Opinión: El dilema del hijo bisexual

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Cuando estaba en la universidad le confesé a mi madre conservadora que era gay, aunque no del todo –es decir, que soy bisexual–, y eso era cierto y lo sigue siendo. Me atraen las personas de todo el espectro del género y salgo con ellas. Sin embargo, no imaginé que llegaría a arrepentirme de mi decisión. No la de haber salido del armario, sino de que al definirme como bisexual, le di a mi madre la impresión de que podía elegir una vida heterosexual. ¿Pero eso es en realidad posible en mi caso?

Pasé gran parte de mi adolescencia confundido por mis atracciones divididas. Tardé un tiempo en darme cuenta de lo que pasaba; en mi hogar religioso se reprimía toda sexualidad, no solo ser queer. Un ejemplo era cuando yo asistía a una fiesta en la playa o en la piscina, como era habitual con los preadolescentes de Florida. Si de alguna manera mi madre se hubiera enterado de que, al posar para una foto platónica de grupo, mi brazo desnudo podía haber tocado los hombros desnudos de una compañera de clase, habría sido un cuento de nunca acabar.

En la preparatoria me costaba entender por qué las sesiones de estiramientos en el equipo de fútbol me dejaban desorientado y acalorado. O las mariposas que sentí cuando, delante de nuestros casilleros, le pedí a una chica que fuera conmigo al baile de bienvenida como amigos, mediante un diminuto cartel de cartón.

Sin embargo, no fue hasta la universidad cuando experimenté la agitación interpersonal conocida como salir con alguien. Fue a través de ese proceso que llegué a conocerme como bisexual, y todo hizo clic. Por suerte, estaba en Yale, donde ser gay era tan notable como estudiar humanidades (es decir, nada en absoluto).

Pero, en momentos tensos, esa etiqueta se usa en mi contra. Durante nuestras discusiones telefónicas, mi madre suele señalar que le molesta profundamente que yo salga con hombres, y cuando le digo que no puedo evitar ser quien soy, me contesta con algo parecido a: “Bueno, ¿no eres bisexual? Entonces podrías elegir estar con una mujer, por el amor de Dios. Te estás complicando la vida a propósito”.

Para mi madre, mi bisexualidad mantiene abierta la opción de un camino “recto” en la vida, si tan solo renunciara a ser queer. Tal y como ella lo ve, se puede elegir; yo simplemente sigo eligiendo la opción equivocada. De joven, a menudo deseaba simplemente haberle hecho pensar que era gay. En nuestra guerra de palabras, no habría ninguna “elección” que pudiera usar para atacarme. Pensaría que estoy condenado, obvio, pero al menos eso es sencillo.

El año pasado cumplí 27 años. Empecé a pensar en que me gustaría conocer a alguien con quien pudiera construir una vida. Empecé a pensar en qué pasaría si ese alguien fuera la persona de mi vida. Y en qué pasaría si esa persona fuese una mujer.

Si anunciara que tenía la intención de pasar el resto de mi vida con una mujer, probablemente sería uno de los momentos más felices de la vida de mi madre. Pensar en su satisfacción y en el fanatismo de sus raíces me revuelve el estómago. Podría imaginarla arrodillándose, alabando al Señor y rompiendo a llorar de alegría. Quizá sería la peor sensación que podría experimentar al ver a alguien feliz por mí.

Pero me doy cuenta de que ella no solo celebraría mi alejamiento del “pecado”. También se alegraría de que la vida de su hijo mayor se volviera más fácil. Alrededor de la inexcusable homofobia de mi madre existe una preocupación profunda por mí.

En un intento de apelar a mi pragmatismo, una vez me advirtió por teléfono: “Ten cuidado. Si la gente sabe que no eres heterosexual, eso podría dificultarte las cosas como actor”.

Lamentablemente, tenía algo de razón.

Como artista, con cada chiste de personas gays que hago, pienso: “¿Habrá algún director o productor que vea esto y solo me vea como una persona gay?. El año pasado, para una clase de actuación, hice un simulacro de entrevista con directores de casting. Después, la asesora de la clase me recomendó que fuera más “masculino” en mi vida profesional diaria, ya que en mi trabajo en las escenas vio que yo podría ser aceptado convincentemente.

