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A Crazy Alice, una bisonte de media tonelada, le gusta darse un festín de hierba y revolcarse en la tierra, pero puede que su apego más profundo sea a cierto rincón de la pradera de Montana: una vez, cuando sus cuidadores trasladaron a su manada a un pastizal distinto, y ella intentó escaparse y volver.
Ahora, el gobierno de Donald Trump quiere expulsar a Crazy Alice y a otros cientos de bisontes de ese hogar en la pradera, y sustituirlos por ganado vacuno. El conflicto resultante ha enfrentado a ganaderos y líderes republicanos con un símbolo peludo y resoplante del Oeste estadounidense.
“Esto forma parte del patrimonio de nuestro país”, dijo Alison Fox, directora ejecutiva de American Prairie, una organización sin fines de lucro con grandes recursos económicos que lleva dos décadas adquiriendo ranchos y arrendamientos de pastoreo en terrenos públicos del norte de Montana para crear el ahora controvertido hogar para bisontes.
El conflicto se enfoca en 900 bisontes propiedad del grupo, a los que múltiples gobiernos, incluido el primero del presidente Trump, permitieron pastar en tierras federales, para consternación de los ganaderos políticamente conservadores que querían las tierras para el ganado.
Este invierno, la Oficina de Administración de Tierras de Estados Unidos dio marcha atrás y canceló los permisos de pastoreo de los bisontes. La agencia citó la Ley Taylor de Pastoreo de 1934 para decir que las praderas federales donde pastaban los animales debían destinarse al ganado que se criaba para alimentos, no a los bisontes que disfrutaban en gran medida de su derecho a vagar libremente. La agencia consideró que los bisontes eran fauna silvestre, no ganado de producción.
Los grupos conservacionistas condenaron la decisión, al igual que las tribus nativas americanas, quienes afirman que la lucha contra el bisonte amenaza a sus propios rebaños mientras intentan dar nueva vida a las poblaciones de bisontes que fueron cazados hasta casi su extinción por los colonos del siglo XIX.
Pero los ganaderos de Montana, como Perri Jacobs, lo celebraron. Dijo que el gobierno federal, eterno viejo del costal para los conservadores del Oeste, por fin parecía estar de su parte.
“Estas tierras están aquí para la comida”, dijo Jacobs, cuya familia lleva casi 110 años criando vacas en el norte de Montana. “Tenemos que entender que el progreso y el tiempo avanzan. Los bisontes ya no encajan en el paisaje”.
Los ganaderos como Jacobs podrían dar al gobierno de Trump un apoyo muy necesario en las zonas agrícolas del país, donde los demócratas y los independientes intentan sacar partido del enfado por los aranceles y el costo del gasóleo y los fertilizantes para dar la vuelta a los escaños republicanos en las elecciones intermedias de este año. El condado de Phillips, el epicentro de la polémica sobre el bisonte, se encuentra en el Segundo Distrito del Congreso de Montana, un escaño republicano que no figura en el mapa de las zonas en disputa de ningún pronosticador. Sin embargo, en la parte occidental del estado, el Primer Distrito de Montana sí podría estar en juego.
Y la lucha sobre el bisonte encaja perfectamente en una guerra más amplia por el Oeste, ya que el gobierno de Trump presiona para abrir más terrenos públicos a la perforación petrolífera, la minería y la tala.
Los grupos ecologistas probisonte acusaron al gobierno de Trump de ceder a las presiones del gobernador de Montana, Greg Gianforte, y de grupos ganaderos que habían instado al gobierno para que se pronunciara en contra del pastoreo de bisontes.
“No creo que se trate realmente de los bisontes”, dijo Ryan Busse, demócrata que se presenta a las primarias del Primer Distrito de Montana. “A Gianforte le parece bien que las petroleras hagan lo que les dé la gana en terrenos públicos. ¿Pero que unos bisontes anden por ahí y coman hierba es una amenaza?”.
La poderosa junta para las tierras del estado –que incluye a Gianforte y a otros altos cargos electos republicanos– también está tomando medidas para expulsar a los bisontes de las tierras en fideicomiso del estado de Montana.
“Debemos asegurarnos de que las tierras públicas sigan siendo accesibles y productivas, en lugar de cerrarlas en aras de los intereses de unos pocos”, dijo Gianforte tras la cancelación de los permisos federales.
