Después de casi cuatro años, la Copa Mundial ha vuelto para adueñarse del verano. Pero junto a la celebración por el magnífico fútbol que trae, hay motivos de sobra para la consternación. El torneo de este año, del que Estados Unidos, México y Canadá son anfitriones, se disputa en el contexto de la corrupción endémica de la FIFA, los atropellos del presidente Donald Trump y las muy tensas relaciones que hay entre las tres naciones.
Para tomarle el pulso al ambiente, les preguntamos a tres autores –un estadounidense, un mexicano y un canadiense– lo que el Mundial significa para ellos y para sus países. Sus variadas respuestas sirven como testimonio tanto de la exasperante complejidad de la vida contemporánea como del perdurable encanto del fútbol mundial.
No es Estados Unidos 94, pero es algo
Por Joshua Jelly-Schapiro
Jelly-Schapiro es un geógrafo y escritor que editó una serie de ensayos sobre la Copa Mundial de 2018 para The New York Review of Books.
No es fácil hacer que los jóvenes, rodeados de pantallas y videos virales desde pequeños, entiendan el impacto revelador con que la Copa Mundial masculina llegó a la televisión estadounidense en 1994. Ese definitivamente fue el caso del viejo televisor Magnavox de la casa de mis padres en los bosques del norte de Nueva Inglaterra. Como muchos niños estadounidenses en los últimos años de la Guerra Fría, yo pasaba las mañanas de los sábados pateando un balón por las canchas de Estados Unidos. Me había unido a un equipo itinerante cuyo logotipo del patrocinador (“CABOT: Queso de Vermont”) competía con el de Adidas por el espacio en nuestros pechos. Pero nunca había visto el juego al más alto nivel; no hasta 1994.
Vivir dentro del área que recibía la cobertura que hacía la ABC de los partidos de aquel verano significaba poder ver a los mejores jugadores del mundo y a los equipos más queridos. También significaba presenciar cuadros vívidos, y a veces incongruentes, de fervor étnico y cordialidad, en los que participaban no solo esos equipos, sino también sus apasionados aficionados. Ellos llenaban los estadios más grandes de Estados Unidos: nigerianos vestidos de verde y mexicanos con sombreros, suecos con gorros de vikingo y argentinos que cantaban canciones sobre Diego Maradona. Los sentimientos de rivalidad y orgullo nacional no provocaban guerra, sino juego.
Ver esos partidos, nos informaban los comentaristas de ABC, era ver transmisiones que estaban siendo seguidas por millardos de seres humanos más. Era formar parte del mundo.
En 2026, el mundo no se parece a lo que esperábamos desde la perspectiva optimista de principios de la década de 1990, cuando la historia aún daba la impresión de estar avanzando en una dirección positiva. Estados Unidos, que parecía destinado a ser cada vez más abierto, está más cerrado. Pero el regreso de la Copa Mundial, una competencia fundada en la misma época que la Sociedad de las Naciones y que gira en torno a un deporte que los estadounidenses ya han aprendido a amar, seguirá canalizando los conflictos entre países hacia “contiendas pacíficas en el estadio“, como lo expresó en su momento Jules Rimet, el hombre que ideó el torneo. Y lo que es igual de importante: nos ofrecerá a todos la oportunidad de experimentar, aunque solo sea por un momento, una poderosa forma de comunión.
En 1994, la Guerra Fría había terminado y Estados Unidos –a pesar de las guerras subsidiarias de Washington en países en desarrollo, a menudo terribles– era admirado como el referente global de democracia y Estado de derecho. Pero la cultura deportiva en Estados Unidos era insular y ultranacionalista. Estaba definida por deportes que los estadounidenses habían desarrollado a partir de los juegos de nuestros antiguos colonizadores: el fútbol americano era una versión más dinámica y violenta del rugby inglés; el béisbol era una reinterpretación estadounidense del críquet. Los estadounidenses se enorgullecían de que pocos en el mundo se interesaran o practicaran nuestro “pasatiempo nacional”.
El fútbol soccer –un juego con raíces globales ancestrales, pero cuya forma moderna se codificó en Inglaterra, al igual que el rugby y el críquet– se convirtió en el deporte del planeta gracias a factores tanto históricos como de forma. El Imperio británico llevó a marineros, ingenieros y mineros británicos a los puertos del mundo. El juego que jugaban en los muelles, desde Buenos Aires hasta Acra y Hong Kong, fue acogido por personas que fundaron clubes en esas ciudades y en mil más. El fútbol se convirtió en la forma por excelencia del siglo XX para que la gente de todo el mundo celebrara, como lo expresó el historiador del fútbol David Goldblatt, “el milagro de nuestras propias solidaridades”.
Excepto en Estados Unidos; al menos hasta 1994. La Copa Mundial de ese verano fue el torneo con mayor asistencia y mayor audiencia que la FIFA, el organismo rector del fútbol a nivel mundial, había organizado jamás. Ese era el objetivo. En el mercado más rico del mundo, la FIFA y sus asociados, entre los que se encontraban algunas de las empresas y conglomerados mediáticos más grandes del mundo, pretendían convertir el deporte más querido del planeta en un gran negocio.
En los 32 años que han pasado desde la Copa Mundial de 1994, los sueños de la FIFA y sus compinches corporativos se han cumplido en gran medida. Seguimos las mejores ligas del mundo por televisión, y nuestra selección femenina es una potencia. El fútbol, según una encuesta reciente, ha superado al béisbol como el tercer deporte favorito de los estadounidenses y casi rivaliza con la NBA a la hora de atraer los corazones y la atención de los adolescentes.
Ahora la Copa Mundial está de regreso. Desde 1994, la reputación tanto de Estados Unidos como de la FIFA ha sufrido importantes daños. La corrupción de la FIFA nunca fue precisamente un secreto, pero ahora ha quedado expuesta ante el mundo. El desprecio del presidente Donald Trump por el Estado de derecho y las normas internacionales ha causado un daño enorme tanto a la posición global de Estados Unidos como a la sociedad estadounidense.
La razón por la que el evento insignia de la FIFA ha vuelto al país más rico del mundo, esta vez compartiendo las labores de anfitrión con nuestros vecinos norteamericanos y los firmantes del TLCAN a los que a Trump le encanta odiar, es la misma por la que Gianni Infantino, el servil presidente actual de la FIFA, amplió este Mundial de 32 a 48 selecciones: el dinero.
Así es el mundo. Aun así, vemos los partidos. En 1994, nos emocionamos con los elegantes goles que Romario metió para Brasil; en 2026, nos preguntamos si la volátil selección francesa de Kylian Mbappé es capaz de trabajar como equipo y si el gran Lionel Messi de Argentina tiene otro Mundial en su haber. Animamos a las selecciones más pequeñas, desde Haití hasta Jordania o Cabo Verde, con la esperanza de que consigan aunque sea una sola y gloriosa victoria.
La final de este año se disputará el 19 de julio en el estadio MetLife de Nueva Jersey, cuyo césped fue testigo de un partido memorable entre Italia e Irlanda en 1994. El estadio estaba abarrotado con hijos de migrantes que expresaban a gritos el amor por sus viejos países en el nuevo, donde habían triunfado.
Lo vimos entonces y lo estamos viendo ahora: más de cien partidos por todo el continente. Y sabremos que lo que ocurra en las canchas representará, como solo un Mundial puede hacerlo, el mundo tal como querríamos que fuera.
México, la realidad y la ilusión
Por Juan Villoro
Villoro es novelista, guionista, dramaturgo y periodista. Su libro más reciente recoge lo más reciente de su extensa obra sobre fútbol.
En 1913, a los 71 años, el escritor estadounidense Ambrose Bierce cruzó la frontera para unirse a las tropas de Pancho Villa. En una de sus últimas cartas escribió: “Ser un gringo en México: ¡Ah, eso es eutanasia!”. La relación entre México y Estados Unidos siempre ha sido intensa.
