Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal y defensor del libre mercado, muere a los 100 años

This post was originally published on this site.

Alan Greenspan, quien durante casi dos décadas como presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos impulsó un largo periodo de prosperidad, superó varias crisis y fue una figura poderosa y controversial a la hora de confeccionar políticas favorables al mercado, murió el lunes en su casa de Washington. Tenía 100 años.

La causa fue una complicación de la enfermedad de Parkinson, dijo su esposa, Andrea Mitchell, corresponsal jefa en Washington y corresponsal jefa de asuntos exteriores de NBC News.

Greenspan, el legislador más destacado de su época y posiblemente el economista más reconocido de todos los tiempos, dirigió el banco central estadounidense durante cuatro presidentes de ambos partidos entre 1987 y 2006.

Gran parte de su mandato coincidió con una racha de prosperidad en la que se erigió como la encarnación de una corriente triunfante del capitalismo estadounidense de la pos Guerra Fría: optimista, fiel en el poder de los mercados para mejorar el nivel de vida, cautivado por el poder de la tecnología y reacio a la regulación.

Pero el sello ideológico que Greenspan impuso a la formulación de políticas acabó por asociarse también a las consecuencias destructivas de las fuerzas que surgieron bajo su mandato, entre ellas la desregulación a Wall Street y a los bancos, la pérdida de puestos de trabajo estadounidenses a causa del libre comercio y las persistentes preocupaciones sobre las burbujas en los precios de las acciones y la vivienda.

Aunque Greenspan gestionó con destreza las tasas de interés para mantener la economía en marcha, se mostró receloso al momento de enfrentar un peligro que conocía bien: que el entorno de baja inflación y política monetaria expansiva que él mismo había ayudado a crear ponía en riesgo a Estados Unidos al impulsar auges de inversión insostenibles. Y siguió mostrándose reacio a actuar mientras los bancos y las empresas de inversión adoptaban nuevas y complejas técnicas de negociación que acabarían causando un enorme daño.

En la Reserva Federal, conocida en inglés como la Fed, tuvo un éxito notable en lo que él consideraba la labor principal del responsable de un banco central: mantener controlada la inflación. También ayudó a Estados Unidos a enfrentar crisis periódicas, como la caída de la bolsa apenas unas semanas después de asumir el cargo, el colapso casi total de los mercados financieros asiáticos una década más tarde y las secuelas de los atentados terroristas del 11 de septiembre.

Solo después de que renunció a principios de 2006 –y sobre todo tras la crisis de Wall Street en 2008, el colapso casi total del mercado hipotecario y la profunda recesión posterior– su legado y su filosofía se vieron cuestionados de forma concertada.

Para entonces, un grupo de críticos lo culpaba de no haber evitado la burbuja inmobiliaria al subir las tasas de interés. Otro lo acusaba de promover un fundamentalismo de libre mercado corrosivo que permitió que el sistema financiero funcionara sin control mientras adoptaba medidas cada vez más arriesgadas.

Tras haber supervisado un periodo de enorme creación de riqueza, a menudo se le presentaba como uno de los responsables de la crisis de 2008 y de las sacudidas económicas y políticas que le siguieron.

Su falta de un mayor enfoque en mantener la estabilidad del sistema financiero, una vez que había demostrado que podía contener la inflación, “fue el error más trascendental de Greenspan, uno que no tenía por qué haber cometido”, concluyó su biógrafo, Sebastian Mallaby.

Su trayectoria –y el grado en que merece los elogios o las culpas que se le han atribuido– sigue siendo objeto de un intenso debate. No hay duda de que fue una figura clave durante un periodo de gran agitación en la economía y de profundas divisiones ideológicas sobre cómo gestionarla.

En el apogeo de su fama, mientras la economía florecía a finales de la década de 1990, una simple frase suya podía hacer que los mercados se dispararan o se desplomaran, y su rostro, detrás de unos gruesos lentes, era tan conocido como el de cualquier estrella de cine.

En público, solía hablar con una jerga enrevesada que incluso a sus colegas economistas les costaba descifrar.

Entre bastidores en Washington, Greenspan era un maestro del juego del poder político. Formado por sus experiencias como asesor de políticas en la campaña presidencial de Richard Nixon en 1968 y su papel como economista en jefe del presidente Gerald Ford, se convirtió en un operador astuto que protegió hábilmente la independencia de la Reserva Federal mientras moldeaba las agendas de presidentes sucesivos y orientaba la legislación en el Capitolio.

Su predecesor, Paul Volcker, había demostrado que el banco central podía resistir la presión política para bajar las tasas de interés mediante una estrategia monetaria restrictiva a finales de la década de 1970 e inicios de la década de 1980. En el proceso, Volcker dotó a la Fed de una enorme credibilidad en los mercados financieros y le dejó a Greenspan un amplio margen para dar forma a la política en Washington.

Greenspan utilizó su influencia con astucia en cuestiones que, estrictamente hablando, iban más allá de su mandato en la Fed, interviniendo con frecuencia para influir en la política fiscal, el déficit presupuestario y el comercio. Aunque era un republicano con fuertes inclinaciones libertarias –en su juventud fue seguidor de Ayn Rand y fue nombrado para la Fed por el presidente Ronald Reagan–, se las arregló para enfurecer tanto a los republicanos como a los demócratas, incluso cuando consiguió que presidentes de ambos partidos lo volvieran a nombrar.

Los aliados del presidente George Bush culparon en parte a Greenspan de que Bush perdiera la Casa Blanca frente a Bill Clinton en 1992, alegando que Greenspan había mantenido las tasas de interés demasiado altas justo cuando la economía salía de la recesión. Greenspan construyó vínculos estrechos con Clinton y su equipo, ayudando a impregnar al gobierno demócrata de una postura claramente favorable al mercado en materia de regulación financiera, y animando a Clinton desde el principio a adoptar la reducción del déficit, frente a las objeciones de los liberales.

Pero en 2001, cuando Greenspan apoyó el gran paquete de recortes fiscales del presidente George W. Bush, los demócratas protestaron furiosamente diciendo que había traicionado sus convicciones sobre la reducción del déficit para ganarse el favor del nuevo gobierno republicano.

La vida en Washington

Alan Greenspan maniobraba en todos los frentes, cultivando aliados a ambos lados del espectro político, tanto en la Casa Blanca como en el Capitolio. Omnipresente en la vida social de Washington, era una figura afable, aunque reservada, que se codeaba en las fiestas con jueces de la Corte Suprema, ministros del gobierno y periodistas, luciendo una sonrisa divertida y ofreciendo un apretón de manos suave.

Salió con Barbara Walters, de ABC News, a finales de la década de 1970. (“No me siento amenazado por una mujer poderosa”, escribió en su autobiografía). En 1997 se casó con Mitchell, quien, según él, nunca le perdonó del todo que hablara de política antimonopolio en su primera cita, muchos años antes; su boda la ofició la jueza Ruth Bader Ginsburg. Mitchell es la única sobreviviente directa de Greenspan.

Era un ávido jugador de tenis; afición que adoptó en serio en la cancha de la Casa Blanca mientras trabajaba en el gobierno de Ford y siguió compitiendo con entusiasmo hasta bien entrados sus 80 años contra una sucesión de secretarios del Tesoro y altos cargos de ambos partidos.

Evitaba las fórmulas y reglas en las que otros banqueros centrales a menudo confiaban, a favor de un enfoque más intuitivo basado en un análisis profundo de los datos sobre las decisiones que tomaban las empresas, los consumidores y los inversionistas. (Admitió que algunas de sus mejores ideas se le ocurrían mientras se relajaba en una bañera caliente).

En la Fed, se dio cuenta de cómo una serie de fuerzas poderosas –entre las que destacaban los rápidos avances tecnológicos y el aumento de la competencia global– estaban alterando las perspectivas de inflación y, por lo tanto, la capacidad de la economía para crecer y crear empleo sin una presión al alza excesiva sobre los precios.

