This post was originally published on this site.
En La Première, el servicio transatlántico de primera clase de Air France, nada es considerado un exceso y cada nuevo capricho parece más suntuoso que el anterior.
El alarde ininterrumpido de lujo que es La Première, el servicio transatlántico de primera clase de Air France, empieza cuando una limusina Mercedes te recoge en tu hotel y te lleva a una entrada exclusiva del aeropuerto internacional Charles de Gaulle. Termina en el aeropuerto JFK, cuando un empleado de Air France te escolta personalmente desde tu asiento hasta una fila especial en aduanas.
Cada nuevo capricho parece más suntuoso que el anterior. La sala de embarque personalizada donde puedes pedir una comida de tres platos de un menú concebido por Alain Ducasse. El Porsche Cayenne en el que te conducen por la plataforma del aeropuerto hasta el avión.
Tu compartimento en la sección delantera del avión, que abarca cuatro ventanillas (cinco en los aviones más nuevos) y donde el asiento se convierte en una cama de casi dos metros de largo, goza de una privacidad total gracias a una cortina que va del suelo al techo. La atención incesante de una procesión de personas deseosas de ofrecerte servicios. Incluso el piloto, responsable de más de 300 pasajeros, sale de la cabina para hablar solo con las tres personas en primera clase.
Pero el lujo, como aprendí cuando viajé recientemente en La Première, se mide tanto por lo que está presente como por lo que no está. Específicamente, otras personas. Durante todo el viaje, no me encontré prácticamente con otros pasajeros, salvo los de primera clase. Ninguno en la terminal. Ninguno en la sala de espera.
Ninguno en la fila de seguridad. Ninguno formado para la revisión de pasaportes (no hay fila de pasaportes; los pasaportes se tramitan detrás de bambalinas mientras esperas en tu Porsche). Ninguno durante el embarque. Y, bien sûr, ninguno en el avión, donde la gente en la parte delantera –dos actores famosos y yo– estábamos separados de la gente de la parte posterior por una cortina tan impenetrable como una cuerda de terciopelo en una discoteca.
(Todo este lujo tan exclusivo es exorbitantemente caro. The New York Times no acepta viajes gratuitos, así que pagó mi boleto de ida y vuelta con un costo de 11.000 dólares: una parte en clase ejecutiva y la otra en primera. Volar en La Première ida y vuelta habría costado unos 16.000 dólares).
“Esta sensación de intimidad y confidencialidad es un aspecto clave de la experiencia de viaje en La Première”, dijo por correo electrónico Fabien Pelous, vicepresidente ejecutivo de experiencia del cliente de Air France. “Air France permite a sus clientes disfrutar de un viaje aeroportuario totalmente fluido y rápido, con la mayor intimidad”.
Una brecha creciente
La exclusividad y su pariente, la privacidad, siempre han sido importantes para los viajeros de alto nivel. La pandemia añadió un nuevo elemento a la creciente brecha entre “nosotros” y “ellos” cuando los ultrarricos pudieron lograr el distanciamiento social al aislarse en enclaves de lujo alejados de las masas. Esa sensación de separación, alimentada por una disparidad cada vez mayor en la riqueza, se ha trasladado a los viajes pospandémicos. Cada vez más, los viajeros más ricos pagan por el privilegio de estar apartados de los demás.
“En el pasado, creo que la gente consideraba que la privacidad y la exclusividad consistían simplemente en ir a una isla privada o alquilar un yate para ti solo”, dijo Chelsea Martin, directora de la oficina de Norteamérica de la empresa de gestión de estilos de vida de lujo Knightsbridge Circle, donde afiliarse cuesta por lo menos 50.000 dólares al año y los clientes son personas que pueden permitirse pagar 5000 dólares la noche por una habitación de hotel, 800.000 dólares a la semana por un yate o 1 millón de dólares a la semana por una isla privada. “Pero ahora estamos viendo que nuestros miembros lo llevan al siguiente nivel”.
Por ejemplo, los huéspedes de una villa privada en un complejo turístico en una isla que tienen mayordomo privado, chef privado y un camino privado que conduce a tumbonas privadas en la playa, pero que reservan tratamientos en un spa abierto a todos los huéspedes.
“Antes habrían pedido una suite privada dentro de un spa, pero ahora quieren privatizar el spa”, dijo Martin. “No quieren a nadie más cerca”.
Apartarse de la multitud es, en parte, una función natural del deseo de eludir lo que el sector de los viajes denomina “fricción”: molestias como estar atrapado en las fauces de una fila de la Administración de Seguridad en el Transporte, pelear por una mesa en un restaurante o tener que esperar en el vestíbulo de un hotel a que te atienda el empleado que hace los registros. En estos casos, el aislamiento en sí no es necesariamente el objetivo principal, dijo Paul Tumpowksy, director de ingresos de la plataforma de asesores de viajes Fora Travel.
“Entradas privadas, registro en la habitación, un chef dedicado a tu villa… todo ello tiene que ver con la privacidad, pero mucho más con reducir los puntos de fricción y dar una sensación de mayor fluidez”, dijo Tumpowksy por correo electrónico.
