iacute;dos con su otoscopio de juguete y, para mi sorpresa, las fosas nasales. Luego saca un martillo de reflejos de pl&aacute;stico, la misma herramienta que llev&oacute; a mi diagn&oacute;stico nueve meses antes de que &eacute;l naciera. Lo golpea contra cada una de mis r&oacute;tulas.<\/p>\n<p>&#8220;&iquest;Tus piernas funcionan bien, papi?&#8221;, pregunta.<\/p>\n<p>&#8220;S&iacute;, muchas gracias, doctor Miles&#8221;, miento.<\/p>\n<p>Luego digo: &#8220;Eres un doctor muy bueno&#8221;.<\/p>\n<p>Termina su trabajo y dice: &#8220;Ya est&aacute;s mejor, papi&#8221;. Mitad pregunta, mitad afirmaci&oacute;n. Asiento con la cabeza. Lo acerco a m&iacute; y le doy un beso en la mejilla.<\/p>\n<p>Me enter&eacute; de que estaba enfermo al d&iacute;a siguiente de saber que iba a ser pap&aacute;, el pap&aacute; de Miles. A mi esposa le tom&oacute; casi dos a&ntilde;os quedar embarazada; ya casi hab&iacute;amos dejado de intentarlo. Ten&iacute;amos programada una fecundaci&oacute;n in vitro, a solo tres semanas de distancia.<\/p>\n<p>Entonces mi esposa se hizo una prueba de embarazo que supusimos saldr&iacute;a negativa, como ya nos hab&iacute;a pasado miles de veces. Lloramos al ver c&oacute;mo se oscurec&iacute;a una l&iacute;nea azul, que indicaba un resultado positivo. Era el primer indicio de un futuro que se hab&iacute;a sentido cada vez m&aacute;s imposible. Cancelamos la cita de la FIV y conservamos nuestros ahorros. Necesitar&iacute;amos el dinero para los pa&ntilde;ales.<\/p>\n<p>Al d&iacute;a siguiente, obtuvimos otro resultado de prueba, tambi&eacute;n positivo, pero que ofrec&iacute;a la visi&oacute;n de un futuro mucho menos feliz. Una semana antes, me hab&iacute;an extra&iacute;do l&iacute;quido cefalorraqu&iacute;deo la primera noche que pas&eacute; en el hospital, me pincharon repetidamente la columna con una aguja que prefer&iacute;a no ver. Me acurruqu&eacute; abraz&aacute;ndome las rodillas para dejar al descubierto las v&eacute;rtebras, mientras mi esposa estaba sentaba a mi lado.<\/p>\n<p>Cada intento fallido me provocaba espasmos en las piernas. El residente se disculp&oacute;, yo comenc&eacute; a temblar y mi esposa empez&oacute; a llorar.<\/p>\n<p>&#8220;Este es el peor masaje de espalda que me han dado en la vida&#8221;, dije, tratando de calmar sus l&aacute;grimas.<\/p>\n<p>Casi funcion&oacute;. Los dos, el residente y el estudiante de medicina con los ojos muy abiertos se rieron. Mi esposa puso los ojos en blanco, cansada, y dijo: &#8220;No le hagan caso&#8221;. Finalmente, lleg&oacute; la doctora a cargo. Para nuestro alivio, lo hizo bien a la primera.<\/p>\n<p>Una semana antes, estaba en el mismo hospital. Es donde trabajaba. Estaba en el &uacute;ltimo a&ntilde;o de mi doctorado en psicolog&iacute;a cl&iacute;nica como pasante en el hospital, era mi &uacute;ltima rotaci&oacute;n cl&iacute;nica antes de graduarme.<\/p>\n<p>Conoc&iacute;a bien los pasillos. Los recorr&iacute;a a diario como parte del equipo de consulta y enlace, vistiendo lo que eran, en esencia, pijamas de trabajo: un uniforme m&eacute;dico negro y un chaleco de lana, con mi credencial arriba de la cintura, que indicaba cu&aacute;l era mi funci&oacute;n. Pero ese d&iacute;a, mi uniforme estaba guardado, ahora llevaba puesta una versi&oacute;n diferente de pijama, ese atuendo que hab&iacute;a visto mil veces pero que nunca me hab&iacute;a puesto: una bata de hospital verde espuma de mar con un cord&oacute;n en la espalda. El uniforme de los que sufren.<\/p>\n<p>Trat&eacute; de convencerme a m&iacute; mismo y al equipo m&eacute;dico de que ese lugar no era para m&iacute; y que, de hecho, no estaba enfermo. Me sent&eacute; en el sof&aacute; en lugar de en la cama, con mi identificaci&oacute;n prensada al cuello de la bata. Me port&eacute; como un buen paciente. Sonre&iacute; e hice bromas. Les cont&eacute; sobre el embarazo de mi esposa despu&eacute;s de a&ntilde;os de intentarlo. Como si hubiera una ecuaci&oacute;n entre la enfermedad y la curaci&oacute;n. Como si mi curr&iacute;culum &#8211;futuro pap&aacute;, de buen esp&iacute;ritu, colega&#8211; de alguna manera me garantizara una cura.<\/p>\n<p>Por el contrario, me dieron a los 30 a&ntilde;os un diagn&oacute;stico sin darme uno: esclerosis m&uacute;ltiple. Me sent&iacute; como si me hubieran asignado un papel para el que no hab&iacute;a hecho audici&oacute;n, un papel para el que soy demasiado joven, demasiado sano, para interpretarlo. &#8220;No, no&#8221;, quer&iacute;a explicarle al director. &#8220;Esto debe ser alg&uacute;n tipo de malentendido. Se han equivocado de persona. Voy a ser pap&aacute;&#8221;.<\/p>\n<p>La EM es una enfermedad de identidad equivocada. Mi sistema inmunol&oacute;gico, creyendo que hay un intruso, monta una defensa. Pero no hay ning&uacute;n intruso, nadie contra quien defenderse. Trato de dec&iacute;rselo, pero no me escucha. Sigue protegi&eacute;ndome contra una amenaza fantasma y esos esfuerzos provocan agujeros en la pared de mi columna vertebral, vidrios rotos en la ventana de mi cerebro. Los intentos por mantener a salvo mi cuerpo se convierten en el instrumento de su propia ruina.<\/p>\n<p>Estoy acostumbrado al sufrimiento, pero no al m&iacute;o. En la escuela de posgrado me ense&ntilde;aron que la coraza emocional es necesaria, porque de lo contrario, el dolor te destroza. Para m&iacute;, existe una cierta seguridad en esconderme detr&aacute;s de la etiqueta de pasante, psic&oacute;logo, proveedor, que creemos nos inmuniza contra el dolor que tratamos. Por supuesto, esa divisi&oacute;n no existe. Fui proveedor, despu&eacute;s paciente. Ahora soy ambas. Primero somos visitantes de esas salas. Con el tiempo, todos nos convertimos en los visitados.<\/p>\n<p>Pero mi hijo no sabe que estoy enfermo. Una de las ventajas de tener 3 a&ntilde;os es que a&uacute;n no entiende mucho. Sabe todo sobre Plaza S&eacute;samo, nada sobre la p&eacute;rdida. Sabe que los s&aacute;bados lo llevo a la clase de m&uacute;sica con la se&ntilde;orita Aimee y que los lunes, mi&eacute;rcoles y viernes, va a la escuela con la se&ntilde;orita Karen.<\/p>\n<p>Tambi&eacute;n sabe que todas las tardes, cuando llegue a casa del trabajo, atravesaremos las puertas corredizas hacia el patio trasero, donde lo lanzar&eacute; hacia el cielo, con la luz del atardecer pos&aacute;ndose sobre su cabello y ojos.<\/p>\n<p>Quiero prolongar esta inocencia tanto como pueda, que el mundo siga siendo tan sencillo como &eacute;l lo ve ahora. En mis brazos, a salvo y sin preocupaciones, creyendo que as&iacute; es como es el mundo. As&iacute; como siempre ser&aacute;.<\/p>\n<p>Pero este mundo cambiar&aacute;. Tarde o temprano, se enterar&aacute; de que estoy enfermo. &iquest;Qu&eacute; edad tendr&aacute; cuando mi esposa y yo se lo contemos? Pienso en mis padres, que me hablaron de sexo desde muy temprano porque quer&iacute;an que lo escuchara de ellos primero. &iquest;Compartir mi diagn&oacute;stico con &eacute;l ser&aacute; as&iacute;? &iquest;Ser&aacute; una conversaci&oacute;n que decidimos tener? &iquest;O se dar&aacute; cuenta por s&iacute; mismo? &iquest;Ser&aacute; como cuando yo vi a mi propio pap&aacute; escondiendo los huevos de pascua en el patio trasero y me di cuenta de la verdad sobre el Conejo de Pascua?<\/p>\n<p>A trav&eacute;s de la ventana trasera, vi c&oacute;mo mi pap&aacute; se agachaba cerca del &aacute;rea de juegos y c&oacute;mo escond&iacute;a los huevos debajo del tobog&aacute;n y a lo largo de la cerca. Sent&iacute; tanto decepci&oacute;n como orgullo. La inocencia de las creencias infantiles dando paso a la edad adulta.<\/p>\n<p>&iquest;Fingir&aacute; no saberlo? &iquest;Me proteger&aacute; para que no me d&eacute; cuenta de que ha cruzado el umbral? &iquest;As&iacute; como fing&iacute; yo sorprenderme por esos huevos la ma&ntilde;ana siguiente? &iquest;Se lo dir&aacute; a su hermana menor &iquest;O tendr&aacute; ella que darse cuenta por s&iacute; misma?<\/p>\n<p>O, en el peor de los casos, &iquest;se lo dir&aacute; alguien m&aacute;s? Todos los d&iacute;as pienso en este dilema: &iquest;cu&aacute;nto tiempo puedo esperar para dec&iacute;rselo antes de que sea demasiado tarde? &iquest;Ser&aacute; antes de correr el riesgo de que ese ni&ntilde;o cruel en el parque le pregunte por qu&eacute; camino raro, se&ntilde;alando algo que &eacute;l no hab&iacute;a notado sobre su propio pap&aacute;? Por ahora, &eacute;l no carga con el peso del concepto de la enfermedad, de la p&eacute;rdida. Algo que quiero preservar para siempre. Algo que solo puedo preservar por ahora.<\/p>\n<p>Incluso si esta historia no fuera una de enfermedad, seguir&iacute;a siendo una historia de p&eacute;rdida. Ning&uacute;n padre puede quedarse con sus hijos para siempre, lo s&eacute;, ni al rev&eacute;s. En cambio, existimos juntos por un tiempo, dej&aacute;ndonos llevar por el mismo r&iacute;o, antes de que la corriente nos separe y nos lleve por nuestros propios afluentes sinuosos.<\/p>\n<p>Solo tiene 3 a&ntilde;os, este ni&ntilde;o que me convirti&oacute; en padre. &iquest;C&oacute;mo puedo esperar que me recuerde tal y como soy ahora?<\/p>\n<p>&iquest;Cu&aacute;ntos recuerdos tendr&eacute; de &eacute;l? Me encuentro recopil&aacute;ndolos fren&eacute;ticamente, guard&aacute;ndolos d&iacute;a con d&iacute;a. Es mi fr&aacute;gil moneda de cambio contra la p&eacute;rdida. Como el recuerdo de mi visita al doctor de esta tarde.<\/p>\n<p>Al terminar la consulta, mi hijo guarda su malet&iacute;n m&eacute;dico e intercambiamos los roles de paciente y m&eacute;dico por los de padre e hijo. Lo veo quitarse la bata blanca y solo me llega un pensamiento: c&oacute;mo desear&iacute;a que &eacute;l pudiera curarme.<\/p>\n<p>Luego, en un arrebato, se quita el resto de la ropa, se queda desnudo y empieza a corretear por toda la casa. Se r&iacute;e a carcajadas, zigzagueando por nuestra sala antes de que siquiera hayamos abierto el grifo de la tina. Lo veo correr, delirante, lleno de luz. Es entonces cuando me doy cuenta de que, en muchos sentidos, ya lo hizo.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Pero tenemos una gran diferencia de edad. Estoy enamorado de mi doctor, quien, por cierto, tiene 3 a\u00f1os. Hay que aclarar que este amor es el amor de un pap\u00e1, ya que mi doctor tambi\u00e9n es mi hijo. 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