{"id":7511,"date":"2026-05-01T08:28:43","date_gmt":"2026-05-01T13:28:43","guid":{"rendered":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=7511"},"modified":"2026-05-01T07:55:11","modified_gmt":"2026-05-01T13:55:11","slug":"el-telefono-que-nos-separo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=7511","title":{"rendered":"El tel\u00e9fono que nos separ\u00f3"},"content":{"rendered":"<p>This <a href=\"https:\/\/nytlicensing.com\/stories\/929oI5\" target=\"_blank\">post<\/a> was originally published on <a href=\"https:\/\/nytapi.wieck.com\/subscribed\/stories.xml?feedId=5BDTx&authKey=94e0c15c-491f-4d65-bdab-c7b42f57186e\" target=\"_blank\">this site<\/a>.<\/p><div>\n<p>NUESTRO MATRIMONIO A LARGA DISTANCIA ERA DIF&Iacute;CIL DE SOSTENER&#8230; Y DIF&Iacute;CIL DE TERMINAR.<\/p>\n<p>Lo que nos separ&oacute; estaba sobre una mesa en la sala del tribunal: un tel&eacute;fono. Como dijo el juez para que constara, yo comparec&iacute;a en mi divorcio &#8220;por tel&eacute;fono&#8221;.<\/p>\n<p>Eso fue hace diecisiete a&ntilde;os, antes de que existiera Zoom. Desde mi casa en Oakland, California, a 3218 kil&oacute;metros del tribunal del Medio Oeste donde estaba mi marido, me acerqu&eacute; el auricular al o&iacute;do y o&iacute; toses y murmullos, sillas que se arrastraban y puertas que se cerraban. El juez le pregunt&oacute; a mi marido la fecha de nuestro matrimonio. No pudo contestar.<\/p>\n<p>&#8220;&iquest;Por qu&eacute; siempre es el hombre el que olvida?&#8221;, pregunt&oacute; el juez.<\/p>\n<p>Alguien se rio (me imagin&eacute; a un alguacil actuando como el compinche de &#8220;Judge Judy&#8221;).<\/p>\n<p>&#8220;19 de julio de 1998&#8221;, dijo por fin mi marido.<\/p>\n<p>Hab&iacute;amos empezado a salir ocho a&ntilde;os antes de aquel d&iacute;a, cuando &eacute;ramos j&oacute;venes m&uacute;sicos en una orquesta de formaci&oacute;n de Miami. Todo el mundo ten&iacute;a el mismo objetivo: conseguir un puesto en una orquesta estable y ganarse la vida haciendo m&uacute;sica.<\/p>\n<p>M&aacute;s que un trabajo, la m&uacute;sica era nuestra identidad. Las audiciones son brutales. Hay pocas vacantes y no es poco com&uacute;n que cien m&uacute;sicos se presenten a cada una. Mi marido y yo nos enfrent&aacute;bamos a esa probabilidad: si ten&iacute;amos suerte y consegu&iacute;amos trabajo, quiz&aacute; estar&iacute;amos en ciudades distintas.<\/p>\n<p>Tras cuatro a&ntilde;os en la orquesta, consegu&iacute; un puesto de percusionista en la &Oacute;pera de San Francisco. A&ntilde;os despu&eacute;s, tras trabajar por cuenta propia en Nueva York, mi marido se incorpor&oacute; a una orquesta en el Medio Oeste. La mayor&iacute;a de las parejas en nuestra situaci&oacute;n romper&iacute;an, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a elegir entre el trabajo y la relaci&oacute;n. As&iacute; que, durante seis meses al a&ntilde;o &#8211;lo que duraba mi temporada de &oacute;pera&#8211;, nos comprometimos a mantener una relaci&oacute;n a distancia y, con el tiempo, un matrimonio a distancia.<\/p>\n<p>Ahora ese matrimonio llegaba a su fin. Intent&eacute; imaginarme a mi marido en la sala del tribunal. Era finales de octubre. Llevar&iacute;a una chaqueta ligera de invierno, la suya azul oscuro. &iquest;Lloraba? Lo dudaba. A diferencia de m&iacute;, &eacute;l ten&iacute;a p&uacute;blico. Cuando los m&uacute;sicos estamos en el escenario, ocultamos nuestros sentimientos. Si tocamos bien, sonre&iacute;mos e inclinamos la cabeza. Si tocamos mal, sonre&iacute;mos y hacemos una reverencia. Hemos aprendido a mostrar solo el lado bueno.<\/p>\n<p>&#8220;&iquest;No tiene hijos peque&ntilde;os?&#8221;, le pregunt&oacute; el juez.<\/p>\n<p>&#8220;No&#8221;, respondi&oacute;.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de las matin&eacute;s de los domingos durante mi temporada, a menudo tomaba el BART hasta el aeropuerto y volaba al este en un vuelo nocturno que iba medio vac&iacute;o. Aprend&iacute; a reservar un asiento en la parte de atr&aacute;s, con la esperanza de poder recostarme. Beb&iacute;a caf&eacute; y daba tumbos por O&#8217;Hare, buscando mi vuelo regional de conexi&oacute;n.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de 24 horas juntos, yo part&iacute;a el martes por la ma&ntilde;ana y llegaba a San Francisco a tiempo para ensayar. En una ocasi&oacute;n, pasamos juntos una semana entera: yo estaba con &eacute;l aquel 11 de septiembre y tard&eacute; cinco d&iacute;as en tomar un vuelo de vuelta.<\/p>\n<p>Con el pasar de los a&ntilde;os establecimos un ritmo. A&ntilde;adir ni&ntilde;os a la composici&oacute;n no parec&iacute;a posible.<\/p>\n<p>Sin embargo, eso me parec&iacute;a bien porque ya ten&iacute;amos muchas cosas con que lidiar. Enamorarme de la manera en que mi marido tocaba era enamorarme profundamente de &eacute;l. Me encantaba su dedicaci&oacute;n al arte, c&oacute;mo todas sus emociones se reflejaban en la m&uacute;sica. Me encantaba su devoci&oacute;n por sus padres y por nuestro antiguo gatito, Blackie, sobre el que escribi&oacute; un hermoso elogio. &Eacute;ramos dos m&uacute;sicos en sinton&iacute;a: nunca tuvimos que explicar la ansiedad que nos produc&iacute;a la interpretaci&oacute;n ni justificar la necesidad de practicar. A &eacute;l y a m&iacute; nos encantaba estar juntos, aunque solo fuera para practicar en la misma casa.<\/p>\n<p>Cuando los a&ntilde;os se convirtieron en una d&eacute;cada y luego en algo m&aacute;s que una d&eacute;cada, &#8220;estar juntos&#8221; era exactamente lo que nos faltaba. Durante la mitad de los a&ntilde;os transcurridos desde que dejamos Miami, habl&aacute;bamos pero no nos toc&aacute;bamos; compart&iacute;amos referencias pero no experiencias. Cuando su madre sufri&oacute; una crisis nerviosa e ingres&oacute; en el hospital, yo estaba a miles de kil&oacute;metros de distancia, como tambi&eacute;n lo estuve cuando &eacute;l y un flautista fueron v&iacute;ctimas de un intento de robo a mano armada mientras met&iacute;an sus cosas en el auto antes de un concierto a primeras horas de la ma&ntilde;ana. Se perdi&oacute; mi &oacute;pera inaugural el primer a&ntilde;o, y todos los a&ntilde;os siguientes.<\/p>\n<p>Los m&uacute;sicos debemos sentirnos c&oacute;modos con la soledad: pasamos horas solos en las salas de ensayo. Pero la soledad en nuestra vida personal era m&aacute;s dif&iacute;cil de soportar.