En este campamento, todas saben lo que significa tener cáncer de mama

This post was originally published on this site.

HONESDALE, Pensilvania — En el Camp Breastie, las mujeres que querían gritar tenían que levantarse temprano.

La sesión de desahogo a orillas del lago era la primera actividad del día. El sol apenas se asomaba en el cielo cuando decenas de supervivientes de cáncer de mama bajaban a toda prisa de las literas de sus cabañas hacia la orilla.

Primero, nombraron sus problemas, los escribieron en pequeñas piedras y las lanzaron al agua.

“Ira”, escribió Shelby Jones, de 33 años, de Nueva York.

“Miedo”, puso Emily Tout, de 30 años, de Búfalo, Nueva York, una madre soltera con cáncer metastásico.

Después, Nancy Antoine, una superviviente de cáncer de Davie (Florida), que dijo que llevaba años practicando la terapia de grito –aunque normalmente sola en casa–, las animó a desahogarse con un grito.

“Simplemente liberen lo que llevan dentro y dejen que el lago lo reciba”, dijo Antoine, de 51 años.

Las participantes formaban parte de un grupo de 500 mujeres –supervivientes de cáncer de mama, mujeres que conviven con la enfermedad en fase avanzada y mujeres de alto riesgo que habían tomado medidas para prevenirla– que se reunieron en un campamento cerca de Honesdale, Pensilvania, a principios de junio para un retiro anual de cuatro días. El evento se ha vuelto tan famoso, que los organizadores planean añadir una sede en la costa oeste el año que viene, duplicando así la capacidad del evento.

Cada año, se diagnostica cáncer de mama a más de 350.000 mujeres en Estados Unidos y ha habido un incremento importante de los casos entre las adultas más jóvenes, para quienes el campamento resulta especialmente atractivo. Eso significa que la demanda de los lugares suele superar la oferta: las entradas para el campamento se agotaron en dos semanas en 2025, dijo el equipo de organización y este año, en menos de dos horas.

“Es como Coachella”, dijo Trish Michelle, una de las organizadoras, refiriéndose al famoso festival de música y arte que se celebra cada año en Indio, California. En cuanto empieza la venta en la página web, la gente que va manejando “se orilla y detiene en la calle para comprar entradas”.

El retiro tiene todos los elementos propios de un campamento de verano. La mayoría de las participantes, que se hacen llamar “Breasties”, llegan en autobús. Se les da la bienvenida con ovaciones y gritos de alegría; se les asignan cabañas con nombres como “Guava” y “Mango”. La primera noche hay una fogata con malvaviscos (y mosquitos).

La diferencia es que algunas participantes están calvas, tras haber perdido el pelo durante la quimioterapia. Algunas usan dispositivos de asistencia para desplazarse por el recinto. Muchas tienen el pecho plano tras haberse sometido a una mastectomía. Casi todas las actividades en grupo comienzan con un ejercicio de relajación y respiración profunda.

Hay 200 actividades que incluyen tiro con arco, aeróbicos, yoga, zumba, comidas en la cafetería y un montón de tentempiés. También, hay charlas a cargo de expertos como médicos, nutricionistas y psicólogos, así como sesiones individuales con genetistas y cirujanos especializados en mama. Los terapeutas de salud mental están a disposición de las participantes.

Los avances en el tratamiento del cáncer de mama en los últimos años han mejorado las tasas de supervivencia, aunque la incidencia de la enfermedad haya aumentado ligeramente; sin embargo, muchas mujeres aquí expresaron que lo que viene después de que finalmente terminan los agotadores tratamientos–seguir adelante con la vida como superviviente de cáncer– resulta, en muchos sentidos, casi igual de abrumador. El plan de acción que las había guiado desde la cirugía hasta la quimioterapia y la radioterapia llega a su fin y el contacto constante con el personal sanitario se interrumpe.

“Estar en tratamiento es duro, pero sabes qué esperar”, comentó Tracy Lane, de 45 años, de Fort Worth, Texas, a quien le diagnosticaron cáncer de mama el año pasado. “Te vigilan constantemente y te sientes muy bien atendida”.

Cuando terminó el tratamiento en octubre, esperaba sentir alivio, pero en cambio se vio invadida por la ansiedad: “¿Quién va a vigilarme ahora? ¿Sigue ahí? ¿Va a volver?”.

“Se da por hecho que una vuelva a la normalidad una vez terminada la quimio”, subrayó. “Pero ¿dónde está esa antigua yo? Se ha ido. Ya no existe. Antes se preocupaba por tonterías. Se tomaba la vida a la ligera”.

“Estabas consciente de que en cualquier momento te podía atropellar un autobús, pero tenías la ilusión de que estabas en control”, expresó. “El cáncer te golpea de lleno y esa ilusión se esfuma”.

Las mujeres que fundaron Breasties tenían entre 20 y 30 años cuando se enfrentaron al cáncer de mama. Buscaban almas gemelas, pero descubrieron que los grupos de apoyo tradicionales para el cáncer atraían a pacientes de mayor edad que se encontraban en etapas de vida diferentes.

Allie Brumel tenía 28 años y estaba recién casada cuando se encontró un bulto canceroso en el pecho izquierdo. “No sabía que se pudiera tener cáncer de mama a los veinte y tantos”, comentó Brumel, que ahora tiene 37 años y anteriormente vivía en la zona de Nueva York, pero se mudó a Bluffton, en Carolina del Sur desde entonces.

Contó que empezó a buscar en Google para encontrar a otras veinteañeras con cáncer. Encontró el Instagram de Paige More, donde describía cómo se había sometido a una doble mastectomía preventiva en 2017, tras descubrir que era portadora de la mutación del gen BRCA que aumenta significativamente el riesgo de padecer tanto cáncer de mama como de ovario. A Brumel le impresionó que More hablara abiertamente en público sobre su mastectomía y se puso en contacto con ella.

More le presentó a su amiga Bri Majsiak, que ahora tiene 32 años y es de East Rutherford, Nueva Jersey. Majsiak tenía 5 años cuando su madre, de 31 años, falleció de cáncer de mama. Las pruebas genéticas que se realizó no fueron concluyentes, pero también decidió someterse a una cirugía profiláctica en 2020.

Finalmente, las tres mujeres conocieron a Michelle, madre de dos hijos, que ahora vive en Rosedale, Queens. Michelle tenía 35 años cuando descubrió un bulto “que parecía una roca” en un pecho. Tuvo que insistir mucho a su médico para que le hiciera una mamografía porque aún no había cumplido los 40 años.

La prueba reveló un pequeño tumor, pero ella optó por una mastectomía doble, lo que dejó perplejos a sus amigos y familiares. Durante la intervención, los cirujanos descubrieron otro tumor canceroso detrás de la pared torácica que habría pasado desapercibido con una cirugía menos invasiva.

Ansiosa por hablar con otras mujeres que estuvieran pasando por experiencias similares, Michelle buscó en Internet y encontró a More, quien la invitó a una cena de “Friendsgiving”.

La conexión fue inmediata, aunque le sorprendió. “Paige era una década más joven”, dijo Michelle, quien entonces vivía en Long Island. “En papel, no teníamos nada en común. Yo era una madre negra con hijos en las afueras de la ciudad y ella era una mujer soltera blanca que vivía en la ciudad. Yo trabajaba en el sector sanitario y ella en la televisión. Pero era una persona abierta y hablaba francamente de su mastectomía en Instagram”.

Las reuniones continuaron y acabaron convirtiéndose en escapadas de fin de semana juntas. Cuando publicaban fotos en las redes sociales, se veían inundadas de peticiones de mujeres que querían asistir al siguiente evento. El número de miembros del grupo creció como bola de nieve y las organizadoras crearon en 2018 una organización sin ánimo de lucro llamada “The Breasties”. Además del retiro, el grupo organiza encuentros virtuales durante todo el año; realiza labores de defensa de los derechos de las pacientes; recauda fondos para la investigación del cáncer de mama avanzado en estadio 4 y produce “The Peak”, una guía en línea para afrontar el cáncer de mama y otros cánceres ginecológicos.

Durante la asamblea inaugural en Camp Breastie, Michelle contó a las asistentes que estaba a punto de cumplir su décimo aniversario en remisión. Le dieron una gran ovación de pie.

No hay vuelta atrás

Una tarde en el retiro, varias mujeres se sentaron alrededor de una mesa para clasificar bandejas con cuentas para hacer pulseras que dijeran “Superviviente” o “Mantente fuerte”.

Brooklyn Olumba, de 34 años y farmacéutica en Houston, dijo que le era terapéutico.

“No para mí, ¡es estresante!”, expresó Ardisa Smith, de 51 años de Georgia, que buscaba frenéticamente entre el montón las letras que le faltaban. “Necesito otra R”.

Al igual que el resto de las participantes, Smith y Olumba dijeron que el verdadero atractivo del retiro no eran las actividades ni la oportunidad de consultar a un experto, sino la posibilidad de pasar tiempo con otras mujeres que sabían exactamente por lo que estaban pasando, incluso antes de que dijeran una sola palabra. Ni siquiera los amigos y familiares más comprensivos podían entender hasta qué punto el cáncer las había cambiado y a menudo, esperaban que volvieran a ser como antes, algo que ellas no podían hacer.

Olumba comparó la experiencia con sufrir un accidente de coche.

“Todo el mundo se preocupa por ti justo después”, dijo. “Luego, una vez que te has recuperado, ya nadie más piensa en eso, pero tú sigues teniendo miedo de conducir. Te preguntas constantemente si volverás a tener otro accidente”.

Cambió de estrategia con la pulsera, dejó de lado el “Sé fuerte” y lo cambió por “¡Al diablo con el cáncer!”.

“Vienes al campamento y resulta que todo el mundo ha tenido un accidente de coche”, comentó.

Las mujeres se preparan para una fiesta de baile llamada “Breastival” la última noche del Camp Breastie, en el campamento Lake Bryn Mawr de Honesdale, Pensilvania, el 6 de junio de 2026. (Adrianna Newell/The New York Times)

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *