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La región radiactiva en Ucrania se ha convertido en un refugio para la fauna silvestre. Un estudio registró los efectos de la ocupación rusa de 2022 sobre los animales del territorio.
La región radiactiva alrededor de Chernóbil, en Ucrania, escenario del peor desastre nuclear de la historia de la humanidad, se ha convertido en un insólito refugio para la fauna silvestre. Después del accidente nuclear de 1986, casi todos los residentes locales fueron evacuados y el acceso a la zona quedó estrictamente restringido. Los bosques volvieron a crecer y prosperaron las poblaciones de animales salvajes, incluidos los lobos grises y los linces euroasiáticos.
En 2020, Svitlana Kudrenko, que en ese entonces era una estudiante de doctorado en conservación de la naturaleza, se propuso estudiar la abundancia y diversidad de estos animales al instalar cámaras de vida silvestre por toda la zona de exclusión de Chernóbil, de 2590 kilómetros cuadrados.
Y a principios de 2022, cuando los soldados rusos invadieron Ucrania y ocuparon Chernóbil, las cámaras siguieron funcionando.
Ahora, Kudrenko y sus colegas han analizado las imágenes y han descubierto que, aunque la ocupación de Chernóbil duró poco más de un mes, la guerra parece haber provocado cambios significativos en el comportamiento de los animales salvajes, alterando sus patrones de actividad. Los científicos han publicado recientemente sus hallazgos en la revista Science.
Los efectos fueron complejos porque las distintas especies reaccionaron de formas diferentes ante las actividades militares; algunos animales huyeron, por ejemplo, mientras que otros se refugiaron en el bosque. Pero la investigación ofrece una visión poco habitual de los efectos ecológicos de un conflicto armado a medida que se desarrollaba.
“Nuestros resultados nos dan una idea de cómo responde la fauna silvestre a un conflicto armado en tiempo real”, dijo Kudrenko, quien proviene de Ucrania y realizó la investigación como parte de su tesis doctoral en la Universidad de Friburgo, en Alemania. “La guerra no solo afecta a los humanos”.
Los soldados rusos ocuparon la zona de exclusión en 2022, desde finales de febrero hasta finales de marzo, y utilizaron la zona como base militar. Pasaron con tanques por la zona, cavaron trincheras, enterraron minas, volaron un puente y llevaron a cabo otras actividades militares. Decenas de cámaras trampa de Kudrenko continuaron funcionando durante ese tiempo.
Para el estudio, los científicos analizaron imágenes de 31 estaciones de cámaras trampa y registraron cada avistamiento de 11 especies –entre ellas linces, corzos, ciervos rojos, zorros rojos y liebres pardas– antes, durante y después de la ocupación.
Los científicos también encuestaron a 25 personas, entre ellas algunas que aún trabajaban o vivían dentro de la zona de exclusión y residentes locales que vivían justo afuera de ella. Les pidieron que valoraran la intensidad de las actividades militares durante cada día de la ocupación en una escala del 0 al 10. Por ejemplo, un 5 correspondía al movimiento de vehículos militares; un 8 significaba misiles de crucero; y un 10 se reservaba para “el tipo de actividad de conflicto armado más ruidosa y destructiva”, como bombardeos aéreos o disparos de artillería, dijo Kudrenko.
También usaron datos de satélite para identificar días con “anomalías térmicas”: picos repentinos de temperatura que sugieren la presencia de incendios.
Las dos especies detectadas con más frecuencia en el estudio fueron el corzo –un animal pequeño y solitario que habita en los bosques– y el ciervo rojo, que suele reunirse en manadas en paisajes abiertos. Pero parecían reaccionar de forma opuesta. A medida que aumentaba la intensidad del conflicto, las detecciones de corzos disminuían, mientras que las de ciervos rojos aumentaban.
Esas respuestas opuestas podrían deberse a diferencias en el comportamiento básico y la ecología de ambas especies, dijo Kudrenko.
Los corzos, conocidos por ser tímidos, suelen quedarse paralizados cuando se asustan y a menudo se refugian en sus hábitats forestales. Los ciervos rojos son más propensos a huir ante posibles amenazas, y los hábitats abiertos que prefieren resultaron ser también el “epicentro de las actividades bélicas” en la zona de Chernóbil, dijo Kudrenko. Eso significa que los ciervos rojos podrían haber estado huyendo con frecuencia, y por lo tanto, haber sido captados más a menudo por la cámara.
En general, los ciervos rojos parecieron aumentar su actividad diurna y reducir la nocturna durante la ocupación, según descubrieron los investigadores.
Las imágenes de las cámaras trampa sugirieron que los zorros rojos y las liebres pardas también podrían haber estado menos activos por la noche. Pero en las fechas con anomalías térmicas, las detecciones nocturnas de liebres pardas aumentaron, quizá porque “intentaban huir de los incendios”, dijo Kudrenko.
En algunas especies, como los linces y los lobos, los científicos encontraron pocos indicios de cambios de comportamiento significativos. Eso podría deberse simplemente a que no hubo muchas detecciones de dichas especies mediante las cámaras trampa. Pero también es posible que algunas de las características únicas de la zona de exclusión de Chernóbil –su enorme tamaño y la actividad humana extremadamente restringida– ayudaran a amortiguar los efectos del conflicto armado, dijo Kudrenko.
El estudio muestra que rara vez hay una “respuesta única para todos” ante la guerra y ofrece información valiosa sobre cómo reacciona la fauna en el día a día, dijo Kaitlyn Gaynor, ecóloga de la Universidad de Columbia Británica que no participó en la nueva investigación.
No está claro si los cambios de comportamiento que documentaron los científicos tuvieron consecuencias negativas o efectos a largo plazo para los animales de Chernóbil. Pero la guerra puede tener muchas otras consecuencias para los animales salvajes –como la destrucción del hábitat, la contaminación ambiental y la mortalidad directa– que este estudio en concreto no estaba diseñado para evaluar.
“Hay muchas consecuencias no deseadas derivadas de los conflictos armados”, dijo Gaynor. “Y creo que el estudio muestra que la fauna silvestre es como un espectador del conflicto que también se ve afectado de formas cuyas consecuencias aún no entendemos del todo”.
Emily Anthes es reportera científica y escribe principalmente sobre ciencia y salud animal. También cubrió la pandemia de coronavirus.

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