<br \/>En San Francisco nunca volv&iacute;a a una casa vac&iacute;a. Poco despu&eacute;s de mudarme all&iacute;, acept&eacute; alojarme en casa de unos amigos y nunca me fui. Se convirtieron en mi familia de la Costa Oeste. Estaba rodeada del caos y la compa&ntilde;&iacute;a de tres ni&ntilde;os y dos adultos. A lo largo de los a&ntilde;os, no hab&iacute;a visto c&oacute;mo mi marido se iba aislando, el peaje que pagaba tras a&ntilde;os de dejarme en el aeropuerto, donde cada vez que me recog&iacute;a era solo el preludio de la siguiente ocasi&oacute;n en que me volver&iacute;a a dejar ah&iacute;.<\/p>\n<p>La soledad en el matrimonio es la peor de las soledades. Incluso para dos m&uacute;sicos, el sonido no era suficiente. Con el tiempo, la distancia fue demasiado.<\/p>\n<p>Ahora, de vuelta en el tribunal, hab&iacute;a silencio. Me imagin&eacute; al juez haciendo una lista, marcando casillas. Declar&oacute; que ninguno de los dos ped&iacute;a pensi&oacute;n alimenticia, que cada uno ten&iacute;a seguro m&eacute;dico. Confirm&oacute; que hab&iacute;amos dividido nuestros bienes.<\/p>\n<p>El divorcio supuso el desmoronamiento en c&aacute;mara lenta de lo que hab&iacute;amos construido. El anillo de boda de su abuela fue a parar a mi caja fuerte; no pod&iacute;a imaginarme la log&iacute;stica de devolverlo sin llorar. Nuestra cuenta bancaria conjunta se dividi&oacute; en dos. (Al tel&eacute;fono con el representante del banco ni siquiera pude pronunciar la palabra; dije que nos est&aacute;bamos &#8220;separando&#8221;).<\/p>\n<p>Frente a mi casa de la Costa Oeste, un conductor de FedEx descarg&oacute; mis instrumentos de percusi&oacute;n: cajas, platillos, marimba y vibr&aacute;fono. Mi exmarido se qued&oacute; con toda la m&uacute;sica de clarinete que yo adoraba: dej&eacute; de ir a Peet&#8217;s Coffee porque en su lista de reproducci&oacute;n estaba el Concierto para clarinete de Mozart y no soportaba o&iacute;rlo.<\/p>\n<p>Solo ten&iacute;amos un bien importante que dividir. A las puertas de una tienda de UPS en Shattuck Avenue, romp&iacute; a llorar tras renunciar a reclamar nuestra casa. Cinco a&ntilde;os antes hab&iacute;amos comprado la casa de nuestros sue&ntilde;os. La firma del notario disolvi&oacute; el sue&ntilde;o.<\/p>\n<p>Solo hab&iacute;an pasado 30 minutos desde que llam&eacute; para pedir el divorcio. Nuestro matrimonio termin&oacute; a las 7 de la ma&ntilde;ana, hora del Pac&iacute;fico. Mi ex sali&oacute; del juzgado, fue al estacionamiento y me llam&oacute;. A trav&eacute;s de los kil&oacute;metros, lloramos juntos.<\/p>\n<p>Yo estaba destrozada. &Eacute;l y yo hab&iacute;amos pasado los veranos en Santa Fe y, tras nuestro divorcio, so&ntilde;&eacute; con los arroyos de la regi&oacute;n, huecos donde alguna vez algo estuvo. Mi casa, con sus cinco ocupantes, estaba demasiado llena de vida: me dediqu&eacute; a conducir por las calles de Oakland. Sola en mi auto, aullaba.<\/p>\n<p>Noche tras noche iba a trabajar al foso de orquesta, un lugar donde el tema m&aacute;s com&uacute;n de la &oacute;pera &#8211;el amor que sale mal&#8211; se desarrollaba constantemente sobre el escenario. Leonora elige el veneno antes que un matrimonio forzado. Madama Butterfly prefiere eviscerarse a la humillaci&oacute;n conyugal. Senta se arroja al mar cuando parte el Holand&eacute;s Errante.