Gracias a la tecnología –concluyó Greenspan a mediados de la década de 1990–, todo tipo de sectores podían producir más por menos. En términos económicos, estaban generando mejores ganancias de productividad.

Basándose en esa convicción, Greenspan solía mantener las tasas de interés más bajas de lo que los modelos económicos tradicionales sugerían que debían estar. Como resultado, pudo permitir que la economía siguiera expandiéndose a un ritmo acelerado incluso cuando el desempleo descendía a niveles que generaciones anteriores de banqueros centrales habrían considerado señales de alerta de inflación y motivo para subir las tasas.

Durante gran parte de su mandato como presidente de la Fed, sobre todo a finales de la década de 1990, Greenspan parecía tener razón. Sus políticas ayudaron a crear condiciones en las que los aumentos de precios eran insignificantes, la economía generaba millones de nuevos empleos, las empresas podían financiarse a tasas atractivas y el mercado bursátil estaba en auge.

Sin embargo, las ganancias en productividad empezaron a menguar tras el cambio de siglo. Y aunque la política monetaria de Greenspan parecía haber vencido de forma notable al ciclo económico, tanto él como la Fed se enfrentaron a lo que resultaron ser fuerzas problemáticas y, en última instancia, disruptivas que no lograron comprender del todo, y mucho menos controlar.

La venganza del riesgo

El entorno de crédito barato en Estados Unidos coincidió con otros dos fenómenos. El primero fue la percepción entre los inversionistas de que la Reserva Federal de Greenspan siempre intervendría para contener los daños de las crisis financieras, limitando su riesgo y, posiblemente, fomentando la complacencia.

El otro fue la aparición de una enorme reserva de ahorro global, generada en gran medida por el rápido crecimiento de China y otros países en desarrollo. Ese capital atravesaba fronteras en busca de oportunidades de inversión rentables, lo que a menudo hacía bajar las tasas de interés a largo plazo, como las de las hipotecas. Pero podía ser voluble, y se iba de nuevo cuando surgían problemas o se presentaban oportunidades en otros lugares.

Al contribuir a impulsar primero el mercado bursátil y luego el inmobiliario en Estados Unidos, ese fondo de ahorro global hizo que muchos hogares fueran más ricos que nunca, al menos en el papel. También ayudó a elevar los precios de los activos hasta niveles que resultaron insostenibles tanto en Estados Unidos como en otros lugares, creando ciclos de auge y caída.

Greenspan llevaba mucho tiempo interesado en la interacción entre la economía y los precios de los activos: acciones, bonos y viviendas. En 1996 provocó un revuelo financiero simplemente al plantear públicamente si la “exuberancia irracional” estaba creando burbujas.

Se mostró reacio a intervenir para evitar o pinchar las burbujas cuando aparecieron durante su mandato, aunque en privado le preocupaba el problema. Greenspan solía decir en público que era prácticamente imposible evitar o desinflar las burbujas sin dañar la economía; en parte, según él, porque es difícil identificar una burbuja hasta que estalla.

“No es para nada obvio”, dijo Greenspan en 2004, “que las burbujas, incluso si se identifican a tiempo, puedan evitarse a un costo menor que el de una contracción económica sustancial y una posible desestabilización financiera, precisamente los resultados que estaríamos intentando evitar”.

El riesgo que representaban las burbujas se vio amplificado por el rápido crecimiento de instrumentos financieros nuevos y arriesgados. Aunque a Greenspan le preocupaba especialmente el mercado inmobiliario –intentó durante años, frente a la oposición bipartidista del Congreso, poner freno a Fannie Mae y Freddie Mac, las empresas autorizadas por el gobierno que impulsaron la titulización de hipotecas–, en general fue uno de los principales defensores de que los mercados financieros se autorregularan en la mayor medida posible.

Su postura era que el mercado podía poner al descubierto y castigar los comportamientos de riesgo de forma mucho más eficaz que las regulaciones impuestas por los funcionarios del gobierno. Sus opiniones influyeron, entre otros, en altos cargos del gobierno de Clinton, que a menudo se ponían de su lado en los debates sobre la regulación financiera.

La filosofía general de Greenspan, y su influencia, sobrevivieron al estallido de la burbuja de las acciones tecnológicas en 2000, que presagiaba el fin de lo que por entonces era la expansión económica más larga de la historia: 10 años, de 1991 a 2001.

La economía se recuperó en menos de un año, a pesar del impacto financiero y psicológico de los atentados del 11 de septiembre. Greenspan hizo caso omiso de las advertencias de que el mercado inmobiliario se estaba convirtiendo en una burbuja durante la primera década del nuevo siglo y siguió manteniendo las tasas de interés en niveles relativamente bajos.

Para cuando el mercado hipotecario comenzó a colapsar en 2007, desencadenando la crisis generalizada que condujo a la peor recesión desde la década de 1930, Greenspan ya había dejado el cargo. Enfrentó intensas críticas de que había fallado en su papel como regulador financiero y de que su política monetaria laxa había salido mal, destruyendo gran parte de la riqueza que había contribuido a crear.

Una de las críticas más mordaces vino de John Taylor, de la Universidad de Stanford, uno de los economistas monetarios más destacados y creador de un enfoque ampliamente aceptado para determinar el nivel adecuado de las tasas de interés oficiales. En un artículo publicado en The Wall Street Journal a principios de 2009, Taylor atribuyó la culpa de la burbuja inmobiliaria directamente, si no exclusivamente, a la Fed de Greenspan, afirmando que había mantenido las tasas de interés demasiado bajas durante demasiado tiempo.

“La Fed mantuvo su tasa de interés objetivo, sobre todo entre 2003 y 2005, muy por debajo de las directrices monetarias establecidas que indican en qué debe basarse una buena política según la experiencia histórica”, escribió Taylor. “Mantener las tasas de interés en la trayectoria que funcionó bien en las últimas dos décadas, en lugar de mantenerlas tan bajas, habría evitado el auge y la caída”.

Ante ese tipo de críticas, Greenspan dedicó gran parte de su tiempo, tras dejar el cargo en febrero de 2006, a defender su legado. Conocido en el apogeo de su poder por términos como “maestro” y “oráculo”, confesó a finales de 2008 estar “en un estado de incredulidad y conmoción” ante el fracaso de las fuerzas del mercado a la hora de evitar la calamidad económica. Reconoció que su convicción de que los mercados estaban guiados por agentes racionales se había visto sacudida.

Más aún que su manejo de la política de tasas de interés, su enfoque de laissez-faire en la regulación de mercados financieros cada vez más complejos e interconectados lo expuso a cuestionamientos posteriores.

Los derivados y los mercados

Las críticas se centraron especialmente en su actitud hacia los derivados. Estos instrumentos financieros, que permiten a las empresas y a los inversores diversificar el riesgo, fueron posteriormente culpados de propagar y acelerar las crisis financieras que sacudieron la economía en 2007 y 2008.

Greenspan desempeñó un papel clave a finales de la década de 1990 al frenar los esfuerzos por regular con mayor rigor los derivados. En aquellos años era aliado cercano de la mayoría de los miembros del equipo económico de Clinton, incluidos el secretario del Tesoro, Robert Rubin, y Lawrence Summers, adjunto y sucesor de Rubin. (A los tres se les apodó “El comité para salvar el mundo” en una portada de la revista Time en 1999, tras hacer frente a una sucesión de crisis financieras).

Junto a ellos, Greenspan trabajó para bloquear una propuesta presentada en 1998 por Brooksley Born, jefa de la Comisión de Comercio de Futuros de Materias Primas, que pedía mayor transparencia en el comercio de derivados y más colchones contra pérdidas.

Greenspan y sus aliados sostuvieron que la regulación propuesta podría desestabilizar los mercados. A lo largo del debate, Greenspan argumentó que los mercados financieros, y las propias firmas de inversión, harían un mejor trabajo controlando el riesgo excesivo que el que el gobierno podría hacer jamás.

Los riesgos de que instrumentos financieros como los derivados pudieran provocar pérdidas enormes en todo el sistema financiero ya se conocían bien incluso en aquel momento. La Fed estuvo profundamente involucrada en los esfuerzos del verano de 1998 para evitar que la quiebra de una firma llamada Long-Term Capital Management arrastrara a gran parte de Wall Street, cuando su uso de derivados y otros instrumentos sofisticados salió mal.

No obstante, el colapso financiero de 2008 hizo poco por alterar su opinión de que los mercados son mejores que los gobiernos a la hora de regular el riesgo, a pesar del daño causado a economías enteras cuando los mercados fallaron.

“Me parece innecesario restringir la negociación de algunos de los derivados más recientes y otros productos financieros innovadores de la última década”, escribió en una posdata a una versión actualizada de su autobiografía en 2008. “Los peores han fracasado; los inversores ya no los financian y es poco probable que lo hagan en el futuro”.

De Juilliard a Ayn Rand

Alan Greenspan nació el 6 de marzo de 1926 en la ciudad de Nueva York. Fue el único hijo de Herbert y Rose (Goldsmith) Greenspan. Sus padres se divorciaron cuando él tenía 5 años, y su madre lo crió en el barrio de Washington Heights, en Manhattan.

Con el apoyo entusiasta de su madre, a quien le gustaba cantar, bailar y tocar el piano, se convirtió en un músico consumado durante su adolescencia. Tras graduarse de la escuela secundaria George Washington, ingresó a la Juilliard School y pasó varios años tocando el saxofón en una banda de swing.

Durante las presentaciones de la banda, Greenspan aprovechaba los descansos para leer libros que había tomado prestados de la biblioteca. “Y un día saqué un libro sobre negocios, finanzas o algo relacionado con la bolsa”, dijo en una entrevista de 1989 con The New York Times Magazine, “y me pareció realmente fascinante”.

Reconociendo que la economía podría resultar un campo más fructífero para él que la música, Greenspan dejó Juilliard e ingresó a la Universidad de Nueva York, donde obtuvo una licenciatura en 1948 y una maestría en 1950, ambas en economía. Empezó a cursar su doctorado en la Universidad de Columbia, donde estudió bajo la tutela de Arthur Burns, quien más tarde se convertiría en presidente de la Reserva Federal. Greenspan acabó obteniendo el doctorado en la Universidad de Nueva York en 1977.

Greenspan se casó en 1952 con Joan Mitchell (más tarde Joan Mitchell Blumenthal), pintora y escritora; el matrimonio terminó al cabo de un año.

Su especialidad era la previsión económica, basada más en el estudio intensivo de estadísticas complejas que en grandes teorías. Mientras construía su reputación profesional durante la década de 1950, Greenspan también desarrollaba una filosofía de libre mercado intensa, fuertemente influida por Rand, cuyas novelas defendían un capitalismo de laissez-faire basado en un “egoísmo racional”, es decir, la idea de que la sociedad funciona mejor cuando los individuos persiguen su propio interés.

A través de su primera esposa, Greenspan conoció a Rand en 1952 y pronto pasó a formar parte de su círculo más cercano, donde pasaba horas debatiendo sobre las relaciones entre las personas, los gobiernos y los mercados. Greenspan, que había alcanzado la mayoría de edad durante el apogeo de la teoría keynesiana –que llegó a justificar la idea de un papel activo del gobierno en la economía, incluido el uso del gasto público para estimular el crecimiento y redistribuir rápidamente la riqueza–, vio cómo sus supuestos eran objeto de un ataque intelectual sostenido por parte de Rand.

Con el tiempo, dijo Greenspan, Rand le enseñó que el capitalismo no solo era eficiente y práctico, sino también moral.