American Prairie sostiene que las vacas y los bisontes pueden coexistir, e intenta anular la decisión de la Oficina de Administración de Tierras. La Oficina, afirmó, echó por tierra décadas de políticas agrarias exitosas al redefinir arbitrariamente lo que constituye “ganado” en el Oeste estadounidense.
Si la decisión final entra en vigor –lo que podría suceder esta primavera–, American Prairie afirma que tendrá que gastar cientos de miles de dólares para modificar las vallas y sacar a los bisontes de las tierras a las que pertenecen.
Ese argumento no gusta a muchos ganaderos de las amplias llanuras del condado de Phillips, que es más grande que Connecticut y se extiende hacia el sur desde la frontera con Canadá hasta el monumento Missouri River Breaks. Los carteles a lo largo de las puertas para el ganado y las alambradas declaran: “Salvemos al vaquero, detengamos a American Prairie”.
La enemistad comenzó cuando American Prairie comenzó a comprar tierras ganaderas y los correspondientes arrendamientos para pastoreo hace más de 20 años, con el objetivo de construir una de las mayores reservas naturales del país. Sus propiedades y tierras de pastoreo han crecido hasta alcanzar aproximadamente el doble del tamaño de Los Ángeles.
El resentimiento se ha agudizado desde la pandemia de la COVID-19, a medida que personas adineradas de fuera del estado han disparado los precios de la tierra con el sueño de hacerse con su porción de un estado al que se ha llamado “el último mejor lugar”. Puede que el condado de Phillips esté a un mundo de distancia de los chalés de esquí de Big Sky o de las mansiones del lago Flathead, al oeste, pero incluso allí los ranchos ahora se venden por un millón de dólares o más, y están fuera del alcance de los lugareños en un condado donde el ingreso familiar promedio es de 53.000 dólares al año.
American Prairie tiene mucho más poder adquisitivo. El grupo recibió más de 43 millones de dólares en contribuciones en 2024, según sus declaraciones fiscales, y su junta directiva está repleta de ejecutivos de empresas e inversores, entre ellos Jacqueline Badger Mars, de la acaudalada familia de las golosinas Mars. Ha valorado sus activos totales en casi 207 millones de dólares.
El grupo afirma que intenta ser un buen vecino. Sus bisontes están etiquetados y vacunados, y se mantienen detrás de vallas electrificadas en buen estado para evitar que se metan en los campos de ganado. Arrienda tierras no ocupadas por bisontes a ganaderos locales y ha abierto gran parte de sus tierras al acceso público. Envía bisontes vivos para ayudar a las tribus a ampliar y diversificar sus rebaños, y dona carne a despensas locales.
“Seguimos todas las normas”, dijo Fox.
Una soleada mañana de primavera, Scott Heidebrink, director de administración del paisaje de American Prairie, quien tiene un tatuaje de una calavera de bisonte en el brazo derecho, avanzaba en su camioneta por caminos de tierra donde pastaban manadas de bisontes. Los praderos revoloteaban entre la hierba, y las hembras de bisonte acababan de empezar a parir las crías del año.
“Desde cualquier punto de vista, esos animales son ganado”, dijo, mientras señalaba a un grupo que se alejaba al escuchar su camioneta.
Normalmente, los ganaderos y agricultores conservadores son quienes se quejan de la intromisión federal. Pero Heidebrink dijo que la decisión de la oficina de tierras demostraba que, con Trump, el gobierno ahora iba tras ellos.
“No van con nuestros vecinos y les dicen: ‘¿Qué vas a hacer con esa vaca?’”, dijo.
En los límites de los terrenos de American Prairie, Kendall Koss, de 26 años, estaba en un dilema por la presencia de los bisontes en tierras que su familia ha trabajado durante más de un siglo.
Alquila algunas tierras a American Prairie para sus vacas y dijo que se llevaba bien con los trabajadores locales del grupo. Pero le molestaban los forasteros que han hecho subir el precio de las tierras de Montana, lo que hace casi imposible que un joven ganadero como él desarrolle su propio rancho.
Ante el alza vertiginosa de los precios de la carne de res y las cabezas de ganado cerca de una cifra mínima histórica, Koss dijo que nunca había sido tan importante poner las praderas de Estados Unidos a trabajar para alimentar a la gente.
“No tengo nada en contra de los búfalos”, dijo. “Son un animal genial. Simplemente no estoy de acuerdo con lo que están haciendo”.
Jack Healy está radicado en Colorado y cubre el oeste y el suroeste de Estados Unidos.









