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  • ¿Para qué sirvió la guerra?: la pregunta inevitable que plantea el acuerdo entre EE.UU. e Irán

    ¿Para qué sirvió la guerra?: la pregunta inevitable que plantea el acuerdo entre EE.UU. e Irán

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    Teherán

    Getty Images
    Los civiles iraníes llevan meses viviendo bajo la amenaza de ataques.

    El memorando de entendimiento firmado por los presidentes de EE.UU. e Irán, Donald Trump y Masoud Pezeshkian respectivamente, expone las consecuencias políticas, militares y económicas de la decisión mal calculada de atacar Irán el 28 de febrero.

    El costo humano ya es evidente. Miles han muerto, muchos de ellos civiles, en Irán y Líbano.

    Estados Unidos, y por extensión Israel, han sufrido una derrota estratégica.

    El régimen en Teherán enfrentó su peor pesadilla: una operación militar conjunta para debilitarlo o destruirlo por parte de Estados Unidos, la potencia más fuerte del mundo, e Israel, la superpotencia de Medio Oriente.

    El régimen no solo ha sobrevivido, sino que ha salido fortalecido.

    Mojtaba Jamenei, líder supremo de Irán, mira fijamente a la cámara

    Reuters
    El líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, dijo este jueves que EE.UU. aceptó el acuerdo “por desesperación”.

    La estrategia de Teherán de bloquear el estrecho de Ormuz -y con ello una quinta parte del suministro mundial de petróleo y gas, así como de otros componentes vitales de la economía global- ha obligado a Trump a aceptar una serie de concesiones que han enfurecido y alarmado a los sectores más duros contra Irán en Estados Unidos y al gobierno israelí.

    El memorando de entendimiento -o MOU, por sus siglas en inglés- pide el fin de la guerra en Líbano.

    Israel dice que eso no puede ocurrir. Quiere tener libertad de acción en Líbano, y ese asunto tiene el potencial de provocar una ruptura aún mayor entre Israel y Estados Unidos, y de favorecer a los sectores más radicales de Irán que se oponen a cualquier acuerdo con los estadounidenses.

    A cambio de reabrir el estrecho, Estados Unidos levantó su contrabloqueo a los puertos iraníes y las sanciones, lo que permitirá a Irán ganar miles de millones de dólares por las exportaciones de petróleo.

    Además, comenzará el proceso de devolver otros miles de millones a Irán liberando activos que estaban congelados en el extranjero.

    Eso ocurrirá antes de que entren en la difícil tarea de negociar un acuerdo nuclear.

    Es el precio de volver a como estaban las cosas el 27 de febrero, el día previo a que Estados Unidos e Israel iniciaran la guerra.

    La firma del memorando de entendimiento significa que los negociadores volverán a trabajar y que los barcos pueden transitar nuevamente por el estrecho de Ormuz.

    Ormuz, un arma mejor y más barata

    Un barco de carga en el estrecho de Ormuz.

    Getty Images
    El cierre del estrecho de Ormuz fue una estrategia clave para Irán.

    “El único ‘logro’ del alto el fuego es la probable reapertura del estrecho de Ormuz -que ya estaba abierto antes de que comenzara la guerra-. Y aparentemente le pagaremos a Irán para que lo haga”, escribió Antony Blinken, quien fue secretario de Estado durante el gobierno de Joe Biden, en un mensaje en X.

    La cuestión de para qué sirvió exactamente la guerra es inevitable y no desaparecerá. Equivale al peor error de política exterior de Trump hasta ahora.

    También podría significar el fin de la larga carrera política del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.

    Se enfrenta a elecciones en octubre y a un ajuste de cuentas por parte de los votantes israelíes por su papel en fallas de seguridad -las peores en la historia de Israel- que hicieron que sus renombrados servicios militares y de inteligencia no detectaran el plan de Hamás para atacar su territorio desde Gaza el 7 de octubre de 2023.

    Las políticas militares de línea dura de Netanyahu y su desdén por la diplomacia estaban diseñadas, al menos en parte, para restaurar su reputación como el “señor Seguridad” de Israel.

    Teherán siempre fue consciente del poder potencial de cerrar el estrecho de Ormuz. También lo eran el ejército estadounidense, sus diplomáticos y sus servicios de inteligencia.

    Pero el exlíder supremo de Irán, Alí Jamenei, un hombre anciano y cauteloso, optó por no correr el riesgo de utilizar el estrecho como arma.

    Después de que Israel lo matara, junto con sus asesores más cercanos, en los primeros bombardeos de la guerra, sus sucesores creyeron -correctamente- que estaban en una lucha existencial y no dudaron en cerrar el estrecho.

    Ellos descubrieron el poder de controlar un cuello de botella económico global. Es un arma mucho más utilizable y mucho más barata que la red de aliados y grupos afines en la que invirtió décadas y miles de millones en Medio Oriente.

    Con la excepción del régimen de Bashar al Asad en Siria, que colapsó a finales de 2024, el llamado eje de resistencia de Irán sobrevive de forma precaria. Pero ha sido tan debilitado por Israel que es discutible si aún puede “resistir”.

    Irán también ha invertido grandes sumas en un programa nuclear que continúa negando que estuviera destinado a fabricar un arma, pero que sin duda le daba a Teherán una opción y una amenaza. Sin embargo, provocó una guerra que, a pesar de la supervivencia del régimen, ha causado enormes daños a Irán.

    Cerrar el estrecho, en contraste, fue fácil y tuvo un impacto rápido y devastador, extendiendo el daño a los Estados petroleros árabes y a gran parte del resto del mundo.

    Un costoso error de cálculo

    El poder de las fuerzas aéreas de Estados Unidos e Israel logró una serie de victorias tácticas. Pero no fueron suficientes para evitar una derrota estratégica.

    Esto se debió a que la estrategia de Estados Unidos e Israel de cambio de régimen se basaba en una serie de supuestos simplistas y erróneos.

    Asumieron que matar al líder supremo provocaría el colapso del régimen. Pero, durante casi medio siglo, las instituciones de la República Islámica han sido diseñadas para resistir los intentos de destruirlas.

    No era como Venezuela, una dictadura latinoamericana corrupta, que se derrumbó cuando su líder fue secuestrado y llevado a juicio en Estados Unidos.

    El régimen iraní es, sin duda, corrupto y altamente represivo -sus fuerzas mataron a miles de manifestantes en las calles en enero-, pero también se basa en la ideología, la convicción religiosa y una concepción de la seguridad nacional, el martirio y la supervivencia que surgió de la devastadora guerra con el Irak de Saddam Hussein en la década de 1980.

    Cuando entraron en la guerra, el presidente Trump dijo que el régimen de Teherán caería. Le dijo al pueblo iraní que se preparara para una oportunidad única en una generación para recuperar su país. Poco después, pidió su rendición incondicional.

    Netanyahu, quien había intentado sin éxito convencer repetidamente a los predecesores de Trump en la Casa Blanca de ir a la guerra contra Irán, utilizó un lenguaje bíblico para resumir la magnitud de lo que creía que estaba a punto de suceder.

    “Esta coalición de fuerzas nos permite hacer lo que he anhelado durante 40 años: golpear al régimen del terror con toda la fuerza”.

    Ninguno de los dos lo ha logrado.

    El memorando de entendimiento no es un acuerdo final. Es un pacto para dialogar sobre el mayor tema que los separa: el programa nuclear de Irán. Pero está cargado desde el inicio de incentivos clave para Teherán.

    Si las conversaciones avanzan, Estados Unidos ha dicho que levantará las sanciones.

    Todo depende del éxito de 60 días de negociaciones sobre un acuerdo nuclear, que pueden ampliarse y probablemente lo harán, ya que los temas son complejos.

    Ninguna de las partes confía en la otra. Muchas cosas pueden salir mal. Los sectores más duros en Washington, Teherán e Israel no quieren que el acuerdo funcione.

    Irán podría excederse, adoptando posturas maximalistas en la próxima negociación y poniendo en riesgo ganancias económicas que podrían rescatar su economía golpeada.

    Pero este acuerdo es mucho mejor que una guerra que ha causado miles de muertes y ha amenazado con una recesión económica global.

    Si se alcanza un acuerdo nuclear que satisfaga tanto a Estados Unidos como a Irán, y si ambas partes cumplen sus promesas, Medio Oriente podría transformarse. Eso es un gran “si” condicional, al final de una negociación larga y difícil.

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  • Las imágenes de la inauguración repleta de estrellas del controvertido Centro Presidencial Obama en Chicago

    Las imágenes de la inauguración repleta de estrellas del controvertido Centro Presidencial Obama en Chicago

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    El expresidente estadounidense Barack Obama pronuncia un discurso durante la ceremonia de inauguración del Centro Presidencial Barack Obama en John Lewis Plaza el 18 de junio de 2026 en Chicago, Illinois.

    Getty Images
    Barack Obama presidió Estados Unidos entre 2009 y 2017.

    Todos los expresidentes vivos de Estados Unidos y multitud de artistas y celebridades arroparon este jueves a Barack Obama en la inauguración de su ambicioso museo.

    El Centro Presidencial Obama, ubicado en el sur de Chicago, es un extenso complejo de 7,8 héctareas que rinde homenaje al primer presidente negro de Estados Unidos y que combina una propuesta arquitectónica moderna con naturaleza, arte e historia.

    Al evento multitudinario, que duró más de tres horas, asistieron varios dignatarios y líderes internacionales, entre ellos la excanciller de Alemania Angela Merkel y el ex primer ministro de Canadá Justin Trudeau —quienes gobernaron sus países durante el mandato de Obama—, junto con numerosas celebridades.

    El actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con quien Obama mantiene una larga y abierta disputa, no fue invitado a la inauguración.

    El nuevo Centro Presidencial, cuyo costo fue de US$850 millones, se considera “la mayor inversión individual en un siglo para esa parte de Chicago”, según informó la agencia Reuters.

    Su elevado costo, la forma de su torre principal y la potencial gentrificación que puede suponer para los barrios aledaños han generado críticas.

    De izquierda a derecha, Joe y Jill Biden, Barack y Michelle Obama, George W. y Laura Bush y Bill y Hillary Clinton posan sonrientes antes de la ceremonia  de inauguración.

    Getty Images
    Los expresidentes Joe Biden, Barack Obama, George W. Bush y Bill Clinton acudieron a la ceremonia junto a sus esposas.
    Justin Trudeau y Angela Merkel en la inauguración. Él viste traje gris con camisa clara y ella una chaqueta azul celeste

    Kamil Krzaczynski / AFP via Getty Images)
    El canadiense Justin Trudeau y la alemana Angela Merkel también estuvieron en la inauguración.
    Stephen Colbert y David Letterman siguen el evento rodeados de más personas.  Algunas de ellas portan unos carteles circulares del Obama Presidential Center

    Kent NISHIMURA / AFP via Getty Images
    Personalidades del entretenimiento, como Stephen Colbert y David Letterman, asistieron al evento.

    Símbolo de un legado

    Tradicionalmente, los presidentes estadounidenses inauguran bibliotecas tras finalizar su mandato.

    Algunas sirven como archivos de documentos y objetos clave de su administración, mientras que otras tienen ambiciones mayores y funcionan como museos y centros culturales.

    “Esto no es un monumento a los Obama, señores, es un homenaje a todos aquellos que hacen posible su trayectoria”, dijo Valerie Jarrett, exasesora y directora ejecutiva de la Fundación Obama, en su discurso de apertura.

