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El joven había separado concreto, serrado cabillas e insistido a pesar del calor, el polvo y el agotamiento, perseverando mientras hombres mucho más grandes y fuertes colapsaban.
Ahora, en el día 25 de su búsqueda, Winder Delfín, de 17 años, finalmente había encontrado lo que buscaba. En lo profundo del túnel que había cavado junto a su hermano Deivi, de 15 años, su padre y su padrastro, Winder pudo distinguir el vestido con estampado de flores de su abuela.
Esperaba que su mamá y su hermanito estuvieran cerca.
“Aquí hay cuerpos cerca”, dijo, mirando a su papá desde el borde del túnel.
Un mes después de que dos terremotos históricos azotaron Venezuela, el estado más afectado del país, La Guaira, sigue siendo escenario de búsquedas agotadoras y laboriosas de los fallecidos. Desde el amanecer hasta bien entrada la noche, miles de sobrevivientes se dispersan por los restos de las viviendas que alguna vez se alzaron a solo unas cuadras de la playa, trepando por las montañas de escombros con picos y mazos, impulsados por un deseo obsesivo de recuperar los cuerpos de sus seres queridos.
Oficialmente, el número de muertos es de 5278, pero el gobierno ha dicho que podría llegar a los 10.000.
Las manos de los buscadores sangran. El polvo cubre sus pulmones y les enrojece los ojos. Por la noche, algunos duermen sobre los escombros, demasiado cansados para ir a otro lado. Se alimentan de sándwiches donados y de café servido en dedales de plástico, así como de la esperanza de que, de alguna manera, sus esfuerzos les ayuden a sanar, y de que aquellos que se fueron tan repentinamente puedan descansar una vez que sean encontrados.
Los más pequeños son niños o adolescentes cuyos padres no tienen fuerzas para mantenerlos lejos de aquí, o que ya no tienen padres debido a los sismos. Los sobrevivientes los llaman “topos” porque pueden abrirse paso por espacios minúsculos, iluminando el camino con celulares y linternas frontales e informando a los adultos que están arriba.
En otro lugar, este trabajo estaría a cargo de profesionales. Pero el Estado venezolano, con sus capacidades debilitadas por años de mala gestión, corrupción y sanciones de Estados Unidos, ha dejado la tarea de recuperar los cuerpos en gran medida en manos de los sobrevivientes civiles y los voluntarios.
En La Guaira, lo que más se ve son soldados marchando de un lado a otro por las calles, a veces barriendo el polvo de las aceras y haciendo fila para recibir alimentos traídos por grupos de ayuda internacional.
Winder y su hermano Deivi vivían con su abuela Carmen, de 69 años, su madre, Yusmani, de 35, y su hermano Moissés, de 10, en un departamento en el primer piso de un edificio de vivienda pública de 12 pisos. Yusmani acababa de empezar un nuevo empleo en un club de playa cercano, un lugar de vacaciones para los venezolanos más adinerados.
El 24 de junio, el día en que ocurrieron los terremotos, los hermanos mayores habían ido a jugar a un parque acuático. De camino a casa, según contaron, la tierra comenzó a temblar y se abrazaron y cerraron los ojos. Cuando los abrieron, su edificio ya no existía.
Pasaron esa noche rescatando a sobrevivientes y, desde entonces, han estado excavando entre los escombros. Su padre, Deivid Delfín, de 44 años, barbero, había estado con su madre durante 14 años. Su padrastro, Giovanni Berroterán, de 50 años, había estado con ella durante cuatro. Ahora, los hombres trabajaban juntos para encontrar a la mujer a la que ambos habían amado.
Deivid Delfín dijo que sabía que el trabajo era peligroso para sus hijos, pero que no sabía cómo evitar que lo hicieran. Se sentía perdido, dijo, cuando lloraban y le pedían que les explicara qué había pasado.
Un día reciente, Deivi dijo que ya no se sentía como un niño.
Les tomó tres semanas abrirse paso a través de los 12 pisos que se habían aplastado unos sobre otros.
Los chicos, sus papás y dos tíos habían cavado tres hoyos diferentes tratando de localizar el departamento 107. Sus herramientas –una pala, un pico, un mazo, un martillo neumático, una sierra e incluso un cuchillo de cocina– las compartían entre vecinos.
Sin ninguna mujer de la familia cerca, los hombres a menudo se detenían para abrazarse entre sí.
El día 23, los adultos criticaron la forma en que Deivi usaba el mazo, diciéndole que lo blandiera más abajo para ahorrar energía. Winder, delgado para sus 17 años, llevaba un par de jeans de niño con las palabras “Too Strong 4 You” (“Muy fuerte para ti”) grabadas en la tela. Sus guantes de trabajo amarillos, varias tallas más grandes, lo hacían parecer Mickey Mouse.
El día 24, Deivi abrió un cuarto hoyo y llegó a la sala. Al caer la noche, sacaron un par de pantalones cortos que pertenecían a Moissés y una pequeña camiseta blanca. Deivid Delfín, sentado al borde del hoyo en el crepúsculo, se la llevó a la mejilla y lloró.
El día 25, llegó un grupo de voluntarios cristianos de la cercana ciudad de Valencia, con camisetas que decían “amor al prójimo”.
Carlos Lizarraga, uno de los voluntarios, gesticuló hacia el padre y el padrastro de los muchachos. “Le pasó a él”, dijo, “pero me podría pasar a mí”.
Los soldados marchaban por el lugar con sus escobas. Un psicólogo voluntario, Obtavio Guerra, se encontraba al borde del edificio derrumbado. Explicó que había brindado apoyo psicológico a unos 50 sobrevivientes en los últimos días.
“La realidad emocional no ha despertado”, dijo, y señaló que la búsqueda de los cuerpos era una forma de mantener a la gente ocupada, distraída. “Está latente, está latente, como una ola que en cualquier momento llegará”.
Del agujero que conducía a la sala de la casa de los niños, alguien sacó la Biblia de su madre. Estaba mojada y arrugada, pero intacta, y Deivi la abrió en las últimas páginas, donde ella había hecho listas de versículos favoritos y males que seguramente quería expulsar.
En una página había comenzado una lista de compras: dos plátanos, dos limones. Apareció otro de sus libros: Lo que los jóvenes preguntan: respuestas prácticas.
Era mediodía cuando encontraron el primer cuerpo y Winder, acostado boca abajo en el agujero, reconoció el vestido con estampado de flores de su abuela. Durante horas intentaron ensanchar el túnel para poder sacarla. Los hombres picaban el concreto con martillos y picos; los chicos sacaban los pedazos picados.
Por encima de ellos, una excavadora arañaba el costado del edificio.
La familia le rogó al operador que no interrumpiera su trabajo; querían sacar los cuerpos ellos mismos.
Finalmente, dos voluntarios se pusieron trajes de plástico blanco, guantes azules y cubrebocas. Solo uno llevaba casco. Bajaron al hoyo, se arrastraron por el túnel y colocaron el cuerpo de Carmen en una bolsa negra.
Otros voluntarios llevaron la bolsa por la montaña de escombros. La familia se reunió. Los niños se acurrucaron en los brazos de su papá y lloraron mientras uno de los rescatistas cristianos hacía una oración.
“Mañana volvemos a trabajar”, dijo Lizarraga, “porque faltan dos cuerpos”.
Una camioneta de la policía se estacionó y los oficiales colocaron el cuerpo de Carmen en la parte de atrás. El padre y el padrastro también subieron, y se dirigieron a identificar el cuerpo.
Tomó otras 24 horas localizar a Yusmani y Moissés, quienes habían estado en la cocina. Delfín se desmayó antes de que los sacaran y tuvo que apartarse. Pero Winder siguió trabajando hasta bien entrada la noche, desplegando una bolsa para cadáveres para su madre y liberándola del lugar donde había muerto.
Julie Turkewitz es jefa del buró de los Andes, radicada en Bogotá, Colombia, cubre Colombia, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Perú.