Cuando los viajeros ultrarricos se mezclan con otras personas, suele tratarse de gente de su mismo tipo, o al menos de su mismo estatus socioeconómico. Los hoteles de lujo y los complejos turísticos que cuestan miles de dólares por noche excluyen naturalmente a quien no puede permitírselo. Pero, al igual que el personaje de la serie de televisión The Good Place, que cree que merece estar en “el mejor lugar”, los viajeros de los hoteles más caros están encontrando formas de conseguir aún más exclusividad que el resto de los huéspedes exclusivos.
Veamos, por ejemplo, el lujoso Four Seasons Resort Maui at Wailea, donde las habitaciones más baratas y pequeñas cuestan unos 1615 dólares por noche en las temporadas altas. Por unos 1000 dólares más por noche, puedes conseguir la habitación más barata en el recién reformado Club Floor, considerado “un hotel dentro de otro hotel” que ofrece “niveles superiores de servicio, comodidades y privacidad”, incluido un equipo especial de conserjería y espacios para comer y reunirse que están cerrados a los visitantes habituales del Four Seasons.
Para quien desee alojarse en un hotel que le permita prescindir por completo de otros huéspedes, existen los hoteles privados. Y las islas privadas: la isla Necker de Richard Branson, por ejemplo, que puede alojar hasta a 70 huéspedes y puede reservarse en su totalidad por unos 160.000 dólares la noche.
Para los esquiadores, proliferan los clubes de esquí privados que ofrecen las comodidades de un complejo turístico sin el estrés de mezclarse con gente de fuera.
Una nueva incorporación a esta categoría de complejos es el Hoback Club, un “club privado de miembros de ultralujo” en Jackson Hole, Wyoming, con acceso directo a las pistas de esquí. Entre sus características más atractivas están los valets de esquí que precalientan tu equipo, un centro subterráneo de bienestar, un “equipo de élite de Euro Spa” capaz de administrar tratamientos en las residencias privadas y un “programa personalizado de vinos” administrado por un “maître sommelier formado en Europa”.
Además, nada de molestas charlas con otras personas al llegar. Según sus materiales promocionales, el concepto “elimina el bullicio de un complejo turístico tradicional y lo sustituye por un servicio individualizado y afinado en todo momento, sin recepción, sin visitas inesperadas y sin charlas en el vestíbulo”.
Los viajeros ricos pueden extender su burbuja de privacidad a las compras de lujo, con atención personalizada en elaborados salones con varias salas reservados para clientes de alto nivel, un paso más allá del concepto clásico de compras privadas.
“La sensación ahora es que solo la gente normal compra en la planta normal de la tienda”, dijo Jack Ezon, director ejecutivo de la empresa de viajes a medida y estilo de vida de lujo Embark Beyond, que acaba de abrir algo llamado The Man Suite en los grandes almacenes Samaritaine de París. Esta zona especial ofrece a los hombres lujosas actividades recreativas de diversión –un minigolf, una PlayStation, alcohol– mientras (cabe suponer) sus esposas o novias se prueban y compran ropa.
Los ricos y los más ricos
Todo es relativo, por supuesto. A menos que seas, por ejemplo, Lauren Sánchez, siempre hay algo más elegante que lo que tú te puedes permitir. Así que hay cosas incluso más exclusivas que volar en La Première y ser tratada como una reina por un día en su sala de espera VIP. Reservar una sala aún más privada (el único ocupante: tú) con Extime, en una terminal totalmente privada de Charles de Gaulle. Viajar en jet privado, con tu propio personal. O vivir en tu yate, rodeado de empleados cuyo trabajo es protegerte de las incomodidades del mundo.
Olvidemos eso. Me encantó la sala VIP La Première, donde a veces estaba sola, solo yo y una decena de asistentes dedicados a mí. Me encantó que no tuviera que cargar ni una sola maleta todo el día. Me encantó que hubiera una caja de chocolates en mi asiento del avión, y champán siempre que la deseara. Me encantó que mi cama estuviera tendida con sábanas de gran calidad y una manta de cachemira. Me encantaba que hubiera espacio de almacenamiento de sobra en lugar de muy poco.
Lo malo de ser una persona normal disfrazada de superrica es que al final tienes que volver a la Tierra. Me habían advertido sobre esta dolorosa sacudida del sistema, parecida a tomar una única y dichosa dosis de la mejor droga y que te digan que no puedes volver a tomarla.
Pero ¿quién prefieres ser, alguien que vive apartado del mundo o alguien que vive en él? Una cosa es disfrutar del lujo y otra deslizarse hacia la peligrosa convicción de que las reglas normales de la sociedad humana ya no deben aplicarse a ti.
La verdad, fue un alivio estar de nuevo en una parada de taxis normal en un aeropuerto, llena de neoyorquinos normales y un poco molestos, aunque tuviera que esperar mi turno para un taxi que se parecía un poco a una calabaza.
Sarah Lyall es redactora del Times, donde escribe noticias, artículos y análisis para una variedad de secciones.
Sigue a New York Times Travel en Instagram y suscríbete a nuestro boletín Travel Dispatch para recibir consejos de expertos sobre cómo viajar de forma más inteligente e inspiración para tus próximas vacaciones. ¿Sueñas con una escapada en el futuro o simplemente viajas desde tu sillón? Echa un vistazo a nuestros 52 lugares a los que ir en 2026.