    El expresidente Barack Obama y la exprimera dama Michelle Obama celebraron el complejo urbano que funciona como un homenaje a los ocho años que la pareja pasó en la Casa Blanca.

    Combina elementos de museo y sala de lectura con servicios de centro comunitario, como un parque infantil, una cancha de baloncesto, un estudio de grabación y una biblioteca pública.

    La pareja Obama saluda durante la inaugiración del Centro.

    Tribune News Service via Getty Images
    Una estatua de bronce situada en el exterior del edificio representa a Barack y Michelle Obama saludando con la mano.

    AFP via Getty Images
    Los Obama han quedado para la posteridad representados en una estatua de bronce situada en el exterior del edificio.

    La pareja eligió el barrio Jackson Park, en el sur de Chicago, cerca de la que era su residencia familiar antes de mudarse al despacho presidencial en Washington.

    “Para mí, este centro no podría estar en otro lugar”, dijo Obama a los visitantes durante la ceremonia de inauguración.

    “Es una muestra de agradecimiento, un reconocimiento de que gran parte de lo que más aprecio se lo debo a la gente de esta ciudad y a la gente de estos barrios aledaños”.

    Obama, quien fue el presidente 44 de Estados Unidos entre 2009 y 2017, afirmó que el centro se basa en el anhelo de que los miembros de la comunidad y los visitantes puedan unirse y generar el cambio que buscan.

    Por eso, dijo, no se diseñó como un “mausoleo sin vida”.

    “Queríamos que fuera una celebración vibrante y viva de la comunidad. Un lugar donde podamos aprender juntos y compartir la alegría del arte, la música, el deporte y el juego”, agregó.

    Se muestran dos conjuntos de columpios sobre una superficie de juego de color turquesa y morado. Están rodeados de exuberante vegetación, bancos de madera y senderos para caminar.

    Talia Sprague/Bloomberg via Getty Images
    El complejo incluye servicios comunitarios como un parque, un área de juegos infantiles y una cancha de baloncesto.
    La habitación está repleta de estanterías y libros expuestos en madera clara. Hay una alfombra azul y verde, y del techo cuelgan lámparas esféricas de formas irregulares.

    Joshua Lott for The Washington Post via Getty Images
    La Biblioteca Pública de Chicago tiene una sucursal en el Centro Presidencial Obama.
    Sillones tapizados, lámparas y muebles de madera oscura llenan una réplica del Despacho Oval, con partes del espacio delimitadas por cuerdas de terciopelo rojo. Dos personas muestran el espacio.

    Talia Sprague/Bloomberg via Getty Images
    Entre las atracciones, los visitantes pueden fotografiarse dentro de una réplica del Despacho Oval tal como lucía cuando Obama era presidente.

    Homenaje conmovedor

    El discurso de Michelle Obama, por su parte, conmovió a su esposo hasta las lágrimas mientras ella elogiaba sus logros personales y profesionales, así como su inquebrantable optimismo y resiliencia.

    “Queremos que vengan aquí, dejen a un lado sus teléfonos, hablen, rían y lloren. Hagan nuevos amigos, ensúciense las manos en el jardín, pongan a su bebé en un columpio en el área de juegos, disfruten de un picnic romántico en Great Lane”, dijo la ex primera dama.

    “Porque esa es la esencia de la democracia: ser buenos vecinos, cuidar los espacios públicos. ¿Cómo podemos disfrutar de la compañía mutua, liberándonos del aislamiento y la división que se han infiltrado demasiado en nuestras vidas?”, planteó.

    Michelle Obama durante su discurso.

    Talia Sprague/Bloomebrg via Getty Images
    Michelle Obama pronunció un emotivo discurso.
    Obama conmovido hasta las lagrimas durante el discurso de su esposa, Michelle.

    Talia Sprague/Bloomebrg via Getty Images

    Un centro urbano admirado y criticado

    Además de las críticas que generó el alto costo de la construcción del Centro Presidencial Obama, cuyos fondos se recaudaron de forma privada a través de la Fundación Obama, la torre de ocho pisos y forma irregular que destaca en la fachada ha suscitado opiniones encontradas.

    Para algunos, la estructura revestida de granito y adornada con un fragmento del discurso favorito de Obama, pronunciado en Selma, Alabama, en el 50 aniversario de la marcha por los derechos civiles, no resulta muy afortunada.

    Incluso la han apodado “Obamalisco”.

    Según informó Reuters, la profesora de arquitectura en la Escuela del Instituto de Arte de Chicago T. Camille Martin-Thomsen dijo: “Me parece realmente impactante, grandilocuente y hermoso en el mejor sentido posible”.

    Y agregó que entiende que a algunas personas les pueda resultar chocante al principio la altura y la escala del museo, pero que con el tiempo cree que la mayoría llegará a apreciar el diseño audaz.

    Obama dando su discurso frente a la torre del Centro. Hay una multitud escuchándolo y se ve al expresidente en una gran pantalla.

    Pedro Ugarte / AFP via Getty Images
    Obama realizó su discurso frente a la torre del Centro.
    La torre de granito del Centro Presidencial Obama destaca en un frondoso parque verde con bancos y farolas en un barrio de Chicago.

    Universal Images Group via Getty Images
    El Centro Presidencial Obama es un gran edificio moderno de piedra y se alza sobre un frondoso parque en Chicago.

    Pero la mayor polémica se ha dado entre las comunidades que habitan los barrios cercanos al Centro Presidencial Obama.

    Algunos ciudadanos argumentan que el aumento del precio de la vivienda y el interés de inversionistas son una muestra de la gentrificación a la que se enfrentan.

    Según reportó la prensa local, Shannon Bennett, directora ejecutiva de la Organización Comunitaria Kenwood Oakland, dijo que la especulación inmobiliaria en la zona debería evitarse.

    “Es lo mismo que siempre le sucede a nuestra comunidad. Si no estamos presentes, somos un blanco fácil, y eso es un problema”, señaló.

    Para otros, sin embargo, el centro ofrece un potencial crecimiento económico al atraer visitantes y generar el desarrollo de zonas que han estado rezagadas.

    Los organizadores han declarado que esperan que el Centro Presidencial Obama, la mayor parte del cual estará abierto al público de forma gratuita, atraiga entre 750.000 y 1 millón de visitantes al año.

    Celebración musical

    La inauguración también incluyó actuaciones de diversos artistas, como Jennifer Hudson, Christina Aguilera, John Legend, Common, Marc Anthony, Bono y The Edge de U2, así como Bruce Springsteen y Stevie Wonder.

    La leyenda del rock y héroe local Eddie Vedder, el líder de Pearl Jam, originario de Illinois, interpretó una canción original que compuso con jóvenes del programa Guitars Over Guns.

    Los asistentes expresaron su agradecimiento a los Obama por traer el centro al sur de Chicago.

    Marc Antony actúa, micrófono en mano, durante la inauguración del Centro Presidencial Obama.

    Kamil Krzaczynski / AFP vía Getty Images
    Marc Antony fue uno de los numerosos artistas que actuaron durante la inauguración del Centro Presidencial Obama este 18 de junio.
    El galardonado rapero Common actúa en el escenario mientras John Legend toca el piano en el Centro Presidencial Obama en Chicago. 18 de junio de 2026.

    Getty Images
    Los músicos estadounidenses John Legend y Common interpretaron Glory en la inauguración.
    La leyenda del rock Eddie Vedder interpreta una canción original compuesta con el grupo juvenil Guitars Over Guns.

    Getty Images
    La leyenda del rock Eddie Vedder interpretó una canción original compuesta con el grupo juvenil Guitars Over Guns.
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  • Opinión: El Mundial es una fiesta global que se comparte con los vecinos

    Opinión: El Mundial es una fiesta global que se comparte con los vecinos

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    Después de casi cuatro años, la Copa Mundial ha vuelto para adueñarse del verano. Pero junto a la celebración por el magnífico fútbol que trae, hay motivos de sobra para la consternación. El torneo de este año, del que Estados Unidos, México y Canadá son anfitriones, se disputa en el contexto de la corrupción endémica de la FIFA, los atropellos del presidente Donald Trump y las muy tensas relaciones que hay entre las tres naciones.

    Para tomarle el pulso al ambiente, les preguntamos a tres autores –un estadounidense, un mexicano y un canadiense– lo que el Mundial significa para ellos y para sus países. Sus variadas respuestas sirven como testimonio tanto de la exasperante complejidad de la vida contemporánea como del perdurable encanto del fútbol mundial.

    No es Estados Unidos 94, pero es algo

    Por Joshua Jelly-Schapiro

    Jelly-Schapiro es un geógrafo y escritor que editó una serie de ensayos sobre la Copa Mundial de 2018 para The New York Review of Books.

    No es fácil hacer que los jóvenes, rodeados de pantallas y videos virales desde pequeños, entiendan el impacto revelador con que la Copa Mundial masculina llegó a la televisión estadounidense en 1994. Ese definitivamente fue el caso del viejo televisor Magnavox de la casa de mis padres en los bosques del norte de Nueva Inglaterra. Como muchos niños estadounidenses en los últimos años de la Guerra Fría, yo pasaba las mañanas de los sábados pateando un balón por las canchas de Estados Unidos. Me había unido a un equipo itinerante cuyo logotipo del patrocinador (“CABOT: Queso de Vermont”) competía con el de Adidas por el espacio en nuestros pechos. Pero nunca había visto el juego al más alto nivel; no hasta 1994.

    Vivir dentro del área que recibía la cobertura que hacía la ABC de los partidos de aquel verano significaba poder ver a los mejores jugadores del mundo y a los equipos más queridos. También significaba presenciar cuadros vívidos, y a veces incongruentes, de fervor étnico y cordialidad, en los que participaban no solo esos equipos, sino también sus apasionados aficionados. Ellos llenaban los estadios más grandes de Estados Unidos: nigerianos vestidos de verde y mexicanos con sombreros, suecos con gorros de vikingo y argentinos que cantaban canciones sobre Diego Maradona. Los sentimientos de rivalidad y orgullo nacional no provocaban guerra, sino juego.

    Ver esos partidos, nos informaban los comentaristas de ABC, era ver transmisiones que estaban siendo seguidas por millardos de seres humanos más. Era formar parte del mundo.

    En 2026, el mundo no se parece a lo que esperábamos desde la perspectiva optimista de principios de la década de 1990, cuando la historia aún daba la impresión de estar avanzando en una dirección positiva. Estados Unidos, que parecía destinado a ser cada vez más abierto, está más cerrado. Pero el regreso de la Copa Mundial, una competencia fundada en la misma época que la Sociedad de las Naciones y que gira en torno a un deporte que los estadounidenses ya han aprendido a amar, seguirá canalizando los conflictos entre países hacia “contiendas pacíficas en el estadio“, como lo expresó en su momento Jules Rimet, el hombre que ideó el torneo. Y lo que es igual de importante: nos ofrecerá a todos la oportunidad de experimentar, aunque solo sea por un momento, una poderosa forma de comunión.

    En 1994, la Guerra Fría había terminado y Estados Unidos –a pesar de las guerras subsidiarias de Washington en países en desarrollo, a menudo terribles– era admirado como el referente global de democracia y Estado de derecho. Pero la cultura deportiva en Estados Unidos era insular y ultranacionalista. Estaba definida por deportes que los estadounidenses habían desarrollado a partir de los juegos de nuestros antiguos colonizadores: el fútbol americano era una versión más dinámica y violenta del rugby inglés; el béisbol era una reinterpretación estadounidense del críquet. Los estadounidenses se enorgullecían de que pocos en el mundo se interesaran o practicaran nuestro “pasatiempo nacional”.

    El fútbol soccer –un juego con raíces globales ancestrales, pero cuya forma moderna se codificó en Inglaterra, al igual que el rugby y el críquet– se convirtió en el deporte del planeta gracias a factores tanto históricos como de forma. El Imperio británico llevó a marineros, ingenieros y mineros británicos a los puertos del mundo. El juego que jugaban en los muelles, desde Buenos Aires hasta Acra y Hong Kong, fue acogido por personas que fundaron clubes en esas ciudades y en mil más. El fútbol se convirtió en la forma por excelencia del siglo XX para que la gente de todo el mundo celebrara, como lo expresó el historiador del fútbol David Goldblatt, “el milagro de nuestras propias solidaridades”.

    Excepto en Estados Unidos; al menos hasta 1994. La Copa Mundial de ese verano fue el torneo con mayor asistencia y mayor audiencia que la FIFA, el organismo rector del fútbol a nivel mundial, había organizado jamás. Ese era el objetivo. En el mercado más rico del mundo, la FIFA y sus asociados, entre los que se encontraban algunas de las empresas y conglomerados mediáticos más grandes del mundo, pretendían convertir el deporte más querido del planeta en un gran negocio.

    En los 32 años que han pasado desde la Copa Mundial de 1994, los sueños de la FIFA y sus compinches corporativos se han cumplido en gran medida. Seguimos las mejores ligas del mundo por televisión, y nuestra selección femenina es una potencia. El fútbol, según una encuesta reciente, ha superado al béisbol como el tercer deporte favorito de los estadounidenses y casi rivaliza con la NBA a la hora de atraer los corazones y la atención de los adolescentes.

    Ahora la Copa Mundial está de regreso. Desde 1994, la reputación tanto de Estados Unidos como de la FIFA ha sufrido importantes daños. La corrupción de la FIFA nunca fue precisamente un secreto, pero ahora ha quedado expuesta ante el mundo. El desprecio del presidente Donald Trump por el Estado de derecho y las normas internacionales ha causado un daño enorme tanto a la posición global de Estados Unidos como a la sociedad estadounidense.

    La razón por la que el evento insignia de la FIFA ha vuelto al país más rico del mundo, esta vez compartiendo las labores de anfitrión con nuestros vecinos norteamericanos y los firmantes del TLCAN a los que a Trump le encanta odiar, es la misma por la que Gianni Infantino, el servil presidente actual de la FIFA, amplió este Mundial de 32 a 48 selecciones: el dinero.

    Así es el mundo. Aun así, vemos los partidos. En 1994, nos emocionamos con los elegantes goles que Romario metió para Brasil; en 2026, nos preguntamos si la volátil selección francesa de Kylian Mbappé es capaz de trabajar como equipo y si el gran Lionel Messi de Argentina tiene otro Mundial en su haber. Animamos a las selecciones más pequeñas, desde Haití hasta Jordania o Cabo Verde, con la esperanza de que consigan aunque sea una sola y gloriosa victoria.

    La final de este año se disputará el 19 de julio en el estadio MetLife de Nueva Jersey, cuyo césped fue testigo de un partido memorable entre Italia e Irlanda en 1994. El estadio estaba abarrotado con hijos de migrantes que expresaban a gritos el amor por sus viejos países en el nuevo, donde habían triunfado.

    Lo vimos entonces y lo estamos viendo ahora: más de cien partidos por todo el continente. Y sabremos que lo que ocurra en las canchas representará, como solo un Mundial puede hacerlo, el mundo tal como querríamos que fuera.

    México, la realidad y la ilusión

    Por Juan Villoro

    Villoro es novelista, guionista, dramaturgo y periodista. Su libro más reciente recoge lo más reciente de su extensa obra sobre fútbol.

    En 1913, a los 71 años, el escritor estadounidense Ambrose Bierce cruzó la frontera para unirse a las tropas de Pancho Villa. En una de sus últimas cartas escribió: “Ser un gringo en México: ¡Ah, eso es eutanasia!”. La relación entre México y Estados Unidos siempre ha sido intensa.

    En esta ocasión, la tensión es imposible de ignorar. Durante el mandato del presidente Donald Trump, Estados Unidos ha intimidado a México –liderado por Claudia Sheinbaum, de tendencia de izquierda– con amenazas y aranceles. Washington acaba de pedir la extradición de 10 políticos mexicanos, entre ellos el gobernador de Sinaloa, por estar presuntamente vinculados con el narcotráfico. Como alrededor del 80 por ciento de nuestras exportaciones van a dar a Estados Unidos, Sheinbaum ha hecho todo lo posible por apaciguar al presidente estadounidense. Pero Trump es implacable.

    Este es el contexto en el que nuestros países se unen como coanfitriones para el Mundial. Las tensiones sociales encuentran su espejo en el fútbol. En lo que toca a este deporte, durante décadas fue la única actividad en la que mi país derrotaba a Estados Unidos. Pero para el torneo de este año, la jerarquía se invirtió.

    Después de albergar dos de los mejores campeonatos de la historia –el de 1970, que consagró a Pelé, y el de 1986, protagonizado por Maradona–, México recibirá 13 partidos de 104 disponibles. Estados Unidos, cuya cultura futbolística tanto hemos hecho por construir, acogerá a 78. La sensación colectiva es la de ser simples comparsas, rasgo humillante, si se piensa en lo mucho que el fútbol ha significado para nosotros. ¿Qué hemos hecho para merecer esta propina?

    El desinterés de nuestros vecinos era tan grande que preferían jugar de visitantes. En enero de 1954 ocurrió algo singular: los dos partidos de eliminatoria para el Mundial de Suiza se disputaron en México, con goleadas de 4-0 y 3-1 que fueron festejadas como si hubiéramos recuperado Texas. Con los años perdimos el privilegio de derrotar a la nación de la que depende nuestra economía. Estados Unidos mejoró notablemente en el fútbol varonil y dominó el fútbol femenil. El deporte que había sido un placer culposo hoy llena las tribunas.

    La paradoja es que los mexicanos contribuimos a la mejoría del adversario. Los migrantes fueron decisivos para animar los estadios de Chicago, Los Ángeles y Nueva York y fomentar la creación de una liga competitiva. Cerca de 40 millones de personas de origen mexicano viven en Estados Unidos. Su nostalgia es un negocio próspero. Ellos pagan fortunas para enarbolar la bandera tricolor en las gradas. México juega de local en todo Estados Unidos, con excepciones como Alaska o Hawái.

    Ávida de ganancias, la Federación Mexicana de Fútbol se aprovecha del público migrante: nuestra selección nacional disputa dos tercios de sus partidos amistosos en Estados Unidos, lo cual genera un profundo malestar en el país. El “equipo de todos” se ha convertido en un producto de exportación; no es de extrañar que en marzo haya sido abucheado en la reinauguración del estadio Azteca en la capital de México.

    Varios factores se conjuntaron esa noche: los inmoderados precios de los boletos para el Mundial y la falta de éxitos del Tri. El balompié ha perdido ímpetu al sur de la frontera. En cambio, en Estados Unidos dejó de ser un juego clandestino. El Mundial de 1994 se promovió con dificultad y tuvo que recurrir a las estrategias diplomáticas de Henry Kissinger; el de 2026 tiene una audiencia y una comercialización garantizadas. Lo peculiar es que ese mecanismo de hacer dinero depende de una organización sumamente extraña: un anfitrión protagónico y dos anfitriones de reparto.

    El Fausto de Goethe tiene su prólogo en el cielo; los Mundiales más recientes lo han tenido en el purgatorio. Rusia y Catar ganaron sus sedes con sobornos y, no mucho después de una investigación del FBI sobre dichos sobornos, Estados Unidos consiguió la suya. Para aparentar unidad regional y ampliar el mercado (máximo objetivo de la FIFA), se incluyó a México y Canadá como organizadores del Mundial de 2026.

    Mientras tanto, un país que no estará en la cancha gana una contienda silenciosa y demuestra que hay otro modo de participar en el Mundial. En los puestos callejeros de la Ciudad de México las camisetas de la selección cuestan de 115 a 202 dólares; las pirata van de 11.50 a 17 dólares; son idénticas y vienen de lejos. La identidad se adapta a las circunstancias: apoyaremos a la selección nacional con camisetas hechas en China.

    Pero no todo está perdido. Una y otra vez el fútbol ha demostrado que tiene anticuerpos contra las amenazas que lo asedian. Antes del Mundial de Catar, hubo justificadas críticas contra un país que viola los derechos humanos, carece de tradición futbolística y cuyas temperaturas obligan a jugar con aire acondicionado. Esas limitaciones no impidieron que, a nivel deportivo, viéramos uno de los mejores torneos de la historia.

    El Mundial existe para transformar la realidad en ilusión. En 2026 podrá ofrecer asombros singulares. Lionel Messi representa la veteranía y Lamine Yamal la juventud. Lo sorprendente es que, cuando Lamine era un bebé que formaba parte de una familia de migrantes, fue bañado por Messi en un anuncio del equipo Barcelona para promover a la UNICEF. ¿El astro argentino ungió al futuro genio español en forma legendaria, convirtiéndolo en su sustituto?

    De esta rara magia está hecho el fútbol.

    Para Canadá, importa más de lo que nadie esperaba

    Por Andrew Potter

    Potter, profesor asociado en la Universidad McGill, es entrenador de fútbol recreativo en Montreal.

    La Copa Mundial de Norteamérica promete ser un gran salto para la identidad deportiva de Canadá; debería marcar su transición definitiva hacia un país de aficionados al fútbol canadiense, en lugar de canadienses aficionados al fútbol.

    Sin embargo, el torneo llegó en uno de los momentos más incómodos de la historia reciente de Canadá, con el país dividido internamente –hay movimientos separatistas activos tanto en Quebec como en Alberta– y en una posición muy incierta en el ámbito internacional.

    El resultado es que, incluso mientras los canadienses animan a la mejor selección de talentos futbolísticos que el país haya producido jamás, hay una clara renuencia a unirnos a nuestros primos norteamericanos en un alegre kumbayá continental de armonía deportiva.

    El trayecto de equipo marginal a potencia media ha sido largo. Durante décadas, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, el fútbol en Canadá tuvo dos grupos principales de seguidores. El primero era una base de aficionados inmigrantes –en su mayoría ingleses, escoceses, portugueses, italianos y griegos– que eran acérrimos aficionados de los clubes y selecciones de sus países de origen. A partir de la década de 1970, se sumó un grupo cada vez más grande de chicos de los suburbios que jugaban en clubes recreativos locales y en los equipos de sus escuelas.

    Entre estos dos grupos, la selección masculina de Canadá era una especie de huérfana. Aparte de los Whitecaps de Vancouver y los Blizzard de Toronto, las dos principales franquicias canadienses de la antigua North American Soccer League, no había una liga profesional propiamente dicha que ayudara a desarrollar talento, y había muy poco en términos de una afición para el fútbol local.

    Cuando la selección nacional logró, contra todo pronóstico, clasificarse para el Mundial de 1986 en México, la plantilla fue descrita como “llena de novatos, jugadores de fútbol sala y refugiados de la NASL”. Era un poco cruel, pero no inexacto.

    Una consecuencia fue que, cada vez que la selección canadiense jugaba contra rivales internacionales en casa, casi siempre era como si fuera un partido de visitante. El estadio se llenaba de jamaicanos, mexicanos, guatemaltecos, costarricenses, italianos, croatas y demás, todos animando a los visitantes. El problema era especialmente grave en Toronto, que en 1986 ya era una de las ciudades más diversas del mundo. Esto llevó a la Asociación Canadiense de Fútbol a hacer hincapié en repartir los partidos por todo el país, tanto para evitar a las aficiones de la diáspora como para darle al equipo un alcance más nacional.

    Lo que surgió fue una desconexión importante entre la creciente popularidad del fútbol a nivel de cancha –superó al hockey en número de jugadores registrados a mediados de la década de 1990– y la considerable indiferencia del público hacia la selección nacional. Para agravar el problema, los talentos canadienses destacados a menudo tenían doble nacionalidad y era fácil que los convencieran de aceptar ofertas de jugar con su país de origen, o el de sus padres. El programa de la selección canadiense era, por buenas razones, considerado un callejón sin salida para cualquiera con talento y alternativas.

    Todo eso cambió en la última década gracias a una conjunción de factores, entre ellos la aparición de algunos talentos generacionales, la infraestructura de desarrollo juvenil construida por los tres equipos canadienses de la Major League Soccer, la creación de una liga profesional canadiense y la contratación del inglés John Herdman en 2018 como director técnico de la selección nacional.

    La contratación de Herdman fue probablemente lo más significativo. Él hizo un trabajo extraordinario al convencer a los jugadores de unirse al programa canadiense, y la clasificación para el Mundial de 2022 fue quizá la primera vez que el fútbol canadiense realmente cautivó la imaginación deportiva del público en general. Cuando Canadá se clasificó para Catar, jugadores como Alphonso Davies, Jacob Shaffelburg y Milan Borjan se convirtieron en auténticos héroes populares.

    Para entender lo trascendental que ha sido este cambio, vale la pena destacar un momento memorable durante el torneo de la Copa América celebrado en Estados Unidos en julio de 2024. La leyenda del hockey canadiense y medallista de oro olímpico Sidney Crosby visitó a la selección masculina de fútbol de Canadá en su vestidor para transmitir un mensaje de inspiración después de que el equipo derrotara a Venezuela en la tanda de penaltis para avanzar a las semifinales. Un símbolo más claro del cambio de estatus entre ambos deportes en Canadá no se podría haber planeado.

    A pesar de todo esto, sería exagerado decir que los canadienses se han contagiado de una intensa fiebre por el Mundial. En parte se debe a que el país es un socio muy secundario en el evento, con solo 13 de los 104 partidos del torneo, repartidos entre Vancouver y Toronto. Tampoco ayuda que la corrupción crónica de la FIFA, junto con el enorme costo de ser sede de los partidos (unos 720 millones de dólares tan solo para Vancouver), haya dado munición de sobra a quienes defienden la idea de que “pan, no circo”.

    Pero, sobre todo, está el incómodo tema de la política norteamericana. Por mucho que le desconcierte al embajador de Estados Unidos, Pete Hoekstra, los canadienses están realmente molestos porque el presidente estadounidense se ha pasado el último año y medio amenazando su soberanía y prometiendo destruir su economía. Sumarse con entusiasmo a una celebración de toda Norteamérica nunca iba a resultar algo natural este verano.

    Aun así, las cosas en el campo van mejorando. A pesar de una serie de lesiones en jugadores clave, incluido Davies, se esperaba que la selección canadiense lograra al menos avanzar de su grupo, algo que no consiguió en ninguna de sus dos participaciones anteriores en la Copa Mundial.

    Pase lo que pase, algo ya está claro. Un país que durante décadas produjo futbolistas que no veían la hora de representar a otra nación ahora tiene una selección que su propia gente quiere hacer suya. En un verano en el que Canadá alberga serias dudas sobre su propia existencia, eso resulta ser más importante de lo que nadie había previsto.

    Joshua Jelly-Schapiro imparte clases en la Universidad de Nueva York y es director editorial de Pioneer Works en Brooklyn. Su obra más reciente es Daylight Come: Harry Belafonte and the World He Made.

    Juan Villoro es autor, entre otros, de El partido del fin del mundo. Este ensayo fue traducido al inglés por Francisco Cantú.

    Andrew Potter, profesor asociado en la Universidad McGill, es autor de The Authenticity Hoax: How We Get Lost Finding Ourselves y, junto con Joseph Heath, de The Rebel Sell: Why the Culture Can’t Be Jammed.

  • Ucrania bombardea Moscú desplegando uno de los mayores ataques con drones de la guerra

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    La operación, que dejó cerrados los aeropuertos de la capital rusa varias horas, es parte de una campaña cada vez más intensa para que los rusos sientan de cerca el conflicto.

    El humo negro de una refinería de petróleo en llamas llenaba el cielo de Moscú. Los cuatro aeropuertos de la ciudad se cerraron de urgencia. Y se clausuró parte de la concurrida autopista que rodea la capital rusa, una metrópolis de 13 millones de personas.

    Mientras Ucrania intensificaba los esfuerzos por hacer que los rusos sintieran la guerra en su propia casa, los ataques del jueves parecieron ser el mayor ataque con drones contra la capital rusa desde que el presidente Vladimir Putin inició la guerra hace más de cuatro años.

    No se informó de víctimas mortales en un primer momento. Pero parecía probable que este ataque a gran escala avivara el temor entre los rusos de que la capacidad del Kremlin para aislar a la sociedad de los efectos de la guerra se estuviera erosionando rápidamente. De resultar así, sería el inicio de una nueva etapa en un conflicto que ya dura más que la Primera Guerra Mundial.

    Desde hace días se han formado filas y se ha impuesto el racionamiento en las gasolineras de decenas de regiones rusas, ya que los persistentes ataques ucranianos con drones contra refinerías de petróleo e instalaciones de procesamiento han amenazado con provocar una escasez de combustible.

    Ucrania ha puesto especialmente en el punto de mira a Crimea, la península que Rusia anexionó ilegalmente en 2014, con una serie de ataques destinados a cortar las líneas de suministro de la región. La economía rusa también ha empezado a sufrir los costos de la guerra en una forma que el Kremlin había logrado evitar durante años.

    El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en una nota de voz que compartió con los periodistas el jueves, advirtió: “Si Ucrania arde, entonces su Moscú también arderá”.

    Zelenski calificó el ataque con drones como una respuesta al ataque de esta semana contra el complejo monástico de la Lavra de Pechersk (o Monasterio de las cuevas) en Kiev, uno de los lugares más sagrados del cristianismo ortodoxo oriental. Rusia dijo que el complejo había sido alcanzado por un misil interceptor ucraniano que se desvió de su objetivo.

    Zelenski se ha visto animado por los avances tecnológicos y de producción en la guerra de drones de Ucrania, que han permitido a su gobierno enviar enjambres más grandes de vehículos no tripulados al espacio aéreo ruso y desbordar las defensas.

    El Ministerio de Defensa ruso dijo que, durante el ataque del jueves, derribó 992 drones en todo el país, la cifra más alta en un solo ataque desde que comenzó la guerra y un aumento significativo en comparación con anteriores ofensivas ucranianas. También dijo que derribó cuatro misiles de crucero de largo alcance que formaban parte del ataque.

    Los partidarios de línea dura en Rusia respondieron a la ofensiva instando al Kremlin a desplegar todo el potencial militar del país para evitar que Ucrania intensifique sus ataques dentro de las fronteras rusas.

    No está claro hasta dónde puede llegar Rusia, que cuenta con el mayor arsenal nuclear del mundo, con su armamento convencional. Pero los llamamientos de los partidarios de la línea dura han planteado la posibilidad de un nuevo ciclo de escalada, en el que el virtual estancamiento a lo largo de la línea del frente dé paso a bombardeos aéreos rivales lejos del campo de batalla.

    “Debemos golpear al enemigo sin piedad, sin dudar”, declaró Andrei Gurulyov, quien fue general y diputado del partido gobernante de Rusia, al medio ruso RTVI. Instó a Moscú a “eliminar a toda la cúpula, destruir todos los centros de mando, poner de rodillas a todo el sector industrial” y “lograr el éxito en el frente”.

    No está nada claro si el aumento de la presión interna empujará a Putin a poner fin a la guerra. Moscú ha declarado que no dejará de luchar hasta que sus fuerzas se hagan con el resto de la región de Donetsk, en el oriente de Ucrania, o hasta que el territorio sea cedido en un acuerdo de paz, tal y como propuso Washington el año pasado. Kiev sigue controlando una franja de territorio de aproximadamente el doble del tamaño de Rhode Island en la región, que incluye ciudades que están fuertemente fortificadas desde 2014.

    Putin no se refirió al ataque ucraniano durante sus declaraciones del jueves por la tarde en una cumbre de líderes del sudeste asiático celebrada en la ciudad rusa de Kazán, y los noticieros estatales rusos restaron importancia al ataque.

    Los sistemas de defensa antimisiles rusos derribaron al menos 194 drones que volaban hacia Moscú en varias oleadas el jueves por la mañana, dijo Serguéi Sobianin, alcalde de la ciudad.

    Los ataques con drones dejaron al menos 17 heridos en la región de Moscú, según Andrei Vorobyev, gobernador de la zona. Todos los aeropuertos de Moscú cerraron durante casi toda la mañana, antes de reabrir poco a poco a primera hora del jueves.

    Sobyanin dijo que algunos de los drones ucranianos habían impactado en una enorme refinería de petróleo que se alza sobre la ciudad al sureste y que ya había sido blanco de un ataque menor el martes.

    El Ministerio de Defensa de Ucrania publicó unas imágenes impactantes en las que se veía el tejado de la planta de combustible que salía volando por los aires mientras las instalaciones quedaban envueltas en llamas.

    Los vecinos de las zonas del sureste de Moscú se despertaron el jueves con los golpes sordos de los drones ucranianos al estrellarse contra la refinería. Al poco tiempo, columnas de humo tóxico se alzaban sobre varios barrios, y en las redes se podían ver imágenes de los efectos de una lluvia que parecía manchada de petróleo cayendo del cielo.

    El Ministerio de Medio Ambiente de la región de Moscú aconsejó a los vecinos que “limiten su permanencia al aire libre”, al tiempo que desmintió las noticias sobre una lluvia cargada de petróleo, describiéndola como lluvia mezclada con hollín.

    No se activaron sirenas ni avisos de los servicios de emergencia, dijo por teléfono desde Moscú Nikolai, de 44 años, que vive en un barrio al noreste de la refinería. Las fotos que sacó desde su casa mostraban una densa columna de humo, aunque la refinería se ubica a seis kilómetros de distancia.

    “Desde el principio quedó claro que esto era mucho más grave. Desde primera hora de la mañana hemos podido ver al menos dos focos de incendio allí”, dijo, comparando el ataque del jueves con el del martes contra la refinería. Pidió que no se revelara su apellido por las posibles represalias de las autoridades al hablar de los ataques.

    Nikolai, que se definió como un firme opositor de Putin y de la guerra, dijo que siempre había pensado que la agresión de Rusia contra Ucrania acabaría volviéndose en contra del país.

    Dijo que los vecinos de su barrio, en su mayoría de clase trabajadora, parecían asustados. Pero muchos siguen sin establecer una conexión mental entre la invasión rusa a Ucrania y los ataques en su propio país, añadió.

    “Esta mañana, la gente en el patio sale y se pregunta cosas tipo: ‘¿Cómo es posible?’”, dijo. “Veo enfado y confusión, pero no creo que la gente sea capaz todavía de atar cabos”.

    “Es como si les hubieran dicho durante mucho tiempo que no miraran hacia arriba”, añadió, “y ahora es como si hubieran levantado la cabeza por primera vez, y es imposible no mirar hacia arriba”.

    Un empleado de 20 años de un colegio de Moscú dijo que se sentía realmente asustado, como muchos en la ciudad, pero señaló que otros intentaban no pensar en ello y fingían que todo era normal.

    El empleado, que pidió no dar su nombre por motivos de seguridad, dijo que era probable que se produjeran más ataques contra la capital y que la escuela estaba preparando un refugio, lo que sugería que sus responsables esperaban que la situación empeorara.

    La refinería que fue atacada el jueves cubre alrededor del 40 por ciento de las necesidades de gasolina de Moscú, y era probable que se agravara aún más la escasez de suministros en todo el país. Las autoridades de Moscú dijeron que las gasolineras de toda la ciudad funcionaban con normalidad.

    Los drones ucranianos también dañaron el jueves el mayor mercado al aire libre de Moscú, según Sobyanin, el alcalde. Uno de los centros comerciales más grandes de la ciudad tuvo que cerrar tras un ataque con drones, dijo Vorobyev, el gobernador regional, en un comunicado. Otro dron se estrelló contra un edificio residencial en el barrio de Zhukovski, según el alcalde local.

    (La imagen muestra tres puntos en Moscú que fueron afectados por los drones ucranianos)

    Rusia ha bombardeado Ucrania con misiles balísticos y drones en los últimos días, dañando el complejo monástico y otros lugares. No se han registrado bajas de inmediato en los ataques contra Kiev de la madrugada del jueves.

    Muchos rusos temen compartir en internet imágenes y videos de los crecientes ataques ucranianos. El mes pasado, el grupo de trabajo antiterrorista de Moscú emitió una orden que restringe la publicación de fotos y videos si muestran las secuelas de los ataques ucranianos.

    Un bloguero ruso a favor de la guerra le dijo al medio digital SOTA que la policía lo había citado después de compartir un video del ataque a la refinería de petróleo a principios de esta semana.

    Vladimir Solovyov, un comentarista de noticias estatales de línea dura, dijo: “Cualquiera que envíe ese tipo de material tiene que ir a la cárcel, y además de forma pública”.

    Animó a los rusos a no entrar en pánico y a sacar fuerzas de las historias familiares, en referencia a épocas previas de la historia rusa que fueron peores.

    “Si sientes que no puedes seguir adelante, si te retuerces las manos de desesperación, bueno, pues decídete. Vete. Si eres débil. Si no hay nada de ruso en ti. Sigue el camino de los traidores”, dijo Solovyov en un video que se difundió ampliamente por internet.

    Valerie Hopkins, Alina Lobzina, Oleg Matsnev y Siobhán O’Grady colaboraron con la reportería.

    Paul Sonne es un corresponsal internacional que se enfoca en Rusia y las diversas repercusiones de la política interior y exterior del presidente Vladimir Putin, con especial atención a la guerra contra Ucrania.

    Valerie Hopkins, Alina Lobzina, Oleg Matsnev y Siobhán O’Grady colaboraron con la reportería.

  • Los deportistas extremos saben que van a perder muchos amigos

    Los deportistas extremos saben que van a perder muchos amigos

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    Por lo general se les ve como personas que buscan emociones fuertes, pero quienes practican estas actividades dicen que lo que les atrae es el control y la sensación de que el tiempo se desacelera.

    Tres accidentes en un solo fin de semana.

    Un avión lleno de paracaidistas subió a 30 metros de altura sobre Butler, en Misuri, y se estrelló dentro del recinto del aeropuerto: 12 muertos.

    Cerca de Moab, en Utah, Andy Lewis, el primer campeón mundial de slackline –que alguna vez caminó sobre una cuerda en el espectáculo de Madonna durante el medio tiempo del Super Bowl–, murió tras un salto BASE en tándem que salió mal.

    Y en Brasil, una mujer de 21 años salió disparada de un puente mientras intentaba un salto con cuerda, con los mosquetones de su arnés vacíos. Parece que el equipo se olvidó de engancharlos. Cayó y murió.

    Dejando a un lado las circunstancias y las probabilidades, todas las víctimas se enfrentaron a lo mismo: unos cerebros diseñados para protegerlas del peligro, gritándoles lo obvio: “Estás a punto de saltar de un avión. Estás a punto de caer de un puente o del borde de un acantilado”.

    Aun así, cada uno de ellos lo hizo.

    Lo que nos deja con algunas preguntas: ¿por qué hacer esto? Y ¿por qué, después de un fin de semana como este, volver a subir?

    Jeff Shapiro puede hablar de ambas cosas. Ha conocido a decenas de personas que han perdido la vida en actividades de alto riesgo, desde la escalada en hielo y el alpinismo hasta saltar desde acantilados con un traje alado.

    “Si te metes en uno de esos deportes, vas a perder a gente”, dijo. “Pero si practicas a un nivel razonablemente alto cuatro o cinco de ellos, vas a perder a muchos”.

    Shapiro, un deportista de aventura profesional, tiene su base en la costa de Oregón, aunque “base” es un término un poco impreciso para alguien que pasa tanto tiempo viajando. Acaba de volver de 10 días guiando a clientes en un viaje para practicar parapente a lo largo de Brasil.

    Para muchos de nosotros, los deportes extremos pueden parecer un deseo de muerte: una forma en la que los adictos a la adrenalina satisfacen su ansia. Shapiro dice que es todo lo contrario.

    “Si lo que buscas es esa gran descarga de adrenalina con estas cosas”, dijo, “y esa es la razón por la que lo haces, lo estás haciendo mal”.

    Para muchos, lo que les atrae no es necesariamente la emoción, dijo. Es la magnitud: sentirte insignificante ante algo enorme.

    “No estaba en la naturaleza, yo era la naturaleza”, dijo Shapiro, haciéndose eco de una cita del pintor Jackson Pollock sobre su arte. “No estoy en el tráfico, yo soy el tráfico”.

    Cuando te acercas a las consecuencias reales, el ego pierde su control. Lo que surge detrás de él es humildad, gratitud, una presencia en el “aquí y ahora” tan completa que “la parte de tu cerebro que reconoce el tiempo ya ni siquiera funciona”, dijo.

    Para otros, la atracción por los deportes extremos viene de otro sitio. Blake Thacker, de 25 años, ingeniero de software en Garmin que había hecho recientemente unas prácticas en la NASA, entrenaba para convertirse en instructor certificado de paracaidismo cuando falleció en el accidente de Misuri el fin de semana.

    Para él, lo que le atraía era la precisión: la preparación rigurosa, la física de cada salto, dijo su padre, Richard Thacker.

    “No es que fuera un temerario”, dijo Thacker. “No tenía moto, ni montaba en patineta”. Su madre, Sherry Thacker, recordó cómo él la tranquilizaba: “Mamá, sé que es un deporte arriesgado, pero yo no soy de los que se arriesgan”.

    Kenneth Carter ha estudiado la diferencia entre cómo procesan el miedo los aficionados a los deportes extremos y el resto de la gente. Carter, profesor de psicología en la Universidad de Emory, descubrió que los deportistas extremos suelen funcionar con una química diferente: menos cortisol y más dopamina.

    Así que un momento de pánico para alguien como Carter, que se autodenomina “buscador de tranquilidad”, se convierte en un momento de claridad para gente como Shapiro. La experiencia, dijo el profesor, es la otra cara de la euforia: el ruido se desvanece, el tiempo se alarga y la mirada se amplía.

    Los saltadores describen cómo son capaces de distinguir cada grieta en las rocas y los cañones mientras pasan volando.

    El miedo nunca desaparece, y ellos no quieren que lo haga. Lo utilizan como información. Huir de él es lo que causa el daño: si dejas que se intensifique, se extiende una especie de rigidez provocada por el miedo, más allá de la zona de salto y hacia el resto de tu vida.

    Esto ayuda a explicar por qué, cuando uno de ellos muere, los demás vuelven a saltar. La mañana en que el avión se estrelló cerca de Kansas City, una paracaidista acababa de aterrizar. Vio cómo ese mismo avión se llevaba a sus amigos y luego se estrellaba. Esa noche, volvió a saltar.

    Shapiro entiende ese impulso. Él estuvo a punto de dejar de volar una vez, en 2005, después de que su ala delta se viera arrastrada por una nube de tormenta y apenas pudiera aterrizar. Se preguntó por qué volaba, recuerda, y la respuesta lo dejó claro.

    “Si voy a dejar de hacer esto por miedo y dudas”, dijo, “más vale que lo deje todo. Que me vaya a esconder en un rincón, consiga un trabajo en una oficina y nunca haga nada que implique riesgo”.

    Al día siguiente volvió a volar.

    Kurt Streeter escribe sobre las identidades en Estados Unidos: raciales, políticas, religiosas, de género y otras. Está afincado en la costa oeste.

    Nicholas Bogel-Burroughs reporta acontecimientos de todo Estados Unidos, como catástrofes naturales, protestas, misterios sin resolver, casos criminales de alto nivel y mucho más.

  • El líder supremo de Irán asegura que Trump suscribió el acuerdo entre ambos países por “desesperación”

    El líder supremo de Irán asegura que Trump suscribió el acuerdo entre ambos países por “desesperación”

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    El líder supremo iraní Mojtaba Jamenei.

    Reuters
    El líder supremo iraní Mojtaba Jamenei.

    El líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, afirmó este jueves que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, suscribió el memorando de entendimiento firmado entre ambos países “por desesperación”.

    Jamenei se pronunció por primera vez tras autorizar el memorando de entendimiento suscrito por Washington y Teherán para poner fin al conflicto y abrir un período de 60 días de negociaciones destinado a alcanzar un acuerdo definitivo.

    En un mensaje difundido por los medios estatales iraníes, Jamenei sostuvo que inicialmente se opuso al pacto, pero que finalmente autorizó su aprobación tras recibir garantías del presidente iraní, Masoud Pezeshkian, sobre la protección de los intereses del país y sus aliados regionales.

    Las declaraciones del hijo del ayatolá Ali Jamenei —a quien EE.UU. e Israel mataron en un ataque el 28 de febrero— llegan horas después de que Estados Unidos confirmara el levantamiento del bloqueo naval que había impuesto sobre el tráfico marítimo hacia y desde los puertos iraníes en el estrecho de Ormuz.

    El Mando Central estadounidense (Centcom) informó de quecesaron todos los esfuerzos para hacer cumplir el bloqueo y que las fuerzas estadounidenses ya no están obstaculizando el tránsito de embarcaciones iraníes en el Golfo.

    La reapertura progresiva del estrecho de Ormuz, una de las principales rutas energéticas del mundo, es uno de los puntos centrales del entendimiento alcanzado entre ambos países.

    Jamenei respalda el acuerdo, con reservas

    “Yo, por principio, tenía una opinión diferente; sin embargo, debido al compromiso que el estimado presidente asumió ante mí (…) respecto a la salvaguarda de los derechos de la nación iraní y del Frente de la Resistencia, di mi permiso”, afirmó Mojtaba Jamenei.

    Añadió que los funcionarios iraníes realizaron “amplios esfuerzos” para alcanzar esta fase de las negociaciones y que “fue el presidente estadounidense quien, por desesperación, utilizó todo tipo de influencia para lograrlo”.

    Aunque autorizó el memorando, el nuevo líder supremo iraní remarcó que mantiene reservas sobre el proceso.

    Según dijo, las futuras negociaciones presenciales entre Teherán y Washington “no significarán aceptar la postura del enemigo”.

    También insistió en la necesidad de proteger “los derechos de la nación iraní y del Frente de la Resistencia”, en referencia a los grupos aliados de Irán en la región.

    La corresponsal del Servicio Persa de la BBC, Ghoncheh Habibiazad, señaló que el mensaje parece indicar entre líneas que Teherán está dispuesto a continuar las conversaciones con Estados Unidos, pero sin presentar el acuerdo como una concesión.

    El presidente Pezeshkian defendió el documento en varios mensajes publicados este jueves.

    Describió el texto como “un mensaje de un Irán fuerte” que refleja “la voz de una nación que no cambió su dignidad e independencia por amenazas o presiones”.

    Vance defiende el texto

    El vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, defendió el memorando alcanzado por la administración Trump frente a una serie de críticas.

    En una rueda de prensa en la Casa Blanca, Vance confirmó que el acuerdo ya ha entrado en vigor y ha comenzado oficialmente el período de 60 días destinado a negociar un tratado definitivo.

    El vicepresidente de EE.UU., JD Vance, habla desde un atril durante una rueda de prensa en la Casa Blanca. Viste traje oscuro, camisa blanca y corbata roja.

    Getty Images
    JD Vance alegó que el acuerdo con Irán es diferente al alcanzado en la época de Obama.

    El vicepresidente de Estados Unidos tenía previsto viajar el viernes a Suiza para asistir a una ceremonia formal de la firma y mantener conversaciones sobre la siguiente fase del acuerdo, pero sugirió que dicho plan aún no se ha concretado.

    “Nuestro plan es ir a Suiza. No sé exactamente cuándo”, declaró.

    Durante su intervención, Vance insistió en que Irán “no obtendrá dinero ni alivio de sanciones a menos que cumpla con las obligaciones establecidas en el memorando”.

    Presentó el memorando de entendimiento como un mecanismo basado en resultados y sostuvo que el régimen iraní deberá demostrar que abandona sus ambiciones nucleares y deja de financiar a grupos aliados en la región antes de acceder a ventajas económicas.

    También defendió el pacto frente a comparaciones con el acuerdo nuclear impulsado durante la presidencia de Barack Obama.

    Vance alegó que el nuevo memorando de entendimiento es diferente porque prevé la destrucción de las reservas de material enriquecido de Irán y no implica transferencias directas de dinero estadounidense.

    En relación con el estrecho de Ormuz, afirmó que las vías marítimas internacionales deben permanecer libres y que no deberían convertirse de nuevo en un “punto de estrangulamiento” para la economía mundial.

    El vicepresidente también señaló que Estados Unidos mantiene una posición de fuerza en las conversaciones y advirtió que las sanciones y otras medidas de presión podrían restablecerse si Irán incumple sus compromisos.

    Tras la firma del acuerdo, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, subrayó la importancia de mantener los estrechos vínculos de Israel con Estados Unidos, después de que miembros de su gabinete criticaran el acuerdo.

    En respuesta, Vance señaló que los críticos del pacto deberían “despertar y ver la realidad”.

    “Si yo formara parte del gabinete del gobierno israelí, tal vez no atacaría al único aliado poderoso que me queda en todo el mundo”, advirtió.

    Tensiones en torno a Líbano

    Humo en Líbano

    Getty Images
    Israel no parece estar dispuesto a cesar por completo sus operaciones en Líbano.

    El memorando de entendimiento entre EE.UU. e Irán hace referencia al fin de las operaciones militares en Líbano.

    Su primer punto establece la “finalización inmediata y permanente” de las acciones militares en todos los frentes, incluido el territorio libanés.

    Sin embargo, Israel sostiene que su conflicto con Hezbolá es independiente de la guerra con Irán y ha indicado que no tiene intención de retirar sus tropas del sur de Líbano.

    Medios estatales libaneses informaron este jueves de ataques israelíes en varias localidades del sur del país que habrían causado tres muertos.

    Vance afirmó que Israel, como el resto de actores implicados, debe “defender este proceso de paz” y expresó el malestar de Washington por los incidentes ocurridos en Líbano en los últimos días.

    Por su parte, Trump afirmó que espera que el alto el fuego se aplique “en todos los frentes”, incluido el enfrentamiento entre Israel y Hezbolá.

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    BBC

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  • Un joven de 18 años muere al caer de un carruaje en Central Park

    Un joven de 18 años muere al caer de un carruaje en Central Park

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    El primer viaje de la familia Mahajan a Nueva York desde su hogar en India había sido una experiencia vertiginosa. Habían visitado la Estatua de la Libertad y el Memorial del 11-S, y cruzaron el puente de Brooklyn a pie. Ahora, en una tarde de miércoles casi veraniega en Central Park, la familia se relajaba dando un tranquilo paseo en un carruaje tirado por caballos a la antigua usanza.

    Cerca de la fuente de Cherry Hill, en el parque, el cochero se detuvo para tomar una foto familiar a Romanch Mahajan, de 18 años, a sus padres y a su hermano pequeño. El conductor se alejó del carruaje rojo y blanco para encuadrar la foto, dijo Deepak Mahajan, el padre de Romanch.

    En un instante, el caballo se desbocó. Se subió a la acera y se metió en el césped, acelerando sin control, con el conductor corriendo detrás.

    “Gritábamos: ‘¡Ayuda, ayuda!’”, dijo Mahajan. La familia se aferró desesperadamente unos a otros, pero cuando la mujer de Mahajan, Priya, se cayó del carruaje, Romanch saltó para intentar ayudarla, contó él.

    “Mi hijo, solo para salvar a su madre, se cayó”, dijo Mahajan, de 44 años. “Gritaba: ‘¡Mamá!’”.

    Romanch se golpeó la cabeza contra el suelo y se quedó inmóvil.

    Falleció el miércoles por la noche en el NewYork-Presbyterian Weill Cornell Medical Center. El resto de la familia salió ileso, aunque su carruaje chocó contra otro y se volcó, haciéndose añicos.

    El accidente, que ocurrió sobre las 2:45 p. m., fue el último de una larguísima serie de percances relacionados con los caballos de los carruajes.

    El sindicato que representa a los cocheros, los conductores de este tipo de transporte, dijo que esto nunca debería haber pasado.

    “Parece que el cochero estaba al menos a un brazo de distancia de su caballo”, dijo Alexander Kemp, vicepresidente del sindicato Transport Workers Union Local 100, en un comunicado. “Esto es inaceptable. Un cochero no debe bajarse del carruaje para hacer fotos, nunca. Apoyamos que se lleve a cabo una investigación exhaustiva”.

    Dijo que el caballo, un ejemplar de 7 años llamado Sampson que parecía no haber sufrido lesiones, llevaba solo seis semanas trabajando en el parque y que se le retirará del servicio. El propietario del carruaje ha suspendido al cochero de forma indefinida, añadió Kemp. Un agente de las fuerzas del orden, que pidió permanecer en el anonimato para hablar de una investigación en curso, identificó al cochero como Ertan Gokdepe, de Queens.

    El accidente provocó de inmediato nuevos llamamientos por parte de defensores de los animales, funcionarios y la asociación Central Park Conservancy –que gestiona el parque– para prohibir los carruajes en el parque. Hay más de 100 caballos de carruaje en Manhattan.

    “No podemos permitir que esto se trate como un incidente aislado más”, dijo en un comunicado el concejal Christopher Marte, que ha presentado un proyecto de ley para prohibir los carruajes a finales del año que viene. “El Ayuntamiento debe actuar con la urgencia que exige esta tragedia”.

    La presidenta del Ayuntamiento, Julie Menin, anunció el miércoles por la noche que el Ayuntamiento debatirá el proyecto de ley de Marte el mes que viene.

    La asociación de conservación del parque dijo que se habían producido ocho “incidentes relacionados con caballos” en el parque o en sus alrededores desde mayo de 2025, incluido uno el mes pasado en el que un caballo chocó contra otro carruaje y provocó que este volcara, y otro en enero en el que un caballo se adentró en el carril contrario y chocó contra varios coches. La semana pasada, un caballo de carruaje llamado Deniz murió tras comer tejo japonés, una planta tóxica para los caballos, en el parque.

    Tanto la asociación como NYCLASS, que lleva años luchando para acabar con el uso comercial de caballos de carruaje, dijeron que esta muerte era la primera víctima mortal en un accidente de carruaje tirado por caballos de la que tenían constancia.

    “La semana pasada estábamos en las escaleras del Ayuntamiento diciendo que alguien iba a morir”, dijo Edita Birnkrant, directora ejecutiva de NYCLASS. “Ahora ha pasado”.

    NYCLASS pidió al alcalde Zohran Mamdani, quien apoya la retirada de los caballos de los carruajes del parque, que emita una orden ejecutiva para prohibirlos de inmediato.

    Mamdani calificó la muerte de “incidente horrible” en un comunicado el miércoles por la noche. “Estoy deseando trabajar con el Ayuntamiento, los sindicatos, los cocheros, los defensores del bienestar animal y los líderes de la comunidad para lograr una transición justa que proteja a los trabajadores y, al mismo tiempo, acabe de una vez por todas con los carruajes tirados por caballos en Central Park”, dijo el alcalde.

    La asociación de conservación del parque, que durante mucho tiempo evitó posicionarse sobre los caballos de carruaje pero que el año pasado empezó a pedir su prohibición, dijo que estaba consternada al enterarse de la muerte de Mahajan.

    “Un joven vino a disfrutar de nuestro parque y perdió la vida”, dijo la asociación en un comunicado. “Ese no es un costo aceptable para una industria anticuada que opera en medio de uno de los espacios públicos más concurridos de Estados Unidos”.

    Los videos publicados en X muestran cómo el carruaje toma una curva a toda velocidad y, segundos después, choca contra otro carruaje y vuelca.

    A primera hora de la tarde del miércoles, el carruaje seguía volcado en West Drive, con las ruedas delanteras arrancadas de la carrocería.

    Mahajan dijo que la familia había reservado un viaje especial para celebrar la graduación de Romanch de la secundaria. El lunes, el día que llegaron a Nueva York, se enteró de que lo habían admitido en la Universidad Manipal de Jaipur, que su padre describió como una de las mejores universidades de India.

    “Este incidente hay que tomárselo muy en serio”, dijo Mahajan. “Le arrebató el sueño de mi hijo”.

    Ed Shanahan colaboró con reportería.

    Andy Newman lleva más de 30 años reportando desde la región de Nueva York para el Times.

    Chelsia Rose Marcius es reportera de justicia penal para el Times y cubre el Departamento de Policía de Nueva York.

    Ed Shanahan colaboró con reportería.

  • Trump exigió la rendición ‘incondicional’ de Irán. Se llevó una sorpresa

    Trump exigió la rendición ‘incondicional’ de Irán. Se llevó una sorpresa

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    Aunque los iraníes sufrieron pérdidas importantes en la guerra, salieron de ese enfrentamiento contra el ejército más poderoso del mundo y demostraron que pueden usar el caos económico como arma.

    Hace menos de 15 semanas, el presidente Donald Trump, en pleno apogeo de su bravuconada sobre cómo acabaría la guerra con Irán, declaró: “No habrá acuerdo con Irán salvo la RENDICIÓN INCONDICIONAL”.

    Cuando el miércoles se hizo público por fin el texto del acuerdo destinado a poner fin al conflicto –leído en voz alta, párrafo a párrafo, por un alto cargo del Gobierno que se detenía para defender cada sección–, no se parecía en nada a un documento de rendición. Al contrario, los iraníes salieron de un enfrentamiento con el ejército más poderoso del mundo no solo habiendo sobrevivido, sino con mucho que celebrar.

    Todo empieza con que Teherán vuelve a poder ganar millardos de dólares con la venta de petróleo, lo que alivia la presión sobre el régimen en apuros, incluso mientras los negociadores se preparan para empezar a regatear sobre un documento mucho más extenso y crucial: aquel que, según insistió Trump en una entrevista el domingo, frenará el programa nuclear de Irán durante los próximos 15 o 20 años.

    Para un presidente que valora el poder de negociación por encima de todo, esa decisión no es más que otro misterio de la guerra. Pero la redacción del “Memorando de Entendimiento” también da a entender que, con el tiempo, Irán podría negociar alguna forma permanente de ejercer soberanía sobre el estrecho de Ormuz. Eso parece contradecir las declaraciones del secretario de Estado, Marco Rubio, de hace apenas unas semanas, en las que decía que cualquier cosa que no fuera el tipo de libre paso por el estrecho que el mundo conocía antes de la guerra era “inaceptable” y “no puede suceder”.

    Y el memorando, firmado el miércoles por la tarde por el presidente de Irán y Trump, describe una vía por la que Irán podría empezar a recibir millardos de dólares en activos que llevan años congelados. Trump insiste en que el dinero solo se liberará a cambio de “buen comportamiento”. Pero es, en esencia, la misma concesión que hizo Barack Obama hace 11 años y que Trump no ha dejado de criticar desde entonces.

    Como Trump les recuerda a los periodistas –a menudo con enfado–, Estados Unidos sí que logró muchos éxitos en el campo de batalla: hundió la poco impresionante armada iraní, aniquiló su pequeña fuerza aérea, destruyó gran parte de la base industrial de defensa de Irán y demolió algunas de sus posiciones de misiles y lanzadores móviles. Pero ese no era el objetivo de Trump. Como dijo al inicio de la campaña, buscaba la destrucción total de los programas nucleares y de misiles, la caída del régimen y, como insinuó más tarde, el control estadounidense de la industria petrolera del país.

    En los próximos días, se analizarán minuciosamente los detalles de este acuerdo. Los partidarios de la línea dura del partido de Trump ya han expresado sus objeciones. Lo mismo han hecho los israelíes, que se han visto excluidos de las negociaciones y temen que Trump los obligue a un alto al fuego con Hizbulá que merme su capacidad para desmantelar al grupo terrorista. Los historiadores debatirán durante años sobre las lecciones de un conflicto en el que Estados Unidos gastó decenas de millardos de dólares y en el que, según los informes, murieron 13 estadounidenses y más de 3000 iraníes.

    Pero fue el propio Trump quien dio la respuesta más lúcida sobre por qué necesitaba acabar con esta guerra tan rápido. No quería que lo compararan con Herbert Hoover, les dijo a los periodistas el miércoles en el Hotel Royal de Évian-les-Bains, a orillas del lago Lemán.

    “Siempre ha sido en quien no quería convertirme”, dijo Trump refiriéndose al 31.º presidente, que presidió el colapso bursátil que marcó el inicio de la Gran Depresión. “No quería ver una catástrofe económica”. Más tarde señaló que, de haber continuado la guerra, el mundo habría empezado a quedarse sin reservas de petróleo.

    Esa combinación –caos económico y mercados petroleros desestabilizados– es precisamente lo que los iraníes consideraron, desde los primeros días de la guerra, su arma más potente. Llevaron a cabo esa estrategia con precisión, cerrando el estrecho y haciendo estallar instalaciones petroquímicas, plantas desalinizadoras, hoteles y bases aéreas por todo el Golfo. Y, según el propio testimonio del presidente, funcionó.

    Si esa fue la fase 1 de la estrategia de Irán, la historia sugiere que la fase 2 podría consistir en retrasos y más retrasos. En negociaciones anteriores, los iraníes perfeccionaron el arte de discutir cada párrafo, y plantearon nuevos obstáculos a las inspecciones o reinterpretaron el significado de “investigación nuclear” para incluir el enriquecimiento continuo de uranio. Pocos eran más hábiles en este proceso, según dicen antiguos negociadores estadounidenses, que Abbas Araghchi, el ministro de Asuntos Exteriores iraní y veterano de las negociaciones anteriores.

    Y Trump, ansioso por seguir adelante, parece estar allanando el camino para un proceso largo y lento. El martes dijo que no le preocupaba especialmente sacar del país el combustible nuclear iraní, ahora enterrado bajo los escombros de los ataques aéreos estadounidenses del año pasado. El miércoles reconoció que las negociaciones probablemente se prolongarían más allá de los 60 días.

    Es demasiado pronto para saber si Trump podrá, al final, atribuirse más logros. Si, en la siguiente fase de las negociaciones, consigue que los iraníes saquen del país sus reservas de combustible nuclear (como hizo el presidente Obama en 2015) y cesen toda actividad de enriquecimiento durante casi dos décadas (algo que Obama no logró), entonces quizá pueda atribuirse alguna victoria a largo plazo.

    Si resulta que la guerra ha desestabilizado a los dirigentes iraníes y ha desencadenado protestas y un levantamiento, tal y como pidió Trump al principio del conflicto, bien podría atribuirse el mérito.

    Pero, por ahora, parece que está ocurriendo justo lo contrario. En todo caso, Trump ha reforzado al nuevo liderazgo, aparentemente dirigido por el nuevo líder supremo, el herido y ausente Mojtaba Jameneí, hijo del ayatolá Alí Jameneí, quien murió en el primer ataque de la guerra.

    El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, que lleva años supervisando el programa nuclear, parece tener el control firme, aunque un alto cargo del gobierno de Trump sostuvo ante la prensa hace unos días que, al lograr la paz, Trump está obligando ahora a esta unidad militar de élite a enfrentarse a las dificultades de gobernar.

    Los altos cargos del gobierno de Obama, tras haber aguantado años de críticas de Trump sobre las deficiencias y las lagunas del acuerdo alcanzado en 2015, vieron su oportunidad de tomar cierta represalia.

    “Solo el alto al fuego garantiza la probable reapertura del estrecho de Ormuz, que ya estaba abierto antes de que empezara la guerra”, escribió el miércoles en internet el exsecretario de Estado Antony Blinken. “Y, al parecer, pagaremos a Irán para que lo haga, en forma de exenciones para la exportación de crudo iraní. Irán ha demostrado ahora su capacidad para detener o ralentizar el paso del petróleo, el gas natural, los fertilizantes y otros productos esenciales de los que depende gran parte del mundo”.

    Blinken, uno de los artífices del acuerdo de 2015, concluyó: “De cara al futuro, es casi seguro que encontrará formas de cobrar ‘tasas’ por el paso seguro, lo que ayudará a afianzar el régimen”.

    Aunque algunos republicanos se mostraron cautelosamente optimistas ante la posibilidad de que la estrategia de “paz a través de la negociación” de Trump aún pudiera funcionar, un buen número de partidarios de la línea dura con Irán y de los seguidores de “Estados Unidos primero” no consiguió repetir de buena gana los argumentos a favor del acuerdo que les enviaban por correo electrónico los miembros del gobierno de Trump. Entre los más francos estaban aquellos a quienes les protegía una jubilación inminente.

    “Reagan se está revolviendo en su tumba”, escribió en redes sociales el senador Bill Cassidy, un republicano por Luisiana que perdió las primarias el mes pasado después de que Trump se propusiera derrotarlo. Dijo que las ambiciones nucleares de Irán “no se habían frenado” y que la guerra había enseñado a los iraníes que tenían más influencia sobre el estrecho de Ormuz y la economía mundial de lo que creían. Cassidy calificó la guerra de “el peor error de política exterior en décadas”.

    Pero quizá el mayor riesgo sea este: cuando los líderes iraníes empiecen a despejar los escombros que han dejado 40 días de bombardeos y piensen en cómo gastar los millardos de ingresos petroleros que pronto volverán a fluir, es muy posible que se pregunten si su estrategia nuclear fue la correcta.

    Durante más de dos décadas, Irán se acercó al límite de fabricar una bomba nuclear, pero nunca cruzó la línea, pensando que una capacidad “umbral” era todo lo que necesitaba para disuadir a Estados Unidos e Israel de atacar. Eso le permitió permanecer en el tratado de no proliferación e insistir en que solo tenía intenciones pacíficas, con la seguridad de saber que en cuestión de meses podría fabricar un arma. El resultado fue que lo bombardearon en junio de 2025 y lo atacaron de nuevo en febrero de 2026.

    Corea del Norte, por el contrario, se lanzó a fabricar la bomba, llevando a cabo con éxito su primera prueba nuclear en 2006, y ahora cuenta con un arsenal de 60 o más armas, según las agencias de inteligencia estadounidenses. A ningún estratega nuclear se le ha escapado que, últimamente, Trump no está lanzando amenazas a Corea del Norte.

    El domingo, cuando Trump llamó al Times, este reportero le preguntó si Irán podría seguir ahora el modelo norcoreano. “Tiene armas nucleares de verdad”, dijo Trump, refiriéndose a Kim Jong-un, a quien amenazó con la aniquilación durante su primer mandato y con quien luego se reunió tres veces en un intento infructuoso de convencerlo de que se desarmara. “Pero eso no debería haberse permitido”, dijo, y preguntó si Corea del Norte consiguió la bomba durante el mandato del presidente Bill Clinton o del presidente Obama. (Realizó su primera prueba durante el mandato del presidente George W. Bush).

    Pero Trump eludió la pregunta de si su decisión de atacar a Irán podría, en última instancia, llevar al país a seguir el modelo de Corea del Norte. E insistió en que su acuerdo detendría a Irán, diciendo que el primer ministro Benjamín Netanyahu debería darle las gracias por evitar la aniquilación nuclear de Israel.

    “Lo que haga falta”, dijo. “Cuarenta y siete años”, añadió, refiriéndose a la revolución iraní de 1979, “nadie fue capaz de hacerlo. Y nosotros lo hicimos. Lo hicimos como hay que hacerlo”.

    Puede que la historia le dé la razón, pero es demasiado pronto para afirmarlo. Quizá incluso él mismo lo sepa, a juzgar por lo que dijo el miércoles por la mañana. Si el acuerdo no se mantenía, tenía un plan, insistió. Volvería “a los bombardeos”.

    David E. Sanger cubre el gobierno de Donald Trump y una amplia gama de temas relacionados con la seguridad nacional. Ha sido periodista del Times durante más de cuatro décadas y ha escrito cuatro libros sobre política exterior y retos de seguridad nacional.

  • Un fisioterapeuta de Irán relata el ‘estresante’ debut del equipo en el Mundial

    Un fisioterapeuta de Irán relata el ‘estresante’ debut del equipo en el Mundial

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    Los estrictos límites de tiempo impuestos por el gobierno de Estados Unidos a la selección iraní la obligan a abandonar el campo inmediatamente después de cada partido.

    Paulo Alexandre Araujo, fisioterapeuta, ha trabajado con los mejores futbolistas del mundo. Pero dijo que nada lo había preparado para las condiciones a las que se enfrentó al atender a la selección de Irán en la Copa Mundial.

    El gobierno de Estados Unidos impuso a Irán límites de tiempo muy estrictos, lo que obliga al equipo a abandonar inmediatamente el estadio –y el territorio estadounidense– después de disputar allí sus partidos del Mundial, según dijo Araujo, miembro de la delegación iraní. Tras el primer partido del equipo contra Nueva Zelanda, Araujo vendó a los jugadores durante el vuelo de vuelta a su concentración en México, un tratamiento que, según dijo, normalmente se haría en el vestuario. Ningún otro equipo del Mundial enfrenta las mismas restricciones.

    Según los plazos impuestos por el gobierno de Estados Unidos, a la delegación iraní se le permite entrar en el país un día antes de cada partido y, después, dispone del tiempo justo para llegar al aeropuerto y partir.

    El capitán de Irán, Mahdi Taremi, y su entrenador, Amir Ghalenoei, expresaron su frustración por el trato recibido tanto antes como después de su partido contra Nueva Zelanda, el cual tuvo mucha más importancia que un partido típico entre dos equipos que rara vez tienen repercusión deportiva en el torneo. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha sometido su participación en el Mundial a un escrutinio severo durante meses. Además, Los Ángeles alberga una gran comunidad de la diáspora iraní y es un semillero de la oposición al gobierno de Teherán.

    “Hubo tantas cosas injustas, ya sabes”, dijo Araujo en una entrevista en Tijuana, México, donde la selección iraní se aloja entre partido y partido. Las dificultades, según contó, empezaron en cuanto el equipo aterrizó en Estados Unidos el domingo. Varios miembros de la delegación iraní, incluido Araujo, tuvieron que responder a preguntas minuciosas de los agentes fronterizos estadounidenses. El proceso, según explicó, duró horas, antes de que se les exigiera otro control exhaustivo fuera del aeropuerto para subir al autobús del equipo.

    El tiempo que tardaron los trámites del equipo los obligó a cambiar de planes. En lugar de descansar en su hotel, los jugadores iraníes se dirigieron directamente al SoFi Stadium, en la ciudad de Inglewood –sede de su primer partido–, para cumplir con sus obligaciones con los medios y asistir a una sesión de familiarización con el estadio que ya estaba programada.

    En una rueda de prensa el domingo, Taremi se disculpó por llegar tarde y describió la llegada del equipo a Estados Unidos como tensa. Esto se sumó a otros episodios difíciles que se remontan a meses atrás, como una larga espera para obtener las visas y un cambio de última hora en la ubicación de su concentración, que pasó de Tucson, Arizona, a Tijuana.

    El impacto en los jugadores ha sido tan grande que es difícil calcularlo del todo, dijo Araujo. La selección iraní ha tenido que arreglárselas sin sus responsables de comunicación, analistas y otros miembros del personal necesarios para realizar tareas cruciales, como gestionar los cambios durante los partidos.

    “Cuando los jugadores tienen que esperar en el aeropuerto, unas dos o tres horas, y al llegar se ven rodeados de tipos con ametralladoras y todo esto, no están acostumbrados a eso”, dijo Araujo.

    Tras el partido, Ghalenoei describió a su equipo ante los periodistas como “el más oprimido” del torneo. Taremi añadió: “Todo es como un desastre para nosotros”.

    Irán ha escrito a la FIFA, dijo un responsable del equipo, para que flexibilice las normas sobre su estancia en Estados Unidos, incluida una petición de más tiempo para prepararse antes del partido. Su próximo partido arranca el domingo a mediodía contra Bélgica, una hora de inicio que, según temen los entrenadores, les deja aún menos tiempo para aclimatarse.

    “Los 55 miembros de la selección nacional de fútbol de Irán, incluidos jugadores y personal técnico, que llegaron al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles el domingo 14 de junio, fueron inspeccionados y tramitados para su entrada en el país por agentes de la CBP sin incidentes”, dijo un vocero de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos en un comunicado enviado por correo electrónico. El comunicado añadía que las autoridades habían logrado un equilibrio entre “medidas de seguridad rigurosas y una tramitación eficiente” en todas las ciudades anfitrionas y puntos de entrada.

    La FIFA no respondió a una solicitud de comentarios.

    Mientras el autobús del equipo esperaba con el motor en marcha de camino al aeropuerto el lunes, Araujo hizo todo lo posible para atender rápidamente a los jugadores. Dijo que normalmente le pide a cada uno que pase unos 12 minutos en un baño de hielo para recuperarse del esfuerzo del partido, pero como el tiempo apremiaba, cada jugador se metió en el agua fría durante aproximadamente un minuto. “Es como meterlos en el agua, que salgan, se den una ducha y apresurarnos porque nos habían dicho que teníamos que irnos ya mismo”, dijo.

    Tras el primer partido de Irán, su equipo médico no pudo realizar un seguimiento completo de las lesiones que los jugadores pudieran haber sufrido durante el partido, dijo Araujo.

    Subir al avión presentó sus propios desafíos. Se instaló un control a unos metros de su avión, donde, de dos en dos, los jugadores y la delegación de Irán se sometieron a un segundo control de seguridad tras haber superado ya los controles de seguridad y de pasaportes dentro del aeropuerto. “Tardamos más de tres horas en subir al avión”, dijo Araujo.

    El equipo finalmente llegó a su base en Tijuana pasadas las 2 a. m.

    Cuando el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, entró en el vestuario de Irán para darles ánimos tras el partido, Taremi dijo que el equipo necesitaba más apoyo. Araujo comentó que es poco probable que esas peticiones mejoren su situación de cara a los partidos que quedan

    “A nadie le importa”, dijo. “Esta no es forma de tratar a los deportistas cuando se habla de competición justa”.

    Tariq Panja es corresponsal mundial de deportes y se centra en historias en las que el dinero, la geopolítica y el crimen se cruzan con el mundo del deporte.

  • Muere Daveigh Chase, actriz infantil de ‘Lilo y Stitch’ y ‘El aro’, a los 35 años

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    Dio vida a la valiente Lilo en la popular saga de películas animadas y puso los pelos de punta al público interpretando a la pequeña villana Samara en la película de terror ‘El aro’.

    Daveigh Chase, una actriz conocida por poner voz al personaje de Lilo en la exitosa película de animación Lilo y Stitch y por su espeluznante interpretación de la villana infantil Samara en la película de terror El aro murió el martes en Los Ángeles. Tenía 35 años.

    Su padre, John David Schwallier, confirmó su fallecimiento en un hospital y dijo que la causa fueron complicaciones derivadas de una meningitis bacteriana y una infección en la sangre. Schwallier dijo que su hija se encontraba sin hogar y vivía en Los Ángeles con su novio, cerca del hospital donde murió.

    Lilo y Stitch, estrenada en 2002 cuando Chase tenía casi 12 años, contaba la historia de una niña huérfana hawaiana, Lilo, que se lleva a casa a un travieso extraterrestre azul, Stitch, de la perrera. A partir de ahí, se suceden un montón de locuras.

    La película de Disney fue todo un éxito y recaudó más de 274 millones de dólares en todo el mundo, según Box Office Mojo (unos 500 millones de dólares de hoy considerando la inflación). Y Chase, que había dado vida a la valiente Lilo, ganó un Premio de la Academia de Jóvenes Artistas a la mejor interpretación en un papel de doblaje en una de las categorías de menores.

    Sin embargo, su papel revelación fue en el thriller de acción El aro, que se estrenó en Estados Unidos unos cuatro meses después, junto a Naomi Watts. Chase interpretó a Samara, una misteriosa niña de pelo largo que aterrorizaba a los espectadores desprevenidos que miraban una determinada cinta VHS.

    La película, un remake de la japonesa Ringu, recibió críticas contradictorias, pero la imagen de Samara arrastrándose por una pantalla de televisión borrosa quedó grabada a fuego en la memoria colectiva, y Chase ganó el premio a la mejor villana en los MTV Movie Awards de 2003.

    Ese año volvió a interpretar a Lilo en la secuela ¡Stitch! La película y en la serie de televisión Lilo y Stitch, que se emitió de 2003 a 2006.

    A continuación, dio el salto a su papel más importante en televisión hasta entonces. En Big Love, de HBO –que narraba las vicisitudes de una familia mormona polígama–, interpretó a Rhonda Volmer, una astuta joven de 14 años a la espera de casarse. Participó en 32 episodios entre 2006 y 2011.

    Daveigh Elizabeth Schwallier nació el 24 de julio de 1990 en Las Vegas. Su padre era cocinero y ayudaba a armar casas rodantes. Su madre, Cathy Annette (Chase) Schwallier, estudió enfermería, pero no tenía un trabajo fijo.

    La familia se mudó a Albany, Oregón, donde Chase crecería, unas semanas después de su nacimiento. Chase recibió educación en casa y, a los 6 años, ganó el concurso de belleza infantil “Little Oregon”.

    Poco después protagonizó un anuncio de sopa Campbell’s y luego consiguió el papel de voz en off en Lilo y Stitch. Más tarde interpretó a Samantha Darko, la hermana menor de Donnie (Jake Gyllenhaal), en Donnie Darko (2001) y en una secuela poco conocida, S. Darko (2009). También prestó su voz a Chihiro Ogino en el clásico de animación de Hayao Miyazaki de 2001, El viaje de Chihiro.

    A partir de 2016, dejó de actuar casi por completo, y pronto le surgieron problemas con la justicia. En 2017, fue acusada de conducir un BMW robado, según TMZ; en 2018, fue acusada de posesión de una sustancia controlada, según The New York Post.

    John David Schwallier, de 61 años, dijo en una entrevista el miércoles que Chase había tenido problemas con las drogas desde los 13 años. Contó que no había hablado con ella desde que tenía 19 años y que, por esas mismas fechas, tuvo una terrible pelea con su madre. Los padres se divorciaron hace 32 años.

    El padre había estado en contacto con el novio de Chase, Roy Hernandez, y llegó al Los Angeles General Medical Center, donde la estaban atendiendo, justo antes de que ella falleciera.

    “Él y ella estaban en la más absoluta indigencia”, dijo, al describir las condiciones de vida de la pareja.

    En una de las al menos tres páginas de GoFundMe creadas para apoyar a Chase en los últimos días, Hernandez describió cómo empeoraba su estado: “Los médicos dicen que puede que no sobreviva, y cuando salga del hospital, no tenemos adónde ir. Mi esperanza es recaudar suficiente dinero para encontrar un lugar donde podamos estar juntos y que ella esté cómoda durante sus últimos días”.

    En el estreno de Lilo y Stitch en 2002, el Honolulu Star-Bulletin le preguntó a Chase, que entonces tenía 11 años , si creía que podría soportar toda la publicidad que sin duda le llovería tras el estreno de la película.

    “Bueno, solo es mi voz”, respondió con modestia. “Pero algunas personas que trabajaban para Disney ya me han reconocido. No creo que la gente sepa realmente quién soy. ¡Supongo que tendré que manejarlo!”.