“Lo que ella hizo por mí, que fue una experiencia extraordinaria, fue demostrarme –es decir, acorralándome sin piedad– que las posturas que yo defendía eran erróneas, fundamentalmente contradictorias”, dijo Greenspan en la entrevista de 1989 con Times Magazine. “Quedé realmente fascinado y, con los años, a medida que la conocí mejor y leí sus textos y conversé con ella, tuvo un efecto parecido al de un profesor universitario favorito”.

En el bando republicano

Greenspan se metió en política por primera vez en 1967, cuando se incorporó como asesor de la campaña presidencial de Nixon, una experiencia que lo expuso a las concesiones entre el principio ideológico y la victoria electoral. En 1974, poco antes de que Nixon renunciara por el escándalo de Watergate, Greenspan fue nombrado presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, cargo que asumió justo después de que Ford llegara a la presidencia, un período en el que el país enfrentaba no solo el impacto político de Watergate, sino también el impacto económico de los precios del petróleo en alza y la inflación galopante.

Tras la derrota de Ford frente a Jimmy Carter en 1976, Greenspan siguió activo en la política republicana. En la convención republicana de 1980, desempeñó un papel clave en la negociación de un acuerdo que finalmente fracasó y que habría convertido a Ford en candidato a la vicepresidencia en la fórmula republicana junto a Reagan, como parte de un esquema de reparto del poder.

Tras la elección de Reagan como presidente, a Greenspan se le encomendó la delicada tarea de encabezar una comisión para evitar que el sistema de Seguro Social se quedara sin fondos. En 1983, la comisión recomendó una combinación de recortes en las prestaciones y aumentos de impuestos. Dado el peligro real de que el Seguro Social pronto fuera incapaz de cumplir sus obligaciones, la mayoría de las recomendaciones fueron adoptadas por el Congreso, y la reputación de Greenspan en Washington se disparó.

En los años siguientes, Greenspan fue una presencia habitual en Washington, asesorando al gobierno de Reagan, testificando ante el Congreso y formando parte de diversas comisiones.

Ya en 1986 se especulaba en Washington y en Wall Street que Greenspan sucedería a Volcker como presidente de la Fed en caso de que este no fuera nominado para un tercer mandato de cuatro años en 1987. Cuando Volcker, cuya rigurosa estrategia antiinflacionaria provocó dos recesiones pero logró, en gran medida, romper un patrón de precios en espiral, decidió retirarse, el gobierno de Reagan consideró a Greenspan la elección obvia.

El 3 de agosto de 1987, el Senado aprobó el nombramiento de Greenspan por 91 votos a favor y 2 en contra, y ocho días después tomó posesión como el decimotercer presidente de la Reserva Federal.

La caída de 1987

Greenspan asumió el cargo muy a la sombra de Volcker, y con mucha gente, tanto en Wall Street como en Washington, preguntándose si estaría a la altura del puesto. Su primera prueba llegó rápidamente, cuando la bolsa se desplomó el lunes 19 de octubre de 1987, cayendo 508 puntos, o un 22,6 por ciento, una caída incluso mayor que la del Viernes Negro de 1929.

Hasta ese momento, la pregunta era si Greenspan mostraría la misma firmeza en la lucha contra la inflación que había demostrado Volcker; y, sobre todo, si sería capaz de resistir la presión de una Casa Blanca republicana para mantener la economía en marcha de cara a las elecciones de 1988.

La caída del mercado obligó a Greenspan a pasar, al menos temporalmente, de una política monetaria restrictiva a una flexibilización abrupta. Inundó el sistema financiero con dinero, lubricándolo y evitando quiebras de corredurías y bancos. La economía finalmente no sufrió daños duraderos.

Este episodio le valió a Greenspan un nuevo respeto. Durante los años siguientes, fue adquiriendo poco a poco dentro de la Fed el mismo tipo de influencia que Volcker había tenido en el apogeo de su poder a principios de la década de 1980, y los demás gobernadores de la Fed y los presidentes de los bancos de la Reserva Federal se mostraban reticentes a desafiar su autoridad o cuestionar su criterio.

A finales de la década de 1990, Greenspan había logrado lo que la mayoría de los economistas consideraban estabilidad de precios: aumentos del Índice de Precios al Consumidor por debajo del 2 por ciento y un cambio psicológico entre empresas y consumidores, que ya no tenían en cuenta las expectativas inflacionarias en su planificación y se beneficiaron de la caída posterior de las tasas de interés a largo plazo.

En cierta medida, la desaparición de la inflación se debió a la confluencia de factores favorables.

Durante gran parte de la década de 1990, el dólar se mantuvo fuerte, lo que contenía el costo de las importaciones. La llegada de la atención médica gestionada ayudó a controlar los costos descontrolados de la atención médica. La debilidad económica en gran parte del resto del mundo mantuvo bajos los precios de las materias primas, especialmente del petróleo. Las enormes inversiones en tecnología estaban dando sus frutos en forma de mejores tasas de crecimiento de la productividad, quizás el indicador más importante del potencial de una economía para una expansión sostenible.

Los economistas también le dieron a Greenspan un crédito considerable. Diseñó una serie de aumentos de tasas desde 1994 que buscaban sofocar las presiones inflacionarias antes de que pudieran arraigarse, y, de hecho, antes de que estuviera completamente claro que la inflación era un peligro.

Su estrategia preventiva enfureció a muchos liberales, que creían que sacrificaba el crecimiento del empleo y de los salarios en una lucha contra un enemigo ilusorio. Al dejar claro que no toleraría la inflación, Greenspan convenció a todos los principales actores de la economía –Wall Street, los sindicatos, los productores, los minoristas– de que ya no tenían por qué dar por hecho que los salarios y los precios subirían.

Así, los ajustes por costo de vida en los contratos sindicales disminuyeron. Los productores dejaron de intentar imponer aumentos de precios. Los inversores exigieron una menor “prima de inflación”. Lo más importante, concluyó Greenspan, es que el cambio en la mentalidad inflacionista le dio más margen para mantener bajas las tasas de interés oficiales mientras la economía vivía un auge en la segunda mitad de la década de 1990.

Con la inflación en gran medida bajo control, Greenspan, a partir de mediados de la década de 1990, enfrentó cada vez más desafíos derivados de un sistema financiero global cada vez más complejo.

En el extranjero, hubo crisis en México, en las economías emergentes asiáticas y en Rusia que, en distintos momentos, amenazaron no solo a los inversores y a las instituciones financieras, sino también al sustento de los trabajadores estadounidenses, que vieron cómo sus empleos y ahorros se veían afectados por decisiones políticas tomadas en capitales y salas de juntas lejanas.

Dentro de la Fed, había debates sobre la deflación, un declive crónico de precios y salarios que parecía haber azotado al antaño poderoso Japón.

Con la economía nacional en pleno auge, Greenspan optó por eludir las preocupaciones sobre los peligros de un sistema financiero cada vez más complejo y los riesgos de que los precios de las acciones, y luego de la vivienda, pudieran colapsar y arrastrar a la economía con ellos.

El estallido de una burbuja inmobiliaria, dijo Greenspan en 2003, cuando crecía la preocupación precisamente por tal resultado, era “muy improbable”.

El 31 de enero de 2006, a los 79 años, Greenspan diseñó un pequeño aumento de las tasas de interés en una sesión de fijación de política de la Reserva Federal, su último acto en el cargo. Unas horas más tarde, el Senado confirmó a su sucesor, Ben Bernanke. Greenspan se marchó con un recuerdo –su silla de la enorme sala de juntas del banco central– y con lo que, en aquel momento, parecía ser la certeza de un legado seguro.

Richard W. Stevenson, jefe del buró en Washington, lleva cuatro décadas como reportero y editor del Times.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *