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Su salida allana el camino para que Andy Burnham, un popular exalcalde del Partido Laborista, se convierta en el séptimo primer ministro del país en una década.
Intentó con desesperación evitar este momento por meses.
Pero el lunes, Keir Starmer anunció finalmente su dimisión como primer ministro del Reino Unido, con lo que cede ante una sublevación que llevaba tiempo gestándose en su Partido Laborista. Es muy probable que esta decisión allane el camino para que Andy Burnham, un popular exalcalde, se convierta en el próximo líder del país.
Starmer, quien el viernes había prometido que “no me iré” del cargo, dijo que solo permanecería en el puesto hasta que se eligiera a un nuevo líder del partido. Su decisión de marcharse dará paso al séptimo primer ministro del Reino Unido en una década, prolongando así el periodo de convulsión política que vive el país desde que se votó a favor de salir de la Unión Europea en 2016.
“Todas las decisiones que he tomado han sido pensando primero en el país que amo. Por eso voy a renunciar como líder del Partido Laborista”, dijo Starmer frente al número 10 de Downing Street. Se le quebró la voz de la emoción al agradecer a su esposa, Victoria, por ser “un pilar a mi lado”.
Su salida marcará un hito amargo para un partido que protagonizó un resurgimiento notable en 2024 después de casi una década y media en el ostracismo político. Con Starmer al frente del Partido Laborista, el partido obtuvo una amplia mayoría parlamentaria y concluyó con 14 años de gobierno del Partido Conservador y a su impopular agenda de austeridad fiscal.
Pero, en lo que fue una señal inquietante para Starmer en ese momento, su Partido Laborista obtuvo un porcentaje de voto del 34 por ciento, el más bajo de la historia, en esas elecciones generales, lo que llevó a muchos analistas a calificar el triunfo como una “victoria aplastante sin cariño“, lo que hizo que su posición fuera intrínsecamente frágil desde el principio.
Durante su mandato, Starmer aumentó el gasto militar, incrementó la inversión en el Servicio Nacional de Salud y redujo la migración ilegal. Pero subió algunos impuestos para financiar el gasto público y fue vacilante en cuanto a los cambios en las prestaciones sociales y los subsidios a la calefacción doméstica. Su mandato se caracterizó cada vez más por un declive político, lo que lo hizo parecer débil, indeciso y sin control sobre su propio partido.
Su reputación resultó aún más dañada este año por las revelaciones sobre su decisión de nombrar a Peter Mandelson embajador en Estados Unidos, a pesar de los vínculos de Mandelson con el delincuente sexual condenado Jeffrey Epstein. Las devastadoras derrotas del Partido Laborista en las elecciones municipales de mayo fueron la gota que derramó el vaso para muchos en el partido.
A la espera entre bastidores estaba Burnham, quien apenas había ocultado su ambición de sustituir a Starmer por casi todo un año. Pero no fue hasta el mes pasado cuando se abrió claramente el camino hacia Downing Street, cuando el diputado laborista por Makerfield, en el noroeste de Inglaterra, Josh Simons, dijo que renunciaría con el único propósito de permitir que Burnham entrara en el Parlamento y se enfrentara a Starmer.
La victoria de Burnham la semana pasada en esas elecciones especiales dio un nuevo impulso a su candidatura para convertirse en primer ministro. Su posición en el partido se reforzó por su triunfo contundente frente al candidato de Reform UK, el partido populista de derecha liderado por Nigel Farage, que lleva más de un año liderando las encuestas.
Burnham dijo el lunes en las redes sociales que intentaría de manera formal sustituir a Starmer, y calificó la próxima transición de poder como “un proceso positivo de renovación para nuestro partido y nuestro país”. Poco después, recibió el apoyo de Wes Streeting, exsecretario de Salud y otro posible rival en la contienda por el liderazgo del Partido Laborista, lo que significa que el partido probablemente evitará un enfrentamiento encarnizado.
“Podríamos pasarnos el verano exagerando pequeñas diferencias, o podemos arremangarnos y ayudarle a llevar a cabo el cambio que nuestro partido y nuestro país necesitan”, escribió Streeting en un comunicado, refiriéndose a Burnham.
Burnham viajó el lunes en tren desde Mánchester a Londres, donde le dieron tratamiento de celebridad: equipos de televisión en helicópteros grabaron su llegada. Su ceremonia oficial de toma de posesión como diputado por Makerfield fue el broche final a un mes extraordinario de hábiles maniobras políticas que parece que van a culminar con su ascenso al cargo de primer ministro.
“La gente quiere ver avances en el crecimiento económico, el costo de la vida, los servicios públicos, la vivienda y las oportunidades para la próxima generación”, escribió Burnham el lunes en las redes sociales.
No quedó claro de inmediato cuándo Starmer podría dejar el cargo. Dijo que el plazo para presentar candidaturas oficiales para sustituirlo se abriría el 9 de julio y se cerraría cuando el Parlamento entrara en el receso de verano, normalmente una o dos semanas después. Para septiembre se elegiría entonces a un nuevo líder laborista, que se convertiría en primer ministro. Pero si Burnham es el único candidato, podría asumir el cargo tan pronto como julio.
Muchos miembros del Partido Laborista tienen la esperanza de que Burnham sea el nuevo comienzo que el partido necesita, lo que le permitiría revertir algunos de los bajos índices de popularidad que han lastrado a Starmer. Durante su breve campaña, Burnham habló reiteradamente de la necesidad de un cambio.
En un discurso al día siguiente de su victoria, prometió bajar los costos del agua y la energía, recortar las tarifas ferroviarias, acabar con la economía del goteo y promover la reindustrialización, sobre todo en el norte de Inglaterra.
Pero si Burnham asume el cargo de primer ministro, como se espera, heredará muchos de los mismos retos que a Starmer le resultaron tan difíciles de superar.
La economía ha estado estancada en los últimos dos años, en parte debido a la guerra de Rusia en Ucrania y, más recientemente, a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Según los analistas, el Reino Unido sigue padeciendo las secuelas económicas del brexit. Eso, junto con una inflación persistente, ha obligado a tomar decisiones difíciles en materia de impuestos y gasto público que han molestado a muchos votantes británicos.
El próximo primer ministro tendrá que decidir si acepta el presupuesto previsto por Starmer para el gasto militar durante los próximos tres años, que derivó en la dimisión del ministro de Defensa del país hace poco menos de dos semanas. Pero un aumento del gasto en las fuerzas armadas probablemente significaría recortes en los servicios públicos o un alza en los impuestos, o ambas cosas.
Además, el líder del Partido Laborista británico tendrá que lidiar con la presencia constante de Reform y de un nuevo partido de extrema derecha, Restore Britain. Las encuestas sugieren que Starmer ha hecho poco por detener el auge de una ideología nativista y antiinmigrante en algunas partes del país, a pesar de que las cifras de migración han caído abruptamente en los últimos dos años.
Burnham no es un político sin experiencia. Fue diputado durante una década en una etapa anterior de su carrera, llegó a ser ministro de Cultura y, más tarde, de Salud. Y como alcalde de Mánchester, volvió a poner el sistema de transporte de la zona bajo control público, aumentó la oferta de viviendas asequibles e impulsó un aumento de la inversión privada.
Se ha comprometido a respetar las promesas electorales del Partido Laborista para 2024. Pero Burnham aún no ha detallado las prioridades concretas que intentaría si llega a ser primer ministro.
[En la gráfica se ve el tiempo que sirvieron en el cargo los primeros ministros de los últimos años del Reino Unido. En rojo, se registra el tiempo antes de la renuncia y en amarillo, el tiempo que permanecieron en el puesto después de su renuncia].
El lunes, muchos líderes del partido dijeron que era momento de centrarse en el legado de Starmer. David Lammy, el viceprimer ministro, lo describió como “un buen hombre: con principios, decente” y, tras el discurso de renuncia de Starmer, afirmó: “Esta mañana, en su dimisión, hemos visto el carácter de este hombre”.
Starmer era una presencia usual en la escena internacional y un firme defensor de Ucrania en la guerra contra Rusia. Mark Carney, el primer ministro de Canadá, dijo en las redes sociales que “ha sido un privilegio trabajar junto a sir Keir Starmer mientras lideraba los esfuerzos internacionales para apoyar a Ucrania a través de la Coalición de los Dispuestos”.
En sus primeros días en el cargo, Starmer se esforzó mucho por forjar una buena relación personal con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y apostó con acierto a que eso daría lugar a acuerdos comerciales beneficiosos.
Pero esa relación se deterioró este año, cuando Starmer se negó a permitir que las fuerzas estadounidenses utilizaran las bases militares británicas para la guerra de Trump contra Irán. Starmer declaró con orgullo que no cedería en este asunto, incluso cuando el presidente lo acusó en las redes sociales de cobardía.
Al final, Starmer pareció aceptar la realidad política que conlleva ser uno de los primeros ministros menos populares de la historia moderna del Reino Unido.
“Haré todo lo que pueda para garantizar un traspaso de poderes ordenado”, dijo el lunes. “También daré a mi sucesor todo mi apoyo, sin reservas, sabiendo que heredará un Reino Unido mucho más fuerte y justo que el que yo heredé hace dos años”.
Michael D. Shear es el corresponsal jefe en el Reino Unido de The New York Times, y se encarga de cubrir la política y la cultura británicas, así como la diplomacia en todo el mundo.









