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El encuentro entre la selección sudamericana y la escuadra europea ha generado un ambiente festivo en el corazón de Florida.
¿Qué pasa cuando legiones de escoceses cantando y vestidos con kilt se encuentran con brasileños bailando samba vestidos de amarillo canario bajo el sol del sur de Florida? Una fiesta de la Copa del Mundo de lo más animada.
Ha habido otras, claro. Los mexicanos y los surcoreanos celebraron un festival del amor la semana pasada. Los estadounidenses organizaron una marcha al estilo europeo en Seattle. Los escoceses viajeros se bebieron todo lo que había en Boston.
Pero desde que el organismo rector del fútbol internacional publicó el calendario del torneo de este año, los entendidos en fútbol tenían el ojo puesto en el partido del miércoles por la noche, cerca de Miami, entre Escocia y Brasil, por su potencial festivo.
Los ingredientes:
- Brasil, que juega como si fuera el equipo local en Florida, el estado donde viven la mayoría de los brasileños en Estados Unidos.
- Escocia, que vuelve al Mundial tras 28 años, con ganas de vengar su derrota por 2-1 ante Brasil en el torneo de 1998 en Francia.
- Gente de dos países a la que le gusta pasárselo bien, reunida en una ciudad a la que nada le gusta más que hacer que la gente se lo pase en grande.
La fiesta lleva días en pleno apogeo.
Los brasileños que acudieron en masa a la playa el domingo por la tarde –una enorme multitud que se agolpaba en la arena al ritmo de los tambores de samba– convirtieron Miami Beach en una versión a pequeña escala de la famosa Copacabana de Río de Janeiro.
El lunes, los escoceses se lanzaron al barrio de Little Havana, en Miami, y marcharon al son de las gaitas hasta el Marlins Stadium para ver un partido de béisbol, tal y como hicieron en el Fenway Park de Boston y en el Yankee Stadium de Nueva York. Bailaron por los pasillos del estadio e infundieron una vitalidad inusual a un partido de lunes para un equipo con uno de los peores registros de asistencia de las Grandes Ligas de Béisbol.
Luego, el martes por la tarde, los aficionados escoceses se adueñaron de South Beach y abarrotaron muchas manzanas de Ocean Drive entre los hoteles art déco y el Atlántico, una multitud incongruente de pesados kilts de tartán bajo las palmeras. Marcharon sin dejarse intimidar a pesar de las temperaturas insoportables.
El sur de Florida lleva tiempo sufriendo un calor sofocante; un índice de calor de 43 grados Celsius obligó al Fan Festival del Mundial, en el centro de Miami, a suspender temporalmente la entrada el lunes por la tarde. El martes estaba en vigor una alerta por calor mientras los pálidos escoceses –al menos en comparación con los brasileños, mucho más a gusto– se lo pasaban en grande.
Las autoridades de Miami Beach instaron al “Ejército de tartán”, como se conoce a los aficionados escoceses, a que llevaran agua y usaran gorras y protector solar. Parecía que algunos hacían más caso a esos consejos que otros.
“Estoy perdiendo todo mi peso en sudor”, dijo Alan McLuskey, de 30 años, quien iba sin camisa, con la camiseta azul de Escocia colgada de sus pantalones cortos y sostenía una botellita de Smirnoff Ice antes de que empezara la marcha. A su alrededor, ya se veían un montón de quemaduras solares. Abundaban las Coronas con rodajas de limón.
Un hombre dijo que los kilts, también conocidos como faldas escocesas –hechos de lana, con decenas de pliegues aislantes– eran “horribles” con tanta humedad, y comentó que algunos de sus compatriotas escoceses no llevaban nada debajo. Él mismo ya era “demasiado viejo” para eso, dijo.
“Hace un poco de calor para hacer gran cosa”, dijo otro hombre, Robert Cummings, que iba ataviado de pies a cabeza con la indumentaria de Escocia, incluida una camiseta sin mangas en la que se leía: “Escocés, no británico”. (Cuando cuatro hombres con camisetas de Inglaterra se atrevieron a pasar por allí, la multitud los abucheó sin piedad).
Cummings, de 61 años, dijo que también había viajado a Francia para animar a Escocia en 1998; pasó nueve días en Boston este mes antes de venir a Miami. Según dijo Cummings, al llegar hace unos días, su hijo le pidió matrimonio a su novia en el muelle de South Pointe. Ella dijo que sí.
Donnie MacNeil, de 69 años, que vive en la remota isla de Barra, en Escocia, llevaba sandalias con su kilt y lucía la bandera escocesa que su mujer le había pintado en las uñas de los pies. Miami, dijo, era “fantástica”, aunque en sus piernas se veían algunas picaduras recientes de insectos.
Unos cuantos brasileños presenciaron el desfile o marcharon junto a los escoceses, compartiendo su alegría y ondeando banderas brasileñas. Un grupo de una media decena de amigos del estado brasileño de Paraná se adueñó de una mesa en un asador de Ocean Drive durante un par de horas.
“Es la mejor fiesta”, dijo uno de ellos, Guilherme Moreno, de 33 años.
Marcello Rocha, que vive en Boston y es originario de São Paulo, comentó que le sorprendió ver a tantos aficionados escoceses.
“Pero mañana”, predijo, “el estadio va a ser como Brasil”.
Patricia Mazzei es la reportera principal del Times en Miami y cubre Florida y Puerto Rico.

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