Recuerdo cuando estuve de vacaciones en una playa de Tulum, México, con un novio de la universidad. Mientras compartíamos una toalla en la arena, me acusó de evitar su contacto. Lo terrible es que tenía razón. Estaba evitando tocarlo. Me preocupaba cómo nos recibirían en un lugar público extranjero. En esos momentos, mi miedo nos desinfló a ambos y eso hundió nuestro amor en el océano que teníamos enfrente.

Con cada nueva legislación anti-LGTBQ, mi seguridad se siente más inestable. Me acuerdo del día en que me puse un crop top al entrar en el tren J de Brooklyn. Me cayeron gotas de saliva en la mejilla cuando alguien se apeó. Cuando se cerraron las puertas, una transeúnte se quitó los auriculares. “Creo que te acaban de escupir”, me dijo.

Siempre que tengo una cita con una mujer, me sorprende lo agradable que resulta nuestro afecto para los que nos rodean. En la cubierta de un transbordador, me envolví a mí y a mi cita con una manta para protegernos del viento. Mientras ella cerraba los ojos, una pareja de ancianos nos miraba y sonreía suavemente. Sentí una extraña sensación de seguridad. Qué sencilla podría ser la vida si esta cita se convirtiera en el resto de mi vida. Tras innumerables roces con el odio como hombre queer, cada cita con una mujer me muestra un cambio con potencial para alterar el curso de mi vida.

Aparentar ser heterosexual hace la vida más fácil. Pero, ¿es una elección que pueda hacer honestamente? Y si en algún momento dejo de salir con hombres, ¿qué pasará con mis anteriores relaciones queer? ¿Quedarían de algún modo desacreditadas emocionalmente? ¿Podría construir una vida significativa en la intersección de mi deseo de vivir con sinceridad y el deseo de tradicionalismo de la sociedad?

En la era de las aplicaciones de citas, parece haber un enfoque claro sobre la elección. Con un filtro de configuración, podría autoinducirme una miopía romántica y limitar mis posibles parejas a solo mujeres (o, por supuesto, hombres). Pero casi todas las citas que tuve el año pasado fueron fruto de algún tipo de casualidad en persona. En una ocasión, conocí a la presentadora de un pódcast que admiro en una fiesta poco iluminada. Tras una o dos copas para infundirme valor, crucé la pista de baile para invitarla a salir. Otra noche, estaba cerca del dispensador de agua de un bar cuando una chica chocó conmigo. Se disculpó, empezamos a charlar y luego conocí al amigo que la acompañaba. Nos caímos muy bien. Al final descubrí que todo había sido una farsa. La actuación de la amiga, digna de un Emmy, como la típica chica torpe, logró que le diera mi número de teléfono al chico.

¿Cómo podía pretender elegir a quién amo en un mundo lleno de encuentros fortuitos? Me estaría privando de la verdadera belleza y alegría del romance, que es que nunca está bajo nuestro control.

Al estar con hombres, he estado expuesto a muchas encarnaciones distintas de la masculinidad, cada una de las cuales ha profundizado la comprensión de mi propia masculinidad. Con las mujeres, he tenido la suerte de experimentar un tipo de ternura que me ha cambiado la vida, redefiniendo cómo yo, a mi vez, cuido de los demás. Y con quienes están fuera del género binario he visto cómo se amplía mi propio sentido de la autoexpresión.

No quiero hacer mi vida más aburrida para hacerla más fácil. El único camino verdaderamente posible es disolver la dicotomía y dejar que el universo tome las riendas y me traiga a quien tenga que traer.

He vivido momentos de amor. Una noche, mi pareja y yo salimos a correr por una calle de New Haven, llegando al final de la cuadra sin aliento, jadeando entre miradas de amor. Otra persona querida y yo descubrimos, en un apartamento de Cobble Hill, que ambos habíamos sentido algo en secreto cuando nos conocimos como amigos tres años antes. Nos echamos a reír a carcajadas en el sofá. No porque hubiéramos elegido bien, sino porque no habíamos elegido nada.

La atracción nos encuentra cuando quiere, sea cual sea su forma, nos lleva adonde quiere y nos enseña lo que le place. El amor llega como siempre: sin que nadie lo llame y más allá de toda negociación.

Tarek Ziad es actor, comediante, y actúa en la Upright Citizens Brigade, además escribe el boletín Perfect Information.

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