{"id":21929,"date":"2026-07-26T08:27:00","date_gmt":"2026-07-26T13:27:00","guid":{"rendered":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=21929"},"modified":"2026-07-26T10:32:22","modified_gmt":"2026-07-26T16:32:22","slug":"por-que-busque-al-comandante-taliban-contra-el-que-combati","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=21929","title":{"rendered":"Por qu\u00e9 busqu\u00e9 al comandante talib\u00e1n contra el que combat\u00ed"},"content":{"rendered":"<p>This <a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/es\/2026\/07\/26\/espanol\/mundo\/talibanes-afganistan.html\" target=\"_blank\">post<\/a> was originally published on <a href=\"https:\/\/nytapi.wieck.com\/subscribed\/stories.xml?feedId=5BDTx&authKey=94e0c15c-491f-4d65-bdab-c7b42f57186e\" target=\"_blank\">this site<\/a>.<\/p><div>\n<p>He participado en la muerte de unas seis personas. Tal vez siete. No s&eacute; si un hombre se desangr&oacute; a un lado de la carretera o si lo llevaron a un m&eacute;dico. Pienso en &eacute;l con frecuencia.<\/p>\n<p>Las muertes ocurrieron en el invierno y la primavera de principios de 2010, durante una de las operaciones m&aacute;s grandes de la guerra de Afganist&aacute;n: la batalla de Marja. Yo, con 22 a&ntilde;os, lideraba un equipo de francotiradores exploradores compuesto por siete Marines y un enfermero de la Marina.<\/p>\n<p>Es algo extra&ntilde;o, haber matado gente en un conflicto que dur&oacute; 20 a&ntilde;os y que, <a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/es\/2021\/09\/01\/espanol\/afganistan-estados-unidos-guerra.html\" rel=\"nofollow\">en &uacute;ltima instancia, fue una derrota<\/a>. La suma de semejante gasto de vidas humanas y el trauma que provoc&oacute; dej&oacute; a Afganist&aacute;n casi igual a como estaba en 2001, antes de que ninguna bota estadounidense llegara al territorio.<\/p>\n<p>Matar en la guerra a menudo se reduce a una mentalidad de &#8220;ellos o nosotros&#8221;, una postura defendible com&uacute;n en el combate de infanter&iacute;a. Pero tambi&eacute;n se nos orden&oacute; &#8220;ganarnos corazones y mentes&#8221;, la estrategia estadounidense destinada a ganarse la confianza de la poblaci&oacute;n y aislar a los talibanes. Tratar de generar buena voluntad mientras se libraban tiroteos junto a las casas de la gente resultaba profundamente confuso. Matar no era algo distante; se sent&iacute;a profundamente personal.<\/p>\n<p>Los patrullajes requer&iacute;an una evaluaci&oacute;n constante de si alguien era amigo o enemigo, y largas horas mirando a trav&eacute;s de visores de alta potencia para intentar determinar las intenciones y los ademanes de nuestros enemigos. Rara vez los ve&iacute;amos con un rifle en las manos. Matar depend&iacute;a de nuestros propios instintos y de una serie interminable de miedos. &iquest;Deber&iacute;amos dispararle a este hombre? &iquest;O no? &iquest;Qu&eacute; pasa si no lo hacemos? &iquest;Morir&aacute;n nuestros amigos por nuestra vacilaci&oacute;n?<\/p>\n<p>Tambi&eacute;n ten&iacute;amos una cultura retorcida en la que matar te hac&iacute;a ganar respeto, como si dispararles a los afganos fuera la prueba definitiva de que eras competente. As&iacute; que mat&aacute;bamos gente. Yo mat&eacute; gente. Estas decisiones de apretar el gatillo fueron los pasos finales de nuestra participaci&oacute;n en una estrategia que estaba condenada al fracaso incluso antes de que me desplegaran.<\/p>\n<p>Los talibanes, con su exclusi&oacute;n de las mujeres de la vida p&uacute;blica y su trato violento a las minor&iacute;as &eacute;tnicas, fracturaron a la sociedad afgana. Durante su ocupaci&oacute;n de 20 a&ntilde;os, Estados Unidos a menudo utiliz&oacute; esto como justificaci&oacute;n para prolongar la guerra, aunque rara vez abord&oacute; sus propios fracasos estrat&eacute;gicos y morales, ni el dolor y las p&eacute;rdidas que le causaba a tantos afganos.<\/p>\n<p>Mi carrera period&iacute;stica &#8211;la cual comenz&oacute; despu&eacute;s de dejar el Cuerpo de Infanter&iacute;a de Marina&#8211; giraba en torno a tratar de entender por qu&eacute; continuaba este ciclo sangriento. El periodismo era una forma de retroceder en el tiempo y entender qu&eacute; hab&iacute;a hecho y qu&eacute; papel jugu&eacute; en un conflicto que estaba lejos de terminar. Cuanto m&aacute;s ve&iacute;a, cuanto m&aacute;s aprend&iacute;a, m&aacute;s verg&uuml;enza me produc&iacute;a mi contribuci&oacute;n a este desastre a mis veintipocos a&ntilde;os.<\/p>\n<p>Cubrir la guerra tambi&eacute;n significaba una cercan&iacute;a sostenida con la violencia, las v&iacute;ctimas y el trauma, y, de vez en cuando, la deshonestidad p&uacute;blica que acompa&ntilde;a a los conflictos de manera casi inevitable. Ya hab&iacute;a vivido lo suficiente en el Cuerpo de Infanter&iacute;a de Marina. Ya hab&iacute;a llegado a mi l&iacute;mite con eso. Renunci&eacute; a mi trabajo, agotado.<\/p>\n<p>Pero en mayo, cuando me quedaban poco m&aacute;s de dos semanas en The New York Times antes de volver a la escuela para convertirme en profesor de ingl&eacute;s, aterric&eacute; en Afganist&aacute;n. Hab&iacute;a venido a hablar con la gente contra la que alguna vez luch&eacute;: los talibanes.<\/p>\n<p>Mi razonamiento era sencillo. Aunque el Pent&aacute;gono no emprender&iacute;a ninguna reflexi&oacute;n significativa sobre estas d&eacute;cadas recientes de guerra, yo pod&iacute;a, al menos, hacerme responsable de mi participaci&oacute;n en una estrategia mal concebida que dej&oacute; decenas de miles de afganos y estadounidenses muertos.<\/p>\n<p>Llev&eacute; recuerdos de una tienda de regalos cerca de mi casa en Rhode Island, los cuales obsequiar&iacute;a a algunos funcionarios talibanes a quienes conozco desde hace casi media d&eacute;cada. Corazones y mentes, despu&eacute;s de todo, aunque esta vez como invitado y no como ocupante.<\/p>\n<p>Al final, quer&iacute;a hablar con el mul&aacute; Abdul Rahim Gulab, un comandante talib&aacute;n al que <a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/es\/2021\/12\/29\/espanol\/guerra-afganistan-talibanes.html\" rel=\"nofollow\">conoc&iacute; por casualidad<\/a> en 2021, apenas unos meses despu&eacute;s de que Kabul cayera ante los talibanes. Pero tambi&eacute;n hab&iacute;amos peleado el uno contra el otro en febrero de 2010 en el sur de Afganist&aacute;n.<\/p>\n<p>Sab&iacute;a que tendr&iacute;a una versi&oacute;n de la batalla de Marja distinta a la m&iacute;a. Tal vez tendr&iacute;a historias con sus propios h&eacute;roes y amigos muertos que yo pudiera apreciar y respetar, historias en las que &eacute;l tampoco pod&iacute;a dejar de pensar. Tal vez podr&iacute;a sentir l&aacute;stima por &eacute;l y no solo sentirme mal por seguir vivo cuando mis amigos murieron.<\/p>\n<p><em>El lado correcto<\/em><\/p>\n<p>Cuando aterric&eacute; en Kabul en mayo, un viceministro talib&aacute;n del ministerio de informaci&oacute;n y cultura llamado Muhajer Farahi quiso hablar conmigo despu&eacute;s de ver la solicitud que present&eacute; para hablar con Gulab.<\/p>\n<p>No nos hab&iacute;amos conocido antes. Pero sentado frente a m&iacute; en su oficina, Farahi me dijo que sus razones para luchar contra Estados Unidos eran simples: quer&iacute;a a los estadounidenses fuera de su tierra.<\/p>\n<p>Hablaba despacio y en voz baja, y evitaba el contacto visual. Su ingl&eacute;s era bueno. Dej&oacute; claro que su tiempo en la provincia de Farah, en el suroeste de Afganist&aacute;n durante la guerra, o yihad, como los talibanes se refieren a su campa&ntilde;a militar de 20 a&ntilde;os, fue dif&iacute;cil.<\/p>\n<p>&#8220;Est&aacute;bamos del lado correcto&#8221;, dijo. &#8220;Luch&aacute;bamos por nuestra fe&#8221;.<\/p>\n<p>Me disculp&eacute; por sus amigos muertos y por las personas inocentes que perdieron la vida en la guerra. Me mir&oacute; y pens&oacute; por un momento antes de recordarme que yo era un soldado, un engranaje en una m&aacute;quina que decidi&oacute; invadir su pa&iacute;s y quedarse. Fue lo m&aacute;s cerca que estuve de un perd&oacute;n.<\/p>\n<p>&Eacute;l quer&iacute;a hablar de otras cosas. M&aacute;s que nada, se preguntaba cu&aacute;ntos estadounidenses hab&iacute;a matado, y segu&iacute;a desconcertado porque, aunque hab&iacute;a visto detonar bombas caseras bajo nuestros veh&iacute;culos blindados, los anuncios de bajas del Pent&aacute;gono eran relativamente pocos. Asum&iacute;a que Estados Unidos ment&iacute;a sobre sus cifras de muertos.<\/p>\n<p>Le expliqu&eacute; la compleja red de atenci&oacute;n de emergencias a la que se pod&iacute;a llegar r&aacute;pidamente en helic&oacute;ptero. No pareci&oacute; convencido. En cambio, dijo algo de lo que la mayor&iacute;a de los talibanes se han hecho eco al hablar de mi &eacute;poca como Marine: no intenten invadir de nuevo.<\/p>\n<p>Le asegur&eacute; que Estados Unidos parec&iacute;a haber pasado la p&aacute;gina, pero &eacute;l sac&oacute; a colaci&oacute;n las guerras m&aacute;s recientes en las que el pa&iacute;s se hab&iacute;a involucrado.<\/p>\n<p>&#8220;No han aprendido&#8221;, dijo. &#8220;Miren a Ir&aacute;n y Gaza: est&aacute;n peleando por los israel&iacute;es. No les importan los derechos humanos&#8221;. Culp&oacute; al pueblo estadounidense por votar para llevar al poder a una larga fila de presidentes que comenzaron y continuaron las llamadas guerras eternas.<\/p>\n<p>Al salir a la luz cegadora del centro de Kabul, sent&iacute; lo que solo podr&iacute;a describirse como una extra&ntilde;a sensaci&oacute;n de alivio. Me hab&iacute;an sermoneado, s&iacute;, pero en el fondo se sent&iacute;a como si hubiera alg&uacute;n reconocimiento de nuestra humanidad.<\/p>\n<p>Eso parec&iacute;a suficiente, por ahora. Era momento de hablar con Gulab.