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La escasez de petróleo ha desencadenado una crisis energética que ha paralizado en gran medida el transporte y, como consecuencia, menos alumnos y profesores pueden llegar a las aulas.
Axisa y Aron Alfonso, dos hermanos de 6 y 7 años en el oeste de Cuba, tienen más suerte que la mayoría de sus compañeros de clase: su padre los lleva a caballo a la escuela, a un kilómetro y medio de distancia.
Los niños y profesores que viven más lejos dependen de un destartalado autobús escolar amarillo de la era soviética que ya no aparece. A menudo, los profesores no llegan a clase, por lo que la familia Alfonso y su caballo, Chocolate, dan media vuelta y se van a casa.
El bloqueo estadounidense del petróleo ha desencadenado una crisis energética cada vez más aguda que ha paralizado en gran medida el transporte. Hay menos coches y autobuses en las calles y, como consecuencia, menos alumnos y profesores acuden a las escuelas.
“Los hijos míos van poco. Van, pero los profesores no vienen”, dijo Sergio Alfonso Vásquez, de 33 años, agricultor y padre de Axisa y Aron. “Tengo miedo porque no están aprendiendo nada”.
Para ahorrar energía, el gobierno cubano redujo en febrero la jornada escolar a la mitad y para los estudiantes universitarios recurrió a la enseñanza a distancia, propia de la era de la covid.
Posteriormente, Cuba decidió adelantar el final del año escolar en dos semanas y suspendió los exámenes de acceso a la universidad para los alumnos de último curso de bachillerato, tras reconocer que las noches en vela sin electricidad y la falta de comidas escolares estaban agotando tanto a los alumnos como a los profesores.
Las medidas del gobierno cubano son los últimos golpes al otrora tan alabado sistema de educación pública del país, que durante mucho tiempo había sido un triunfo emblemático de la revolución socialista cubana.
Las escuelas ya se estaban tambaleando debido al huracán Melissa del otoño pasado, que dañó cientos de edificios; de la salida masiva de profesores en los últimos años, y de la escasez de libros de texto, uniformes e incluso lápices y papel.
La extrema escasez de gasolina fue lo que finalmente paralizó un sistema ya de por sí al límite.
La campaña de presión del gobierno de Donald Trump, que incluye un decreto ejecutivo que prohíbe a los países suministrar petróleo a Cuba, tiene como objetivo obligar al gobierno cubano a introducir cambios políticos y económicos.
Sin embargo, los expertos señalan que el daño causado al sistema educativo es un ejemplo llamativo de las consecuencias negativas que las medidas estadounidenses tienen para los cubanos de a pie y que, en el caso de las escuelas, supone una grave amenaza a largo plazo.
“La educación en Cuba está en riesgo debido a la actual crisis energética”, escribió en Instagram Anne Lemaistre, directora regional de la UNESCO, la organización de las Naciones Unidas para la educación. “Pone en peligro el futuro de toda una generación”.
Los 240 internados de Cuba han tenido que cerrar este semestre, según explicó Lemaistre, quien reside en La Habana, a The New York Times.
El gobierno cubano no respondió a las solicitudes de comentarios, pero varios responsables gubernamentales han abordado públicamente la crisis en las escuelas.
“Después de una noche sin corriente, ir a la escuela para el muchacho, cómo atraerlo, la clase, es un reto”, dijo en febrero en la televisión estatal Naima Ariatne Trujillo Barreto, ministra de Educación de Cuba. “Y los maestros, que también sufren igualito, sin energía eléctrica o con el problema de que si tengo agua o no tengo agua en la casa, concentrarse en dar clases a los muchachos ha sido todo un reto”.
Incluso antes de que el gobierno de Trump comenzara a imponer medidas más estrictas contra el gobierno cubano, el país ya llevaba varios años sumido en un fuerte declive económico.
El gobierno cubano dijo que el sistema educativo se enfrentaba a una escasez de unos 26.000 docentes, muchos de los cuales habían abandonado la profesión para aceptar puestos mejor remunerados en el sector privado.
En Camagüey, una ciudad en el este de Cuba, casi 1000 docentes habían abandonado el país definitivamente en los últimos años, según informaron los medios de comunicación estatales.
Tras la pandemia de la COVID-19, el país sufrió un éxodo sin precedentes. Más de un millón de personas, entre ellas miles de docentes que ganaban en promedio 11 dólares al mes, abandonaron el país.
Trump suspendió los suministros internacionales de combustible en enero e introdujo un nuevo paquete de medidas económicas agresivas destinadas a privar al gobierno cubano de liquidez.
El gobierno de Trump sostiene que Estados Unidos no es responsable de la crisis energética de Cuba, sino que culpa a los funcionarios cubanos de no invertir lo suficiente en infraestructuras, al tiempo que desvían “los recursos energéticos para llenarse los bolsillos”.
En un comunicado, el Departamento de Estado estadounidense cuestionó por qué el régimen cubano afirma no tener combustible para las escuelas, mientras que los funcionarios del Ministerio del Interior cubano que reprimen las protestas disponen de suficiente gasolina para llevar a cabo sus operaciones.
La enseñanza a distancia para los estudiantes universitarios, una de las medidas de austeridad adoptadas por el gobierno cubano, ha resultado prácticamente imposible. Los apagones se prolongan más de 20 horas al día, y la mayoría de los estudiantes y profesores no pueden permitirse comprar suficientes datos en sus teléfonos para seguir las clases a distancia.
En su lugar, los profesores han enviado las clases mediante notas de voz de WhatsApp.
Leonard Gómez León, estudiante de tercer año de derecho en la Universidad de La Habana, describió las condiciones de estudio durante este semestre como “infernales”.
“Los apagones han sido constantes, la falta de conexión, etcétera, etcétera, y realmente es aterrador ver cómo los estudiantes estamos saliendo mal”, dijo. “Yo siento que este es casi un semestre perdido”.
Gómez, de 21 años, es el vicepresidente de la Federación Estudiantil Universitaria de Cuba, una organización respaldada por el Estado que tradicionalmente ha seguido la línea del gobierno. Sin embargo, Gómez ayudó a organizar una protesta en marzo frente a la universidad, en la que se exigía la cancelación del semestre hasta que pudieran reanudarse las clases presenciales.
El viceministro de Educación Superior, Modesto Ricardo Gómez, dijo a los estudiantes que protestaban que el gobierno de Trump estaba “masacrando a toda una sociedad”.
El colapso de la educación contrasta radicalmente con los avances que logró el país después de que Fidel Castro derrocara a un dictador alineado con Estados Unidos y tomara el poder en 1959.
Castro convirtió la educación en una prioridad en una época en la que la tasa de analfabetismo superaba el 20 por ciento y movilizó a 250.000 estudiantes y profesores para enseñar a leer a los adultos, especialmente en el campo.
El analfabetismo quedó prácticamente erradicado. El sistema universitario universal y gratuito de la isla se expandió de forma constante a lo largo de las décadas, y formó a médicos e ingenieros.
Sin embargo, el gobierno, que tiene prácticamente el monopolio de dichas profesiones, lleva décadas pagando salarios minúsculos, lo que merma los incentivos económicos para estudiar o enseñar. Además, la calidad de la educación en Cuba se ha deteriorado desde la caída de la Unión Soviética, principal benefactor del país, que provocó déficits presupuestarios.
Katrin Hansing, antropóloga del Baruch College de la City University of New York que ha escrito extensamente sobre Cuba, dijo que el sistema educativo es ahora “una sombra de lo que fue”.
La educación universitaria, en particular, dijo, se encuentra prácticamente paralizada.
“Lo que se imparte en línea es de muy mala calidad”, dijo. “Solo hay una, dos o menos horas de electricidad al día, y la gente aprovecha ese tiempo para intentar hacer todo lo necesario para sobrevivir, desde lavar hasta cocinar”.
Alejandro Paradero Almenarios, de 20 años, se había matriculado en la Universidad de Guantánamo con la esperanza de convertirse en profesor de biología, pero abandonó los estudios en enero, cinco meses después de comenzar su primer año. Decidió que el esfuerzo no valía la pena, dados los míseros salarios que ganaría enseñando en un bachillerato, el equivalente a 7 dólares al mes.
“Estaba estudiando y estudiando e iba a ser por gusto”, dijo.
Ahora trabaja a tiempo completo fabricando carbón vegetal, del que la gente depende actualmente para preparar la comida, ya que no hay gas para cocinar.
Raúl Cabrera Oliva, de 18 años, cursaba su último año en un bachillerato vocacional en Artemisa, al oeste de La Habana, especializado en medicina veterinaria.
Dada la escasez de opciones de transporte para la mayoría de los alumnos, la escuela cerró.
“Sin transporte, no hay escuela”, dijo Cabrera.
La iniciativa del gobierno de reducir el horario escolar a media jornada provocó otra serie de problemas. Para cuando los padres y los niños, muchos de los cuales iban pidiendo aventón, llegaban al colegio, los padres ya no tenían tiempo de volver a casa y regresar a tiempo para la salida.
Las madres mataban el tiempo esperando fuera.
Yaymaris Rodríguez López dijo que salía de su casa, situada en un pueblo en el oeste de Cuba, cada mañana a las 7 a. m. con sus dos hijos, de 12 y 4 años, y se paraba al lado de la carretera, con la esperanza de que pasara alguien que les ofreciera llevarlos a la escuela de su hija.
A veces, pasaban de las 10 a. m. y seguían esperando.
“¿Qué voy a hacer? Tengo que llevarla a la escuela”, dijo Rodríguez. “Porque bruta no se puede quedar”.
Frances Robles es una reportera del Times que cubre América Latina y el Caribe. Lleva más de 25 años informando sobre la región.







