El Mundial desde las alturas: cómo evitan los superricos a las multitudes

This post was originally published on this site.

Para el fanático común del fútbol, el viaje de 15 kilómetros desde Manhattan hasta el estadio del Mundial en Nueva Jersey es tan atractivo como ir al dentista.

Hay que esperar horas en las filas serpenteantes de seguridad bajo el sol abrasador frente a Penn Station antes de apretujarse en autobuses escolares amarillos o trenes de NJ Transit junto a extraños sudorosos que van rumbo a los Meadowlands.

Pero mientras las masas se empujaban alrededor de la estación una tarde, una escena más refinada se desarrollaba bajo la entrada techada del edificio Solow, la famosa y costosa torre de oficinas cerca de la Quinta Avenida.

Cuatro hombres vestidos con trajes granate a juego, y sombreros y zapatos blancos impecables estaban parados en la acera, resguardando un par de camionetas Mercedes-Benz Sprinter. Los únicos indicios visibles del propósito del equipo eran un tenue texto bordado en el pecho que decía “FIFA World Cup 2026” y una misteriosa “Q” pegada en los parabrisas de los vehículos.

Los hombres, según tres personas informadas sobre sus roles y una invitación revisada por The New York Times, eran guardias de seguridad privada autorizados por la FIFA –el organismo rector del fútbol mundial– para trasladar rápidamente al estadio a los altos ejecutivos y clientes del fondo soberano de riqueza de Catar, valuado en 600.000 millones de dólares, para ver el partido entre Ecuador y Alemania.

Los hombres trasladaron al grupo más allá de los controles de seguridad en los sinuosos caminos alrededor del estadio hasta una suite privada, y luego recorrieron la misma ruta para el viaje de regreso, con una comodidad discreta y aire acondicionado.

Los socialistas demócratas están ganando elecciones en todo el país, los multimillonarios se enfrentan al primer posible impuesto estatal a la riqueza y, al parecer, cada magnate de la tecnología con algo de imaginación está construyendo un búnker privado para el fin del mundo.

Pero en el Mundial, los superricos pueden volver a ser ellos mismos. El torneo de este verano es un respiro para el multimillonario necesitado, un lugar donde el dinero todavía puede comprar un buen rato, aunque quizás no un trofeo. No busques más allá de la selección de Estados Unidos, cuyo salario del entrenador fue subsidiado con varios millones de dólares por Kenneth Griffin, el multimillonario gestor de fondos de cobertura. Su firma de corretaje, Citadel Securities, tiene una suite en Nueva Jersey y él personalmente ha gastado una suma desconocida, por separado, en entradas en otros estadios para sus empleados. Griffin asistió el lunes pasado en Seattle, justo a tiempo para ver a su inversión ser aplastada por Bélgica en los octavos de final.

“Es el Supertazón para los ultraprivilegiados”, dijo Hans D. Rearick, un inversionista privado que adquirió el gusto por el fútbol después de que una familia real de Medio Oriente le regaló un asiento en una suite para la final del Mundial pasado. Esta vez, ha estado volando entre Estados Unidos y México para asistir a los partidos. “La desigualdad está recibiendo un golpe directo en la cara ahora mismo”.

En entrevistas, más de una decena de entusiastas del Mundial en Wall Street, que en su mayoría hablaron de forma anónima debido al clima cultural en torno a la riqueza extrema, describieron un juego tras bambalinas para conseguir los mejores asientos y el transporte más conveniente posible por aire, tierra o mar.

Gran parte de la acción se centra en Teterboro, el aeropuerto privado en el norte de Nueva Jersey que es uno de los favoritos del sector financiero y que se encuentra a solo 10 kilómetros del estadio. Por un total de 6000 dólares, Blade Air transportará a seis personas allí en un vuelo en helicóptero de cuatro minutos desde Manhattan. Esa ha sido una de las rutas favoritas para los fanáticos del fútbol en Bank of America y Goldman Sachs que van a los partidos directamente desde el piso de operaciones, según dijeron dos empleados.

Por desgracia, aún necesitarás un auto privado –con etiquetas de la FIFA, que cuestan desde miles de dólares– para completar la segunda mitad del trayecto con estilo y que te dejen al lado del estadio. Uber y otros servicios de autos no pueden acercarse a menos de un kilómetro y medio.

Por 10.000 dólares, puedes conseguir un helicóptero más grande para volar a Teterboro desde los Hamptons, un viaje que se ha agotado en los días de partido, según Blade Air.

Esos precios son el triple del costo habitual fuera del Mundial, dijo Rob Wiesenthal, director ejecutivo de Blade Air, quien los atribuyó a las tarifas más altas que cobran los operadores de las terminales durante el torneo.

Una portavoz de Teterboro dijo que el aeropuerto no fija las tarifas, que son establecidas por los operadores de terminales independientes.

Un destacado abogado de fusiones y adquisiciones ha estado aprovechando el momento, cobrando 10.000 dólares por alquilar su propio hangar en Teterboro a los clientes de su firma que vuelan para asistir a los partidos. El abogado, que habló de manera anónima para no incomodar a su empleador por hablar públicamente de sus negocios personales, estacionó su avión en Massachusetts durante todo el mes.

A pesar de todo eso, todavía tienes que conseguir entradas para el partido.

La suite más cara en el estadio de Nueva Jersey, en el segundo nivel a mitad de cancha, cuesta 8 millones de dólares. Si ocuparas cada asiento de la suite para los ocho partidos, terminarías pagando unos 19.230 dólares por cada uno.

Hemant Taneja, un multimillonario capitalista de riesgo, pagó más de 50.000 dólares por 26 entradas para un partido en Santa Clara, California. Su compra fue una especie de caridad, en cierto modo, escribió en un correo electrónico.

“Se las regalamos a muchas personas que trabajan para nosotros y aman el fútbol pero que no habrían podido ir por su cuenta; para ellos es una experiencia de vida”, dijo.

Sus invitados pudieron observar la acción desde la novena fila. Pero tuvieron que comprar sus propias cervezas a 24 dólares cada una.

Para la final del Mundial en Nueva Jersey, donde los mejores asientos se acercan a los 100.000 dólares cada uno en las plataformas secundarias de boletos, Taneja solo compró dos, dijo.

Llevará a su esposa.

Tal es la competencia entre los empleados de las altas finanzas por los asientos que una banquera de inversión tuvo que redactar un extenso memorando para convencer a sus jefes de que le permitieran usar algunas de las entradas de la empresa para un partido de las primeras rondas.

Al final, se quedó con una entrada de sobra después de que el departamento de cumplimiento normativo de un cliente internacional concluyera que los asientos –a 11 filas de la cancha– eran tan caros que podrían infringir las reglas extranjeras contra sobornos de su organización.

Paul Weiss, el prestigioso bufete de abogados de Nueva York, recibió numerosas entradas gratuitas por hacer trabajo pro bono para los comités organizadores locales del torneo, dijeron dos personas con conocimiento del funcionamiento interno de la firma. Una portavoz del bufete no respondió a las solicitudes de comentarios sobre las entradas.

El trabajo pro bono ha sido un tema espinoso para Paul Weiss, que fue criticado en algunos círculos jurídicos el año pasado por llegar a un acuerdo con el gobierno de Donald Trump que obligaba a la firma a realizar trabajo legal gratuito para causas afines al presidente estadounidense.

La asignación pro bono para el Mundial, al menos, resultó en lo que un socio de Paul Weiss calificó como asientos “realmente buenos”.

Rob Copeland es un periodista financiero del Times, y escribe sobre Wall Street y la industria bancaria.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *