Riley Sealander, un barista de 26 años de Greensboro, Carolina del Norte, es el típico fanático del Mundial. Lleva la camiseta de su equipo favorito y ve sus partidos mientras prepara capuchinos. Decora su lugar de trabajo con los colores rojo, blanco y azul y se esfuerza por reclutar nuevos seguidores para los incipientes clubes de aficionados.
Pero Sealander no está promocionando a la selección de Estados Unidos. Por el contrario, apuesta por la selección de Noruega, cuya llegada este mes a Greensboro ha desencadenado una gran bienvenida al equipo escandinavo por parte de toda la comunidad. Así, se fusiona la hospitalidad sureña con un entusiasmo genuino por una de las selecciones más de moda en Europa, después de que Noruega eligiera la ciudad como su hogar temporal.
“No estamos en Raleigh, ni en Charlotte”, dijo Sealander, que llevaba una camiseta personalizada de Noruega debajo del delantal, “así que fue algo muy relevante”.
Desde que los equipos comenzaron a trasladarse a Estados Unidos a principios de este mes, esa mezcla de orgullo por una pequeña ciudad y el alcance global del fútbol internacional ha dado lugar a un romance inesperado entre los estadounidenses de a pie y las selecciones de todo el mundo, una yuxtaposición de culturas diversas que ha provocado momentos de alegría –como un gol en el tiempo de compensación– tanto en los anfitriones como en los visitantes.
Esta historia de amor, que ya lleva varias semanas, se ha podido ver en sedes más grandes como Boston, donde los aficionados escoceses, eufóricos y sedientos, se han bebido todo lo que había en la ciudad y han publicado videos emotivos sobre su renovada fe en el sueño americano. Se ha visto a argentinos, conocidos por sus filetes, devorando alegremente hamburguesas en Kansas City, Misuri; los austriacos se han apoderado de los restaurantes de San Francisco, con jarras gigantes de cerveza en la mano, alabando la ciudad (y quejándose de su famoso frío veraniego).
La reputación internacional de los estadounidenses ha decaído en los últimos años, según las encuestas, y muchos de estos testimonios sobre el Mundial tienen un elemento de sorpresa: Al parecer, Estados Unidos tiene todo tipo de rasgos apreciables y los visitantes están alabando tanto a los caimanes como a las máquinas de hielo.
Pero ese sentimiento de asombro y admiración ha sido recíproco y parece especialmente intenso en localidades menos conocidas como Greensboro, que recientemente se ha convertido en una especie de satélite de Oslo, con los bares deportivos llenos de nuevos aficionados a Noruega, así como escaparates y porches adornados con las banderas del país. Unos 20.000 aficionados clamaron por entradas para un entrenamiento abierto al público. En la sede del equipo se ha desplegado la alfombra roja, al igual que el fletán, que se trajo en avión para el equipo (y se ha cocinado a la barbacoa, porque estamos en Carolina del Norte).
En general, el primer Mundial celebrado en Estados Unidos desde hace más de 30 años ha esparcido por todo el país a miles de deportistas de talla mundial, funcionarios y aficionados, muchos de los cuales están viviendo la misma emoción y hospitalidad que en Greensboro.
En Chattanooga, Tennessee, los lugareños acampan frente a un Embassy Suites para poder ver de lejos a la selección española. Los residentes de Lawrence, Kansas, ya dominan la pronunciación de “¡Viva l’Algérie!” para animar a la selección argelina. Asimismo, por las calles de Spokane, Washington se intercambian con entusiasmo los avistamientos de la selección egipcia.
El torneo, uno de los más grandes y costosos hasta la fecha, llega en un momento tenso para Estados Unidos, ya que las celebraciones del aniversario número 250 del país ponen de relieve puntos de vista contrapuestos sobre la historia y desencadenan disputas partidistas entre los organizadores. A la par, el país ya lleva mucho tiempo encontrando la unidad en la pasión por el deporte, que sigue tan ferviente como siempre y reúne, por ejemplo, a dos millones de aficionados de los New York Knicks de todos los distritos y va más allá de las fronteras estatales para brindar por el equipo campeón en el desfile celebrado el jueves.
Algunos estadounidenses ven el torneo en términos similares: como una oportunidad para renovar la reputación de la nación como un lugar acogedor para los visitantes internacionales, en medio de las agresivas medidas contra la inmigración y de política exterior del gobierno de Trump.
“La gente de este país siempre ha sido muy acogedora y amable con los visitantes”, dijo Peter Helseth, un ingeniero de Greensboro de 45 años, que llevó a su hijo de 6 a un entrenamiento de la selección noruega. “Ha sido realmente agradable ver esto como un respiro de aire fresco frente a las noticias nacionales”.
Otros habitantes de Greensboro comparten ese mismo sentimiento y tienen un cariño especial por sus nuevos amigos noruegos.
“Siempre voy a apoyar a Estados Unidos”, dijo Matt Kirkman, encargado del mantenimiento de los terrenos de la Universidad de Carolina del Norte en Greensboro y que pasó dos meses preparando el césped bermuda del campo de fútbol para el equipo mundialista.
“Pero si ganan el torneo”, dijo refiriéndose a la selección de Noruega, “va a ser realmente increíble haber podido formar parte de esa historia».
Tanto aquí como en otros lugares, el contacto entre los equipos y las localidades ha sido a menudo cercano y de persona a persona, algo que está muy alejado de las tensiones sobre el destino de la OTAN, por ejemplo, o la guerra en Oriente Medio u otras disputas gubernamentales que a menudo dominan y definen los sentimientos de un país hacia otro.
De hecho, los visitantes y las comunidades están creando vínculos a través de momentos cotidianos y algunos internautas se están refiriendo al Mundial como “la gran pijamada internacional”, que sugiere una cordialidad hogareña. Ver a una superestrella del deporte en su vida cotidiana –tomado café o yendo de compras sin prisas– bien podría contribuir más al deshielo que muchas conversaciones diplomáticas.
En Chattanooga, que cuenta con una población de menos de 200.000 habitantes, se recibió en el aeropuerto a la selección española, una de las favoritas del torneo, con aficionados que agitaban banderas tras su vuelo desde Europa. Se le agasajó con sangría, dátiles envueltos en tocino y brochetas de sandía, cortesía del único restaurante de tapas de la ciudad.
Las ciudades que sirven de campamento base –más de tres docenas están en Estados Unidos– las seleccionan los propios equipos. Algunas son minúsculas, como White Sulfur Springs, en Virginia Occidental, donde se encuentra la selección de Irak y cuenta con menos de 3.000 habitantes. Greensboro es enorme en comparación, con una población de unos 310.000 habitantes.
El equipo español podría haberse alojado en una ciudad más grande, pero se sintió atraído, en parte, por el ambiente discreto y el nivel de anonimato que ofrecía Chattanooga, según Tim Kelly, alcalde de la ciudad. El equipo reservó el Embassy Suites en su totalidad durante un mes y los fanáticos no han dejado de asediarlo con la esperanza de ver de lejos a Lamine Yamal, la joven estrella del equipo español, que cuenta con casi 44 millones de seguidores en Instagram.
“La hemos nombrado la ‘Guardia Lamine’”, expresó Sam Crickmar, presidente del club de fútbol masculino de la Universidad de Tennessee en Chattanooga.
Parte de la cordialidad de la ciudad anfitriona se ha visto impulsada por otro valor muy apreciado en Estados Unidos: la competencia.
Lori Jenkins, directora regional de ventas del grupo propietario del Embassy Suites, contó que sintió fuego en su interior cuando un miembro de la Federación Española de Fútbol le mostró un video de la bienvenida que habían dado al equipo en otra ciudad.
“Pensé ‘No, tenemos que superar eso’”», exclamó Jenkins.
El personal del hotel puso manos a la obra y convirtió parte de una planta en una sala de juegos equipada con mesas de ping-pong, consolas de videojuegos, mesas de billar, mesas de póquer y tableros de dardos. A los cientos de habitantes de Chattanooga que animaban desde fuera para dar la bienvenida al equipo, les repartieron gafas de sol, collares de cuentas y banderas españolas.
“Son los deportistas más famosos del mundo y nosotros les estamos doblamos la ropa”, dijo Jenkins. “Eso es algo que podré contar el resto de mi vida”.
A menos de una hora del área metropolitana de Kansas City (donde entrenan Inglaterra, Argentina y los Países Bajos), se ha extendido un entusiasmo similar en Lawrence (Kansas), una ciudad universitaria con menos de 100.000 habitantes, donde los residentes han llenado las calles de verde, blanco y rojo, los colores de la selección argelina.
Chuck Magerl, propietario de Free State Brewing en la calle principal de Lawrence, dijo que quizá se haya subestimado a la ciudad.
“A Kansas se le considera una zona de paso que, según algunos, no tiene mucha cultura ni proyección internacional”, dijo Magerl de 70 años, al destacar la diversidad de Lawrence. “Esa capacidad para acoger otras culturas se ha puesto de manifiesto en la forma en que Lawrence ha recibido a la selección argelina”.
Para algunos de los fanáticos del fútbol, la repentina aparición de sus jugadores favoritos en sus ciudades natales ha sido un golpe de suerte. En Spokane, Washington, Hamza Abohoush, un estudiante de 16 años del instituto West Valley High School, pudo conocer a la estrella egipcia Mo Salah, uno de sus héroes.
“Se comporta como un chico normal, como nosotros”, dijo Abohoush.
En un país construido por inmigrantes, y en un momento de acalorado debate sobre la migración, el Mundial también ha ofrecido a algunos la oportunidad de expresar el orgullo que sienten por sus raíces.
La selección alemana tiene su base en Winston-Salem, Carolina del Norte, una ciudad con unos 250.000 habitantes, donde las banderas alemanas adornan las jardineras del centro y ondean en lo alto del antiguo edificio R.J. Reynolds.
En un entrenamiento del equipo en la Universidad de Wake Forest el jueves, un aficionado de 16 años, Raphael Olivier, llevaba la camiseta de la selección y dijo que la afinidad con el país había surgido de forma natural: sus dos padres eran de Alemania y hablaban alemán en casa.
Olivier calificó el hecho de ver al equipo de cerca como “una experiencia única en la vida”. “No creo haber visto nunca tantos aficionados de habla alemana como ahora”, comentó.
Otros, como Ashley Frit, de 35 años e ingeniera de datos en Winston-Salem, dijeron que realmente nunca les había interesado el fútbol, pero ahí estaban ella y su hija de 10 años, que le gusta este deporte, entre las 3.500 personas que consiguieron entradas para asistir al entrenamiento abierto de Noruega en la UNC Greensboro. (Más de 20.000 personas solicitaron entradas, por lo que se tuvo que realizar un sorteo).
Fritz dijo que ha sido emocionante ver “cómo todo el mundo se ha apoyado mutuamente a lo largo de este evento”.
“Creo que estamos pasando por tiempos difíciles y puede haber mucha tensión entre las personas”, añadió.
“Es como una historia que transmite pura buena vibra”, exclamó Fritz.
Ese mismo sentimiento se repetía el miércoles en la sede del equipo noruego, el Grandover Resort & Spa, donde el ambiente era relajado.
Uno de los chefs del equipo, Christian Karllson, se preparaba para hacer la cena para los amigos y familiares del equipo; compró un fletán para asarlo en la parrilla y expresó “vamos a hacerlo tipo barbacoa americana porque eso es lo que conocen”.
Heath Putman, un portero del complejo turístico que escuchaba la conversación, expresó con asombro más tarde ante la escena: deportistas de talla mundial hablando de barbacoas, aquí mismo, en Greensboro.
“El Sur no siempre ha tenido muy buena reputación sobre algunos de nuestros puntos de vista”, dijo Putman.
“Pero”, añadió, “aquí estamos, con los brazos abiertos”.
El alcalde Tim Kelly, de Chattanooga (Tennessee), en su despacho del centro de la ciudad, el 18 de junio de 2026. (Julie Holder/The New York Times).