En esta ocasión, la tensión es imposible de ignorar. Durante el mandato del presidente Donald Trump, Estados Unidos ha intimidado a México –liderado por Claudia Sheinbaum, de tendencia de izquierda– con amenazas y aranceles. Washington acaba de pedir la extradición de 10 políticos mexicanos, entre ellos el gobernador de Sinaloa, por estar presuntamente vinculados con el narcotráfico. Como alrededor del 80 por ciento de nuestras exportaciones van a dar a Estados Unidos, Sheinbaum ha hecho todo lo posible por apaciguar al presidente estadounidense. Pero Trump es implacable.
Este es el contexto en el que nuestros países se unen como coanfitriones para el Mundial. Las tensiones sociales encuentran su espejo en el fútbol. En lo que toca a este deporte, durante décadas fue la única actividad en la que mi país derrotaba a Estados Unidos. Pero para el torneo de este año, la jerarquía se invirtió.
Después de albergar dos de los mejores campeonatos de la historia –el de 1970, que consagró a Pelé, y el de 1986, protagonizado por Maradona–, México recibirá 13 partidos de 104 disponibles. Estados Unidos, cuya cultura futbolística tanto hemos hecho por construir, acogerá a 78. La sensación colectiva es la de ser simples comparsas, rasgo humillante, si se piensa en lo mucho que el fútbol ha significado para nosotros. ¿Qué hemos hecho para merecer esta propina?
El desinterés de nuestros vecinos era tan grande que preferían jugar de visitantes. En enero de 1954 ocurrió algo singular: los dos partidos de eliminatoria para el Mundial de Suiza se disputaron en México, con goleadas de 4-0 y 3-1 que fueron festejadas como si hubiéramos recuperado Texas. Con los años perdimos el privilegio de derrotar a la nación de la que depende nuestra economía. Estados Unidos mejoró notablemente en el fútbol varonil y dominó el fútbol femenil. El deporte que había sido un placer culposo hoy llena las tribunas.
La paradoja es que los mexicanos contribuimos a la mejoría del adversario. Los migrantes fueron decisivos para animar los estadios de Chicago, Los Ángeles y Nueva York y fomentar la creación de una liga competitiva. Cerca de 40 millones de personas de origen mexicano viven en Estados Unidos. Su nostalgia es un negocio próspero. Ellos pagan fortunas para enarbolar la bandera tricolor en las gradas. México juega de local en todo Estados Unidos, con excepciones como Alaska o Hawái.
Ávida de ganancias, la Federación Mexicana de Fútbol se aprovecha del público migrante: nuestra selección nacional disputa dos tercios de sus partidos amistosos en Estados Unidos, lo cual genera un profundo malestar en el país. El “equipo de todos” se ha convertido en un producto de exportación; no es de extrañar que en marzo haya sido abucheado en la reinauguración del estadio Azteca en la capital de México.
Varios factores se conjuntaron esa noche: los inmoderados precios de los boletos para el Mundial y la falta de éxitos del Tri. El balompié ha perdido ímpetu al sur de la frontera. En cambio, en Estados Unidos dejó de ser un juego clandestino. El Mundial de 1994 se promovió con dificultad y tuvo que recurrir a las estrategias diplomáticas de Henry Kissinger; el de 2026 tiene una audiencia y una comercialización garantizadas. Lo peculiar es que ese mecanismo de hacer dinero depende de una organización sumamente extraña: un anfitrión protagónico y dos anfitriones de reparto.
El Fausto de Goethe tiene su prólogo en el cielo; los Mundiales más recientes lo han tenido en el purgatorio. Rusia y Catar ganaron sus sedes con sobornos y, no mucho después de una investigación del FBI sobre dichos sobornos, Estados Unidos consiguió la suya. Para aparentar unidad regional y ampliar el mercado (máximo objetivo de la FIFA), se incluyó a México y Canadá como organizadores del Mundial de 2026.
Mientras tanto, un país que no estará en la cancha gana una contienda silenciosa y demuestra que hay otro modo de participar en el Mundial. En los puestos callejeros de la Ciudad de México las camisetas de la selección cuestan de 115 a 202 dólares; las pirata van de 11.50 a 17 dólares; son idénticas y vienen de lejos. La identidad se adapta a las circunstancias: apoyaremos a la selección nacional con camisetas hechas en China.
Pero no todo está perdido. Una y otra vez el fútbol ha demostrado que tiene anticuerpos contra las amenazas que lo asedian. Antes del Mundial de Catar, hubo justificadas críticas contra un país que viola los derechos humanos, carece de tradición futbolística y cuyas temperaturas obligan a jugar con aire acondicionado. Esas limitaciones no impidieron que, a nivel deportivo, viéramos uno de los mejores torneos de la historia.
El Mundial existe para transformar la realidad en ilusión. En 2026 podrá ofrecer asombros singulares. Lionel Messi representa la veteranía y Lamine Yamal la juventud. Lo sorprendente es que, cuando Lamine era un bebé que formaba parte de una familia de migrantes, fue bañado por Messi en un anuncio del equipo Barcelona para promover a la UNICEF. ¿El astro argentino ungió al futuro genio español en forma legendaria, convirtiéndolo en su sustituto?
De esta rara magia está hecho el fútbol.
Para Canadá, importa más de lo que nadie esperaba
Por Andrew Potter
Potter, profesor asociado en la Universidad McGill, es entrenador de fútbol recreativo en Montreal.
La Copa Mundial de Norteamérica promete ser un gran salto para la identidad deportiva de Canadá; debería marcar su transición definitiva hacia un país de aficionados al fútbol canadiense, en lugar de canadienses aficionados al fútbol.
Sin embargo, el torneo llegó en uno de los momentos más incómodos de la historia reciente de Canadá, con el país dividido internamente –hay movimientos separatistas activos tanto en Quebec como en Alberta– y en una posición muy incierta en el ámbito internacional.
El resultado es que, incluso mientras los canadienses animan a la mejor selección de talentos futbolísticos que el país haya producido jamás, hay una clara renuencia a unirnos a nuestros primos norteamericanos en un alegre kumbayá continental de armonía deportiva.
El trayecto de equipo marginal a potencia media ha sido largo. Durante décadas, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, el fútbol en Canadá tuvo dos grupos principales de seguidores. El primero era una base de aficionados inmigrantes –en su mayoría ingleses, escoceses, portugueses, italianos y griegos– que eran acérrimos aficionados de los clubes y selecciones de sus países de origen. A partir de la década de 1970, se sumó un grupo cada vez más grande de chicos de los suburbios que jugaban en clubes recreativos locales y en los equipos de sus escuelas.
Entre estos dos grupos, la selección masculina de Canadá era una especie de huérfana. Aparte de los Whitecaps de Vancouver y los Blizzard de Toronto, las dos principales franquicias canadienses de la antigua North American Soccer League, no había una liga profesional propiamente dicha que ayudara a desarrollar talento, y había muy poco en términos de una afición para el fútbol local.
Cuando la selección nacional logró, contra todo pronóstico, clasificarse para el Mundial de 1986 en México, la plantilla fue descrita como “llena de novatos, jugadores de fútbol sala y refugiados de la NASL”. Era un poco cruel, pero no inexacto.
Una consecuencia fue que, cada vez que la selección canadiense jugaba contra rivales internacionales en casa, casi siempre era como si fuera un partido de visitante. El estadio se llenaba de jamaicanos, mexicanos, guatemaltecos, costarricenses, italianos, croatas y demás, todos animando a los visitantes. El problema era especialmente grave en Toronto, que en 1986 ya era una de las ciudades más diversas del mundo. Esto llevó a la Asociación Canadiense de Fútbol a hacer hincapié en repartir los partidos por todo el país, tanto para evitar a las aficiones de la diáspora como para darle al equipo un alcance más nacional.
Lo que surgió fue una desconexión importante entre la creciente popularidad del fútbol a nivel de cancha –superó al hockey en número de jugadores registrados a mediados de la década de 1990– y la considerable indiferencia del público hacia la selección nacional. Para agravar el problema, los talentos canadienses destacados a menudo tenían doble nacionalidad y era fácil que los convencieran de aceptar ofertas de jugar con su país de origen, o el de sus padres. El programa de la selección canadiense era, por buenas razones, considerado un callejón sin salida para cualquiera con talento y alternativas.
Todo eso cambió en la última década gracias a una conjunción de factores, entre ellos la aparición de algunos talentos generacionales, la infraestructura de desarrollo juvenil construida por los tres equipos canadienses de la Major League Soccer, la creación de una liga profesional canadiense y la contratación del inglés John Herdman en 2018 como director técnico de la selección nacional.
La contratación de Herdman fue probablemente lo más significativo. Él hizo un trabajo extraordinario al convencer a los jugadores de unirse al programa canadiense, y la clasificación para el Mundial de 2022 fue quizá la primera vez que el fútbol canadiense realmente cautivó la imaginación deportiva del público en general. Cuando Canadá se clasificó para Catar, jugadores como Alphonso Davies, Jacob Shaffelburg y Milan Borjan se convirtieron en auténticos héroes populares.
Para entender lo trascendental que ha sido este cambio, vale la pena destacar un momento memorable durante el torneo de la Copa América celebrado en Estados Unidos en julio de 2024. La leyenda del hockey canadiense y medallista de oro olímpico Sidney Crosby visitó a la selección masculina de fútbol de Canadá en su vestidor para transmitir un mensaje de inspiración después de que el equipo derrotara a Venezuela en la tanda de penaltis para avanzar a las semifinales. Un símbolo más claro del cambio de estatus entre ambos deportes en Canadá no se podría haber planeado.
A pesar de todo esto, sería exagerado decir que los canadienses se han contagiado de una intensa fiebre por el Mundial. En parte se debe a que el país es un socio muy secundario en el evento, con solo 13 de los 104 partidos del torneo, repartidos entre Vancouver y Toronto. Tampoco ayuda que la corrupción crónica de la FIFA, junto con el enorme costo de ser sede de los partidos (unos 720 millones de dólares tan solo para Vancouver), haya dado munición de sobra a quienes defienden la idea de que “pan, no circo”.
Pero, sobre todo, está el incómodo tema de la política norteamericana. Por mucho que le desconcierte al embajador de Estados Unidos, Pete Hoekstra, los canadienses están realmente molestos porque el presidente estadounidense se ha pasado el último año y medio amenazando su soberanía y prometiendo destruir su economía. Sumarse con entusiasmo a una celebración de toda Norteamérica nunca iba a resultar algo natural este verano.
Aun así, las cosas en el campo van mejorando. A pesar de una serie de lesiones en jugadores clave, incluido Davies, se esperaba que la selección canadiense lograra al menos avanzar de su grupo, algo que no consiguió en ninguna de sus dos participaciones anteriores en la Copa Mundial.
Pase lo que pase, algo ya está claro. Un país que durante décadas produjo futbolistas que no veían la hora de representar a otra nación ahora tiene una selección que su propia gente quiere hacer suya. En un verano en el que Canadá alberga serias dudas sobre su propia existencia, eso resulta ser más importante de lo que nadie había previsto.
Joshua Jelly-Schapiro imparte clases en la Universidad de Nueva York y es director editorial de Pioneer Works en Brooklyn. Su obra más reciente es Daylight Come: Harry Belafonte and the World He Made.
Juan Villoro es autor, entre otros, de El partido del fin del mundo. Este ensayo fue traducido al inglés por Francisco Cantú.
Andrew Potter, profesor asociado en la Universidad McGill, es autor de The Authenticity Hoax: How We Get Lost Finding Ourselves y, junto con Joseph Heath, de The Rebel Sell: Why the Culture Can’t Be Jammed.