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  • Elogios, alivio y el agobio: los líderes mundiales reaccionan al alto al fuego en Irán

    Elogios, alivio y el agobio: los líderes mundiales reaccionan al alto al fuego en Irán

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    En Europa y en todo el mundo, la guerra ha dañado las economías, ha agitado la política y ha puesto de relieve la falta de opciones para hacer frente a los caprichos del presidente Trump.

    El miércoles, los líderes mundiales expresaron su alivio por el hecho de que Estados Unidos, Israel e Irán acordaran un alto al fuego temporal y el presidente Donald Trump se retractara de su amenaza apocalíptica de recrudecer una guerra que ya había desencadenado una serie de crisis mundiales en cascada.

    Pero el alivio se vio atenuado por la profunda impotencia que la mayoría de los países han sentido en las últimas seis semanas al ver a Trump librar una guerra que ha sacudido sus economías, sus suministros energéticos, su política interna y sus relaciones con la superpotencia preeminente del mundo.

    Los líderes mundiales se han visto arrastrados por los vuelcos personales y giros geopolíticos de Trump desde que comenzó la guerra a finales de febrero. Han tenido que adivinar si lanzaría nuevos ataques contra Teherán o si pondría fin a las hostilidades, dos opciones para las que ha dado señales en varias ocasiones. Han tenido que soportar largas peroratas sobre la ayuda insuficiente y la ingratitud que Estados Unidos recibe de sus aliados, peroratas que suelen ir acompañadas de amenazas de abandonar la OTAN, al tiempo que sufrían las crisis de los precios del petróleo y el gas y la escasez de suministros provocada por la guerra.

    Funcionarios de algunos de esos países señalaron los obstáculos que quedan para que el alto al fuego de dos semanas se convierta en permanente, entre ellos abordar las espinosas cuestiones de las ambiciones nucleares de Irán y asegurar el estrecho de Ormuz para el transporte marítimo mundial. Reconocieron lo difícil y tardado que sería reparar las grietas que esta guerra ha abierto en la economía mundial y en el entorno de seguridad.

    Y se quedaron en búsqueda de mejores formas de navegar por el nuevo orden mundial que Trump ha puesto en marcha en su segundo mandato en la Casa Blanca, uno en el que el presidente azota a amigos y enemigos por igual, con poca capacidad para amortiguar los golpes.

    “¿Es el mundo un lugar mejor hoy que ayer? Sin duda”, escribió en la plataforma de redes sociales X el ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Lokke Rasmussen. “¿Que hace 40 días? Eso es más que dudoso”.

    Pedro Sánchez, presidente del gobierno español y opositor declarado a la guerra en Irán, elogió el alto al fuego como “una buena noticia. Sobre todo si conducen a una paz justa y duradera”. Pero añadió una dura condena a la campaña militar de Trump.

    “El alivio momentáneo no puede hacernos olvidar el caos, la destrucción y las vidas perdidas”, escribió. “El Gobierno de España no aplaudirá a quienes incendian el mundo porque se presenten con un cubo. Lo que toca ahora: diplomacia, legalidad internacional y PAZ”.

    Fue quizá una sorpresa que el miércoles Sánchez se uniera a otra media decena de líderes europeos, junto con dirigentes de Canadá, la Comisión Europea y el Consejo Europeo, en un compromiso para prestar apoyo gubernamental para “garantizar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz”.

    Tal esfuerzo sigue siendo conceptual por ahora, a pesar de la insistencia de Trump en que sus aliados de la OTAN envíen activos militares para ayudar a aliviar el bloqueo iraní de la vía marítima, con el objetivo de que los precios mundiales del petróleo y el gas, ahora en niveles elevado, vuelvan a bajar.

    Más allá de Europa, el alto al fuego suscitó elogios de países como Omán, Japón, Malasia y Australia, acompañados a veces de críticas a Trump y a los efectos de la guerra en sus economías, o de discusiones sobre el difícil camino diplomático que tienen por delante.

    Winston Peters, ministro de Asuntos Exteriores de Nueva Zelanda, dijo en un comunicado que “aunque se trata de una noticia alentadora, queda mucho trabajo por hacer en los próximos días para garantizar un alto al fuego duradero”. La guerra, dijo, “ha tenido repercusiones y trastornos de gran alcance, tanto en Medio Oriente como en otros lugares”.

    Otros dirigentes hicieron una referencia importante a las continuas interrupciones del suministro mundial de energía a causa de la guerra, que han empujado a muchos gobiernos a adoptar costosas medidas para aliviar la carga que recae sobre los conductores y otros consumidores.

    “El objetivo ahora debe ser negociar un final duradero de la guerra en los próximos días”, dijo Friedrich Merz, canciller de Alemania, en una declaración el miércoles, en la que también prometió la ayuda alemana en un esfuerzo internacional para reabrir el estrecho. Esas negociaciones, añadió, “pueden evitar una grave crisis energética mundial”.

    Para su frustración, los dirigentes parecen tener poca capacidad para influir en Trump, en esta guerra o en cualquier otro conflicto. La dificultad para analizar las declaraciones belicosas y a menudo cambiantes de Trump ha sido un reto durante el último mes. Otros líderes han adoptado diversas respuestas, como un apoyo moderado, un rechazo comedido y, a veces, simplemente el silencio público, con la esperanza de que Trump cambie de opinión por sí mismo.

    Por ejemplo, el martes, cuando Trump lanzó una amenaza apocalíptica a Irán, en la que dijo que Estados Unidos acabaría con su civilización. Ni Merz ni Keir Starmer, el primer ministro británico, respondieron públicamente a la declaración, como tampoco lo hizo Emmanuel Macron, el presidente francés.

    Parecía tratarse de un silencio deliberado, destinado a evitar cualquier posible provocación al presidente estadounidense, mientras los diplomáticos –dirigidos por el gobierno paquistaní– trabajaban entre bastidores para garantizar el alto al fuego. En cambio, Macron y Merz publicaron comentarios ajenos al tema en la plataforma de redes sociales X.

    Otros funcionarios de toda Europa han intentado durante el último mes mitigar las repercusiones económicas y políticas de la escalada de los precios del petróleo y el gas, impulsada por la guerra.

    En Italia, el presidente de un sindicato de profesores ha advertido que los alumnos podrían tener que volver al aprendizaje a distancia en las últimas semanas de clase si continúa la escasez de combustible y se dificulta mantener abiertos los edificios. La crisis ha golpeado a la primera ministra Giorgia Meloni en un momento políticamente vulnerable, tras perder un referendo para reformar el poder judicial italiano.

    El gabinete de Meloni ha reducido los impuestos sobre el combustible al menos hasta finales de mayo para proporcionar cierto alivio a los consumidores. De forma similar, España ha recortado los impuestos sobre la energía. Las autoridades alemanas han limitado las gasolineras a solo una subida de precios al día, y están debatiendo nuevas medidas para ayudar a los consumidores. La Confederación Europea de Sindicatos estimó el miércoles que una crisis prolongada podría aumentar los costos de la energía en casi 2000 euros, o unos 2300 dólares, este año para un hogar típico de la Unión Europea.

    Los expertos advierten que podría necesitarse más ayuda, incluso con los avances en las negociaciones.

    “Lo que se ha hecho hasta ahora ha causado profundos daños a la infraestructura energética”, dijo Tito Boeri, profesor de Economía de la Universidad Bocconi en Milán. “Así que, aunque se reabra el estrecho de Ormuz, pasará tiempo antes de que estos países recuperen por completo su capacidad”.

    Starmer tenía previsto viajar al golfo Pérsico el miércoles para reunirse con aliados y debatir cómo mantener el estrecho permanentemente abierto a la navegación internacional, dijeron funcionarios del gobierno. Su viaje estaba previsto antes de que se anunciara el alto al fuego. Se produce tras las conversaciones sobre el estrecho celebradas la semana pasada en el Reino Unido entre diplomáticos y planificadores militares de más de 40 países.

    Hasta el miércoles, esas conversaciones aún no han dado lugar a un plan de acción completo.

    Motoko Rich en Roma, Carlos Barragán en Madrid, Laura Chung en Sídney y Michael D. Shear en Londres colaboraron con la reportería.

    Jim Tankersley es el jefe de la oficina de Berlín del Times, y dirige la cobertura de Alemania, Austria y Suiza.

    Motoko Rich en Roma, Carlos Barragán en Madrid, Laura Chung en Sídney y Michael D. Shear en Londres colaboraron con la reportería.

  • Cómo algunas personas están incorporando el movimiento a sus sesiones de terapia

    Cómo algunas personas están incorporando el movimiento a sus sesiones de terapia

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    (Science Times)

    En un video de YouTube publicado en enero, Bianca Stephenson sonríe mientras levanta los brazos en el aire, sacude las muñecas y balancea las caderas.

    “Parece algo muy tonto”, comentó Stephenson, de 34 años. “Pero funciona”.

    Está practicando algo llamado “sacudida somática”, una forma de controlar el estrés y liberar la “energía estancada”, aseguró.

    Tras pasar de cinco a diez minutos sacudiéndose, suele sentarse en silencio y dejar que afloren sentimientos más profundos; a veces llora. A Stephenson, que pasó años en terapia para abordar traumas infantiles, los movimientos somáticos le han proporcionado un desahogo emocional que la psicoterapia tradicional por sí sola no lograba.

    La práctica es “como una meditación en movimiento”, aseguró Stephenson, que vive en Londres y es copropietaria de una cafetería.

    La sacudida somática se engloba dentro de la terapia somática, un grupo de técnicas orientadas al cuerpo que ha ganado popularidad en las redes sociales en los últimos años. Las sacudidas son una variedad, pero los movimientos somáticos también pueden incluir ejercicios de enraizamiento que ayuden a tu cuerpo a sentirse arraigado a la tierra, así como cambios posturales, trabajo respiratorio o actividades como empujarse contra una pared.

    A pesar de su popularidad en internet, es difícil establecer una definición estricta de la terapia somática y de lo que consigue.

    ¿Qué es la terapia somática?

    Existen muchas variedades de terapia somática: La gente ha utilizado la expresión para describir técnicas tan diversas como el yoga, la danza y la acupuntura. La modalidad más conocida es la “experiencia somática”, desarrollada por el psicólogo Peter A. Levine en la década de 1970.

    Levine consideraba que la terapia verbal por sí sola no bastaba para curar el trauma. Lo que también se necesitaba, decía, era la liberación lenta de la “energía de lucha o huida” que había quedado bloqueada en el sistema nervioso del cuerpo tras experimentar un trauma.

    En general, el objetivo de los terapeutas somáticos es ayudar a los pacientes a tomar conciencia de su cuerpo y luego centrarse en la forma en que responde al trauma, al estrés y a la conexión social. Con el tiempo, se anima a los pacientes a abandonar comportamientos aprendidos, como la postura encorvada o la respiración superficial, con el objetivo de mejorar su estado mental y ayudarlos a vivir con más plenitud en el presente.

    “No hay duda de que algo así es muy prometedor”, afirmó Vaile Wright, directora sénior de innovación sanitaria de la Asociación Estadounidense de Psicología. “La terapia conversacional no funciona para todo el mundo”.

    De hecho, algunas técnicas somáticas, como la relajación muscular progresiva o la respiración consciente, ya están incorporadas en diversas modalidades de tratamiento basadas en pruebas, señaló. Sin embargo, esas técnicas, cuando se agrupan y se utilizan fuera de un enfoque terapéutico ya establecido, no se han estudiado bien, añadió.

    Algunos estudios, incluido un pequeño ensayo controlado aleatorizado que se publicó en 2017, han sugerido que la experiencia somática podría ser un tratamiento eficaz para el trastorno de estrés postraumático. No obstante, la APA señaló el año pasado que aún no había pruebas suficientes para recomendarla como tratamiento del TEPT.

    ¿Cómo funciona la terapia somática?

    No existe un protocolo específico para algo tan difuso como la terapia somática. Sin embargo, he aquí cómo podría desarrollarse: Imagina que alguien se presenta en su sesión de terapia con ganas de hablar de una gran pelea que ha tenido con su pareja. Normalmente, un terapeuta somático “hará una pausa y calmará las cosas”, dice Scott Lyons, psicólogo de Nueva York y fundador del Embody Lab, que ofrece formación en terapia somática.

    “Diremos algo tan sencillo como: ‘¿Dónde sientes eso en tu cuerpo?’ o ‘¿Cómo se manifiesta eso en ti en este momento?’”.

    Estas sensaciones corporales no son aleatorias, dice, son la forma en que nuestro subconsciente está comunicando los sentimientos, necesidades o creencias más profundos que están “sin expresar o procesar”.

    El terapeuta en determinado momento puede invitar al paciente a liberar emociones intensas mediante el movimiento; animarlo a sacudir suavemente su cuerpo; o experimentar con gestos más grandes o una voz más alta.

    También se puede pedir a los pacientes que simulen una acción que desearían haber hecho en el pasado, como trotar en su sitio para representar la huida o levantar la mano y decir “¡Alto!”.

    Nada de esto debe parecer forzado, dice Lyons; más bien, el paciente dicta el ritmo según se sienta seguro de hacer.

    ¿Qué más deben saber los pacientes?

    Uno de los mayores conceptos erróneos sobre la terapia somática es que se trata “solo de un conjunto de ejercicios”, comentó Arielle Schwartz, psicóloga clínica de Boulder, Colorado, que lleva décadas incorporando métodos somáticos a su consulta.

    Aunque los movimientos somáticos pueden ser beneficiosos, es mejor combinarlos con un terapeuta, añadió. Un terapeuta puede ayudar al paciente a superar algunas de las emociones difíciles que puedan surgir y también ayudarlo a aprender a mover el cuerpo de forma diferente.

    Es posible que desees buscar un proveedor que haya recibido formación en un método específico, como la experiencia somática o la psicoterapia sensoriomotora, dijeron los expertos.

    No existe un enfoque único para abordar el trauma, y la terapia somática no es para todo el mundo, aclaró Schwartz. No obstante, añadió, algunos pacientes sienten por fin liberación y alivio cuando “el cuerpo consigue finalmente contar su historia”.

    La terapia somática, que tiene muchas técnicas diferentes, añade movimientos que ayudan a revelar sentimientos “no expresados”. (Marine Buffard/The New York Times)

  • Los peajes en el estrecho de Ormuz desafían el derecho internacional

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    Tanto EE. UU. como Irán hablan ahora de imponer tasas a los barcos que utilicen el paso vital. Eso podría contradecir un tratado que acabó con siglos de anarquía en alta mar.

    La mayoría de los países del mundo han acordado un tratado internacional, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, que prohíbe interferir con los barcos que atraviesan el estrecho de Ormuz.Pero ni Estados Unidos ni Irán han ratificado el tratado. Y ahora, ambos dicen que quieren imponer peajes a los barcos que pasen por el estrecho.

    Eso sería ilegal según el derecho del mar, como se conoce ampliamente el pacto. Las acciones representan un desafío significativo a un tratado negociado por las Naciones Unidas que establece una amplia gama de normas de comportamiento en aguas que ninguna nación posee o controla.El lunes, Donald Trump les dijo a los periodistas en una conferencia de prensa que le gustaría que Estados Unidos impusiera un peaje en el estrecho de Ormuz, un canal de navegación vital que Irán lleva bloqueando desde el comienzo de la guerra. Respondía así al hecho de que Irán ha estado estableciendo peajes por su cuenta en la vía marítima, y recientemente ha indicado que tiene intención de hacerlo una vez restablecida la paz. Anteriormente, funcionarios estadounidenses habían calificado estas acciones de ilegales.

    Alrededor de una quinta parte del petróleo mundial suele pasar por el estrecho de Ormuz. Los ataques a los barcos que allí navegan, supuestamente por parte de Irán, han hecho que el tráfico caiga en picada y han disparado los precios del petróleo en todo el mundo.

    “Todo el derecho internacional, desafortunadamente, es frágil” y depende del respeto mutuo entre las naciones, dijo Saleem Ali, experto en política y director del departamento de geografía de la Universidad de Delaware.

    Las leyes internacionales no conllevan las mismas consecuencias para los infractores que las nacionales. El derecho del mar establece un proceso para los litigios internacionales, pero solo para los países que han ratificado el tratado. En efecto, requiere que las naciones acepten cooperar, lo que dificulta su aplicación.

    El presidente Trump declaró recientemente a The New York Times que no necesita el derecho internacional, solo su propia moralidad.

    El derecho del mar funciona como un tratado que han ratificado 171 naciones y la Unión Europea. Fija las fronteras nacionales en el océano, crea normas para industrias como la pesca y establece el paso seguro de los barcos por aguas internacionales fuera de la jurisdicción de un país individual. También establece que ciertas vías marítimas, como el estrecho de Ormuz, sean libremente transitables para la navegación internacional y prohíbe interferencias como los peajes.

    Desde que la ley actual entró finalmente en vigor en 1994, ha funcionado, aunque de forma imperfecta. Ello se debe a que el puñado de naciones que no ratificaron la ley han seguido en general sus normas durante décadas, incluidos Estados Unidos e Irán, una práctica que reforzó la ley como statu quo internacional, dijo Ali.

    Según Clayton Seigle, experto en seguridad energética del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, cualquier futuro acuerdo de peaje probablemente incrementaría el precio del petróleo y del gas, lo que afectaría sobre todo a los países que dependen de los envíos procedentes de esta región.

    Pero lo más probable es que ese hipotético aumento de los precios fuera pequeño en comparación con el repunte que el mundo está experimentando ahora, dijo.

    Si Irán siguiera cobrando peajes en tiempos de paz, como ha dicho que pretende hacer, ello podría sentar un precedente que tentara a otras naciones que tienen costas en vías marítimas críticas de todo el mundo a seguir su ejemplo, dijo Donald Rothwell, profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Australia, especializado en derecho internacional de los océanos.

    Aparte de la situación en el estrecho de Ormuz, desde hace un año el gobierno de Trump ha manifestado su intención de hacer caso omiso del derecho del mar de otra manera. El gobierno ha dicho que planea expedir permisos que permitirían a las empresas explotar el lecho marino en busca de minerales y recursos valiosos en aguas internacionales, una práctica que el derecho del mar también fue concebido para regular.Cuando las Naciones Unidas crearon la ley, delegaron la tarea de supervisar la industria minera de los fondos marinos en una organización independiente, que ha pasado una década debatiendo un reglamento de la industria aún inacabado. Hasta el año pasado, Estados Unidos había participado en esos debates, aunque no había ratificado el derecho del mar.

    El riesgo, según Rothwell, es que otros países que ambicionan iniciar la explotación minera de los fondos marinos, como Japón, también se sientan tentados a seguir el ejemplo de Estados Unidos y posiblemente abandonen el tratado.

    No es infrecuente que los países que han ratificado el derecho del mar impugnen diversas partes del mismo, dijo Scott Savitz, profesor de la Escuela Rand de Políticas Públicas. China, por ejemplo, ha reclamado partes del mar de China Meridional como territorio nacional.

    Sachi Kitajima Mulkey cubre el clima y el medioambiente para el Times.

  • Trump da marcha atrás, pero aún hay dudas sobre Irán y el estrecho de Ormuz

    Trump da marcha atrás, pero aún hay dudas sobre Irán y el estrecho de Ormuz

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    El alto al fuego fue, sin duda, una victoria táctica en la cuerda floja. Pero no resuelve ninguno de los problemas fundamentales que llevaron a la guerra.

    A las 8:06 a. m. del martes, el presidente Donald Trump lanzó una amenaza apocalíptica a Irán, en la que declaraba que, a menos que se cumpliera su exigencia de abrir el estrecho de Ormuz antes del anochecer, “toda una civilización morirá esta noche, para no volver más”.

    Diez horas y 26 minutos más tarde, a las 6:32 p. m. hora del este, levantó la amenaza, de momento. Dijo que una intervención del gobierno paquistaní había llevado a un alto al fuego de dos semanas en una guerra que ha sacudido la economía mundial y ha mostrado el dominio tecnológico estadounidense y la inesperada resistencia iraní.

    La táctica de Trump de elevar su retórica a niveles astronómicos sin duda le ayudó a encontrar una salida que llevaba semanas buscando. Ese éxito por sí solo puede alimentar su creencia de que las tácticas que aprendió en el mundo inmobiliario neoyorquino –ignorar viejas convenciones, plantear exigencias maximalistas– funcionan también en geopolítica.

    Sin duda, fue una victoria táctica en la cuerda floja, que debería, al menos temporalmente, conseguir que el petróleo, los fertilizantes y el helio fluyeran de nuevo a través del estrecho de Ormuz, y calmar los mercados que temían que una crisis energética mundial condujera a una recesión mundial.

    Pero no resuelve ninguno de los problemas fundamentales que llevaron a la guerra.

    Deja un gobierno teocrático, respaldado por el despiadado Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, a cargo de una población amedrentada que ha sido asediada con misiles y bombas, y que se encuentra todavía bajo el yugo de un régimen familiar, aunque bajo una nueva dirección. Deja intactas las reservas nucleares de Irán, incluidos los 440 kilogramos de material casi apto para bombas que, en teoría, eran el casus belli de esta guerra.

    Dejó tambaleándose a los aliados del Golfo, con el descubrimiento de que los rascacielos de cristal de Dubái y las plantas desalinizadoras que hacen habitables los enclaves ricos de Kuwait pueden ser destruidos por misiles y drones iraníes. Los precios de la gasolina se han disparado y están a punto de poner a prueba la promesa de Trump de que volverán a bajar a los antiguos niveles en cuanto cesen los combates.

    Y ha dejado a la base política de Trump fracturada, con antiguos partidarios que ahora acusan al presidente y a sus leales, empezando por el vicepresidente JD Vance, de violar su promesa de no meter a Estados Unidos en guerras imposibles de ganar en Medio Oriente.

    Todo ocurrió en un momento en que Irán ha demostrado que puede absorber 13.000 ataques selectivos y aun así llevar a cabo una impresionante guerra asimétrica asfixiando el suministro de petróleo y enviando a su ejército cibernético a atacar la infraestructura estadounidense.

