{"id":8776,"date":"2026-05-09T08:24:46","date_gmt":"2026-05-09T13:24:46","guid":{"rendered":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=8776"},"modified":"2026-05-09T07:37:18","modified_gmt":"2026-05-09T13:37:18","slug":"la-fragilidad-de-la-memoria-o-cuando-el-canario-de-mi-padre-volo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cablesdenoticias.prensalibre.com\/?p=8776","title":{"rendered":"La fragilidad de la memoria, o cuando el canario de mi padre vol\u00f3"},"content":{"rendered":"<p>This <a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/es\/2026\/05\/09\/espanol\/demencia-creacion-recuerdos-memoria.html\" target=\"_blank\">post<\/a> was originally published on <a href=\"https:\/\/nytapi.wieck.com\/subscribed\/stories.xml?feedId=5BDTx&authKey=94e0c15c-491f-4d65-bdab-c7b42f57186e\" target=\"_blank\">this site<\/a>.<\/p><div>\n<p>Hace un par de a&ntilde;os, en mitad de la noche, baj&eacute; sigilosamente las escaleras y encontr&eacute; a mi padre sentado a la mesa de la cocina, sollozando como un ni&ntilde;o.<\/p>\n<p>Mi madre estaba a su lado e intentaba consolarlo, una tarea que le ocupaba cada vez m&aacute;s tiempo. &Eacute;l ten&iacute;a 87 a&ntilde;os y padec&iacute;a demencia. No era raro encontrarlo alterado o confundido. Pero esa noche parec&iacute;a que algo le estaba ocurriendo en tiempo real&#8230; en 1941.<\/p>\n<p>Ten&iacute;a 6 a&ntilde;os y se iba de Pittsburgh, el &uacute;nico hogar que hab&iacute;a conocido, para mudarse a una base de la Fuerza A&eacute;rea en San Antonio, adonde hab&iacute;an asignado a su padre. &Eacute;l y sus padres viajaban en un tren, con un transbordo en Chicago.<\/p>\n<p>Fue el comienzo de una &eacute;poca solitaria y dif&iacute;cil para la familia de mi padre: una etapa de mudanzas entre bases de la Fuerza A&eacute;rea en el sur del pa&iacute;s, donde a veces los caseros les negaban alojamiento por ser cat&oacute;licos. Hijo &uacute;nico, le hab&iacute;an permitido llevar consigo una sola mascota: un canario que transportaba en una jaula.<\/p>\n<p>Mientras cambiaban de tren en Chicago, el fondo de la jaula se desprendi&oacute;. El canario sali&oacute; volando hacia el atrio abovedado del gran vest&iacute;bulo de la estaci&oacute;n. No hab&iacute;a forma de atraparlo: no hab&iacute;a tiempo, pues ten&iacute;an que abordar un tren para ir a Texas. As&iacute; que mi padre, de 6 a&ntilde;os, sigui&oacute; a sus pap&aacute;s arrastrando los pies, con una jaula vac&iacute;a en las manos.<\/p>\n<p>En los a&ntilde;os transcurridos, hab&iacute;a negociado tratados de armas con los sovi&eacute;ticos, asesorado a presidentes y servido como embajador de Estados Unidos, todo con la misma cautela atenta y ocurrente. Yo cre&iacute;a saber qui&eacute;n era. Pod&iacute;a contar con una mano las veces que lo hab&iacute;a visto llorar. Y ahora ah&iacute; estaba, sollozando por el canario como si hubiera sido ayer.<\/p>\n<p>Al parecer, todo se deb&iacute;a a su cerebro. Hab&iacute;a sufrido una fuerte ca&iacute;da en su casa de Washington en la que se golpe&oacute; la cabeza contra el suelo de madera. La sangre inund&oacute; espacios en su cerebro y las c&eacute;lulas privadas de ox&iacute;geno comenzaron a morir. Finalmente le diagnosticaron demencia vascular, provocada en la mayor&iacute;a de los casos por accidentes cerebrovasculares.<\/p>\n<p>Durante los cinco a&ntilde;os siguientes, mis padres vivieron con mi familia a las afueras de Boston, y aprendimos de primera mano c&oacute;mo las lesiones cerebrales afectan el comportamiento. Mi padre se recuper&oacute; en algunos aspectos, pero se volvi&oacute; ca&oacute;tico; sus pensamientos estaban fragmentados, como un espejo roto.<\/p>\n<p>El mayor problema era que no ten&iacute;a idea de d&oacute;nde estaba. Espec&iacute;ficamente, no sab&iacute;a por qu&eacute; viv&iacute;a con nosotros en Massachusetts, y por mucho que intent&aacute;ramos record&aacute;rselo una y otra vez, &eacute;l trataba de irse. Lo sorprend&iacute;amos empacando el coche y, con delicadeza (a veces), lo gui&aacute;bamos de regreso a la casa.<\/p>\n<p>Este padre-ni&ntilde;o estaba lleno de sorpresas. Compraba cosas ins&oacute;litas: &iexcl;Cinco laptops! &iexcl;Un crucero por los fiordos noruegos! &iexcl;Donaciones recurrentes de dos d&oacute;lares a cada dem&oacute;crata que se postulara a cualquier cargo, en cualquier lugar! En una ocasi&oacute;n, durante una avalancha de entregas de Amazon que dur&oacute; una semana, recibimos siete bebederos para p&aacute;jaros id&eacute;nticos, tra&iacute;dos de China.<\/p>\n<p>Recordaba cosas de su propia vida, pero de forma revuelta. &#8220;Estoy f&iacute;sicamente en la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica y sujeto a sus normas y reglamentos&#8221;, me dec&iacute;a con aspereza cuando le ped&iacute;a que hiciera algo que consideraba poco razonable, como ponerse pantalones.<\/p>\n<p>Durante una estancia en un centro de rehabilitaci&oacute;n, me inform&oacute; que su compa&ntilde;ero de habitaci&oacute;n hab&iacute;a desviado un cargamento de contrabando de caviar negro y que todas las enfermeras eran del KGB. &#8220;&iquest;C&oacute;mo supiste que eran del KGB?&#8221;, le pregunt&eacute;. Me lanz&oacute; una mirada de astucia. <em>&#8220;Porque hablaban un ingl&eacute;s perfecto&#8221;.<\/em><\/p>\n<p>Pero el canario, eso era algo diferente: un recuerdo totalmente formado e intacto del pasado remoto. Mi hermano y yo nunca hab&iacute;amos o&iacute;do esa historia; no hab&iacute;a aparecido en los relatos que mi padre hab&iacute;a escrito sobre su infancia.<\/p>\n<p>De alg&uacute;n modo, la lesi&oacute;n cerebral la hab&iacute;a liberado y permitido que saliera a la superficie. En un hombre cuyos pensamientos se hab&iacute;an fragmentado tanto, aquella secuencia estaba milagrosamente intacta, como si hubi&eacute;ramos metido la mano entre los restos humeantes de un choque automovil&iacute;stico y sacado un huevo de Pascua.<\/p>\n<p><em>El mes pasado sub&iacute;<\/em> la colina hasta un laboratorio de la Universidad Rockefeller de Nueva York, con vista al East River. Llevaba im&aacute;genes del cerebro de mi padre para mostr&aacute;rselas a una cient&iacute;fica que no conoc&iacute;a.<\/p>\n<p>Incluso a m&iacute; me parec&iacute;a una idea descabellada. Mi padre muri&oacute; hace dos a&ntilde;os, en su habitaci&oacute;n de la casa que compart&iacute;amos. Hicimos las cosas que se hacen: una cremaci&oacute;n, un funeral, un servicio conmemorativo, flores, guisos. Mi madre se repleg&oacute; en s&iacute; misma y, durante seis meses pareci&oacute; que podr&iacute;a irse tras &eacute;l, pero entonces algo, tal vez el jard&iacute;n, volvi&oacute; a despertar su inter&eacute;s, y regres&oacute;.<\/p>\n<p>Mi punto es que la muerte hab&iacute;a llegado y se hab&iacute;a ido. Pero yo segu&iacute;a un poco aturdida por todo lo que la hab&iacute;a precedido: casi cinco a&ntilde;os de intentar lidiar con la impulsividad y la confusi&oacute;n de mi padre.<\/p>\n<p>Nuestros mecanismos para sobrellevar la situaci&oacute;n eran complejos: patrullar el vecindario, recogerlo, distraerlo planeando viajes que nunca har&iacute;amos. A veces discutir con &eacute;l era tan agotador que lo llev&aacute;bamos al aeropuerto y lo dej&aacute;bamos caminar hasta la terminal; luego esper&aacute;bamos a que regresara t&iacute;midamente al coche.<\/p>\n<p>Un d&iacute;a particularmente desesperanzador, mi esposo peg&oacute; una nota en la parte interior de la puerta principal.<\/p>\n<p>T&Uacute; VIVES AQU&Iacute;, dec&iacute;a.<\/p>\n<p>NO TE VAYAS.<\/p>\n<p>TE QUEREMOS.<\/p>\n<p>Divert&iacute;amos a nuestros amigos con historias graciosas, pero seamos sinceros: era una lucha. Est&aacute;bamos desesperados por dormir; mi madre estaba tan agotada por intentar impedir que &eacute;l se fuera que a veces terminaba ella misma en el hospital. Al final llamamos a un cerrajero para instalar candados en la parte interior de las puertas y evitar que se saliera a mitad de la noche.<\/p>\n<p>Su muerte puso fin a ese circo. La casa se qued&oacute; en silencio. Est&aacute;bamos de duelo, pero hab&iacute;a algo m&aacute;s. &iquest;Qu&eacute; demonios acababa de pasarnos?<\/p>\n<p>Entonces, el pasado D&iacute;a de Acci&oacute;n de Gracias, recib&iacute; un comunicado de prensa con el titular &#8220;C&oacute;mo decide el cerebro qu&eacute; recordar&#8221;. Describ&iacute;a una investigaci&oacute;n de Priya Rajasethupathy, neurocient&iacute;fica de la Universidad Rockefeller que estudia c&oacute;mo se forman y mantienen los recuerdos en el cerebro. Al estimular el t&aacute;lamo en ratones, su equipo hab&iacute;a encontrado una manera de transformar un recuerdo fugaz en uno duradero.<\/p>\n<p>Su investigaci&oacute;n podr&iacute;a ayudar a las personas con demencia. En las primeras fases de la enfermedad, las neuronas del hipocampo, donde se forman los recuerdos, mueren por millones; en promedio, cuando se hace el diagn&oacute;stico casi un tercio de ellas ya est&aacute;n muertas. &iquest;Y si fuera posible etiquetar la informaci&oacute;n importante y descargarla en las partes de tu cerebro que siguen sanas?<\/p>\n<p>Al final de la entrevista le habl&eacute; de mi padre, y me pregunt&oacute; si ten&iacute;a im&aacute;genes. Y as&iacute; fue como, cuatro meses despu&eacute;s, ah&iacute; est&aacute;bamos, contemplando espectrales cortes transversales de su cerebro.<\/p>\n<p>Las im&aacute;genes hab&iacute;an sido tomadas horas despu&eacute;s de que se golpe&oacute; la cabeza. Al principio observ&aacute;bamos da&ntilde;os cr&oacute;nicos en las capas externas del cerebro, ventr&iacute;culos inflamados y una corteza encogida. Eso era la edad, el estr&eacute;s y el alcoholismo, que una vez me dijo que era &#8220;la enfermedad familiar&#8221;. Luego, en cortes m&aacute;s profundos, apareci&oacute; algo nuevo: el blanco brillante de una hemorragia. Esa era la ca&iacute;da.<\/p>\n<p>A medida que Rajasethupathy avanzaba por las im&aacute;genes, la mancha blanca se expand&iacute;a hacia la masa del cerebro. Sab&iacute;amos que hab&iacute;a habido una hemorragia, pero no sab&iacute;amos d&oacute;nde.<\/p>\n<p>&#8220;&iexcl;Aj&aacute;!&#8221;, dijo. &#8220;Ah&iacute; est&aacute;&#8221;.<\/p>\n<p>Estaba en el borde del hipocampo derecho.<\/p>\n<p><em>Gran parte de lo que sabemos sobre<\/em> la fisiolog&iacute;a de la memoria viene de un hombre de 27 a&ntilde;os de Connecticut, <a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/2008\/12\/05\/us\/05hm.html\" rel=\"nofollow\">conocido en la literatura cient&iacute;fica como H. M.<\/a>, que acudi&oacute; a un neurocirujano en busca de ayuda para controlar sus ataques epil&eacute;pticos. En 1953, el cirujano le extirp&oacute; partes del l&oacute;bulo temporal, incluidos los hipocampos, un par de estructuras curvas peque&ntilde;as situadas justo encima de cada oreja.