Los deportistas extremos saben que van a perder muchos amigos

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Por lo general se les ve como personas que buscan emociones fuertes, pero quienes practican estas actividades dicen que lo que les atrae es el control y la sensación de que el tiempo se desacelera.

Tres accidentes en un solo fin de semana.

Un avión lleno de paracaidistas subió a 30 metros de altura sobre Butler, en Misuri, y se estrelló dentro del recinto del aeropuerto: 12 muertos.

Cerca de Moab, en Utah, Andy Lewis, el primer campeón mundial de slackline –que alguna vez caminó sobre una cuerda en el espectáculo de Madonna durante el medio tiempo del Super Bowl–, murió tras un salto BASE en tándem que salió mal.

Y en Brasil, una mujer de 21 años salió disparada de un puente mientras intentaba un salto con cuerda, con los mosquetones de su arnés vacíos. Parece que el equipo se olvidó de engancharlos. Cayó y murió.

Dejando a un lado las circunstancias y las probabilidades, todas las víctimas se enfrentaron a lo mismo: unos cerebros diseñados para protegerlas del peligro, gritándoles lo obvio: “Estás a punto de saltar de un avión. Estás a punto de caer de un puente o del borde de un acantilado”.

Aun así, cada uno de ellos lo hizo.

Lo que nos deja con algunas preguntas: ¿por qué hacer esto? Y ¿por qué, después de un fin de semana como este, volver a subir?

Jeff Shapiro puede hablar de ambas cosas. Ha conocido a decenas de personas que han perdido la vida en actividades de alto riesgo, desde la escalada en hielo y el alpinismo hasta saltar desde acantilados con un traje alado.

“Si te metes en uno de esos deportes, vas a perder a gente”, dijo. “Pero si practicas a un nivel razonablemente alto cuatro o cinco de ellos, vas a perder a muchos”.

Shapiro, un deportista de aventura profesional, tiene su base en la costa de Oregón, aunque “base” es un término un poco impreciso para alguien que pasa tanto tiempo viajando. Acaba de volver de 10 días guiando a clientes en un viaje para practicar parapente a lo largo de Brasil.

Para muchos de nosotros, los deportes extremos pueden parecer un deseo de muerte: una forma en la que los adictos a la adrenalina satisfacen su ansia. Shapiro dice que es todo lo contrario.

“Si lo que buscas es esa gran descarga de adrenalina con estas cosas”, dijo, “y esa es la razón por la que lo haces, lo estás haciendo mal”.

Para muchos, lo que les atrae no es necesariamente la emoción, dijo. Es la magnitud: sentirte insignificante ante algo enorme.

“No estaba en la naturaleza, yo era la naturaleza”, dijo Shapiro, haciéndose eco de una cita del pintor Jackson Pollock sobre su arte. “No estoy en el tráfico, yo soy el tráfico”.

Cuando te acercas a las consecuencias reales, el ego pierde su control. Lo que surge detrás de él es humildad, gratitud, una presencia en el “aquí y ahora” tan completa que “la parte de tu cerebro que reconoce el tiempo ya ni siquiera funciona”, dijo.

Para otros, la atracción por los deportes extremos viene de otro sitio. Blake Thacker, de 25 años, ingeniero de software en Garmin que había hecho recientemente unas prácticas en la NASA, entrenaba para convertirse en instructor certificado de paracaidismo cuando falleció en el accidente de Misuri el fin de semana.

Para él, lo que le atraía era la precisión: la preparación rigurosa, la física de cada salto, dijo su padre, Richard Thacker.

“No es que fuera un temerario”, dijo Thacker. “No tenía moto, ni montaba en patineta”. Su madre, Sherry Thacker, recordó cómo él la tranquilizaba: “Mamá, sé que es un deporte arriesgado, pero yo no soy de los que se arriesgan”.

Kenneth Carter ha estudiado la diferencia entre cómo procesan el miedo los aficionados a los deportes extremos y el resto de la gente. Carter, profesor de psicología en la Universidad de Emory, descubrió que los deportistas extremos suelen funcionar con una química diferente: menos cortisol y más dopamina.

Así que un momento de pánico para alguien como Carter, que se autodenomina “buscador de tranquilidad”, se convierte en un momento de claridad para gente como Shapiro. La experiencia, dijo el profesor, es la otra cara de la euforia: el ruido se desvanece, el tiempo se alarga y la mirada se amplía.

Los saltadores describen cómo son capaces de distinguir cada grieta en las rocas y los cañones mientras pasan volando.

El miedo nunca desaparece, y ellos no quieren que lo haga. Lo utilizan como información. Huir de él es lo que causa el daño: si dejas que se intensifique, se extiende una especie de rigidez provocada por el miedo, más allá de la zona de salto y hacia el resto de tu vida.

Esto ayuda a explicar por qué, cuando uno de ellos muere, los demás vuelven a saltar. La mañana en que el avión se estrelló cerca de Kansas City, una paracaidista acababa de aterrizar. Vio cómo ese mismo avión se llevaba a sus amigos y luego se estrellaba. Esa noche, volvió a saltar.

Shapiro entiende ese impulso. Él estuvo a punto de dejar de volar una vez, en 2005, después de que su ala delta se viera arrastrada por una nube de tormenta y apenas pudiera aterrizar. Se preguntó por qué volaba, recuerda, y la respuesta lo dejó claro.

“Si voy a dejar de hacer esto por miedo y dudas”, dijo, “más vale que lo deje todo. Que me vaya a esconder en un rincón, consiga un trabajo en una oficina y nunca haga nada que implique riesgo”.

Al día siguiente volvió a volar.

Kurt Streeter escribe sobre las identidades en Estados Unidos: raciales, políticas, religiosas, de género y otras. Está afincado en la costa oeste.

Nicholas Bogel-Burroughs reporta acontecimientos de todo Estados Unidos, como catástrofes naturales, protestas, misterios sin resolver, casos criminales de alto nivel y mucho más.

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