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Esta película de 2016 se ha convertido en la más vista en Disney+. Los padres y los expertos explican por qué los niños no paran de verla.
Rory Henry, una niña de 2 años de Fort Worth, está totalmente obsesionada.
Ha visto la película animada de Disney sobre la princesa polinesia, Moana, unas 40 veces en el último año y medio. Tiene un cerdito de peluche con la forma de Pua, el compañero de Moana. Un micrófono de karaoke que reproduce una canción de Moana 2. Y vestidos, gafas de sol y horquillas de Moana.
La madre de Rory, Stacey Henry, de 38 años, y su padre tienen que tener cuidado con la “palabra que empieza por M” en casa, dijo Henry.
“Enseguida pone esa cara de seriedad y dice: ‘Subirás a mi barco’”, cuenta Henry riendo.
Rory no es la única: desde su estreno en cines en 2016, Moana –que cuenta la historia de la hija de un jefe que emprende un viaje para salvar su isla de la destrucción– se ha convertido en la película más vista de todos los tiempos en Disney+. Se ha reproducido en streaming durante más de 1500 millones de horas, lo que equivale a reproducir “Cuán lejos voy” en bucle durante más de 170.000 años. Tanto Moana como su secuela de 2024, Moana 2, están entre las 10 películas animadas más taquilleras de Disney.
¿A qué se debe entonces esa “Moanamania” que cientos de padres han bautizado en las redes sociales? Es una “enfermedad” que probablemente afectará a más familias con el estreno, el 10 de julio, de la versión de acción real de Moana, que vuelve a contar con Lin-Manuel Miranda como compositor y con Dwayne Johnson en el papel al que ya le había prestado su voz: el semidiós Maui.
Las canciones de casi todas las películas musicales animadas de Disney estrenadas en las últimas décadas han sido una amenaza para la paz y la tranquilidad de los padres.
Estaba “De nada”, esa canción polinesia con toques de jazz que Johnson cantó en la versión en inglés de Moana; “Libre soy”, el himno de autoaceptación de Elsa que arrasó en Frozen; y “No se habla de Bruno” de Encanto, otro tema animadísimo de Miranda que mezclaba salsa con pop latino.
En todos estos casos, Disney ha recurrido a una fórmula de toda la vida: coge una historia con gran atractivo, envuélvela en melodías pegadizas y observa cómo se disparan las visualizaciones.
Cristel Antonia Russell, profesora de Mercadotecnia en la Universidad Pepperdine de Malibú, California, investiga por qué a la gente le gusta consumir las mismas historias una y otra vez. Dijo que hay un nombre para ese impulso de buscar el consuelo que te da ver una serie que te encanta: la paradoja de la elección.
Este concepto, acuñado por el psicólogo Barry Schwartz en su libro homónimo de 2004, subyace a un fenómeno que a veces se denomina “efecto del menú chino”. Cuando hay demasiadas opciones, a menudo recurrimos a algo que nos resulta familiar, como volver a pedir pollo a la naranja.
“Es lo único que sabes con certeza que te va a gustar”, dijo Russell.
Esta atracción es especialmente fuerte en los niños, dijo Sam Wass, psicólogo infantil y director del Instituto para la Ciencia de la Primera Infancia y la Juventud de la Universidad de East London. La repetición de una historia conocida puede ayudar al cerebro de los niños a procesar información, formular predicciones y dominar los ritmos del lenguaje.
El punto óptimo para un aprendizaje máximo, dijo, se encuentra en algún lugar entre saber exactamente lo que va a pasar y no poder predecir lo que vendrá a continuación. “Los psicólogos a veces llaman a esto la ‘zona de Ricitos de Oro’”, dijo.
Como los niños pequeños tienen menos experiencia en la que basarse, pueden alcanzar esta zona tanto con una historia predecible como con una más compleja –como la de Moana— que les resulte familiar por haberla visto muchas veces.
“Lo que a nosotros nos parece aburridamente repetitivo puede que, desde la perspectiva de un cerebro de 3 años, sea justo el nivel adecuado de desafío”, dijo.
Cada vez que ven la historia, los niños refuerzan y perfeccionan sus predicciones, dijo. Al principio, puede que solo aprendan las líneas generales de la historia. Más adelante, captan las expresiones emocionales, los chistes, los motivos, el vocabulario y las relaciones sutiles entre los acontecimientos.
“En cierto sentido, están repitiendo el mismo experimento una y otra vez, pero sacando nueva información cada vez”, dijo.
Lo que significa que, en el caso de una narrativa tan matizada como la de Moana –con su arco argumental tan complejo y multidimensional–, quizá los padres tengan que resignarse a que sus hijos se sepan de memoria las letras de “De nada” y “Cuán lejos voy”.
“Cuanto más complejo es el contenido, y cuanto más joven es el cerebro, más tienes que volver a ver algo hasta que se vuelve demasiado predecible y dejas de aprender al verlo”, dijo.
Este bucle de retroalimentación cognitiva ayuda a explicar por qué los niños no se limitan a volver a ver películas. También piden que les lean el mismo libro una y otra vez, insisten en comer lo mismo, se ponen la misma ropa y, a veces, se divierten dejando caer la misma cuchara al suelo 20 veces seguidas.
“Desde la perspectiva de un adulto, no pasa nada nuevo”, dijo. “Pero desde la perspectiva del niño, están perfeccionando y poniendo a prueba miles de pequeñas predicciones cada segundo”.
Y no se trata solo de los niños. Los adultos vuelven a ver películas que quizá vieron de pequeños para sentirse reconfortados, claro, dijo Russell. Pero también suelen llegar a comprender temas que quizá no captaron cuando eran jóvenes.
“Cuando vuelves a ver algo, la historia no ha cambiado, pero tú sí”, dijo ella. “Lo ves con una nueva perspectiva. Es como: ‘Oh, antes no me había dado cuenta de este pequeño detalle’, o ‘Oh, recuerdo que disfrutaba de este personaje de una forma muy diferente cuando era adolescente que ahora que soy madre’”.
Pero, ¿por qué precisamente Moana y no, por ejemplo, Valiente o Enredados?
Es una combinación triple, dijo Russell: la película cuenta con una protagonista “que no es la típica Cenicienta rubia de ojos azules”, un tema de empoderamiento y “canciones y bailes pegajosos que son pura alegría”.
Ese último factor puede que sea el más importante. La contagiosa banda sonora de Miranda está repleta de canciones que se te quedan grabadas, como “De nada”, “Saber volver” y “Cuán lejos voy”, que ganó un Grammy a la mejor canción escrita para medios audiovisuales.
Las canciones memorables pueden contribuir en gran medida a que una historia resulte irresistible, dijo Russell.
“No hace falta volver a ver un musical para reforzar la experiencia de la película”, dijo. “Puedes escuchar una canción de la película en la radio y seguir sintiendo todas las emociones positivas que te produce volver a verla”.
La música es una de las razones por las que muchos padres también se han enganchado a toda esa aventura marítima y a las canciones. Krizza Mae Matias-Lizardo, una bloguera familiar de 31 años que vive en Manila, Filipinas, admite que a veces vuelve a ver la película con su marido después de que su hija, Viel Matias-Lizardo, de 3 años, se haya ido a la cama. (Su marido tiene las canciones en su lista de reproducción de Spotify, dijo ella, y las canta incluso cuando está solo en el carro).
A Matias-Lizardo también le gusta el mensaje positivo que transmite la película a su hija.
“Me encanta enseñarle que ser fuerte no significa ser perfecta”, dijo. “Significa tener buen corazón, preocuparse por los demás y luchar por tus metas aunque te dé miedo. Como madre, creo que esa es una lección para mí también”.
Aún está por verse si la película de acción real será capaz de transmitir esta obsesión a una nueva generación. Pero las señales son preocupantes (al menos si eres un padre que no está en la nómina de Disney): cuenta con el mismo elenco de personajes extravagantes. Johnson y su potente voz de barítono están de vuelta. Los jóvenes espectadores podrán escuchar las pegadizas canciones originales de Miranda (y algunas melodías nuevas).
Matias-Lizardo, su esposo y Viel tienen pensado ir a verla al cine el mismo día que se estrene en Filipinas, dijo.
“Estamos muy emocionados”, dijo. “Espero que hagan más”.
Sarah Bahr escribe sobre cultura y estilo para el Times.