<\/p>\n<p>La operaci&oacute;n tuvo una consecuencia terrible e inesperada: tras la extirpaci&oacute;n de los hipocampos, <a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/2010\/12\/07\/science\/07memory.html\" rel=\"nofollow\">H. M. fue incapaz de crear nuevos recuerdos<\/a>. Reten&iacute;a la informaci&oacute;n nueva durante alrededor de 30 segundos y luego desaparec&iacute;a. Se perd&iacute;a cuando iba al ba&ntilde;o. Sus m&eacute;dicos ten&iacute;an que volver a presentarse cada vez que entraban en la habitaci&oacute;n.<\/p>\n<p>Y, sin embargo, H. M. pod&iacute;a recordar sus primeros a&ntilde;os de vida, a sus padres, a sus amigos del bachillerato. Pod&iacute;a relatar con lujo de detalle &#8211;hasta el color de la tapicer&iacute;a&#8211; un vuelo que hizo en una avioneta monomotor cuando ten&iacute;a 13 a&ntilde;os.<\/p>\n<p>Una paradoja similar se presenta en los pacientes con demencia, que suele comenzar con una muerte masiva de c&eacute;lulas en el hipocampo. Lo primero en desaparecer son los recuerdos de los &uacute;ltimos minutos u horas: <em>&iquest;D&oacute;nde dej&eacute; las llaves?<\/em> A medida que la enfermedad avanza, pueden olvidarse cambios importantes de la vida: <em>&iquest;Por qu&eacute; estoy en este lugar extra&ntilde;o? &iquest;Y t&uacute; qui&eacute;n eres? <\/em>Pero incluso entonces se pueden conservar recuerdos remotos.<\/p>\n<p>Mi padre, como H. M., hab&iacute;a conservado recuerdos de sus primeros a&ntilde;os de vida. A&uacute;n pod&iacute;a mantener conversaciones en ruso y b&uacute;lgaro, y se jactaba de haber vivido m&aacute;s que Henry Kissinger. Tambi&eacute;n entreten&iacute;a a las enfermeras que lo cuidaban con la absurda historia de c&oacute;mo &eacute;l y mi madre terminaron juntos, durante una imprudente misi&oacute;n para ayudar en la revoluci&oacute;n h&uacute;ngara.<\/p>\n<p>Y, tambi&eacute;n como H. M., &eacute;l hab&iacute;a sufrido una lesi&oacute;n repentina en el hipocampo. &#8220;Aqu&iacute; es donde vemos que la sangre empieza a filtrarse hacia el cerebro&#8221;, me dijo Rajasethupathy. Despu&eacute;s debi&oacute; venir una p&eacute;rdida de volumen, a medida que las c&eacute;lulas del hipocampo derecho, privadas de ox&iacute;geno, mor&iacute;an. Ella tuvo que consultar qu&eacute; implicaba eso, ya que los hipocampos derecho e izquierdo controlan funciones distintas.<\/p>\n<p>Se cree que el izquierdo controla &#8220;lo verbal, lo autobiogr&aacute;fico y la narraci&oacute;n&#8221;, me explic&oacute;, mientras que el derecho controla la memoria del espacio y la ubicaci&oacute;n. En ambos casos, es el hipocampo el que estabiliza las se&ntilde;ales para convertirlas en recuerdos. Le pregunt&eacute;: &iquest;Qu&eacute; podr&iacute;a deducirse a partir de esta imagen, sin saber nada de mi padre?<\/p>\n<p>Lo pens&oacute; por un momento. Una &#8220;incapacidad para formar nuevos recuerdos&#8221;, dijo.<\/p>\n<p>Mientras me alejaba de su oficina, pens&eacute; en todos los d&iacute;as extra&ntilde;os que vivimos con &eacute;l, tratando de adivinar qu&eacute; se&ntilde;ales internas segu&iacute;a. Ten&iacute;a que ir a Filadelfia; ten&iacute;a que ir a Kiev. Una vez, mi esposo lo encontr&oacute; a las 4 a. m. sentado en silencio, a oscuras, afuera de un vivero, porque yo hab&iacute;a mencionado de pasada que quer&iacute;a un arce japon&eacute;s enano.<\/p>\n<p>Una vez nos dijo que ten&iacute;a que ir a la Iglesia Votiva, en Viena, para aceptar una medalla por impedir el asesinato del archiduque Francisco Fernando. Pero hacia el final, lo &uacute;nico que sab&iacute;a con certeza era que estaba en el lugar equivocado y que ten&iacute;a que irse. A veces nos dec&iacute;a que ten&iacute;a que ir a otra casa &#8211;su verdadera casa&#8211; en la misma ciudad.<\/p>\n<p>&#8220;&iquest;Tienes otra esposa ah&iacute;?&#8221;, le pregunt&eacute; una vez.<\/p>\n<p>&#8220;S&iacute;&#8221;, respondi&oacute; con aire digno. &#8220;Y ella me trata mejor&#8221;.<\/p>\n<p>Lo que me dijo Rajasethupathy resultaba extra&ntilde;amente fascinante: una explicaci&oacute;n biol&oacute;gica para toda aquella etapa agotadora y ca&oacute;tica de nuestra vida familiar. Pero cuando se lo cont&eacute; a mi esposo, se entristeci&oacute;. &Eacute;l era quien sol&iacute;a recorrer el vecindario en coche para tratar de encontrar a mi padre cuando desaparec&iacute;a.<\/p>\n<p>Estaba triste, dijo, porque cuando trajimos a mi padre a casa para que viviera con nosotros despu&eacute;s de su ca&iacute;da, nadie nos advirti&oacute; que se pasar&iacute;a el resto de su vida intentando irse, y que nosotros nos pasar&iacute;amos el resto de su vida intentando convencerlo de quedarse.<\/p>\n<p>Pod&iacute;a haberse anticipado. Estaba ah&iacute; mismo, en la imagen.<\/p>\n<p><em>En la escuela de posgrado, Rajasethupathy<\/em> estudi&oacute; el caso de H. M. y su lecci&oacute;n, el papel central del hipocampo. Pero estaba segura de que hab&iacute;a otros centros de memoria importantes en el cerebro, y se propuso encontrarlos.<\/p>\n<p>Hace unos 10 a&ntilde;os, comenz&oacute; a entrenar oleadas de ratones en laberintos de realidad virtual, seleccionando a los que ten&iacute;an mejor memoria. <a href=\"https:\/\/www.sciencedirect.com\/science\/article\/pii\/S0092867420311521\" rel=\"nofollow\">Result&oacute;<\/a> que todos esos ratones compart&iacute;an un gen que actuaba en el t&aacute;lamo, un par de estructuras con forma de nuez que durante mucho tiempo han sido consideradas la central de distribuci&oacute;n sensorial del cerebro.<\/p>\n<p>Un segundo descubrimiento, obtenido con un enfoque distinto, lleg&oacute; tres a&ntilde;os m&aacute;s tarde cuando su equipo monitore&oacute; las actividades cerebrales de ratones mientras recuperaban distintos tipos de recuerdos. El equipo observ&oacute; siete v&iacute;as diferentes que sal&iacute;an del hipocampo cuando los ratones acced&iacute;an a recuerdos remotos. Solo una se activ&oacute;: el t&aacute;lamo.<\/p>\n<p>Rajasethupathy sue&ntilde;a con abrir una puerta en el t&aacute;lamo que ayude a descargar los recuerdos en partes protegidas del cerebro. Su equipo ya descubri&oacute; que si se activa un gen sensible a la luz en el bucle t&aacute;lamo-cortical de un rat&oacute;n mientras aprende una tarea, el rat&oacute;n recordar&aacute; la tarea un mes despu&eacute;s. Una memoria d&eacute;bil se transforma en fuerte.<\/p>\n<p>Esto plantea una posibilidad fascinante. &iquest;Y si pudi&eacute;ramos poner a salvo lo importante &#8211;por ejemplo, d&oacute;nde vives, con qui&eacute;n te casaste o que terminaste todo el trabajo que te hab&iacute;as propuesto&#8211; en una habitaci&oacute;n segura, antes de que llegue la inundaci&oacute;n y se lleve todo?<\/p>\n<p>Rajasethupathy tiene sus propias razones para intentar resolver este problema. Cuando ten&iacute;a 3 a&ntilde;os, su madre muri&oacute; en un accidente automovil&iacute;stico. Su padre tuvo que criar a Priya y a sus hermanos.<\/p>\n<p>Durante a&ntilde;os, a su padre le result&oacute; demasiado doloroso hablar de su madre. Entonces, cuando se quedaban solos, los ni&ntilde;os intercambiaban sus recuerdos de ella, historias e im&aacute;genes, como si al hacerlo pudieran traerla de vuelta con ellos.<\/p>\n<p>Priya era tan peque&ntilde;a que apenas ten&iacute;a dos o tres recuerdos. Eran solo destellos: su madre sentada junto a ella en la mesa del comedor, bebiendo caf&eacute;. Su sonrisa, su risa, su aro en la nariz. Esas eran las cosas que hab&iacute;a reproducido una y otra vez en su mente. Eran permanentes, lo sab&iacute;a. Pero nunca estaba del todo segura de que fueran reales.<\/p>\n<p>Esto le pareci&oacute; una cuesti&oacute;n a la que podr&iacute;a dedicar toda su carrera. &iquest;C&oacute;mo es posible que el cerebro, esa m&aacute;quina biol&oacute;gica, convierta un &uacute;nico est&iacute;mulo transitorio &#8211;una huella extra&iacute;da de un torrente incesante de informaci&oacute;n&#8211; en algo que dura para siempre?<\/p>\n<p><em>De ciertos recuerdos, <\/em>decimos que nos los llevaremos a la tumba. Pero a&uacute;n no disponemos de las herramientas que Rajasethupathy espera crear, y yo vi, en mi padre, que no decidimos qu&eacute; recordar. Cierta musculatura primitiva se activa, y quienes te rodean simplemente se deben adaptar.<\/p>\n<p>Cuando sal&iacute; de su oficina en el East River, llevaba una imagen de la ruptura del cerebro de mi padre, un estallido de blanco brillante dentro de pliegues oscuros de tejido. La imagen se hab&iacute;a tomado mientras su antiguo ser se desvanec&iacute;a.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de eso, fue otra persona, atrapado en el momento previo a emprender un viaje. No se quedaba ensimismado, ya no quer&iacute;a beber, pero para nosotros era dif&iacute;cil retenerlo. Despu&eacute;s de cenar, apartaba su silla de la mesa y nos daba las gracias por una velada encantadora, nos felicitaba por nuestra bonita familia y nos anunciaba que se marchaba.<\/p>\n<p>No puedo decir que alguna vez lo convencimos de lo contrario. Al final estaba demasiado d&eacute;bil para intentar escapar, y solo hab&iacute;a un lugar al que quer&iacute;a ir. Un lugar del que ninguno de nosotros sab&iacute;a nada, porque la &uacute;ltima vez que hab&iacute;a estado ah&iacute; era en la d&eacute;cada de 1930, antes de la guerra, antes del canario.<\/p>\n<p>Quer&iacute;a ir a Tonawanda, una ciudad a orillas del r&iacute;o Ni&aacute;gara, al norte de B&uacute;falo. Hab&iacute;a ido a pescar ah&iacute; con su padre y su t&iacute;o.<\/p>\n<p>Todos los dem&aacute;s que hab&iacute;an estado en ese viaje ya hab&iacute;an muerto, as&iacute; que era dif&iacute;cil saber qu&eacute; ten&iacute;a Tonawanda de maravilloso; lo &uacute;nico que sab&iacute;amos era que Tonawanda era la &uacute;ltima se&ntilde;al fuerte, la que eclipsaba todo lo dem&aacute;s. No pod&iacute;amos hacer nada m&aacute;s que dejarlo ir.<\/p>\n<p><em><a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/by\/ellen-barry\" rel=\"nofollow\">Ellen Barry<\/a><\/em> es reportera del Times y cubre salud mental.<\/p>\n<p><em><a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/by\/graham-dickie\" rel=\"nofollow\">Graham Dickie<\/a><\/em> es fot&oacute;grafo del Times y forma parte de la generaci&oacute;n 2024-25 de <a href=\"https:\/\/www.nytco.com\/careers\/newsroom\/newsroom-fellowship\/\" rel=\"nofollow\">Times Fellowship<\/a>, un programa para periodistas al comienzo de sus carreras.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hace un par de a\u00f1os, en mitad de la noche, baj\u00e9 sigilosamente las escaleras y encontr\u00e9 a mi padre sentado a la mesa de la cocina, sollozando como un ni\u00f1o. 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