Los entrenadores se vieron desbordados por las noticias de niños desaparecidos en cuanto dejó de temblar el suelo.
Decenas de niños que juegan en la principal liga infantil y juvenil de Venezuela terminaron en el hospital, algunos de ellos recién huérfanos.
Entre ellos estaba Samuel Brito, un fenómeno del béisbol de 12 años, cuyo rescate de entre los escombros de su casa quedó grabado en un video dramático. Sobrevivió porque sus padres lo protegieron de las paredes que se derrumbaron y que mataron a su madre y a su padre, según sus familiares.
Pero muchos seguían desaparecidos, probablemente atrapados bajo las casas derrumbadas. Y varios –sus equipos aún no saben exactamente cuántos– fallecieron, muchos junto a sus familias.
A Franco Gutiérrez, un jugador de béisbol de 4 años, lo encontraron abrazando a su madre dentro de su casa colapsada; y a su padre lo encontraron en otra habitación no muy lejos, según Miguel Moreno, que dirige el equipo de béisbol en el que jugaba Gutiérrez.
Hiram Villarroel, de 6 años, un aspirante a lanzador que empezó a jugar hace menos de un año, sigue desaparecido en algún lugar entre los escombros de un bloque de apartamentos derrumbado, junto con sus padres.
“Me siento impotente”, dijo el padrino de Hiram, Russell Vásquez, que ha ido todos los días a las ruinas del edificio donde vivían Hiram y sus padres. “Yo quisiera meterme en ese edificio y buscar por todos lados, pero no puedo”.
La Guaira, la ciudad costera más afectada por los terremotos consecutivos del 24 de junio, es el hogar de unos 600 niños de entre 4 y 17 años que juegan en Los Criollitos, una querida liga nacional que es cantera de talentos para las Grandes Ligas de Béisbol y una vía de ascenso social para los niños que esperan escapar de la delincuencia y la pobreza.
En una ciudad donde se juega al béisbol con orgullo al son de la samba y los tambores caribeños, ese ritmo vibrante ha dado paso a un silencio sepulcral.
Más de dos semanas después de los terremotos, los entrenadores siguen calculando cuántos de los jugadores más jóvenes de La Guaira nunca volverán a sus polvorientos campos.
Jhorny Sojo, presidente de Los Criollitos de La Guaira, la filial de la liga en este estado costero, apenas ha dormido tratando de entender la tragedia y lo que significará para el futuro del béisbol infantil y juvenil, justo cuando estaba viviendo un renacimiento.
“Empecé a brincar de hospital en hospital porque me comenzaron a llegar fotos de niños pero en ese momento todavía no registrábamos la magnitud”, recordó Sojo, que escapó por los pelos con vida de su propia casa. “Empieza la gente a reportar que ‘este niño estaba, que este niño estaba allá’. Comienza a entrar la desesperanza”.
También murieron algunos entrenadores y umpires, dijo Sojo.
El recuento nacional de víctimas mortales ya ha superado las 3800 personas, una cifra probablemente inferior a la real porque los venezolanos siguen encontrando cadáveres y los equipos de rescate van reduciendo los esfuerzos para encontrar sobrevivientes.
En un país donde el béisbol es una religión, el brutal golpe sufrido por Los Criollitos se ha convertido en un doloroso microcosmos de la devastación causada por los terremotos más mortíferos de Venezuela en más de un siglo.
Un medio de comunicación local citó a Sojo diciendo que habían fallecido más de 100 jóvenes jugadores de béisbol, lo que atrajo la atención internacional hacia la tragedia. Pero Sojo le dijo a The New York Times que sus palabras se habían tergiversado, y subrayó que la liga aún no tenía un recuento completo. Por respeto a las familias, dijo, la liga daría a conocer el número de fallecidos solo cuando terminara la búsqueda de supervivientes.
“Yo no tengo la certeza como para decirte si son 100, si son más, si son menos, ojalá que sean muchísimos menos, pero sí tenemos ya la certeza de que tuvimos algunas pérdidas”, dijo Sojo, dejando la frase en el aire. “Todos duelen porque todos son niños”.
Moreno, que dirige un equipo de béisbol con 150 niños en los barrios costeros más castigados por los terremotos, dijo que de su equipo habían fallecido al menos seis niños y diez padres. La mayoría, explicó, se había salvado por casualidad: estaban fuera asistiendo a un festival afrovenezolano anual con sus padres.
Los campos donde antes jugaban los niños se han convertido en campamentos al aire libre para familias que se han quedado sin hogar, obligadas a dormir bajo un calor sofocante. Los niños buscan trocitos de césped entre las tiendas de campaña para batear pelotas, distrayéndose así de la incertidumbre de no saber qué compañeros de equipo siguen con vida.
El béisbol juvenil se ha suspendido más allá de La Guaira, y los estadios se han convertido en puntos de recogida y distribución de medicinas, agua, pañales y comida enlatada.
“Todo está paralizado”, dijo Delida Yepez de Quevedo, presidenta nacional de Los Criollitos de Venezuela.
Los Criollitos
Durante más de seis décadas, Los Criollitos ha sido el corazón del béisbol infantil y juvenil en Venezuela, celebrado como un segundo hogar para los niños en un país azotado por años de miseria económica.
La liga cuenta con unos 40.000 jugadores repartidos en miles de equipos, desde la costa caribeña hasta los rincones más remotos del Amazonas.