<\/p>\n<p>Las historias no ayudaban, pero la m&uacute;sica s&iacute;.<\/p>\n<p>Una de las &oacute;peras de nuestra rotaci&oacute;n era &#8220;El caballero de la rosa&#8221;. Casi al final de la &oacute;pera, la Marschallin y los dos j&oacute;venes amantes se re&uacute;nen para cantar sobre la vejez, el amor y la p&eacute;rdida. Sus voces se entrelazan y se superponen; las l&iacute;neas interiores, que luchan por hacerse o&iacute;r, se abren paso y se cruzan. Sus cuerpos resuenan juntos.<\/p>\n<p>En los momentos finales del tr&iacute;o &#8211;cuando sus voces se elevan, cada una tratando de llegar m&aacute;s alto que la otra&#8211; hay tanta resistencia y conflicto entre ellas que ansiamos que se resuelva. Cuando la m&uacute;sica finalmente se resuelve, tambi&eacute;n lo hacen las relaciones, y la mujer mayor, con tranquila dignidad, se hace a un lado.<\/p>\n<p>Con el tiempo, el dolor, como la m&uacute;sica, se modula. Una pareja divorciada tiene suerte si cada uno encuentra la paz por separado. La armon&iacute;a, sin embargo, requiere dos voces.<\/p>\n<p>En los primeros a&ntilde;os despu&eacute;s de nuestro divorcio, mi ex y yo segu&iacute;amos hablando todos los d&iacute;as. No pod&iacute;amos desprendernos de esa conexi&oacute;n. Era un h&aacute;bito, un consuelo; necesit&aacute;bamos la voz del otro. Durante los intermedios de la &oacute;pera, sub&iacute;a las escaleras del s&oacute;tano para encontrar un lugar privado desde donde llamarlo, dejando atr&aacute;s el sonido de la &oacute;pera. Con el celular en la oreja, mi ex y yo habl&aacute;bamos de m&uacute;sica, de maestros, de colegas.<\/p>\n<p>A&ntilde;os m&aacute;s tarde, hablamos de Al y Tipper Gore, que acababan de anunciar su separaci&oacute;n. &#8220;Es triste&#8221;, dije. &#8220;Estuvieron casados 40 a&ntilde;os. Pero supongo que es m&aacute;s triste seguir casado y ser infeliz&#8221;.<\/p>\n<p>&#8220;Eso est&aacute; sobrevalorado&#8221;, dijo mi ex.<\/p>\n<p>&#8220;&iquest;Qu&eacute; cosa?&#8221; Le pregunt&eacute;. &#8220;&iquest;El matrimonio o el divorcio?&#8221;.<\/p>\n<p>&#8220;La felicidad&#8221;, respondi&oacute;.<\/p>\n<p>A trav&eacute;s de los kil&oacute;metros nos re&iacute;mos, juntos.<\/p>\n<p>Como matrimonio, nuestras voces no hab&iacute;an sido suficientes. Sin embargo, para dos personas que se tambaleaban tras un divorcio, el tel&eacute;fono se hab&iacute;a convertido en un salvavidas, un aterrizaje suave mientras nos adentr&aacute;bamos en nuestras nuevas vidas separadas.<\/p>\n<p>Su matrimonio a larga distancia era dif&iacute;cil de sostener&#8230; y dif&iacute;cil de terminar. (Brian Rea\/The New York Times)<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>This post was originally published on this site. NUESTRO MATRIMONIO A LARGA DISTANCIA ERA DIF&Iacute;CIL DE SOSTENER&#8230; Y DIF&Iacute;CIL DE TERMINAR. Lo que nos separ&oacute; estaba sobre una mesa en la sala del tribunal: un tel&eacute;fono. Como dijo el juez para que constara, yo comparec&iacute;a en mi divorcio &#8220;por tel&eacute;fono&#8221;. 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