Tres personas fallecieron durante un tiroteo cerca del Space Needle de la ciudad el domingo, dijo la policía. Un sospechoso estaba bajo custodia y la policía buscaba a otro.
Un tiroteo en un festival gastronómico en Seattle el domingo causó la muerte de tres personas e hirió a otras cuatro, dijeron las autoridades.
La policía buscaba a un sospechoso y tenía a otro bajo custodia, dijo el subjefe Tyrone Davis en una conferencia de prensa por la noche.
Esto es lo que hay que saber.
¿Dónde ocurrió el tiroteo?
Los equipos de bomberos comenzaron a responder a reportes de un tiroteo alrededor de las 6 p. m., hora local, en el Seattle Center, un parque y área de entretenimiento cerca del centro de la ciudad que alberga el Space Needle. En ese momento, se celebraba en la zona un festival gastronómico, Bite of Seattle.
¿Qué pasó?
La policía cree que dos personas empezaron a dispararse durante el festival. El evento, que se llevó a cabo de viernes a domingo y se ha celebrado desde 1982, albergó a más de 300 vendedores de comida y otros productos.
¿Quiénes fueron las víctimas?
Tres personas murieron en el tiroteo, incluidas dos que fallecieron en el lugar de los hechos.
Los equipos de bomberos atendieron a cinco pacientes cuyas heridas iban de leves a graves. Cuatro personas con heridas de bala fueron trasladadas al Harborview Medical Center, incluido un niño de 2 años que se encontraba en condición estable, dijo la policía. Las otras víctimas tenían entre 23 y 56 años.
Tres de los pacientes estaban en condición satisfactoria, dijo el domingo una vocera del Harborview Medical Center, mientras que una paciente adulta estaba en cirugía y en condición crítica.
La policía dijo el domingo por la noche que la paciente en condición crítica había muerto a causa de sus heridas.
¿Quiénes son los sospechosos?
Una persona estaba bajo custodia y la policía buscaba a una segunda persona en relación con el tiroteo. Las autoridades no revelaron el nombre de la persona bajo custodia ni especificaron su edad, pero dijeron que el sospechoso era una “persona joven”.
La policía no habló de posibles motivos, pero dijo que no había descartado la posibilidad de más sospechosos. No había una amenaza activa para la comunidad, dijeron.
No estaba claro si alguna de las víctimas tenía relación con los sospechosos.
Ali Watkins cubre noticias internacionales y está radicada en Belfast.
Durante meses, el presidente Donald Trump ha estado prediciendo que Cuba está a punto de colapsar.
“Simplemente va a caer,” les dijo a los periodistas el 4 de enero, un día después de tomar el control del petróleo de Venezuela, que había sido el salvavidas de Cuba.
Después impuso un bloqueo petrolero que ha empujado a la isla a su peor crisis energética de la historia, con apagones masivos que ahora duran casi todo el día. Y sin embargo, más de seis meses después, el gobierno y el pueblo cubanos siguen en pie.
Este mes, visitamos el país para entender cómo está resistiendo. Después de una semana en el terreno, encontramos que, aunque los cubanos claramente están sufriendo, también están haciendo lo que quizás mejor saben hacer: adaptarse.
Están cambiando sus autos estadounidenses de la década de 1950, que consumen mucha gasolina, por motocicletas y mototaxis eléctricos de China; importando baterías de litio robustas para mantener encendidos televisores y ventiladores durante los apagones; improvisando generadores para que funcionen con gas natural, más accesible; e instalando paneles solares en techos e incluso en vehículos.
En conjunto, estas soluciones improvisadas equivalen a una nueva red energética cubana, esta vez más en manos del propio pueblo, que sostiene a la sociedad con la electricidad apagada y las filas de combustible secas.
Estas soluciones le han permitido al gobierno cubano racionar la energía, encendiendo la luz solo unas horas al día, para estirar el escaso combustible que le queda en un esfuerzo por resistir la intensa campaña de presión de Washington.
El resultado es que Cuba ha aguantado mucho más tiempo sin envíos de combustible de lo que el gobierno de Trump parecía haber previsto.
A lo largo de casi siete décadas de presión estadounidense, Cuba ha desafiado los pronósticos e improvisado para sobrevivir. Ahora parece que Trump, como muchos presidentes estadounidenses antes que él, también está descubriendo que derrocar al gobierno fundado por Fidel Castro no es tan sencillo.
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, les dijo la semana pasada a los periodistas que el gobierno de Trump todavía quiere ver caer al gobierno cubano. “Estamos preparados para ser muy realistas sobre cómo se logra eso, y pacientes,” dijo. “Son cosas complejas que toman tiempo, y obviamente estamos preparados para hacer lo que podamos”.
El gobierno cubano busca un acuerdo. “Cuba no es enemiga de Estados Unidos”, dijo Carlos Fernández de Cossio, viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, en una entrevista. “Lo que quisiéramos es una relación constructiva y respetuosa”.
Mientras tanto, el pueblo cubano, como lo ha hecho durante décadas, se las arregla. “Los cubanos crecen entre la crisis”, dijo Humberto Palmero, un agricultor de 55 años, de pie en la colina donde creció, junto a la costa cubana, con vista hacia Florida. Sus hermanos ya se habían ido a Miami, y sus dos hijos están por marcharse a España, pero dijo que está decidido a quedarse.
Al enterarse del bloqueo petrolero, Palmero aprendió en YouTube cómo destilar plástico de desecho para obtener gasolina y diésel caseros. Desde entonces ha construido una pequeña refinería improvisada en su patio trasero para alimentar su motocicleta y encender su estufa.
“Buscamos soluciones”, dijo. “Las medidas económicas nos están agonizando, pero salimos dentro de todos los esfuerzos, salimos adelante para subsistir hasta ver qué pasa”.
Miseria y tenacidad
En La Habana y más allá, los efectos de la crisis eran evidentes.
Conocimos a familias que caminaban dos horas para conseguir agua porque las bombas del gobierno se habían quedado sin diésel. Mujeres, sin gas para cocinar, quemaban leña en la calle. Los refrigeradores sin electricidad se convirtieron en alacenas. La suspensión del servicio de autobuses públicos dejó las carreteras bordeadas de personas que esperaban conseguir un aventón. Y decenas de personas nos dijeron que simplemente estaban exhaustas tras tantas noches sin dormir, en el calor sofocante, sin ventiladores ni aire acondicionado.
Pero también vimos un país que seguía funcionando.
Los vehículos seguían circulando, aunque la gasolina en el mercado negro costaba cerca de 8 dólares por litro, porque muchos funcionaban con electricidad. Los restaurantes estaban abiertos para los pocos que podían pagarlos, alimentados por generadores ruidosos en la parte de atrás. Los hospitales, edificios gubernamentales y el aeropuerto tenían electricidad porque estaban en partes protegidas de la red. Clínicas médicas, asilos y sucursales bancarias funcionaban con paneles solares donados por China.
El servicio de celular a veces funcionaba. No era difícil encontrar televisores transmitiendo el Mundial. E incluso puestos al borde de la carretera servían cerveza fría de refrigeradores alimentados por el sol.
Pero la red energética improvisada también dejó al descubierto la desigualdad de Cuba.
Las baterías, los paneles solares y los vehículos eléctricos pertenecen abrumadoramente a los cubanos más adinerados, que suelen ser quienes tienen familiares en el extranjero. Sus vecinos más pobres a menudo viven sin electricidad y sobreviven con salarios miserables en medio de una inflación creciente.
“La situación aquí está bien, porque el dueño tiene la posibilidad de comprar los paneles”, dijo Yeny Oliva, de 26 años, quien trabaja en un bar al borde de la carretera. “Pero nosotros, en mi casa, se vive pésimamente”. Contó que con un salario de apenas 1 dólar al día, le cuesta trabajo conseguir leche para su hija de 3 años, y que sin electricidad la comida se descompone en poco tiempo.
Sin embargo, también agradecía la energía solar. Sin electricidad, el restaurante había cerrado. Después, los dueños instalaron paneles y ella volvió a trabajar.
Aunque no todos pueden pagar fuentes de energía alternativas, su energía se ha ido filtrando hacia abajo. Mototaxis eléctricos llevan a la gente al trabajo. Los paneles solares han mantenido abiertas las tiendas. Y la gente carga sus teléfonos y linternas con la batería del vecino o el generador del trabajo.
En un vecindario, vimos a una de las pocas familias con generador instalar un televisor en la calle para que los niños pudieran ver dibujos animados.
“No hemos llegado al punto de sufrir una crisis humanitaria precisamente gracias a la fortaleza de nuestra sociedad”, dijo Fernández de Cossio en el centro Fidel Castro de La Habana, donde las luces estaban encendidas pero el aire acondicionado no funcionaba. “La expectativa más profunda en los círculos políticos de Estados Unidos era que Cuba no podría sobrevivir más allá de abril. Y aquí estamos”.
Rascando el fondo del barril
Sin combustible externo, Cuba ha estado alimentando su red eléctrica únicamente con petróleo y gas nacionales y una creciente red de parques solares patrocinados por China. Juntos, alcanzan para cubrir aproximadamente la mitad de la demanda cubana, según Jorge Piñón, quien estudia la energía cubana en la Universidad de Texas.
Para preservar ese suministro, el gobierno corta la electricidad de manera estratégica en ciertos horarios y lugares. También opera las plantas a menor capacidad para evitar que fallen; extrae más gas natural; e incluso intenta refinar residuos de petróleo pastosos del fondo de tanques de años de antigüedad.
“Literalmente están rascando el fondo del barril”, dijo Piñón.
Piñón dijo que él y otros analistas subestimaron el ingenio del gobierno cubano cuando pronosticaron que agotaría sus reservas de combustible para marzo. Pero ahora se muestra escéptico de la afirmación del gobierno en mayo de que la isla se había quedado sin combustible. Durante nuestro viaje, quedó claro que la gasolina y el diésel seguían circulando.
Al menos parte proviene de Estados Unidos. El gobierno de Trump ha permitido exportaciones limitadas de combustible a negocios privados en Cuba, lo que ha aliviado la presión sobre los precios de la gasolina en el mercado negro. Y la semana pasada llegó el primer lote de ayuda del gobierno estadounidense, por 100 millones de dólares.
Estas medidas muestran cómo el gobierno de Trump está ejerciendo poder sobre Cuba: ordena a otras naciones que detengan sus envíos de combustible, pero permite los propios, y luego brinda ayuda en respuesta a la crisis resultante.
Una vocera de la Casa Blanca dijo que el gobierno de Trump consideraba a Cuba una amenaza para la seguridad nacional.
Cubanos exhaustos nos dijeron que estaban enojados tanto con La Habana como con Washington. Sin embargo, nadie dijo que planeara salir a las calles. Aparte de golpear cacerolas, el pueblo cubano apenas ha organizado protestas.
“Tú sales a decir tu opinión a la calle y te meten preso o multan”, dijo David Hechavarría Gamboa, de 24 años, de pie junto a su esposa en una calle a oscuras. “En este momento no puedo, porque no puedo poner en riesgo a mi familia”.
Persiguiendo la luz del día
Cuando las fuerzas estadounidenses capturaron al líder de Venezuela, Nicolás Maduro, en enero, Nelson Vega supo que Cuba tenía un problema. El petróleo venezolano había alimentado a Cuba durante años.
Un mes después, Vega, un empresario de 38 años, pidió dinero prestado a familiares en Florida para comprar un mototaxi eléctrico de fabricación china por 4850 dólares. Tardaba 10 horas en cargarse, y casi de inmediato, los apagones dificultaron esa tarea. Así que invirtió otros 600 dólares para instalar paneles solares en el techo del vehículo.
Ahora puede cargar toda la batería con solo dejarlo estacionado al sol durante un día. “Para mí, este es el futuro”, dijo. “Yo pienso que nosotros vamos a salir adelante del bloqueo americano”.
Una vez que viajamos fuera de La Habana, los paneles solares proliferaron. La red eléctrica de Cuba se ha ido deteriorando en las zonas rurales durante años, lo que ha hecho que los apagones –y los paneles solares– ya sean algo común.
En la carretera hacia el oeste, conocimos a Abel Menéndez en un techo cubierto de paneles. Ha estado vendiendo e instalando kits solares desde hace cinco años, dijo, pero ahora tanto la oferta como la demanda se han disparado. Al mismo tiempo, los costos han bajado, a unos 400 dólares por panel, desde los 500 dólares de hace un año. “La gente está llamando constantemente”, dijo.
También encontramos un nuevo campo de paneles: uno de los 54 parques solares del gobierno, la mayoría inaugurados desde 2025 y todos construidos con ayuda de China.
Pocos países están adoptando la energía solar más rápido que Cuba. La energía solar puede cubrir ahora aproximadamente el 10 por ciento de las necesidades eléctricas de Cuba, dice el gobierno, frente al 3 por ciento de inicios de 2025. Las autoridades cubanas aspiran a depender por completo de energías renovables para 2050.
Por ahora, la energía solar aporta un impulso, pero apenas resuelve el problema de Cuba. La isla carece de las baterías masivas necesarias para almacenar la energía solar. Eso significa que puede aportar hasta el 20 por ciento de la energía de Cuba al mediodía, pero prácticamente nada después de que se pone el sol, durante las horas de mayor demanda.
Con las últimas reservas
Quizás el producto más codiciado de Cuba en este momento sean las baterías portátiles de litio, que se pueden cargar en unas horas y luego alimentar temporalmente televisores, ventiladores o incluso refrigeradores.
El modelo más popular cuesta unos 750 dólares en Cuba, y se vende en redes sociales por cubanos que los han importado desde China. Eso es más de lo que la mayoría de los cubanos gana en un año, así que la mayoría de las baterías las financian familiares en el extranjero.
Otros cubanos están electrificando sus hogares con el gas que llega por tubería para cocinar y calentar agua. Unas 280.000 viviendas en La Habana tienen ese tipo de instalación de gas, y muchas las están conectando a generadores modificados diseñados para funcionar con combustible líquido. Cuba produce el gas a nivel nacional, por lo que es una de las pocas fuentes de energía que no se ve afectada por el bloqueo.
El gas también es barato, especialmente para las 120.000 viviendas que pagan una tarifa fija sin importar el consumo. Un hombre dijo que había estado haciendo funcionar un generador con gas casi sin parar, y aun así se le seguía cobrando lo mismo: 50 pesos, u ocho centavos de dólar, al mes.
En una de nuestras últimas noches en La Habana, encontramos un bar todavía lleno de clientes pasada la medianoche, alimentando sus luces navideñas y su música latina con un generador de gas natural. Afuera, conocimos a Kiké Rodríguez, de 37 años, fundador de Manteca, un negocio cubano de parrilla que se ha expandido durante la crisis. Ahora emplea a 18 personas para cocinar y repartir cerdo y plátano a clientes en toda La Habana.
“Nosotros somos los maestros”, dijo. “Venimos resolviendo de toda la vida”.
Señaló la azotea, donde dijo que estaba terminando una remodelación para abrir su primer restaurante físico, alimentado por el mismo generador.
“¿Cómo van a suceder las cosas? Nadie sabe”, añadió. “Cuando se usa la frase ‘el país va a caer’, no sé a qué se refieren exactamente”.
Diana Karla Hernández y Dariel Pradas colaboraron con reportería. Yasu Tsuji colaboró con edición de video y producción.
Jack Nicas es el jefe de la oficina del Times en Ciudad de México y dirige la cobertura de México, Centroamérica y el Caribe.
Diana Karla Hernández y Dariel Pradas colaboraron con reportería. Yasu Tsuji colaboró con edición de video y producción.
Donald Trump, Benjamín Netanyahu y Vladimir Putin son hombres drásticamente diferentes, pero tienen una cosa importante en común: cada uno cree que es la persona más inteligente en cualquier lugar al que entran. Sin embargo, por desgracia, como todos han hecho lo más tonto que puedes hacer como líder –rodearte de aduladores–, todos se han metido torpemente en guerras sin salida de las cuales hoy solo pueden zafarse comiéndose un plato de humillación.
Cuidado. No hay nada más peligroso que un líder imprudente ante un plato de ese tipo: a veces, en su lugar, su instinto es redoblar la apuesta por una estrategia perdedora.
Empecemos con el primer ministro israelí. El indicio de que Netanyahu ha perdido el norte –y se ha llevado consigo a la cúpula de la famosa agencia de inteligencia israelí, el Mossad– se refleja en dos decisiones que tomó que fueron una completa locura: la primera es la idea de que Israel podría derrocar al régimen de Teherán con un gran golpe desde el aire, y la segunda fue que podría elegir al nuevo líder de Irán.
Antes de explicar exactamente qué tan loco fue eso, un poco de contexto rápido: desde que vi de cerca cómo la milicia cristiana libanesa, los falangistas, ayudó a engañar al Mossad en 1982 para que pensara que mediante una invasión rápida Israel podría instalar al líder antipalestino de los falangistas, Bashir Gemayel, como presidente en Beirut, he mantenido la siguiente regla cuando se trata del alabado servicio de inteligencia israelí: si quieres que asesinen a alguien en Beirut o Teherán, llama al Mossad. Si quieres entender las tendencias políticas y sociales en Beirut o Teherán, no llames al Mossad. Porque la misma razón por la que es bueno en lo primero también lo lleva a ser malo en lo segundo.
El Mossad es muy bueno cazando y matando a los enemigos de Israel, en gran parte porque es muy hábil reclutando a ciudadanos descontentos en el Líbano, Irán, Cisjordania y otras partes del mundo árabe; es decir, personas que odian a sus regímenes y están dispuestas a trabajar con Israel para derrocarlos. El problema es que estos mismos agentes, motivados ya sea por el resentimiento o el dinero, tienden a exagerar lo débil que es su régimen y lo fácil que sería derribarlo.
Quieren que Israel haga el trabajo sucio por ellos. El resultado es que un incauto como Trump, que no sabe nada de historia, asume que como el Mossad es bueno asesinando personas, es igualmente bueno al predecir lo que pasará la mañana siguiente a su muerte.
Eso explica por qué, después de la reunión en la Casa Blanca en febrero, cuando Netanyahu y el director del Mossad en ese momento, David Barnea, argumentaron en esencia que si Israel y Estados Unidos asesinaban a los principales líderes de Irán, el gobierno caería y buena gente asumiría el control, Trump no los echó de la sala a carcajadas. Al parecer, el presidente asumió que como el Mossad tenía superpoderes de asesinato, también tenía superpoderes analíticos, y por lo tanto Irán caería en sus manos de la misma manera que lo hizo Venezuela cuando Estados Unidos destituyó a su presidente, Nicolás Maduro.
Como reportaron mis colegas Maggie Haberman y Jonathan Swan en su libro de lectura obligada, Regime Change, el director de la CIA, John Ratcliffe, usó una palabra para describir los escenarios de cambio de régimen en Irán de Netanyahu: “ridículos”. Trump, confiado en que él sabía más, lo ignoró a él y a otros, y ha estado pagando el precio desde entonces.
El indicio aún mayor de que tanto Netanyahu como su agencia de inteligencia se habían embriagado de poder fue otra increíble historia que el Times destapó: que el Mossad había estado preparando al expresidente iraní Mahmoud Ahmadinejad para asumir el control de Irán después de que el gobierno del líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, fuera eliminado. Como reportaron mis colegas: “La decisión de Israel de construir un plan de cambio de régimen en torno a Ahmadinejad es un giro extraordinario en la saga de las relaciones del país con el expresidente, quien era conocido por acelerar el programa nuclear de Irán, pedir regularmente la destrucción de Israel y negar el Holocausto”.
¿Hola, Israel? ¿Sabes algo de la historia moderna iraní? ¿Alguna vez has oído hablar de Mohammad Mossadegh? Fue el primer ministro de Irán elegido democráticamente de 1951 a 1953 que fue derrocado por un golpe orquestado por la CIA y el MI6 de Reino Unido después de que Irán nacionalizara la Anglo-Iranian Oil Company. La furia por ese golpe, que instaló al hombre de Occidente en Teherán, aún arde en el corazón de muchos iraníes.
La locura absoluta de que Israel pensara que podía instalar a Ahmadinejad –y que el cuerpo político iraní no lo rechazaría de la misma manera que un cuerpo humano rechaza el implante de un órgano– es demencial. ¿De verdad pensaron Netanyahu y el Mossad que los iraníes orgullosos y nacionalistas, incluso aquellos que odian a los clérigos que los gobiernan, dirían: “Oh, gracias, Bibi, por instalar a nuestro próximo líder”? La vanidad y extralimitación al pensar que 7,2 millones de judíos israelíes podrían decidir quién gobernaría a más de 90 millones de musulmanes iraníes es asombrosa.
Trump y Netanyahu están en buena compañía con Putin, quien se creyó su propio cuento al asumir que todos los ucranianos se morían de ganas por volver a ser parte de la Madre Rusia y que el régimen elegido democráticamente en Kiev caería fácilmente.
“El error más fundamental de Putin fue creer en su propia narrativa de que ucranianos y rusos eran ‘un solo pueblo’ y que la independencia ucraniana era simplemente un constructo occidental artificial”, señaló el año pasado Robbin Laird, analista militar. “Este punto ciego ideológico lo llevó a esperar que las fuerzas rusas serían recibidas como libertadoras”.
En una analogía perfecta con lo que sucedió en Irán, la inteligencia rusa pareció haber dependido demasiado “de fuentes prorrusas que le decían a Moscú lo que quería oír”, dijo Laird, “en lugar de proporcionar la verdadera situación sobre el terreno acerca del sentimiento y las capacidades de los ucranianos”.
Netanyahu, a pesar de todas sus victorias tácticas sobre Hamás, Hezbolá y Teherán, no ha convertido nada de esto en una nueva realidad estratégica para Israel. Eso requeriría que él dejara en claro que sus operaciones militares en Gaza, el Líbano e Irán tenían el propósito de hacer que la región fuera segura para una paz israelí-palestina.
En cambio, lo que el mundo entero ve es a Netanyahu intentando hacer que la región sea segura para una anexión israelí de Gaza y Cisjordania, y que está dispuesto a tirar por la borda todo lo demás –la normalización con Arabia Saudita, el apoyo de muchos jóvenes estadounidenses, el apoyo del Partido Demócrata, el apoyo de Europa Occidental y la independencia del poder judicial de Israel— para conseguirlo.
Mientras tanto, Trump ha debilitado y aislado a Estados Unidos al elegir de manera perezosa invadir Irán sin aliados, sin legitimación internacional y sin un plan B para eliminar la capacidad de Teherán de construir un arma de destrucción masiva. En cambio, Trump permitió que Irán descubriera dos armas de disrupción masiva increíblemente baratas y efectivas: controlar el estrecho de Ormuz y bombardear a los aliados de Estados Unidos en el golfo Pérsico casi cada vez que Trump bombardea a Irán.
Y Putin –en lugar de hacer el arduo trabajo de convertir a Rusia en una sociedad libre y abierta a la que los ucranianos en realidad podrían sentirse atraídos– ha convertido lo que era una débil democracia rusa en un estado policial en toda regla, con una economía petrolera vulnerable. Hoy en día, Rusia no aparece por ningún lado en la revolución de la inteligencia artificial. Es como si los autos se acabaran de inventar y Putin dijera que prefiere invertir en más caballos, y en su fantasía del siglo XIX de una Madre Patria rusa unificada.
Lo que tenemos hoy son tres líderes que ahora intentan salir a bombazos de un callejón sin salida.
Pero no olvidemos a los líderes retorcidos, cínicos e incompetentes que han estado dirigiendo Irán desde 1979. Ellos también están en su propio callejón sin salida. En lugar de empoderar a su talentosa población, los dictadores clericales de Irán eligieron atrincherarse en el poder durante 47 años acribillando a tiros a opositores, imponerles a la fuerza un islam puritano a su pueblo y desperdiciando miles de millones de dólares tratando de destruir a Israel.
Esperemos que algún día su gente los derroque por su cuenta, tal vez con la ayuda de un sorprendente poder no soberano. Los líderes de Irán sobreexplotaron de manera impune su medioambiente y represaron imprudentemente demasiados ríos para recompensar a los compinches del régimen y ahora son totalmente vulnerables a un enemigo mucho más poderoso que Trump o Netanyahu: la madre naturaleza. El reporte más estremecedor sobre el futuro de Irán fue publicado hace siete meses por analistas que escribieron en el muy respetado Boletín de Científicos Atómicos, y nunca mencionó las armas nucleares. Solo mencionó la aguda crisis del agua de la nación, que podría haber paralizado más instituciones iraníes que Israel y Estados Unidos juntos.
“Durante el verano de 2025, Irán experimentó una ola de calor excepcional, con temperaturas diurnas en varias regiones, incluida Teherán, que se acercaron a los 50 grados Celsius y forzaron el cierre temporal de oficinas públicas y bancos”, dijeron los analistas. “Durante este periodo, los principales embalses que abastecen la región de Teherán alcanzaron niveles mínimos récord. Los funcionarios advirtieron que la ciudad capital incluso podría tener que ser evacuada si los suministros de agua no logran recuperarse”.
En conclusión, eventualmente todos estos conflictos terminarán en negociaciones, porque ninguno de estos líderes puede sostener sus estúpidas guerras de manera indefinida. La única pregunta es cuándo tendrán que llamar al mesero y decir: “Joven, ¿podría traerme, por favor, un plato de humillación?”.
Thomas L. Friedman es columnista de Opinión sobre asuntos internacionales. Se unió al periódico en 1981 y ha ganado tres premios Pulitzer. Es autor de siete libros, entre From Beirut to Jerusalem, el cual ganó el Premio Nacional del Libro. @tomfriedman
El que para muchos ya es el ciclista más importante de la historia de México tiene apenas 22 años.
Se llama Isaac del Toro y viene de Ensenada, Baja California, en el noroeste del país.
Este domingo se convirtió en el primer mexicano en lograr el podio de la carrera más importante del ciclismo de ruta, el Tour de Francia al ocupar el tercer puesto.
Lo hizo como parte del equipo más fuerte del circuito, UAE Team Emirates, cuyo líder, el esloveno Tadej Pogačar, se coronó campeón por quinta vez. El segundo puesto lo ocupó el belga Remco Evenepoel.
“Para ser un gran ganador hay que ser un gran perdedor”, dijo Del Toro en 2025, cuando Simon Yates le arrebató el primer lugar del Giro de Italia en la etapa reina de la competencia.
Luego, satisfecho por haber logrado el mejor resultado de un mexicano en la máxima categoría, añadió: “Ahora sé que puedo ganar una Gran Vuelta”.
Con el tercer lugar en el Tour de Francia, y haber ganado la clasificación de jóvenes en su primera participación, le sobran razones para pensar así.
Varios expertos, de hecho, lo ven como el heredero natural de Pogačar, su amigo y compañero de equipo.
“¡Felicidades!”, celebró desde el sábado la presidenta, Claudia Sheinbaum, sumándose a millones de mexicanos que ven la hazaña del ciclista como un triunfo nacional.
Tadej Pogačar y Del Toro este sábado al coronarse reyes del Tour de Francia.
La caída casi fatal
El bajacaliforniano llega a este punto después de haber superado retos de enorme envergadura.
En México, el ciclismo no cuenta con respaldo institucional: la asociación nacional estuvo en crisis durante los últimos años, el presupuesto estatal para el deporte viene en caída y la emblemática Vuelta a México no se celebra desde hace una década.
El “Torito” comenzó su carrera promocionándose en videos de Facebook y vive en Europa, donde fue convocado por gestores mexicanos del ciclismo cuando apenas tenía 15 años.
Hace cuatro años, Del Toro se rompió el fémur y sufrió el corte de una arteria en un accidente. Su bici resbaló en una curva, y se fue contra un muro. Se produjo una hemorragia severa. Lo tuvieron que evacuar en helicóptero. Su pierna, declaró él mismo, había quedado “como gelatina”.
Un accidente y una lesión que pueden acabar con la carrera de un ciclista.
Fue en las montañas de San Marino, durante un entrenamiento: en el pequeño país incrustado en las montañas italianas donde se afincó el equipo mexicano Monex en busca de formar una estructura capaz de competir en las grandes esferas del ciclismo.
Duró 16 días hospitalizado. Le pusieron tornillos y una barra de metal para regenerar el fémur. A los 25 días ya hacía seis horas de fisioterapia al día. Los médicos calcularon entre seis y nueve meses solo para volver a caminar.
Un año después de la caída ya estaba rodando. 13 meses después ya había ganado una etapa del Tour de l’Avenir.
Desde entonces su ascenso ha sido vertiginoso. Dice haberse emocionado con la victoria en el tour del colombiano Egan Bernal, en 2019. Parece, en efecto, un auténtico escarabajo sacado de los Andes colombianos, pero viene de la rocosa y vertiginosa Sierra de Juárez, cerca de la frontera con Estados Unidos.
La venia de Del Toro, que hace “para agradecer a todos los que me apoyan”, se ha convertido en un símbolo que Pogačar empieza a imitar.
Ciclistas mexicanos a pesar de todo
Raúl Alcalá es el antecedente más claro que tiene Del Toro: el regiomontano fue el primer mexicano en correr una Gran Vuelta, ganó dos etapas del Tour de Francia en 1989 y 1990 y terminó tres veces entre los primeros 10 de la carrera.
Si no es el mejor de todos los tiempos, Del Toro ya le pisa los talones: en este Tour 2026 ganó la segunda etapa tras un gesto inolvidable de Pogačar, quien en el sprint final le cedió la victoria como gesto a un colega que, por definición, tiene como función apoyar al multicampeón esloveno.
Del Toro además ganó la Vuelta a Burgos y el UAE Tour, entre otros, y ha sido dos veces campeón nacional. Solo en 2025 acumuló 17 victorias.
Se suele decir que por cada cinco ciclistas profesionales que surgen en México, solo uno es de ruta, el rubro más famoso del deporte. Los demás se dedican al ciclismo de montaña y al ciclocross, especialidades que Del Toro dominó por años.
La ruta le costó, le dijo al portal The Athletic esta semana, porque era “un deporte completamente distinto”.
Para él, señaló, era más fácil el ciclocross, “donde vas por tu cuenta, solo”.
El ciclismo de ruta es un deporte individual que se juega en equipo, faceta a la que se adaptó rápidamente hasta convertirse en el principal aliado de Pogačar, el máximo exponente del deporte.
En la etapa 15 de este Tour, Del Toro se dejó caer deliberadamente para no arrastrar a Pogačar cuando el danés Jonas Vingegaard se estrelló y generó un quiebre del pelotón.
Se cayó por su líder, luego se levantó y volvió a rodar, y llegó a la meta junto a Pogačar, quien por su parte le marcó el ritmo para protegerle el tercer puesto, amenazado por el francés Paul Seixas.
La dupla al frente del UAE Team Emirates se ha consolidado.
En este tour la prensa los bautizó como el “rey” y el “príncipe”.
“Quizá algún día sea mejor que yo”, ha dicho el esloveno. “Tiene su manera, su estilo propio, y lo admiro como corredor y como persona. Ojalá siga así”.
Como respuesta, Del Toro ha dicho que Pogačar “tiene mejor personalidad que yo para ser mexicano”, y sus admiradores no han perdido oportunidad en concederle la nacionalidad con la clásica “¡Pogi, hermano, eres mexicano!”.
En la cima del ciclismo mundial hay, primera vez, un mexicano de nacimiento y uno, al parecer, por adopción.
Otro triunfo latinoamericano
Además del logro de Del Toro, el ecuatoriano Richard Carapaz consiguió hacerse con el primer lugar en la clasificación de montaña y, por lo tanto, con el maillot de lunares, tras ganar las etapas 18 y 20 de la carrera.
Carapaz superó el sábado por 26 segundos al belga Remco Evenepoel y por 31 segundos al estadounidense Sepp Kuss, quien lideraba la etapa hasta una doble caída en los últimos kilómetros.
Esta la segunda ocasión en la que el ecuatoriano, de 33 años, logra esta proeza, después de alcanzarla en la edición de 2024.
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Hay ecos del Mundial de fútbol que contrarían al sociólogo argentino Pablo Alabarces, que hace años investiga este deporte como cultura popular.
Por ejemplo, a Alabarces le enoja que en su país hablen de una “campaña anti Argentina” por las críticas a su selección desde el exterior.
Según este profesor de la Universidad de Buenos Aires, lo que hay son estereotipos de argentinos amplificados por las redes sociales.
También rechaza la acusación de que Argentina sea un país racista, lanzada, entre otros, por el actor estadounidense Samuel L. Jackson antes de la final mundialista que España le ganó a la Albiceleste el domingo.
Alabarces disiente además con la idea de que los futbolistas de una selección reflejen una patria: “La trampa del Mundial consiste en que nos hacen creer que sí”, dice en una entrevista con BBC Mundo.
Lo que sigue es una síntesis del diálogo con el autor de libros como “Fútbol y Patria”, “Héroes, machos y patriotas. El fútbol entre la violencia y los medios” e “Historia mínima del fútbol en América Latina”:
“Este fue el Mundial de las redes”, dice el sociólogo argentino Pablo Alabarces. “Y lo que organiza las redes es el odio, mucho más que el amor”
¿Qué te llamó más la atención de este Mundial desde tu óptica de sociólogo especializado en cultura popular y fútbol?
Varias cosas. Desde antes tenía una opinión formada de que no debía haberse disputado una Copa en EE.UU. en este momento. Creo que lo mismo dijimos en Rusia y en Qatar, con lo cual uno está un poco resignado a que los negocios de la FIFA son inescrutables.
Había una situación política internacional muy compleja que se manifestó en la Copa en modos previsibles como la expulsión del árbitro somalí o la imposibilidad de que el plantel de Irán durmiera en territorio estadounidense.
A pesar de todo, la FIFA hizo un negocio espléndido.
La mayor polémica fue tal vez la intervención de Trump para que la FIFA le quitara una suspensión al goleador de su país antes de un partido de eliminación…
Eso fue una grosería. Me alegró ver que a Trump lo abuchearon, que a Infantino lo abuchearon, que la pausa de hidratación fue globalmente repudiada y que finalmente esa intervención de Trump también fue globalmente repudiada.
No me sorprende, porque ese tipo de intervenciones van en contra de la cultura futbolística tal como la conocemos globalmente.
Hubo cantidad de controversias extrafutbolísticas, incluso con relatos morales, tribus, teorías conspirativas y pasiones posiblemente exacerbadas por los algoritmos. ¿Ha sido este también el primer Mundial de la rabia?
Puede ser. No recuerdo fenómenos similares.
Estoy muy enojado con muchos de mis colegas y compatriotas, porque salieron a hablar de una campaña anti-Argentina.
La última vez que se habló de campaña anti-Argentina lo hizo la dictadura, en 1978. Entonces, me duele porque me trae pésimos recuerdos.
Una campaña supone un nivel de deliberación y voluntad conspirativa enorme. Y esas conspiraciones no existen.
Lo que sí ocurre es que, así como en 2022 se empezó a contar la cantidad de espectadores que veían el Mundial en sus pantallas de celular, este fue el Mundial de las redes: la explosión de los posteos como medio de información, debate y discusión. Y lo que organiza las redes es el odio, mucho más que el amor.
Me llamó la atención comprobar que Messi era un ídolo global. Nadie abuchea a Messi.
Por otro lado, y puedo entender esto como fenómeno de redes, hay una lógica mediática que te obliga a fabricar un villano en todo enfrentamiento. Y ese lugar del villano tendía a ser ocupado por Argentina en general y por algunos de sus jugadores en particular.
Enzo Fernández y Paredes en la final cumplieron con lo que se esperaba del villano.
Pero estoy convencido de que no se trata de una campaña anti-Argentina, sino que la lógica del odio en las redes toma un estereotipo y lo multiplica por mil.
¿Esto surge por la idiosincrasia argentina o por la forma en que los argentinos suelen ser vistos en otros países?
Por un lado, la forma como son vistos. Por otro, el estereotipo. Y por otro lado, el modo en el que muchos argentinos se comportan realmente.
En toda América Latina el chiste favorito es el que apunta al narcisismo argentino. Es muy anterior a la Copa.
El estereotipo abunda por un lado en rasgos de personalidad que tienen mucho más que ver con el habitante de Buenos Aires que con todos los argentinos: petulancia, soberbia, etcétera.
Como sociólogo tengo que decir que una cosa es el estereotipo y otra es una realidad social y cultural mucho más compleja.
El estereotipo es una simplificación, pero que está basado en algún tipo de rasgo o de dato. Entiendo por qué se forma ese estereotipo sobre los argentinos.
También creo que influyeron de manera muy negativa las posturas políticas del Estado argentino, asociado a Trump y Netanyahu, por ejemplo. De ahí a concluir que todos los argentinos son partidarios del genocidio palestino hay una distancia enorme que, sin embargo, se transitó.
Tenemos una enorme cantidad de manifestaciones de racismo, especialmente futbolero. Eso no transforma a la Argentina en un país más racista que muchos otros. Por el contrario, es un país más clasista que racista. El insulto “negro” en la Argentina trasluce una relación de clase antes que una relación étnica.
Por cierto, es un país muchísimo menos racista que la mayor parte de Europa occidental y EE.UU.
La ultraderecha europea trabaja sobre la inmigración como el fantasma que debe ser expulsado. En la Argentina, la inmigración no es un problema. Hay voces aisladas, pero no es un problema.
Una pregunta que surgió, sobre todo después de la final con esos mensajes hostiles hacia Argentina en redes, es a qué se debe ese supuesto sentimiento anti-argentino. ¿Hay razones de fondo?
No son de fondo. Si uno analiza políticamente aquellas cosas de las cuales han acusado a la Argentina, no tienen sustento.
Hay discriminación, no hay segregación: eso es lo que vuelve a la Argentina un país mucho menos racista.
Lo que ocurre es que las clases populares son morochas. Se dice que en la Argentina no juegan negros. En realidad, para nuestra categoría de negros, la mitad de nuestro seleccionado es negro porque son mestizos, descendientes de aborígenes o afrodescendientes, gente de las provincias especialmente del norte de la Argentina.
“En todos lados donde haya una cultura futbolística más o menos importante, el fútbol es mucho más que simplemente fútbol”, sostiene Alabarces.
Que Samuel L. Jackson diga que la Argentina es el país más racista de la Tierra es absolutamente insostenible viniendo de un afrodescendiente norteamericano bisnieto de esclavos.
Ahora, venimos de incidentes de turistas argentinos en Brasil que terminan presos por hacer gestos racistas. Hay este tipo de gestos menores pero que, en la lógica de las redes, rápidamente se amplifican.
¿Pero descartas que estos gestos que señalas como menores expongan una especie de racismo latente en la sociedad argentina?
Es una sociedad que tiene problemas de racismo. No es un país racista, pero el problema es que tampoco es un país anti-racista.
España tiene un problema mayor con el racismo, no me cabe duda.
Algunos ven esta selección de España como reflejo de un éxito de integración de la inmigración…
Pero esto desde 1998 sabemos que es falso: fue el momento en que la pretendida selección multiétnica francesa convalidó la integración exitosa de sus razas colonizadas. Sin embargo, después estallaba París, porque sus presuntos integrados siguen desintegrados y discriminados.
Y en España, donde hay una extrema derecha que propone expulsar inmigrantes, no me pueden decir seriamente que están mejor.
En Argentina hay quienes sostienen que el sentimiento contrario al país surge de una supuesta envidia. El futbolista Rodrigo De Paul escribió tras la final: “Hoy miro cuánta gente esperaba esta caída, instalando durante toda la copa del mundo conspiraciones infundadas para calmar el dolor de otro por no poder vivir lo que todos los argentinos estábamos viviendo, porque nuestras sonrisas molestan”. ¿Hay celos por Argentina?
No hay nada de eso. Las conspiraciones planetarias no existen, las envidias mundiales tampoco.
La Argentina tiene una sola cosa por la que puede ser envidiada, entre comillas, en términos futboleros y es que tuvimos a los dos mejores jugadores de todos los tiempos, uno atrás del otro. Se retiró Maradona y apareció Messi.
Eso es un suceso excepcional en una lógica estrictamente futbolística.
Fuera de eso, encuentro muchas cosas por las cuales puedo ser orgulloso de mi sociedad. ¿Pero de ahí a que el mundo nos envidie? Eso es una ridiculez y habla de esa petulancia de la que hablábamos al comienzo.
Cuando hablas sobre las teorías conspirativas, ¿te refieres también a las que algunos argentinos han planteado sobre los motivos por los que Argentina perdió la final y que otros atribuyen a una falta de autocrítica?
Claro, no hay ninguna autocrítica. No es otra cosa que nos tengan que envidiar, precisamente.
¿Hay una incomprensión mutua, de argentinos con europeos e incluso con otros latinoamericanos, sobre la forma de entender el fútbol y cómo vivirlo?
No. En todos lados donde haya una cultura futbolística más o menos importante, el fútbol es mucho más que simplemente fútbol.
El fútbol provee narrativas de identidad, se establecen contratos emotivos: no hay un compromiso con un equipo por interés económico.
Con Messi, Argentina ganó el Mundial 2022 durante un “tembladeral socio-político-económico” en el país y generó “felicidad compensatoria”, dice Alabarces.
Messi gana la Copa del Mundo y lo que se produce en ese momento es un estallido de felicidad muy original. No encuentro movilizaciones de cinco millones de personas ni en los funerales más sonados de la historia.
Pero pasamos 36 años sin ganarla. Ese exceso de entusiasmo se produce como felicidad compensatoria frente a una situación espantosa: este país envidiable, paraíso terrenal y granero del mundo, está hecho mierda.
El impacto de Messi aparece en el momento en que la Argentina deja de autopercibirse como sociedad igualitaria, en crecimiento, de bienestar, y debe reconocer que es una sociedad fracasada. En medio de ese tembladeral socio-político-económico, se gana una Copa del Mundo. Y aparece lo que llamo felicidad compensatoria.
Otra parte de las críticas hacia Argentina apuntan al modo en que su selección jugó la final, de forma defensiva, raspando a los españoles, buscando anular su juego más vistoso. ¿Esto acaso sí implica diferencias sobre cómo concebir el fútbol?
El tema es que la Argentina no jugó siempre así. Jugó muy mal la final. Jugó muy mal contra Suiza. No jugó mal el resto de los juegos.
La media hora final contra Inglaterra y los 15 minutos finales contra Egipto son de un gran equipo, donde además no hay violencia ni cosas por el estilo: es un equipo que se lleva por delante al otro con gran fútbol.
La final la juega muy mal. Pero, salvo esas reacciones intempestivas del final o la tontería de Enzo Fernández haciéndose expulsar, son cuestiones futboleras.
El equipo llega muy cansado, hace un planteo que no le sale, no sabe muy bien cómo cambiarlo, se le lesionan los dos defensores centrales…
España ya había hecho lo mismo con Francia: no dejarlo jugar, presionando desde tu golero en adelante para que nadie pueda recibir la pelota. Me parece fantástico como estilo de juego.
¿Los incidentes cuando terminó la final, con futbolistas argentinos que agredieron a españoles, empañaron algo la imagen que tenía la selección de Scaloni y Messi?
Sí, pero no me sorprende. Porque ahí entra a jugar una lógica moral que organiza la cultura futbolística argentina, y no solo argentina, según la cual si no reaccionas frente a la provocación o a la humillación, no sos macho. Entonces hay que demostrar hombría saliendo a pegar.
“Es imposible pensar que 26 muchachos bien alimentados, sobreentrenados, con cuentas bancarias millonarias, representan a una nación”, dice Alabarces.
Pero no fue un comportamiento masivo; tiene individuos muy bien identificados.
Scaloni fue a separar de inmediato…
Sí, por eso también es irritante ese discurso de odio y que no vean la bonhomía, tranquilidad y humildad de un tipo como Scaloni, que es otra cosa totalmente distinta.
¿Algo bueno del Mundial será que ha planteado preguntas sobre cuánto realmente refleja el fútbol lo que somos, qué valores queremos representar, qué nos une más allá de un idioma o una región compartidos?
Disiento con la idea de usar la metáfora del reflejo, porque no hay tal reflejo.
No olvidemos un dato básico: es una selección masculina. La FIFA nombra “copa femenina” a la de las mujeres y “copa”, a secas, a la de los hombres.
Los tipos no reflejan una patria. La trampa del Mundial consiste en que nos hacen creer que sí. Y lo que es peor: lo creemos.
Es imposible pensar que 26 muchachos bien alimentados, sobreentrenados, con cuentas bancarias millonarias, representan a una nación mucho más compleja, plural, atravesada por diferencias y desigualdades.
Por el carácter eficaz de la ficción, eso de que no son la patria pero hacemos de cuenta que lo son, es que la Copa del Mundo permite este tipo de discusiones.
Por lo visto estás más cerca de Borges cuando, ya en su época, decía que “el fútbol despierta las peores pasiones. Despierta, sobre todo, lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte”…
Totalmente de acuerdo. Estoy a punto de cancelar mi amor por este juego cuando llegan las Copas del Mundo.
Sin embargo, apuesto a que de todas formas vas a ver el próximo Mundial…
Seguramente sí, aunque espero jubilarme pronto.
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