Los niños recorren el país de un lado a otro para participar en torneos que se convierten en grandes fiestas, llenando las ciudades de música y desfiles: partidos de estrellas, torneos de Navidad y un campeonato anual para coronar al mejor equipo de Venezuela en cada categoría de edad.
Esta liga de base –independiente de las academias de élite y de la federación de béisbol de Venezuela– lleva mucho tiempo ofreciendo esperanza a generaciones de niños sin recursos, que aprenden los nombres de las estrellas de las Grandes Ligas que en su día fueron “Criollitos” como Bobby Abreu, Omar Vizquel, Andrés Galarraga y José Altuve, entre otros.
“Para todos los niños jugar en los criollitos de Venezuela, es un trampolín, es una vitrina. Es un orgullo pertenecer a una liga”, dijo Jean Amaro, el responsable de la liga en Barinas, un estado del oeste de Venezuela.
La mayoría nunca llegará a ser profesional, así que la liga se enorgullece de fomentar el desarrollo del carácter por encima de la mera competición, animando a los niños a seguir yendo al colegio.
“Jugamos para divertirnos”, dijo Raymer Flores, de 10 años. “Si el compañero se poncha nosotros lo apoyamos. Somos una familia prácticamente”.
Raymer, que no sabe qué ha sido de muchos de sus compañeros de equipo, sobrevivió a los terremotos, pero perdió su casa y ahora duerme bajo una lona con su familia en un campo de béisbol de La Guaira.
Cerca de allí, Elizabeth Pacheco, de 47 años, dijo que estaba colgando las medallas de béisbol de sus hijos después de haber dado una mano de pintura a su casa cuando el edificio empezó a vibrar. Ella y su familia huyeron ilesos de su piso en la cuarta planta. También se han refugiado en el campo.
Su hijo, Yeferson Seijas, un jardinero central de 12 años que juega desde los 6, solo quería recuperar sus pertenencias más preciadas: su bate y su guante, además de sus cuatro trofeos, 14 diplomas y 17 medallas.
Su familia, como otras, está debatiendo si mudarse tras haberlo perdido todo, pero de momento se han quedado donde están para darle a Seijas la oportunidad de cumplir su sueño: jugar en las Grandes Ligas.
“Quiero darle un mejor futuro a mi familia, comprarle una casa a mi mamá y ayudar a los que más lo necesitan, comprarles comida”, dijo Seijas, que se enorgullece de haber estado a punto de entrar en la selección nacional de Venezuela este año.
Haciendo balance de las pérdidas
Hiram Villarroel seguía los pasos de su abuelo, también llamado Russell Vásquez, un jugador de campo venezolano y entrenador en la liga mexicana de béisbol, que firmó con equipos de la MLB pero nunca llegó a jugar en las Grandes Ligas por culpa de las lesiones.
Hiram empezó a jugar en Los Criollitos el año pasado, como segunda base y en los jardines, con la esperanza de convertirse en lanzador. Sus padres, Oxeny Villarroel, de 53 años, y Jorlene Vásquez, de 32, iban a todos sus partidos; su madre incluso faltaba a sus clases de la universidad los sábados para verlo jugar.
“Ir a verlo era todo un show”, dijo Vásquez, el padrino de Hiram. “Él se ponía demasiado contento y también se molestaba bastante cuando perdía. O sea, se vivía su juego”.
La familia estaba en casa cuando se produjeron los terremotos. Sus cuerpos aún no han sido encontrados.
La Guaira no es ajena a la tragedia.
En 1999, muchos padres y abuelos soportaron días de lluvias torrenciales y deslizamientos de tierra que se cobraron decenas de miles de vidas, arrastrando casas al océano y sepultando pueblos enteros.
La ciudad, luchadora y asediada, se reconstruyó poco a poco, encontrando un respiro en su rivalidad de béisbol profesional con su cosmopolita vecina Caracas, la capital del país.
Pero su liga infantil y juvenil de béisbol se había estancado, hasta que resurgió en los últimos años.
La liga, más pequeña que otras potencias del interior, empezó a contratar a más entrenadores y a atraer a más niños. Los equipos de La Guaira se volvieron cada vez más competitivos, llegando más lejos en los torneos nacionales.
“Nosotros quedábamos subcampeones y los recibíamos como si eran los campeones del mundo”, dijo Sojo, el presidente de la liga en La Guaira. “Éramos alegría, nosotros éramos los que le dábamos sabor a todas las competencias. Los otros equipos decían: ‘¡Llegó La Guaira!’”.
Ahora, el destino de La Guaira y el futuro de Los Criollitos están ligados por la misma incertidumbre.
La Guaira no solo tendrá que lidiar con una enorme pérdida de vidas, dijo Sojo, sino también con la reconstrucción y la probable huida de las familias, lo que podría dejar la ciudad desierta.
“Al final, si murieron mil o un millón, ya se fueron”, dijo. “Pero nos van a quedar un montón de niños en estado de desigualdad que no tienen cómo continuar su carrera deportiva. ¿Cómo van a jugar? ¿Quién va a cubrir esos gastos? ¿Cómo volverán a tener un guante, una pelota, un bate, un uniforme?”.
“El golpe fue letal”, continuó. “El terremoto no nos rompió, fue que nos tragó”.
Fabiola Ferrero y Tibisay Romero colaboraron con reportería.
Luis Ferré-Sadurní es reportero especializado en migración para The New York Times.
Fabiola Ferrero y Tibisay Romero colaboraron con reportería.