<\/p>\n<p><em>Hechos dif&iacute;ciles<\/em><\/p>\n<p>Cuando entrevist&eacute; a Gulab en 2021, no le revel&eacute; que hab&iacute;a sido infante de marina. Lo entrevist&eacute; como reportero sobre sus d&iacute;as de combate. Confirm&oacute; cosas que yo sab&iacute;a: c&oacute;mo &eacute;l y sus compa&ntilde;eros dejaban sus armas y nos saludaban como amigos en las calles, y que depend&iacute;an de los ni&ntilde;os para rastrear nuestras huellas hasta nuestros puestos de avanzada improvisados.<\/p>\n<p>Estos hab&iacute;an sido hechos dif&iacute;ciles de afrontar para m&iacute; en 2010, y todav&iacute;a resonaban al escucharlos, en retrospectiva, de boca de un insurgente victorioso, un combatiente local que us&oacute; la astucia para derrotarnos, aunque nosotros est&aacute;bamos mucho mejor armados que su grupo de 20 hombres. Sus t&aacute;cticas formaban un rompecabezas que yo ten&iacute;a que descifrar en cada patrulla para poder sobrevivir el d&iacute;a. Algunos de mis amigos no lo lograron.<\/p>\n<p>Cuando conoc&iacute; a Gulab por primera vez, camin&eacute; hacia un muro de adobe en Marja como periodista. Como Marine m&aacute;s de una d&eacute;cada antes, le hab&iacute;a disparado a un joven en la cabeza en ese mismo lugar. Recordaba el &uacute;ltimo vistazo a su rostro antes del estampido de mi rifle de cerrojo. Mi mente no proces&oacute; que lo hab&iacute;a matado hasta despu&eacute;s, cuando alguien me dijo que hab&iacute;an encontrado su cuerpo arrastrado detr&aacute;s de una esquina, junto con su arma.<\/p>\n<p>Gulab y yo tenemos casi la misma edad, ambos cerca de los 40 a&ntilde;os. Se uni&oacute; a los talibanes porque dos de sus hermanos murieron en combate. Uno de ellos es su foto de perfil de WhatsApp.<\/p>\n<p>Me un&iacute; a los Marines porque mi padre era un veterano de Vietnam que rara vez hablaba de la guerra, y porque yo era un ni&ntilde;o bajito que creci&oacute; en un pueblo agradable y fue a una buena escuela secundaria p&uacute;blica y quer&iacute;a demostrar mi val&iacute;a.<\/p>\n<p>En mayo, cuando volv&iacute; a contactar a Gulab, esta vez por tel&eacute;fono, le cont&eacute; la verdad sobre mi pasado: no solo era periodista, hab&iacute;a luchado en Marja como infante de marina. Dijo que se hab&iacute;a dado cuenta de eso cuando nos conocimos, dada la especificidad de mis preguntas.<\/p>\n<p>Se preguntaba qu&eacute; quer&iacute;a ahora: &#8220;&iquest;Qu&eacute; sentido tiene volver a hablar?&#8221;.<\/p>\n<p>Gulab hab&iacute;a ganado su guerra y cerrado ese cap&iacute;tulo con Estados Unidos mucho antes que yo. Ahora se preparaba para librar otro conflicto, esta vez contra Pakist&aacute;n. Dirig&iacute;a una gran unidad del Ej&eacute;rcito afgano desde una base que todav&iacute;a se conoce como Camp Dwyer, desde donde yo hab&iacute;a volado en 2010 para luchar contra &eacute;l y sus tropas de muyahidines.<\/p>\n<p>La base llevaba el nombre de un soldado brit&aacute;nico: el cabo bombardero James Dwyer, quien ten&iacute;a 22 a&ntilde;os cuando su veh&iacute;culo pas&oacute; sobre una mina dos d&iacute;as despu&eacute;s de Navidad en 2006.<\/p>\n<p>Nuestra conferencia telef&oacute;nica comenz&oacute; con cortes&iacute;as antes de que su reticencia desapareciera y se mostrara dispuesto a hablar sobre el comienzo de la operaci&oacute;n en Marja. Ten&iacute;a curiosidad por conocer su versi&oacute;n de nuestras experiencias compartidas, incluido el destino de un francotirador talib&aacute;n que Gulab habr&iacute;a conocido, o al menos del que habr&iacute;a o&iacute;do hablar.<\/p>\n<p>Ese francotirador les hab&iacute;a disparado a dos de mis Marines, incluido el subl&iacute;der de mi equipo, el primer d&iacute;a de la batalla. Era el anochecer. Est&aacute;bamos en la azotea de un edificio de dos pisos, la &uacute;nica estructura de esa altura en kil&oacute;metros a la redonda. Recuerdo un sonido parecido al de un bate de b&eacute;isbol al golpear carne cruda. Levant&eacute; la vista y vi a mi amigo Matt gritando. Le hab&iacute;an disparado en el brazo. Cerca de una semana despu&eacute;s, acorralamos a ese francotirador hacia un huerto, donde presuntamente lo mat&oacute; un ataque con dron. Pero 16 a&ntilde;os despu&eacute;s, todav&iacute;a quer&iacute;a saberlo con certeza.<\/p>\n<p>Gulab comenz&oacute; a hablar, pero su escolta lo interrumpi&oacute; y dijo, tajante, que compartir esos detalles era ilegal. En cambio, Gulab ten&iacute;a sus propias preguntas, que involucraban a ese mismo francotirador. Dijo que estaba cerca cuando hirieron a mis compa&ntilde;eros, y recordaba informes de que dos &#8220;extranjeros&#8221; hab&iacute;an recibido disparos en esa azotea y hab&iacute;an ca&iacute;do de ella.<\/p>\n<p>&#8220;&iquest;Murieron?&#8221;, pregunt&oacute;.<\/p>\n<p>Le expliqu&eacute; que ambos Marines hab&iacute;an sobrevivido a sus heridas, pero que Matt muri&oacute; en un accidente de motocicleta en casa, poco m&aacute;s de un a&ntilde;o despu&eacute;s.<\/p>\n<p>&#8220;&iquest;Por qu&eacute; muchos soldados estadounidenses que combatieron en Afganist&aacute;n y luego regresaron a su pa&iacute;s se suicidan?&#8221;, pregunt&oacute; Gulab. &#8220;He o&iacute;do esto muchas veces. &iquest;Cu&aacute;l es la raz&oacute;n?&#8221;.<\/p>\n<p>Era una pregunta que nos atormenta a muchos de nosotros. Intent&eacute; explicarle c&oacute;mo carg&aacute;bamos con el peso aplastante de nuestras propias expectativas destrozadas: hab&iacute;amos crecido con la nostalgia de la Segunda Guerra Mundial y luego hab&iacute;amos hecho algo de lo que se supon&iacute;a que deb&iacute;amos estar orgullosos. En lugar de eso, lo que obtuvimos de nuestros pol&iacute;ticos y generales fueron evasivas y mentiras. Nuestros comandantes nunca pudieron explicar c&oacute;mo nuestros despliegues, toda la violencia que cometimos y las p&eacute;rdidas que sufrimos hac&iacute;an que alguien estuviera m&aacute;s seguro en Estados Unidos.<\/p>\n<p>Nos dejaron para que resolvi&eacute;ramos todo por nuestra cuenta mientras ellos consegu&iacute;an trabajos lucrativos en empresas de defensa y cobraban grandes honorarios en los circuitos de conferencias. Para algunas personas, fue demasiado para soportar.<\/p>\n<p>Los a&ntilde;os de Gulab posteriores a la guerra no hab&iacute;an sido as&iacute; en absoluto, dijo. &#8220;Nuestros muyahidines son lo opuesto, por la yihad que libraron y por los amigos que perdieron, est&aacute;n muy felices, porque nuestra yihad ten&iacute;a un objetivo claro&#8221;.<\/p>\n<p>Aunque los talibanes hab&iacute;an ganado la guerra, ganar la paz hab&iacute;a tra&iacute;do sus propias dificultades: Afganist&aacute;n segu&iacute;a en crisis econ&oacute;mica y aislado de gran parte del mundo.<\/p>\n<p>&#8220;En cuanto a tu disculpa&#8221;, dijo, &#8220;debo decir que en ese entonces nuestra yihad era por Al&aacute;, y no nos preocupaba morir o resultar heridos. Tampoco nos afligimos por nuestros amigos que murieron o resultaron heridos, porque todos dese&aacute;bamos ser m&aacute;rtires o resultar heridos en el camino de la yihad. Como las condiciones de ese entonces eran de guerra, a menudo mor&iacute;an o resultaban heridos civiles&#8221;.<\/p>\n<p>Dese&eacute; poder aceptar tambi&eacute;n las muertes de mis amigos y las consecuencias de mis propias acciones, en lugar de habitar una niebla de ira y amargura por una juventud desperdiciada. Gulab me dijo que esos sentimientos tambi&eacute;n exist&iacute;an en Afganist&aacute;n.<\/p>\n<p>&#8220;En cuanto a los muyahidines que murieron a manos de ustedes, no s&eacute; si ellos o sus familias los perdonar&iacute;an&#8221;, dijo Gulab. &#8220;Puede que esos civiles no perdonen a las fuerzas extranjeras, pero yo, personalmente, tengo mi propia autoridad y los he perdonado&#8221;.<\/p>\n<p>Pis&eacute; Afganist&aacute;n por primera vez como cabo segundo, a los 20 a&ntilde;os, en 2008. Los talibanes eran entonces sombras en la l&iacute;nea de los &aacute;rboles, y personajes que aparec&iacute;an en mis pesadillas mientras yo intentaba mantenerme con vida. En agosto de 2021, <a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/interactive\/2021\/12\/23\/world\/asia\/kabul-evacuation-afghanistan.html\" rel=\"nofollow\">los vi darse la mano<\/a> con un escuadr&oacute;n de Marines estadounidenses mientras el ej&eacute;rcito afgano se desvanec&iacute;a, Kabul ca&iacute;a y mi guerra se perd&iacute;a al fin, por completo.<\/p>\n<p>Ahora, quien alguna vez fue mi enemigo me ofrec&iacute;a generosamente una especie de colof&oacute;n a una l&iacute;nea que escrib&iacute; en mi diario durante ese primer despliegue, hace 18 a&ntilde;os: &#8220;Es dif&iacute;cil explicar este lugar, y siento que me va a tomar el resto de mi vida entender qu&eacute; pas&oacute; aqu&iacute;&#8221;.<\/p>\n<p>Al abordar mi vuelo de regreso a Estados Unidos, me di cuenta de que una profunda tristeza persist&iacute;a en los rincones de mi mente. Estaba cansado, como si volver a librar mi guerra la hubiera, de alguna forma, reiniciado. Gulab y yo fuimos, en alg&uacute;n momento de nuestras vidas, dos personas, apenas hombres en ese entonces, que luchaban por razones muy diferentes. Tal vez fue suficiente que ahora lo viera, de una manera retorcida, m&aacute;s como un amigo que como mi enemigo.<\/p>\n<p>Unos d&iacute;as despu&eacute;s en Rhode Island, mientras paseaba a mi perro en una noche h&uacute;meda de Nueva Inglaterra, mi tel&eacute;fono vibr&oacute;.<\/p>\n<p>Gulab me hab&iacute;a enviado un mensaje de texto en past&uacute;n: &#8220;&iquest;Ya llegaste a tu casa?&#8221;, pregunt&oacute;.<\/p>\n<p>Le dije que s&iacute;.<\/p>\n<p>&#8220;Me alegra escuchar que llegaste a salvo&#8221;.<\/p>\n<p>Yaqoob Akbary y Safiullah Padshah colaboraron con reporter&iacute;a.<\/p>\n<p><em>Yaqoob Akbary y Safiullah Padshah colaboraron con reporter&iacute;a. <\/em><\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>He participado en la muerte de unas seis personas. Tal vez siete. 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