    Ahora Trump se enfrenta al reto no solo de alcanzar un acuerdo más permanente, sino de demostrar a Estados Unidos y al mundo que, para empezar, valía la pena luchar en este conflicto. Y para ello, tendrá que demostrar que ha eliminado el dominio de Irán sobre el canal de casi 34 kilómetros que forma el estrecho, y sus posibilidades de llegar a construir un arma nuclear.

    A este respecto, la descripción iraní del acuerdo contenía un elemento de mal agüero. El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, escribió que el transporte marítimo continuaría, pero bajo el control de las “Fuerzas Armadas de Irán”, que determinarían quién pasa y cuándo.

    “Irán sigue controlando el estrecho, lo que no ocurría antes de la guerra”, dijo Richard Fontaine, director ejecutivo del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense, un grupo de investigación de Washington. “Me cuesta creer que Estados Unidos y el mundo puedan aceptar una situación en la que Irán siga controlando indefinidamente un punto de control energético clave. Sería un resultado materialmente peor que el que existía antes de la guerra”.

    Lo mismo podría ocurrir con un acuerdo final. Hace cuatro semanas Trump exigía la “rendición incondicional” de Irán, y decía que él determinaría cuándo el país había sido completamente derrotado. El martes por la noche su tono era diferente. Aceptó basar las próximas dos semanas de conversaciones en un plan de 10 puntos que Irán presentó a los paquistaníes. Trump lo calificó de “base viable sobre la que negociar”.

    “¿Han mirado el plan de Irán?”, preguntó Fontaine. “Se lee como una lista de deseos de Teherán de antes de la guerra, en la que pide un reconocimiento global del derecho de Irán a enriquecer uranio, la retirada de todas las fuerzas estadounidenses de la región y un levantamiento de las sanciones económicas. Y pide el pago de reparaciones a Irán por los daños causados en la guerra”.

    Por supuesto, esto es solo el punto de partida de la negociación. Pero la distancia entre la visión iraní de un acuerdo de paz definitivo y la visión estadounidense es tan grande que imaginar un acuerdo en dos años, y mucho menos en dos semanas, requiere cierto jiu-jitsu diplomático. El gobierno de Barack Obama tardó dos años y medio en negociar el acuerdo nuclear de 2015, del que Trump se deshizo en 2018, y eso fue en tiempos de paz. Esta negociación se celebrará bajo la espada de una posible reanudación de las hostilidades.

    Los presidentes llevan 20 años negociando con Irán, sancionando a Irán y saboteando a Irán. Ahora Trump se enfrenta al reto de demostrar que haciendo la guerra con Irán se consiguen mejores resultados. No será fácil.

    Si no consigue sacar del país los 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60 por ciento, junto con cantidades mucho mayores de combustible nuclear menos enriquecido,Trump habrá logrado menos en una guerra de mil millones de dólares diarios que Obama hace 11 años. En aquel acuerdo, Irán sacó del país el 97 por ciento de sus reservas nucleares.

    Si no consigue que Irán limite el tamaño de su maltrecho arsenal de misiles, o la distancia que pueden recorrer, se habrá quedado corto en uno de sus principales objetivos.

    Y si sus conversaciones con un gobierno dirigido por el nuevo líder supremo, Mojtaba Jameneí, quien se cree que se está recuperando de las heridas sufridas en el atentado que acabó con la vida de su padre, el ayatolá Alí Jameneí, acaban consolidando la autoridad del nuevo gobierno, corre el riesgo de faltar a la confianza del pueblo iraní.

    Hace solo poco más de cinco semanas, Trump instaba al pueblo iraní a levantarse y derrocar a su gobierno. Ahora está haciendo negocios con ese gobierno. El martes repitió su afirmación de que el nuevo líder supremo forma parte de una generación de líderes “diferentes, más inteligentes y menos radicalizados”. Las agencias de inteligencia estadounidenses tienen sus dudas.

    “Puede que esto funcione”, dijo Fontaine, exasesor del difunto senador John McCain. “Pero existe la posibilidad de que esto acabe con Estados Unidos y el mundo en una situación peor que cuando empezó”.

    Farnaz Fassihi y Anton Troianovski colaboraron con la reportería.

    David E. Sanger cubre el gobierno de Donald Trump y una amplia gama de temas relacionados con la seguridad nacional. Ha sido periodista del Times durante más de cuatro décadas y ha escrito cuatro libros sobre política exterior y retos de seguridad nacional.

    Farnaz Fassihi y Anton Troianovski colaboraron con la reportería.

  • El papa León XIV lanzó una dura reprimenda a Trump

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    El primer pontífice nacido en EE. UU. ha hecho un llamado constante al diálogo en Medio Oriente. Se refirió a las amenazas de Trump a Irán como “verdaderamente inaceptables”.

    El papa León XIV, el primer pontífice nacido en Estados Unidos, emitió el martes una inusual reprimenda contra el presidente Donald Trump, al decir que era “verdaderamente inaceptable” amenazar con acabar con “toda la civilización” de Irán.

    No mencionó al presidente por su nombre, pero estaba claro a quién se refería.

    “Hoy, como todos sabemos, también se ha producido una amenaza contra todo el pueblo de Irán. Y esto es verdaderamente inaceptable”, les dijo el papa a los periodistas el martes por la noche en Italia, horas antes de que Trump anunciara que se había alcanzado un alto al fuego de dos semanas. “Aquí hay ciertamente cuestiones de derecho internacional, pero aún más, es una cuestión moral que concierne al bien de la gente en su conjunto, en su totalidad”.

    Trump había amenazado anteriormente con destruir todos los puentes y centrales eléctricas de Irán si Teherán no permitía el paso seguro de buques comerciales por el estrecho de Ormuz. La destrucción deliberada de infraestructuras civiles está prohibida por el derecho internacional. La amenaza de Trump suscitó la condena generalizada de legisladores demócratas y republicanos, así como de funcionarios de las Naciones Unidas y otras personas de todo el mundo.

    En su primer año como pontífice, León ha evitado en gran medida meterse directamente en la política estadounidense, pero ha pedido sistemáticamente el fin de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y la vuelta al diálogo para resolver el conflicto. También ha rechazado los esfuerzos de algunos miembros del gobierno de Trump por enmarcar la guerra en términos cristianos.

    El secretario de Defensa, Pete Hegseth, pidió en marzo a los estadounidenses que rezaran por la victoria en la batalla y la seguridad de sus soldados “en el nombre de Jesucristo“.

    Poco después, el papa hizo una advertencia en contra de invocar el nombre de Jesús para la batalla, en la que dijo que Jesús “no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza”.

    En una homilía durante una misa previa a Pascua la semana pasada, León dijo que la misión cristiana había sido “trastocada por lógicas de dominio, totalmente ajenas al camino de Jesucristo”.

    Luego, el Domingo de Pascua, renovó su llamado a la paz. “Dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras”, dijo León a decenas de miles de fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

    Trump había impuesto un plazo hasta el martes por la noche para que Irán abriera el estrecho de Ormuz o de lo contrario se enfrentaría a la devastación. León presionó a favor de la diplomacia. “Hay que volver a la mesa. Hay que hablar”, dijo Leo el martes por la noche. “Busquemos soluciones de forma pacífica”.

    Horas después, poco antes de las 8 p. m., Trump hizo el anuncio sobre el acuerdo de alto al fuego. En una publicación en las redes sociales, Trump también afirmó estar “muy lejos de un Acuerdo definitivo sobre la PAZ a largo plazo con Irán, y la PAZ en Medio Oriente”.

    Elisabetta Povoledo y Motoko Rich colaboraron con reportería.

    Ephrat Livni es una reportera del Times que cubre las noticias de último momento en todo el mundo. Radica en Washington.

    Elisabetta Povoledo y Motoko Rich colaboraron con reportería.

  • ¿Puede la economía de México depender menos de EE.UU. (y de la presión de Trump)?

    ¿Puede la economía de México depender menos de EE.UU. (y de la presión de Trump)?

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    80%. Esa es la cantidad de exportaciones mexicanas que van a Estados Unidos. O dicho de otra forma: ocho de cada diez dólares que México obtiene por sus exportaciones vienen de su vecino del norte.

    Para muchos eso es sinónimo de dependencia, y razón por la cual Washington —sobre todo con un presidente transaccional como Donald Trump— tiene un margen casi infinito para pedir concesiones a México.

    Pero esa no es la película completa: Estados Unidos, en muchos sentidos, también depende de México; pero menos: un 16% de sus exportaciones, por ejemplo, van para el vecino el sur.

    Entonces la palabra, quizá más que dependencia, es asimetría. Y engloba, en realidad, una discusión, no solo económica, que los mexicanos han dado hace décadas, incluso siglos.

    Pero ahora la agenda proteccionista de Donald Trump y la presión que ha ejercido sobre Claudia Sheinbaum en temas como migración y lucha contra las drogas —entrelazados como nunca con el tema comercial— han reflotado el dilema: ¿acaso México puede ser menos dependiente económicamente?

    Este año ocurren dos cosas que ponen de manifiesto esta relación tan difícil como fructífera: un Mundial de fútbol organizado por ambos países —y Canadá— y la revisión del Tratado de Libre Comercio (TMEC, antes TLCAN) que los tres países firmaron en 1994.

    El acuerdo representa una economía de casi US$31 billones en PIB nominal, es decir, cerca del 30% de la economía global. No hay bloque comercial tan grande en el mundo.

    Y, casi al tiempo que el Mundial, sus principios serán revisados y, se espera, renovados bajo las necesidades actuales de cada país. ¿Será una oportunidad para equilibrar la balanza?

    Carney, Sheinbaum y Trump

    Getty Images
    Carney, Sheinbaum y Trump en la única foto, en el sorteo del Mundial, que hay de los tres. ¿Habrá otra en la renovación del TMEC?

    Una dependencia profunda

    Es difícil establecer el inicio de la asimetría entre México y Estados Unidos: ¿fue a mediados del siglo XIX, cuando EE.UU. ganó guerras por el control del territorio? ¿Fue en el siglo XX, a medida que EE.UU. se convirtió en la primera potencia mundial? ¿O fue en los últimos 30 años, con la vigencia del tratado comercial?

    También se puede establecer en los episodios en que México fue una plataforma para la expansión económica de la potencia incipiente: durante el Porfiriato (1876–1911), por ejemplo, que los estadounidenses llegaron a controlar ferrocarriles, minas, pozos petroleros y tierras agrícolas; o durante la Segunda Guerra Mundial, que EE.UU. llevó vía tratado a millones de trabajadores mexicanos a sus campos; o durante el auge de las maquilas, a partir de 1965, cuando ambos países acordaron desarrollar industrialmente la frontera.

    La relación, entonces, es de fondo. Y no es solo comercial: las remesas que millones de mexicanos mandan desde EE. UU. superaron en 2025 los US$61.000 millones, más de lo que aportan el turismo y la inversión extranjera (aunque bajó 4% con respecto a 2024), y una parte significativa de la deuda externa mexicana está denominada en dólares.

    Y así como es difícil establecer el origen de la dependencia, también lo es resumir en una sola frase o evento la reacción que esta relación ha generado entre los mexicanos: la Revolución Mexicana en 1910, la expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas en 1938, el movimiento estudiantil de 1968 y el levantamiento zapatista en 1994 fueron todos eventos históricos trascendentales que tenían de fondo una crítica a la supuesta sumisión de las élites mexicanas a sus homólogos del norte.

    De hecho, la Cuarta Transformación, el movimiento que inauguró Andrés Manuel López Obrador y heredó Claudia Sheinbaum, tiene como pilares el nacionalismo y la defensa de la soberanía en base a lo que llaman “el humanismo mexicano”.

    Sin embargo, en los últimos años México se ha hecho incluso más dependiente económicamente de EE.UU. debido a la llegada masiva de empresas de todo el mundo que quieren estar más cerca de la potencia en un fenómeno conocido como nearshoring.

    El resultado, entonces, es una paradoja para México: las mismas tensiones geopolíticas que hacen urgente diversificar están atrayendo inversiones que profundizan la integración con EE.UU..

    Y, en todo caso, será Sheinbaum quien, sin perder la perspectiva de toda esta atribulada historia, tendrá que negociar las nuevas pautas del TMEC con el presidente más coercitivo y proteccionista de la historia reciente estadounidense.

    ¿Habrá espacio para reequilibrar?

    Protestas contra el TLCAN

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    Desde su origen, en 1994, el TLC ha generado molestias en ambos países.

    En busca de un Plan México

    Para los expertos consultados por BBC Mundo para este reportaje el margen es pequeño, pero las posibilidades abundan.

    Viri Ríos, una reconocida politóloga, ha argumentado en sus columnas que México debería “orientar su economía a dominar en áreas en las que EE.UU. cojea y que le son críticas para desarrollar tecnología propia”, como en la fabricación de precursores químicos para medicamentos, la refinación de litio y otros minerales raros y la producción de alimentos costosos, como aguacate y tomate.

    “En la medida en que México logre volver a EE.UU. dependiente de ciertos productos desarrollados en México, van a perder margen y van a respetar el desarrollo de México”, le dijo a BBC Mundo. “Lo mismo que con China: EE.UU. quiere destruir la economía china, pero no lo hace porque depende de ella”.

    Canadá, de hecho, también envía a EE.UU. cerca del 80% de sus exportaciones, pero lo hace con productos de alto valor: energía, minerales críticos y manufactura avanzada. Por eso es menos sensible ante los caprichos de Washington.

    frontera EEUU Mexico

    Getty Images

    “Por supuesto que depender menos de ellos sería deseable”, dice Pedro Tello Villagrán, economista y consultor. “Estamos atados al ciclo económico de EE.UU. y eso nos arrastra a la baja”.

    Su propuesta, distinta a la de Ríos, es desarrollar la economía mirando hacia dentro más que hacia afuera:

    “Si diversificas las fuentes de crecimiento, reduces la vulnerabilidad ante la caída de la fuente que predomina (…) México se ha mantenido a flote solo gracias a un motor, el exportador, y podría fortalecer otras fuentes, como el consumo interno y los servicios, la inversión productiva y las finanzas públicas”.

    Ese es, de alguna manera, el objetivo del Plan México que propone Sheinbaum y una buena parte del empresariado. Sus principios generales son fortalecer el mercado nacional, sustituir importaciones y desarrollar los mercados regionales. Y espera generar US$277.000 millones en inversión y 1,5 millones de empleos nuevos.

    “El Plan México dice todo lo correcto”, señala Ríos. “Lo leo y pienso que, después de que se dijo que ‘la mejor política industrial es no tener política industrial’, finalmente alguien entendió”.

    “Pero el problema es cómo se implementa. Y qué se define en las negociaciones del TMEC”, añade.

    Firma TMEC Peña Nieto, Trumo, Troudeau

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    En 2018, Trump firmó la renovación del TMEC. Desde entonces ya era escéptico.

    Negociar, producir, diversificar

    El economista Antonio Ortiz Mena le ha dedicado su vida académica al tema: ha sido negociador por parte de México, hizo un doctorado en San Diego, en la frontera, y hoy es profesor en la universidad de Georgetown, en Washington.

    Y propone una agenda en tres frentes: asegurar una revisión exitosa del TMEC que evite restricciones comerciales unilaterales; aumentar la producción mexicana de bienes que se importan de EE.UU. (granos, carne, energía); y diversificar mercados hacia la Unión Europea, Japón y, eventualmente, India y Corea del Sur.

    “A mediano plazo, el acuerdo con la UE y el TIPAT van a generar oportunidades reales”, dice.

    El acuerdo entre México y la Unión Europea, pendiente de firmarse en mayo, abriría nuevos destinos para exportaciones mexicanas. Y el TIPAT —Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico, del que México forma parte— hace lo propio con Asia en el Pacífico.

    “No se puede olvidar que, más que dependencia, hay interdependencia”, dice Ortiz Mena. “Si EE.UU. no coloca el maíz, el trigo, la res y el pollo en México, no tiene dónde colocarlos”.

    En su primer mandato, Trump renovó el TMEC a regañadientes por el riesgo político y económico que implicaba cancelarlo.

    Pero ahora, en su segundo mandato, tiene una agenda más ambiciosa, más impredecible y más proteccionista.

    Sheinbaum tiene muchos frentes que cuidar en su relación con Trump. Y este, que suscita una tensión entre su discurso nacionalista y la economía, es quizá el más sensible de todos.

    Protestas migrantes mexicanos

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  • Israel lanza una oleada de ataques aéreos contra Líbano

    Israel lanza una oleada de ataques aéreos contra Líbano

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    En la imagen aparecen dos automóviles dañados y cubiertos de escombros, con multitudes de personas en la calle de fondo y ruinas tras un ataque con misiles israelíes en la carretera costera de Sidón este miércoles.

    Mohammad Abushama / Anadolu via Getty Images
    Los ataques israelíes contra diversas zonas de Líbano han dejado comunidades devastadas.

    El ejército de Israel perpetró este miércoles una oleada de ataques aéreos en todo Líbano, dejando un elevado número de muertos, hospitales desbordados y posibles víctimas bajo los escombros de los edificios derrumbados.

    Israel describió esta acción como la mayor campaña de ataques aéreos en este conflicto, alcanzando en tan solo 10 minutos más de 100 objetivos que calificó como centros de mando y emplazamientos militares de Hezbolá.

    Los ataques tuvieron lugar en los suburbios del sur de Beirut, el sur de Líbano y el oriental Valle de la Becá.

    El ejército israelí los llevó a cabo horas después de que la oficina del primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, desmintiera la afirmación de Pakistán, que ayudó a mediar en un alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, de que dicho pacto abarcaba el conflicto en Líbano.

    Preguntado sobre por qué Líbano sigue recibiendo ataques israelíes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, respondió que es “por Hezbolá”, ya que “no fueron incluidos en el acuerdo”, y definió la situación en Líbano como “un conflicto aparte”.

    “De eso también nos encargaremos. No hay problema”, declaró a una periodista de la cadena estadounidense PBS.

    La guerra entre Israel y Hezbolá

    Más de 1.500 personas han perdido la vida en Líbano, entre ellas 130 niños, desde el inicio de la actual guerra entre Israel y Hezbolá a principios de marzo.

    Más de 1,2 millones de personas han sido desplazadas -uno de cada cinco habitantes-, la mayoría de comunidades musulmanas chiitas del sur, del oriental Valle de la Becá y de los suburbios del sur de Beirut, las zonas de influencia de Hezbolá.

    Aldeas cercanas a la frontera han quedado destruidas, mientras las tropas invasoras israelíes buscan crear lo que sus autoridades denominan una “zona de seguridad de amortiguación” para destruir la infraestructura de Hezbolá y eliminar a sus combatientes.

    Esto ha suscitado inquietud sobre la posibilidad de que algunas zonas puedan permanecer ocupadas incluso tras el fin de la guerra y muchos residentes tal vez nunca puedan regresar a sus hogares.

    Tras el anuncio de un alto el fuego en la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán -conflicto que comenzó a finales de febrero- la presidencia libanesa declaró que continuaría con sus “esfuerzos para incluir a Líbano en la paz regional”.

    Hezbolá -que no ha reivindicado ningún ataque desde que se anunció el acuerdo- afirmó encontrarse en el “umbral de una gran victoria histórica” y advirtió a las familias desplazadas que esperaran a un anuncio formal de alto el fuego antes de intentar regresar a sus hogares.

    Edificio destruido por un ataque israelí este miércoles en la ciudad de Sidón, en el sur de Líbano.

    Getty Images
    Edificio destruido por un ataque israelí este miércoles en la ciudad de Sidón, en el sur de Líbano.

    Hezbolá y el gobierno de Líbano

    En Líbano, la última escalada en el largo conflicto entre Hezbolá e Israel se produjo cuando el grupo disparó cohetes hacia territorio israelí en represalia por el asesinato del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, en las etapas iniciales de la guerra, y también en respuesta a los ataques israelíes casi diarios contra Líbano pese a un alto el fuego en el país que se acordó en noviembre de 2024.

    Funcionarios israelíes habían indicado su intención de continuar con su campaña en Líbano incluso si se llegaba a un acuerdo con Irán.

    Sin embargo, en los últimos días fuentes militares citadas por medios israelíes sugirieron que el ejército no tenía intención de avanzar más en su invasión, y reconocieron que no serían capaces de desarmar a Hezbolá por la fuerza.

    Observadores han expresado su sorpresa ante las capacidades militares de Hezbolá en este conflicto, ya que se creía que el grupo había quedado gravemente debilitado en su última guerra.

    El grupo ha lanzado con frecuencia cohetes y drones hacia el norte de Israel, mientras sobre el terreno se ha enfrentado a las tropas israelíes en el sur de Líbano.

    Hezbolá ha enfrentado fuertes críticas en el propio Líbano, ya que muchos culpan al grupo de arrastrar al país a una guerra no deseada y de defender los intereses de su patrocinador iraní.

    Aun así, sigue gozando de un apoyo significativo entre los chiitas libaneses.

    La crisis de desplazamientos provocada por la guerra ha ejercido una presión adicional sobre este país, ya de por sí sumido en una crisis.

    Las escuelas que han sido convertidas en refugios están abarrotadas y muchas personas duermen en tiendas improvisadas en espacios públicos o dentro de sus automóviles.

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    BBC

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  • Cómo Trump llevó a EE. UU. a la guerra con Irán

    Cómo Trump llevó a EE. UU. a la guerra con Irán

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    El todoterreno negro en el que viajaba el primer ministro Benjamín Netanyahu llegó a la Casa Blanca poco antes de las 11:00 a. m. del 11 de febrero. El dirigente israelí, que llevaba meses presionando a Estados Unidos para que accediera a realizar un ataque de gran envergadura contra Irán, fue conducido al interior sin apenas ceremonias, fuera de la vista de los periodistas, preparado para uno de los momentos más cruciales de su larga carrera.

    Funcionarios estadounidenses e israelíes primero se reunieron en la Sala del Gabinete, adyacente al Despacho Oval. Luego Netanyahu se dirigió escaleras abajo para el acto principal: una presentación altamente clasificada sobre Irán para el presidente Donald Trump y su equipo en la Sala de Situación de la Casa Blanca, que rara vez se utilizaba para reuniones en persona con dirigentes extranjeros.

    Trump se sentó, pero no en su posición habitual a la cabeza de la mesa de conferencias de caoba de la sala. En su lugar, se sentó a un lado, frente a las grandes pantallas instaladas a lo largo de la pared. Netanyahu se sentó al otro lado, justo enfrente del mandatario.

    En la pantalla situada detrás del primer ministro aparecía David Barnea, director del Mosad, la agencia de inteligencia exterior israelí, así como oficiales del ejército israelí. Dispuestos visualmente detrás de Netanyahu, creaban la imagen de un líder en tiempo de guerra rodeado por su equipo.

    Susie Wiles, jefa de gabinete de la Casa Blanca, se sentó en el extremo opuesto de la mesa. El secretario de Estado, Marco Rubio, quien también ejercía de asesor de seguridad nacional, estaba en su asiento habitual. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el general Dan Caine, jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, que solían sentarse juntos en este tipo de reuniones, estaban a un lado; junto a ellos estaba John Ratcliffe, director de la CIA. Jared Kushner, yerno del presidente, y Steve Witkoff, enviado especial de Trump, quien había estado negociando con los iraníes, completaban el grupo principal.

    La reunión había sido deliberadamente reducida para evitar filtraciones. Otros altos secretarios del gabinete no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo. También estaba ausente el vicepresidente. JD Vance se encontraba en Azerbaiyán y la reunión se había programado con tan poca antelación que no pudo regresar a tiempo.

    La presentación que Netanyahu haría en la hora siguiente sería fundamental para llevar a Estados Unidos e Israel hacia un conflicto armado de gran envergadura en medio de una de las regiones más volátiles del mundo. Y desencadenaría una serie de discusiones dentro de la Casa Blanca en los días y semanas siguientes, cuyos detalles no se han divulgado anteriormente, en las que Trump analizó sus opciones y los riesgos antes de dar el visto bueno a unirse a Israel para atacar a Irán.

    Este relato de cómo Trump llevó a Estados Unidos a la guerra se ha extraído de la investigación para un libro de próxima publicación llamado Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump. Revela cómo las deliberaciones dentro del gobierno pusieron de manifiesto los instintos del presidente, las fracturas de su círculo íntimo y su manera de dirigir la Casa Blanca. Se basa en extensas entrevistas realizadas bajo condición de anonimato para relatar debates internos y temas delicados.

    La investigación subraya hasta qué punto el pensamiento belicista de Trump se alineó con el de Netanyahu durante muchos meses, más de lo que reconocían incluso algunos de los principales asesores del presidente. Su estrecha asociación ha sido una característica duradera a lo largo de dos gobiernos, y esa dinámica –por tensa que haya sido a veces– ha generado intensas críticas y sospechas tanto en la izquierda como en la derecha de la política estadounidense.

    Y muestra cómo, al final, incluso los miembros más escépticos del gabinete de guerra de Trump –con la clara excepción de Vance, la figura dentro de la Casa Blanca que más se oponía a una guerra a gran escala– se plegaron a los instintos del mandatario, incluida su gran confianza en que la guerra sería rápida y decisiva. La Casa Blanca declinó hacer comentarios.

    En la Sala de Situaciones del 11 de febrero, Netanyahu hizo una propuesta dura, sugiriendo que Irán estaba maduro para un cambio de régimen y expresando la creencia de que una misión conjunta estadounidense-israelí podría acabar finalmente con la República Islámica.

    En un momento dado, los israelíes reprodujeron para Trump un breve video que incluía un montaje de posibles nuevos dirigentes que podrían hacerse cargo del país si cayera el gobierno de línea dura. Entre ellos figuraba Reza Pahlavi, el hijo exiliado del último sha de Irán, ahora un disidente radicado en Washington que había intentado posicionarse como un líder laico que podría guiar a Irán hacia un gobierno posteocrático.

    Netanyahu y su equipo esbozaron unas condiciones que, según ellos, apuntaban a una victoria casi segura: el programa de misiles balísticos de Irán podría ser destruido en pocas semanas. El régimen quedaría tan debilitado que no podría asfixiar el estrecho de Ormuz, y la probabilidad de que Irán asestara golpes contra intereses estadounidenses en países vecinos se consideró mínima.

    Además, la inteligencia del Mosad indicaba que volverían a empezar las protestas callejeras dentro de Irán y –con el ímpetu de la agencia de espionaje israelí ayudando a fomentar disturbios y rebeliones– una intensa campaña de bombardeos podría fomentar las condiciones para que la oposición iraní derrocara al régimen. Los israelíes también plantearon la posibilidad de que los combatientes kurdos iraníes cruzaran la frontera desde Irak para abrir un frente terrestre en el noroeste, lo que estiraría aún más las fuerzas del régimen y aceleraría su colapso.

    Netanyahu hizo su presentación con un tono monótono y seguro. Parece que eso le gustó a la persona más importante de la sala, el presidente estadounidense.

    Suena bien, le dijo Trump al primer ministro. Para Netanyahu, esto significaba una probable luz verde para una operación conjunta estadounidense-israelí.

    Netanyahu no fue el único que salió de la reunión con la impresión de que Trump casi había tomado una decisión. Los asesores del mandatario pudieron comprobar que había quedado profundamente impresionado por la promesa de lo que podían hacer los servicios militares y de inteligencia de Netanyahu, al igual que cuando ambos hablaron antes de la guerra de 12 días contra Irán en junio.

    Antes, en su visita a la Casa Blanca el 11 de febrero, Netanyahu había intentado centrar la atención de los estadounidenses reunidos en la Sala del Gabinete en la amenaza existencial que representaba el líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jameneí, de 86 años.

    Cuando otras personas que estaban en la sala le preguntaron al primer ministro sobre los posibles riesgos de la operación, Netanyahu los reconoció, pero hizo una observación central: en su opinión, los riesgos de la inacción eran mayores que los riesgos de la acción. Argumentó que el precio de la acción solo aumentaría si retrasaban el ataque y le daban más tiempo a Irán para acelerar su producción de misiles y crear un escudo de inmunidad en torno a su programa nuclear.

    Todos los presentes comprendieron que Irán tenía capacidad para aumentar sus arsenales de misiles y aviones no tripulados a un costo mucho menor y mucho más rápidamente de lo que Estados Unidos podría construir y suministrar los interceptores, mucho más caros, para proteger los intereses estadounidenses y de sus aliados en la región.

    Las presentaciones de Netanyahu –y la respuesta positiva de Trump a las mismas– crearon una tarea urgente para la comunidad de inteligencia estadounidense. Durante la noche, los analistas trabajaron para evaluar la viabilidad de lo que el equipo israelí había dicho al presidente.

    Los consejos militares

    Los resultados del análisis de los servicios de inteligencia estadounidenses se compartieron al día siguiente, 12 de febrero, en otra reunión solo para funcionarios estadounidenses en la Sala de Situación. Antes de que llegara Trump, dos altos funcionarios de inteligencia informaron al círculo íntimo del presidente.

    Los funcionarios de inteligencia tenían profundos conocimientos de las capacidades militares estadounidenses y conocían al dedillo el sistema iraní y sus actores. Habían desglosado la presentación de Netanyahu en cuatro partes. La primera era la decapitación: matar al ayatolá. La segunda era paralizar la capacidad de Irán para proyectar poder y amenazar a sus vecinos. La tercera era un levantamiento popular dentro de Irán. Y la cuarta era el cambio de régimen, con la instalación de un líder laico para gobernar el país.

    Los funcionarios estadounidenses consideraron que los dos primeros objetivos eran alcanzables con la inteligencia y el poder militar estadounidenses. Consideraron que las partes tercera y cuarta del discurso de Netanyahu, que incluían la posibilidad de que los kurdos organizaran una invasión terrestre de Irán, estaban alejadas de la realidad.

    Cuando Trump se incorporó a la reunión, Ratcliffe lo informó sobre la evaluación. El director de la CIA utilizó una palabra para describir los escenarios de cambio de régimen del primer ministro israelí: “ridículos”.

    En ese momento, Rubio intervino. “En otras palabras, es una patraña”, dijo.

    Ratcliffe añadió que, dada la imprevisibilidad de los acontecimientos en cualquier conflicto, podría producirse un cambio de régimen, pero no debería considerarse como un objetivo alcanzable.

    Otros intervinieron, entre ellos Vance, recién llegado de Azerbaiyán, quien también expresó un fuerte escepticismo ante la perspectiva de un cambio de régimen.

    El presidente se dirigió entonces al general Caine y le preguntó: “General, ¿qué opina?”.

    “Señor, según mi experiencia, este es el procedimiento operativo habitual de los israelíes. Exageran y sus planes no siempre están bien desarrollados. Saben que nos necesitan y por eso exageran”, respondió el líder militar.

    Trump analizó rápidamente la valoración. El cambio de régimen, dijo, sería “problema de ellos”. No estaba claro si se refería a los israelíes o al pueblo iraní. Pero lo esencial era que su decisión sobre si ir a la guerra contra Irán no dependería de si las partes 3 y 4 de la presentación de Netanyahu eran realizables.

    Trump parecía seguir muy interesado en cumplir la primera y segunda parte: matar al ayatolá y a los principales dirigentes de Irán y desmantelar el ejército iraní.

    El general Caine –el hombre al que a Trump le gustaba referirse como “Razin’ Caine”– había impresionado al presidente años antes al decirle que el Estado Islámico podía ser derrotado mucho más rápidamente de lo que otros habían previsto. Trump recompensó esa confianza ascendiendo al general, quien había sido piloto de combate de las Fuerzas Aéreas, convirtiéndolo en su máximo asesor militar. Caine no es un político leal, y le preocupaba seriamente una guerra con Irán. Pero fue muy cauto en la forma de presentar sus puntos de vista al presidente.

    Mientras el pequeño equipo de asesores que estaban al tanto de los planes deliberaba durante los días siguientes, Caine compartió con Trump y con otros la alarmante valoración militar de que una gran campaña contra Irán agotaría drásticamente las reservas de armamento estadounidense, incluidos los interceptores de misiles, cuyo suministro se había agotado tras años de apoyo a Ucrania e Israel. Caine no veía un camino claro para reponer rápidamente estos arsenales.

    También señaló la enorme dificultad de asegurar el estrecho de Ormuz y los riesgos de que Irán lo bloqueara. Trump había descartado esa posibilidad suponiendo que el régimen capitularía antes de llegar a eso. El mandatario parecía pensar que sería una guerra muy rápida, impresión que se había visto reforzada por la tibia respuesta al bombardeo estadounidense de las instalaciones nucleares iraníes en junio.

    El papel de Caine en el período previo a la guerra captó una tensión clásica entre el consejo militar y la toma de decisiones presidencial. Tan persistente fue en no adoptar una postura –repitiendo que no era su papel decirle al presidente lo que tenía que hacer, sino presentar opciones junto con los riesgos potenciales y las posibles consecuencias de segundo y tercer orden– que a algunos de los que le escuchaban podía parecerles que estaba argumentando simultáneamente todos los lados del tema.

    Preguntaba constantemente: “¿Y luego qué?”. Pero, a menudo, Trump parecía escuchar solo lo que quería.

    Caine difería en casi todos los aspectos de su anterior jefe, el general Mark A. Milley, quien había discutido a gritos con Trump durante su primer gobierno y quien consideraba que su función era impedir que el presidente tomara medidas peligrosas o imprudentes.

    Una persona familiarizada con sus interacciones señaló que Trump tenía la costumbre de confundir los consejos tácticos de Caine con el asesoramiento estratégico. En la práctica, eso significaba que el general podía advertir en un momento sobre las dificultades de un aspecto de la operación y, en el siguiente, señalar que Estados Unidos disponía de un suministro prácticamente ilimitado de bombas de precisión baratas y que podría atacar Irán durante semanas una vez lograda la superioridad aérea.

    Para el general, se trataba de observaciones separadas. Pero Trump parecía pensar que lo más probable era que la segunda anulara a la primera.

    En ningún momento de las deliberaciones, Caine le dijo directamente que la guerra contra Irán era una idea terrible, aunque algunos de sus colegas creían que eso era exactamente lo que pensaba.

    Trump, el halcón

    Aunque muchos de los asesores del presidente desconfiaban de Netanyahu, la opinión del primer ministro sobre la situación estaba mucho más cerca de la de Trump de lo que a los antintervencionistas del equipo de Trump o del movimiento más amplio “Estados Unidos primero” les gustaba admitir. Durante muchos años esto había sido así.

    De todos los retos de política exterior a los que Trump se había enfrentado a lo largo de dos presidencias, Irán destacaba por encima de los demás. Lo consideraba un adversario singularmente peligroso y estaba dispuesto a asumir grandes riesgos para obstaculizar la capacidad del régimen de librar una guerra o de adquirir un arma nuclear. Además, el planteamiento de Netanyahu había encajado con el deseo de Trump de desmantelar la teocracia iraní, que había tomado el poder en 1979, cuando Trump tenía 32 años. Desde entonces, había sido una espina clavada en el costado de Estados Unidos.

    Ahora, podría convertirse en el primer presidente en lograr un cambio de régimen en Irán desde que la cúpula clerical tomó el poder hace 47 años. Normalmente no se mencionaba, pero siempre estaba en segundo plano, la motivación añadida de que Irán había tramado matar a Trump como venganza por el asesinato, en enero de 2020, del general Qasem Soleimani, a quien Estados Unidos consideraba una fuerza impulsora de la campaña iraní de terrorismo internacional.

    Cuando regresó a la presidencia para un segundo mandato, la confianza de Trump en la capacidad del ejército estadounidense había aumentado. Se sintió especialmente envalentonado por la espectacular incursión de un comando para capturar al líder venezolano Nicolás Maduro en su complejo el 3 de enero. No se perdieron vidas estadounidenses en la operación, una prueba más para el presidente de la incomparable destreza de las fuerzas estadounidenses.

    Dentro del gabinete, Hegseth era el mayor partidario de una campaña militar contra Irán.

    Rubio indicó a sus colegas que era mucho más ambivalente. No creía que los iraníes aceptaran un acuerdo negociado, pero su preferencia era continuar una campaña de máxima presión en lugar de iniciar una guerra a gran escala. Sin embargo, Rubio no intentó disuadir a Trump de la operación y, una vez iniciada la guerra, presentó la justificación gubernamental con plena convicción.

    A Wiles le preocupaba lo que podría suponer un nuevo conflicto en el extranjero, pero no solía opinar con dureza sobre temas militares en las reuniones más importantes; más bien, animaba a los asesores a compartir sus opiniones y preocupaciones con el presidente en esos entornos. Wiles ejercía influencia en muchos otros asuntos, pero en la sala con Trump y los generales, se mantenía al margen. Sus allegados dijeron que no consideraba que su papel fuera compartir con el mandatario sus preocupaciones sobre una decisión militar delante de los demás. Y creía que la experiencia de asesores como los generales Caine, Ratcliffe y Rubio era más importante para el presidente.

    Sin embargo, Wiles les dijo a sus colegas que le preocupaba que Estados Unidos se viera arrastrado a otra guerra en Medio Oriente. Un ataque a Irán conllevaba la posibilidad de disparar los precios de la gasolina meses antes de las elecciones intermedias que podrían ayudar a decidir si los dos últimos años del segundo mandato de Trump serían años de logros o de citaciones por parte de los demócratas de la Cámara de Representantes. Pero, al final, Wiles estuvo de acuerdo con la operación.

    Vance, el escéptico

    Nadie en el círculo íntimo de Trump estaba más preocupado por la perspectiva de una guerra con Irán, ni hizo más por intentar detenerla, que el vicepresidente.

    Vance había construido su carrera política oponiéndose precisamente al tipo de aventurerismo militar que ahora se estaba analizando seriamente. Había descrito una guerra con Irán como “una enorme distracción de recursos” y “masivamente cara”.

    Sin embargo, no era un pacifista en todos los aspectos. En enero, cuando Trump le advirtió públicamente a Irán que dejara de matar manifestantes y prometió que la ayuda estaba en camino, Vance había animado en privado al presidente a hacer cumplir su línea roja. Pero lo que el vicepresidente impulsó fue un ataque punitivo limitado, algo más parecido al modelo del ataque con misiles de Trump contra Siria en 2017 por el uso de armas químicas contra civiles.

    El vicepresidente pensaba que una guerra de cambio de régimen con Irán sería un desastre. Prefería que no hubiera ningún ataque. Pero, sabiendo que era probable que Trump interviniera de algún modo, intentó orientarse hacia una acción más limitada. Más tarde, cuando parecía seguro que el presidente estaba decidido a emprender una campaña a gran escala, Vance argumentó que debía hacerlo con una fuerza abrumadora, con la esperanza de alcanzar rápidamente sus objetivos.

    Ante sus colegas, Vance le advirtió a Trump que una guerra contra Irán podría provocar el caos regional y un número incalculable de bajas. También podría romper la coalición política de Trump y sería vista como una traición por muchos votantes que creyeron en la promesa de no tener nuevas guerras.

    Vance también planteó otras preocupaciones. Como vicepresidente, era consciente del alcance del problema de municiones de Estados Unidos. Una guerra contra un régimen con una enorme voluntad de supervivencia podría dejar a Estados Unidos en una posición mucho peor para librar conflictos durante algunos años.

    El vicepresidente dijo a sus colaboradores que ninguna perspicacia militar podía calibrar realmente lo que haría Irán en represalia cuando estaba en juego la supervivencia del régimen. Una guerra podría tomar fácilmente direcciones imprevisibles. Además, pensaba que habían pocas posibilidades de construir un Irán pacífico después del enfrentamiento.

    Más allá de todo esto estaba el mayor riesgo de todos: Irán tenía ventaja en lo que se refería al estrecho de Ormuz. Si esa estrecha vía fluvial que transporta grandes cantidades de petróleo y gas natural quedaba bloqueada, las consecuencias internas en Estados Unidos serían graves, empezando por el aumento de los precios de la gasolina.

    Tucker Carlson, el comentarista que había surgido como otro destacado escéptico de la intervención, había acudido al Despacho Oval varias veces durante el año anterior para advertirle a Trump que una guerra con Irán destruiría su presidencia. Un par de semanas antes de que empezara la guerra, Trump, que conocía a Carlson desde hacía años, intentó tranquilizarle por teléfono. “Sé que estás preocupado, pero todo va a salir bien”, dijo el presidente. Carlson le preguntó cómo sabía que saldría bien. “Porque siempre es así”, respondió Trump.

    En los últimos días de febrero, los estadounidenses y los israelíes discutieron un nuevo dato de inteligencia que aceleraría significativamente su cronograma. El ayatolá se reuniría en la superficie con otros altos cargos del régimen, a plena luz del día y totalmente expuesto a un ataque aéreo. Era una oportunidad fugaz para atacar el corazón de la cúpula iraní, el tipo de objetivo que era posible que no volviera a presentarse.

    Trump le dio a Irán otra oportunidad de llegar a un acuerdo que bloqueara su camino hacia las armas nucleares. La diplomacia también le dio a Estados Unidos tiempo extra para trasladar activos militares a Medio Oriente.

    El presidente había tomado efectivamente una decisión semanas antes, dijeron varios de sus asesores. Pero aún no había decidido exactamente cuándo. Ahora, Netanyahu lo instaba a actuar con rapidez.

    Esa misma semana, Kushner y Witkoff llamaron desde Ginebra tras las últimas conversaciones con funcionarios iraníes. Durante tres rondas de negociaciones en Omán y Suiza, ambos habían puesto a prueba la voluntad de Irán de llegar a un acuerdo. En un momento dado, le ofrecieron a los iraníes combustible nuclear gratuito durante toda la vida de su programa, una manera de probar si la insistencia de Teherán en el enriquecimiento realmente tenía por objeto la energía civil o preservar la capacidad de construir una bomba.

    Los iraníes rechazaron la oferta, calificándola como un atentado contra su dignidad.

    Kushner y Witkoff le expusieron el panorama al presidente. Probablemente podrían negociar algo, pero llevaría meses, dijeron. Si Trump preguntaba si podían mirarle a los ojos y decirle que podían resolver el problema, iba a costar mucho llegar a ese punto, le dijo Kushner, porque los iraníes estaban jugando.

    ‘Creo que tenemos que hacerlo’

    El jueves 26 de febrero, hacia las 5:00 p. m., se inició una última reunión en la Sala de Situación. A estas alturas, las posiciones de todos los presentes estaban claras. Todo se había discutido en reuniones anteriores; todos conocían la postura de los demás. El debate duraría aproximadamente una hora y media.

    Trump estaba en su lugar habitual, en la cabecera de la mesa. A su derecha se sentaba el vicepresidente; junto a Vance estaba Wiles, luego Ratcliffe, después el abogado de la Casa Blanca, David Warrington, y luego Steven Cheung, el director de comunicaciones de la Casa Blanca. Frente a Cheung estaba Karoline Leavitt, la secretaria de prensa de la Casa Blanca; a su derecha estaba el general Caine, y luego Hegseth y Rubio.

    El grupo de planificación de la guerra se había mantenido tan restringido que los dos funcionarios clave que tendrían que gestionar la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial del petróleo, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el secretario de Energía, Chris Wright, estaban excluidos, al igual que Tulsi Gabbard, la directora de inteligencia nacional.

    El presidente inició la reunión preguntando: “Bien, ¿qué tenemos?”.

    Hegseth y Caine repasaron la secuencia de los atentados. Entonces, Trump dijo que quería escuchar las opiniones de todos.

    Vance, cuyo desacuerdo con toda la premisa estaba bien establecido, se dirigió al presidente: “Sabes que creo que es una mala idea, pero si quieres hacerlo, te apoyaré”.

    Wiles le dijo a Trump que si consideraba que debía proceder por la seguridad nacional de Estados Unidos, que siguiera adelante.

    Ratcliffe no ofreció ninguna opinión sobre si proceder o no, pero habló de la nueva y asombrosa información de inteligencia que los dirigentes iraníes estaban a punto de reunir en el complejo del ayatolá en Teherán. El director de la CIA le dijo al presidente que el cambio de régimen era posible dependiendo de cómo se definiera el término. “Si solo nos referimos a matar al líder supremo, probablemente podamos hacerlo”, dijo.

    Cuando se le preguntó, Warrington, el asesor jurídico de la Casa Blanca, dijo que era una opción legalmente admisible desde el punto de vista de la forma en que el plan había sido concebido por los funcionarios estadounidenses y presentado al presidente. No ofreció una opinión personal, pero cuando el mandatario lo presionó para que diera una, dijo que, como veterano de la Infantería de Marina, había conocido a un militar estadounidense asesinado por Irán años antes. Esta cuestión seguía siendo profundamente personal. Le dijo al presidente que si Israel tenía la intención de proceder, a pesar de todo, Estados Unidos también debía hacerlo.

    Cheung expuso las probables consecuencias para las relaciones públicas: Trump se había postulado a las elecciones en contra de más guerras. La gente no había votado a favor de conflictos en el extranjero. Además, los planes iban en contra de todo lo que el gobierno había dicho tras la campaña de bombardeos contra Irán en junio. ¿Cómo explicarían ocho meses de insistencia en que las instalaciones nucleares iraníes habían sido totalmente destruidas? Cheung no dio ni un sí ni un no, pero dijo que cualquier decisión que tomara Trump sería la correcta.

    Leavitt le dijo al presidente que era su decisión y que el equipo de prensa la gestionaría lo mejor que pudiera.

    Hegseth adoptó una postura más estrecha: en algún momento tendrían que ocuparse de los iraníes, así que más les valía hacerlo ahora. Ofreció valoraciones técnicas: podrían ejecutar la campaña en un tiempo determinado con un nivel determinado de fuerzas.

    El general Caine se mostró sobrio, exponiendo los riesgos y lo que la campaña supondría para el agotamiento de las municiones. No ofreció ninguna opinión; su postura era que si Trump ordenaba la operación, los militares la ejecutarían. Ambos altos mandos militares del presidente anticiparon cómo se desarrollaría la campaña y la capacidad de Estados Unidos para degradar las capacidades militares de Irán.

    Cuando le llegó el turno de hablar, Rubio ofreció más claridad, diciéndole al presidente: si nuestro objetivo es un cambio de régimen o un levantamiento, no deberíamos hacerlo. Pero si el objetivo es destruir el programa de misiles de Irán, ese es un objetivo que podemos lograr.

    Todos se apoyaron en los instintos del presidente. Lo habían visto tomar decisiones audaces, asumir riesgos insondables y, de algún modo, salir airoso. Ahora nadie se lo impediría.

    “Creo que tenemos que hacerlo”, le dijo el presidente a la sala. Dijo que tenían que asegurarse que Irán no pudiera tener un arma nuclear y que no pudiera disparar misiles contra Israel o contra toda la región.

    Caine le dijo a Trump que disponía de tiempo; no tenía que dar el visto bueno hasta las 4:00 p. m. del día siguiente.

    A bordo del Air Force One, la tarde siguiente, 22 minutos antes del plazo fijado por el general Caine, Trump envió la siguiente orden: “Se aprueba la Operación Furia Épica. No se aborta. Buena suerte”.

    Jonathan Swan es corresponsal del Times en la Casa Blanca y cubre el gobierno de Donald Trump. Puedes contactarlo de manera segura en Signal: @jonathan.941

    Maggie Haberman es corresponsal en la Casa Blanca para el Times y reporta sobre el presidente Donald Trump.

  • ¿Las cocinas de los restaurantes pueden ser un refugio para las personas con autismo?

    ¿Las cocinas de los restaurantes pueden ser un refugio para las personas con autismo?

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    Las cocinas profesionales son conocidas desde hace tiempo como refugios para personas con discapacidades neurológicas y del desarrollo. Hay una iniciativa que quiere ayudar en el proceso de integración.

    Durante tres Halloween seguidos, Joseph Valentino se disfrazó de Emeril Lagasse.

    No era el único niño de Nueva Jersey que idolatraba a los chefs y quería ser uno cuando fuera mayor. Sin embargo, para Valentino, el sueño parecía especialmente difícil de alcanzar. Le diagnosticaron autismo cuando era pequeño y, a los 5 años, aún no había hablado cuando se disfrazó por primera vez de Emeril.

    Hoy, a los 27, es cocinero en el restaurante Point Seven de Manhattan, y trabaja en los puestos de comida fría, pastelería y barra de mariscos, a veces todos a la vez. Dice que el camino que siguió para llegar hasta allí estuvo regado de rechazos. Hubo entrevistas que no fueron a ninguna parte, trabajos en cocinas donde nunca se sintió bienvenido, profundos periodos de depresión.

    “Me consideraba un lastre”, dijo.

    Su carrera es una de las inspiraciones de un nuevo programa, Chefs on the Spectrum, destinado a formar y colocar a personas con autismo en puestos de alta cocina.

    Valentino y el propietario de Point Seven, el chef Franklin Becker, presentaron la iniciativa el martes por la noche durante una cena benéfica a 2500 dólares por persona a favor de la organización sin fines de lucro Autism Speaks llevada a cabo en el Cipriani de Wall Street, en el Bajo Manhattan.

    Becker, que forma parte de la junta directiva del grupo, presentó su idea Chefs on the Spectrum al resto de la junta como una forma de ayudar a abordar dos problemas al mismo tiempo: la escasez de mano de obra cualificada en los restaurantes y la elevada tasa de desempleo entre los adultos autistas.

    Las cocinas profesionales son conocidas desde hace tiempo como refugios para personas con discapacidades neurológicas y del desarrollo. Entre los cocineros que se describen a sí mismos como disléxicos se encuentran Marco Pierre White, Jamie Oliver y Marc Murphy. Los cocineros que dicen tener algún tipo de déficit de atención parecen superar en número a los que no lo tienen.

    Pero las personas con espectro autista tienen un perfil extremadamente bajo en el negocio, ya sea porque no se les ha diagnosticado o porque deciden no revelarlo.

    “Todavía no he conocido a nadie con autismo en la cocina”, dijo Valentino, quien cocinó en cafeterías y cocinas de catering antes de trabajar para Becker el año pasado. “Creo que eso hay que arreglarlo, y creo que este programa lo arreglará”.

    Hay otras iniciativas que colocan a personas en el espectro en puestos de hostelería. Varias cadenas de cafeterías, como Bitty & Beau’s, que tiene 13 locales en Estados Unidos, se dedican a emplear a personas con discapacidad intelectual y del desarrollo.

    Pero el hecho de centrarse en la buena mesa hace que Chefs on the Spectrum sea poco habitual. Becker, quien tiene un hijo adulto con autismo, ha reclutado a más de una decena de chefs de todo el país, entre ellos Andrew Zimmern, Daniel Boulud, Chris Bianco, Maneet Chauhan y Michael y Bryan Voltaggio. Sus restaurantes contratarán a trabajadores del programa tras recibir formación sobre cómo ayudar a esos nuevos empleados a prosperar.

    “Existe la idea preconcebida de que contratar a personas autistas es un riesgo”, dijo Becker. “El verdadero riesgo es pasar por alto un talento increíble”.

    Ese talento puede adoptar varias formas. Algunos cocineros en el espectro autista se organizan meticulosamente en sus estaciones. Algunos recuerdan de forma excepcional las recetas, y otros son especialmente diligentes con los protocolos de seguridad, dijo Mark Fierro, que ofrece apoyo para la inserción laboral y orientación profesional en TACT (Teaching the Autism Community Trades), una escuela para adultos autistas de Englewood, Colorado.

    Algunos alumnos del programa culinario de TACT se desempeñan con una consistencia asombrosa. Si un restaurante quiere que la carne tenga un corte determinado, dijo Fierro, “van a hacerla exactamente igual todas las veces”.

    Una característica común del autismo es el cultivo de intereses especiales, devociones intensas y apasionadas por temas concretos. Para los cocineros en el espectro, esto puede significar una afición a la espeleología intelectual sobre, por ejemplo, la estructura molecular de los hidrocoloides, o el comportamiento de los mohos que producen el queso azul y el miso.

    “Investigar un ingrediente, desmenuzar de dónde viene, cómo utilizarlo, el contexto cultural… todo eso es un interés especial”, dijo una cocinera de Nueva York con espectro autista que pidió no ser identificada porque teme que la neurodivergencia pueda ser incomprendida. “Mi cerebro nunca está satisfecho de información. Siempre quiere más”.

    Su propensión a acumular y organizar datos la convirtió en un “pilar de carga” de cualquier cocina en la que trabajó, dijo. También la prepara para hacer asociaciones inesperadas que pueden dar lugar a saltos creativos.

    “La aguja del ingenio la empujan hacia delante personas que no piensan igual que las personas neurotípicas”, dijo.

    Los defensores de una mayor aceptación del autismo en la cocina afirman que trabajar codo con codo puede beneficiar a las personas dentro y fuera del espectro. En Chitarra Pastaria, una pequeña empresa de pasta de Cambridge, Massachusetts, cuyos ocho empleados tienen autismo, adaptar los trabajos a los talentos de cada trabajador ha sido una experiencia valiosa, dijo uno de los fundadores, el chef Ken Oringer.

    “Consigues apreciar a las personas por sus habilidades”, dijo. “Realmente te enseña a relacionarte con la gente y a aprender lo que les motiva y cómo pueden ser eficaces”. (Oringer ha sido reclutado por Becker para unirse al programa piloto de Chefs on the Spectrum).

    Para algunas personas del espectro, las cocinas son lugares donde pueden poner en práctica sus aptitudes sin verse frenados por los retos que suelen plantear las interacciones sociales.

    Para ayudar a las personas autistas a desenvolverse en el trabajo, los restaurantes pueden tener que hacer pequeños ajustes. Una adaptación sencilla, dijo Keith Wargo, director ejecutivo de Autism Speaks, consiste en evitar las entrevistas de trabajo cara a cara –que exigen un complejo conjunto de habilidades de comunicación– y optar por pruebas prácticas. Otra es cambiar las lámparas fluorescentes por bombillas LED, ya que las primeras parpadean y emiten un zumbido que a algunas personas con trastorno del espectro autista les resulta estresante.

    Algunas adaptaciones pueden tener beneficios más amplios. Fierro dijo que ha aconsejado a los empresarios que proporcionen temporizadores de cocina para ayudar a los alumnos del TACT a realizar varias tareas a la vez, un pequeño paso que, dijo, también ayuda a los trabajadores neurotípicos.

    Steps, una empresa que dirige centros de formación laboral en Bangkok para adultos neurodivergentes, así como cafeterías y una panadería que emplean a graduados, consultó con un gran grupo hotelero y le aconsejó que colocara mapas, etiquetas y otras señales en sus cocinas. Las señales estaban pensadas para ayudar a los trabajadores que tenían problemas de memoria o de atención, pero resultaron ser populares entre casi todo el mundo.

    “Ayudó a incorporar con mayor velocidad a todos los nuevos empleados, ayudó a la gente a trabajar con más eficacia durante los grandes eventos y aumentó el sentido de pertenencia de los empleados”, dijo Courtney Konyn, directora de comunicaciones del grupo.

    Chefs on the Spectrum aún está tomando forma, pero es probable que parte de su formación se base en la experiencia de Valentino en las cocinas profesionales. Intentará responder a preguntas sobre cómo pueden trabajar con personas con autismo. Y espera que su carrera contribuya a cambiar la visión del autismo.

    “Algún día quiero ser chef ejecutivo”, dijo Valentino. “Quiero ser esa persona que tiene autismo y ha llegado a lo más alto del sistema de brigadas“. Becker, dijo, cree que tiene las cualidades para conseguirlo.

    “Tengo la pasión y la determinación”, dijo Valentino. “Y no me gusta llegar tarde al trabajo”.

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    Pete Wells es reportero y cubre temas de comida. Ha sido crítico gastronómico del Times desde 2012 hasta 2024. Anteriormente fue editor de la sección de Comida.

  • Así es volar desde París en un avión de ultralujo

    Así es volar desde París en un avión de ultralujo

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    En La Première, el servicio transatlántico de primera clase de Air France, nada es considerado un exceso y cada nuevo capricho parece más suntuoso que el anterior.

    El alarde ininterrumpido de lujo que es La Première, el servicio transatlántico de primera clase de Air France, empieza cuando una limusina Mercedes te recoge en tu hotel y te lleva a una entrada exclusiva del aeropuerto internacional Charles de Gaulle. Termina en el aeropuerto JFK, cuando un empleado de Air France te escolta personalmente desde tu asiento hasta una fila especial en aduanas.

    Cada nuevo capricho parece más suntuoso que el anterior. La sala de embarque personalizada donde puedes pedir una comida de tres platos de un menú concebido por Alain Ducasse. El Porsche Cayenne en el que te conducen por la plataforma del aeropuerto hasta el avión.

    Tu compartimento en la sección delantera del avión, que abarca cuatro ventanillas (cinco en los aviones más nuevos) y donde el asiento se convierte en una cama de casi dos metros de largo, goza de una privacidad total gracias a una cortina que va del suelo al techo. La atención incesante de una procesión de personas deseosas de ofrecerte servicios. Incluso el piloto, responsable de más de 300 pasajeros, sale de la cabina para hablar solo con las tres personas en primera clase.

    Pero el lujo, como aprendí cuando viajé recientemente en La Première, se mide tanto por lo que está presente como por lo que no está. Específicamente, otras personas. Durante todo el viaje, no me encontré prácticamente con otros pasajeros, salvo los de primera clase. Ninguno en la terminal. Ninguno en la sala de espera.

    Ninguno en la fila de seguridad. Ninguno formado para la revisión de pasaportes (no hay fila de pasaportes; los pasaportes se tramitan detrás de bambalinas mientras esperas en tu Porsche). Ninguno durante el embarque. Y, bien sûr, ninguno en el avión, donde la gente en la parte delantera –dos actores famosos y yo– estábamos separados de la gente de la parte posterior por una cortina tan impenetrable como una cuerda de terciopelo en una discoteca.

    (Todo este lujo tan exclusivo es exorbitantemente caro. The New York Times no acepta viajes gratuitos, así que pagó mi boleto de ida y vuelta con un costo de 11.000 dólares: una parte en clase ejecutiva y la otra en primera. Volar en La Première ida y vuelta habría costado unos 16.000 dólares).

    “Esta sensación de intimidad y confidencialidad es un aspecto clave de la experiencia de viaje en La Première”, dijo por correo electrónico Fabien Pelous, vicepresidente ejecutivo de experiencia del cliente de Air France. “Air France permite a sus clientes disfrutar de un viaje aeroportuario totalmente fluido y rápido, con la mayor intimidad”.

    Una brecha creciente

    La exclusividad y su pariente, la privacidad, siempre han sido importantes para los viajeros de alto nivel. La pandemia añadió un nuevo elemento a la creciente brecha entre “nosotros” y “ellos” cuando los ultrarricos pudieron lograr el distanciamiento social al aislarse en enclaves de lujo alejados de las masas. Esa sensación de separación, alimentada por una disparidad cada vez mayor en la riqueza, se ha trasladado a los viajes pospandémicos. Cada vez más, los viajeros más ricos pagan por el privilegio de estar apartados de los demás.

    “En el pasado, creo que la gente consideraba que la privacidad y la exclusividad consistían simplemente en ir a una isla privada o alquilar un yate para ti solo”, dijo Chelsea Martin, directora de la oficina de Norteamérica de la empresa de gestión de estilos de vida de lujo Knightsbridge Circle, donde afiliarse cuesta por lo menos 50.000 dólares al año y los clientes son personas que pueden permitirse pagar 5000 dólares la noche por una habitación de hotel, 800.000 dólares a la semana por un yate o 1 millón de dólares a la semana por una isla privada. “Pero ahora estamos viendo que nuestros miembros lo llevan al siguiente nivel”.

    Por ejemplo, los huéspedes de una villa privada en un complejo turístico en una isla que tienen mayordomo privado, chef privado y un camino privado que conduce a tumbonas privadas en la playa, pero que reservan tratamientos en un spa abierto a todos los huéspedes.

    “Antes habrían pedido una suite privada dentro de un spa, pero ahora quieren privatizar el spa”, dijo Martin. “No quieren a nadie más cerca”.

    Apartarse de la multitud es, en parte, una función natural del deseo de eludir lo que el sector de los viajes denomina “fricción”: molestias como estar atrapado en las fauces de una fila de la Administración de Seguridad en el Transporte, pelear por una mesa en un restaurante o tener que esperar en el vestíbulo de un hotel a que te atienda el empleado que hace los registros. En estos casos, el aislamiento en sí no es necesariamente el objetivo principal, dijo Paul Tumpowksy, director de ingresos de la plataforma de asesores de viajes Fora Travel.

    “Entradas privadas, registro en la habitación, un chef dedicado a tu villa… todo ello tiene que ver con la privacidad, pero mucho más con reducir los puntos de fricción y dar una sensación de mayor fluidez”, dijo Tumpowksy por correo electrónico.

    Cuando los viajeros ultrarricos se mezclan con otras personas, suele tratarse de gente de su mismo tipo, o al menos de su mismo estatus socioeconómico. Los hoteles de lujo y los complejos turísticos que cuestan miles de dólares por noche excluyen naturalmente a quien no puede permitírselo. Pero, al igual que el personaje de la serie de televisión The Good Place, que cree que merece estar en “el mejor lugar”, los viajeros de los hoteles más caros están encontrando formas de conseguir aún más exclusividad que el resto de los huéspedes exclusivos.

    Veamos, por ejemplo, el lujoso Four Seasons Resort Maui at Wailea, donde las habitaciones más baratas y pequeñas cuestan unos 1615 dólares por noche en las temporadas altas. Por unos 1000 dólares más por noche, puedes conseguir la habitación más barata en el recién reformado Club Floor, considerado “un hotel dentro de otro hotel” que ofrece “niveles superiores de servicio, comodidades y privacidad”, incluido un equipo especial de conserjería y espacios para comer y reunirse que están cerrados a los visitantes habituales del Four Seasons.

    Para quien desee alojarse en un hotel que le permita prescindir por completo de otros huéspedes, existen los hoteles privados. Y las islas privadas: la isla Necker de Richard Branson, por ejemplo, que puede alojar hasta a 70 huéspedes y puede reservarse en su totalidad por unos 160.000 dólares la noche.

    Para los esquiadores, proliferan los clubes de esquí privados que ofrecen las comodidades de un complejo turístico sin el estrés de mezclarse con gente de fuera.

    Una nueva incorporación a esta categoría de complejos es el Hoback Club, un “club privado de miembros de ultralujo” en Jackson Hole, Wyoming, con acceso directo a las pistas de esquí. Entre sus características más atractivas están los valets de esquí que precalientan tu equipo, un centro subterráneo de bienestar, un “equipo de élite de Euro Spa” capaz de administrar tratamientos en las residencias privadas y un “programa personalizado de vinos” administrado por un “maître sommelier formado en Europa”.

    Además, nada de molestas charlas con otras personas al llegar. Según sus materiales promocionales, el concepto “elimina el bullicio de un complejo turístico tradicional y lo sustituye por un servicio individualizado y afinado en todo momento, sin recepción, sin visitas inesperadas y sin charlas en el vestíbulo”.

    Los viajeros ricos pueden extender su burbuja de privacidad a las compras de lujo, con atención personalizada en elaborados salones con varias salas reservados para clientes de alto nivel, un paso más allá del concepto clásico de compras privadas.

    “La sensación ahora es que solo la gente normal compra en la planta normal de la tienda”, dijo Jack Ezon, director ejecutivo de la empresa de viajes a medida y estilo de vida de lujo Embark Beyond, que acaba de abrir algo llamado The Man Suite en los grandes almacenes Samaritaine de París. Esta zona especial ofrece a los hombres lujosas actividades recreativas de diversión –un minigolf, una PlayStation, alcohol– mientras (cabe suponer) sus esposas o novias se prueban y compran ropa.

    Los ricos y los más ricos

    Todo es relativo, por supuesto. A menos que seas, por ejemplo, Lauren Sánchez, siempre hay algo más elegante que lo que tú te puedes permitir. Así que hay cosas incluso más exclusivas que volar en La Première y ser tratada como una reina por un día en su sala de espera VIP. Reservar una sala aún más privada (el único ocupante: tú) con Extime, en una terminal totalmente privada de Charles de Gaulle. Viajar en jet privado, con tu propio personal. O vivir en tu yate, rodeado de empleados cuyo trabajo es protegerte de las incomodidades del mundo.

    Olvidemos eso. Me encantó la sala VIP La Première, donde a veces estaba sola, solo yo y una decena de asistentes dedicados a mí. Me encantó que no tuviera que cargar ni una sola maleta todo el día. Me encantó que hubiera una caja de chocolates en mi asiento del avión, y champán siempre que la deseara. Me encantó que mi cama estuviera tendida con sábanas de gran calidad y una manta de cachemira. Me encantaba que hubiera espacio de almacenamiento de sobra en lugar de muy poco.

    Lo malo de ser una persona normal disfrazada de superrica es que al final tienes que volver a la Tierra. Me habían advertido sobre esta dolorosa sacudida del sistema, parecida a tomar una única y dichosa dosis de la mejor droga y que te digan que no puedes volver a tomarla.

    Pero ¿quién prefieres ser, alguien que vive apartado del mundo o alguien que vive en él? Una cosa es disfrutar del lujo y otra deslizarse hacia la peligrosa convicción de que las reglas normales de la sociedad humana ya no deben aplicarse a ti.

    La verdad, fue un alivio estar de nuevo en una parada de taxis normal en un aeropuerto, llena de neoyorquinos normales y un poco molestos, aunque tuviera que esperar mi turno para un taxi que se parecía un poco a una calabaza.

    Sarah Lyall es redactora del Times, donde escribe noticias, artículos y análisis para una variedad de secciones.

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