Mario Ríos Montt, prelado defensor de los derechos humanos, muere a los 94 años

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Lideró la oficina de derechos humanos de la Iglesia católica en Guatemala incluso cuando su hermano, el ex dictador militar del país, era investigado por genocidio.

Mario Ríos Montt, prelado que dirigió la oficina de derechos humanos de la Iglesia católica en Guatemala incluso cuando su hermano, el ex dictador militar del país, estaba siendo investigado por genocidio, murió el 5 de abril en Ciudad de Guatemala, la capital. Tenía 94 años.

Su muerte, en la casa provincial de los padres vicentinos fue anunciada por el Arzobispado de Guatemala. Era obispo auxiliar emérito de la arquidiócesis de Santiago de Guatemala en el momento de su muerte, que ocurrió el Domingo de Resurrección, como la de su hermano mayor, el general Efraín Ríos Montt, acaecida ocho años antes en la misma fiesta católica.

Todo separaba a los dos hermanos, que crecieron en la pobreza en una familia numerosa de la Guatemala rural. Durante años, su aguda divergencia se consideró emblemática de una escisión fundamental en la sociedad latinoamericana, entre una Iglesia que defendía los derechos humanos y un ejército que los pisoteaba.

En público, los hermanos se negaban a hablar mal el uno del otro. Bajo esa superficie, habían defendido posturas radicalmente distintas.

Durante años, el obispo Ríos Montt fue un proselitista discreto de los derechos humanos en su atribulado país, mismo que, a partir de 1960, fue azotado por una guerra civil de 36 años entre gobiernos militares o dominados por militares e insurgentes políticos de izquierda del campo. Murieron unas 200.000 personas, y se calcula que los militares fueron responsables de más del 90 por ciento de las muertes.

La peor fase, un periodo denominado “La violencia” en Guatemala, se produjo durante los 17 meses de gobierno de su hermano mayor, quien llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1982. Bajo su mandato, se registraron unas 86.000 víctimas, muchas de ellas campesinos indígenas mayas de la etnia ixil. El ejército del general atacó o destruyó alrededor de 4000 aldeas y caseríos, y quizá 1,2 millones de personas se vieron obligadas a exiliarse como consecuencia de su campaña antinsurgente de tierra arrasada.

Antes de ser derrocado por su propio ministro de Defensa en 1983, el general Ríos Montt asestó un duro golpe a la insurgencia guerrillera. El presidente de Estados Unidos Ronald Reagan elogió su cruzada contra el comunismo y calificó las acusaciones de abusos contra los derechos humanos de “acusaciones falsas”.

Cuando finalmente comenzó el ajuste de cuentas, años después –la guerra terminó en 1996 con un tratado de paz entre el gobierno y los rebeldes–, los dos hermanos estaban más enfrentados que nunca.

Para su sorpresa, el modesto obispo fue nombrado director de la oficina de derechos humanos de la Iglesia de Guatemala. Su nombramiento se produjo en 1998, justo después de que las autoridades eclesiásticas publicaran un informe condenatorio de las atrocidades cometidas por los militares.

Su predecesor en la oficina de derechos humanos, el obispo Juan José Gerardi, había muerto apaleado con una losa de hormigón en el garaje de una casa parroquial de la iglesia, dos días después de presentar el informe “Guatemala: ¡Nunca Más!”, el 24 de abril. Tres oficiales del ejército fueron condenados por el asesinato del obispo Gerardi en 2001.

El hermano del obispo Ríos Montt, Efraín, hizo una reaparición política en la década de 1990, primero como miembro del Congreso de Guatemala y luego como su presidente. No había perdido su popularidad entre algunos votantes como líder de mano dura contra la delincuencia.

La oficina de derechos humanos de la Iglesia, seguida por un poder judicial y abogados de derechos humanos recién independizados, pronto realizaron las primeras investigaciones sobre la conducta de Efraín durante la guerra civil, mismas que desembocaron en su condena por genocidio en 2013. Fue sentenciado a 80 años de prisión. Ese mismo año, la condena fue anulada por un tecnicismo, pero los defensores de derechos humanos la consideraron una victoria. Al morir, siendo ya general retirado, estaba siendo juzgado nuevamente.

En diciembre de 2000 en una conferencia de prensa, en la que anunció que era probable que se procesara a su hermano por las atrocidades de la guerra civil, el obispo Ríos Montt afirmó que lo que a él le interesaba era la verdad, pasara lo que pasara, y que la verdad era la verdad. Y agregó que el trabajo de la Iglesia era ese.

El obispo Ríos Montt había asumido la labor del obispo Gerardi con un fervor que sorprendió a los observadores eclesiásticos, quienes lo habían conocido principalmente como administrador. “Sabía que era un momento de mucho riesgo”, dijo en una entrevista Nery Rodenas, quien trabajaba para él. Lo describió como una persona “muy clara de cuál debía ser el papel que debía jugar la oficina en aspectos sociales”.

En una Iglesia que se había radicalizado por las agudas desigualdades del país y por la propia lucha guerrillera, el obispo Ríos Montt no destacaba como un estridente político de izquierda.

“Era un hombre de Iglesia, un buen hombre, una persona normal”, dijo en una entrevista Ricardo Falla, antropólogo, activista y sacerdote jesuita y uno de los intelectuales más conocidos del país. “No era un teólogo de la liberación”, añadió el padre Falla, en referencia a la doctrina cristiana de influencia marxista que se extendió por la Iglesia latinoamericana en las décadas de 1970 y 1980.

Pero al obispo Ríos Montt lo había transformado su experiencia en ese mismo periodo como obispo de la provincia costera de Escuintla, en el sur del país, pobre y desgarrada por las luchas entre los propietarios de las plantaciones de azúcar y los trabajadores en huelga.

“Apoyó la huelga y estuvo con la gente”, dijo Alejandro Rodríguez, abogado de derechos humanos de Ciudad de Guatemala.

Dos sacerdotes y dos seminaristas, defensores de los pobres, fueron asesinados en circunstancias turbias durante el mandato del obispo Ríos Montt. Por ello, “estaba realmente a favor de los derechos humanos y la justicia”, dijo Mario Trinidad, exsacerdote misionero en Escuintla y autor de Misioneros y resistencia en Guatemala (2024).

El propio obispo Ríos Montt figuraba en un “Dossier de la Muerte” del gobierno, según un cable de la embajada estadounidense de junio de 1981 –después de los asesinatos y antes de que su hermano tomara el poder– descubierto por un investigador, Ben Parker.

El gobierno de Guatemala, dijo el obispo al funcionario anónimo de la embajada, “simplemente no tiene la voluntad de cambiar” ni “la voluntad de hacer el bien”. Al gobierno, añadió, “le importan un bledo los humildes y los pobres”. El funcionario comentó sobre el obispo en el telegrama: “No temía por su propia seguridad, pues se sentía resignado a su destino”.

El obispo Ríos Montt pasó gran parte del gobierno de su hermano en el exilio –en Costa Rica y luego en Italia– tras recibir una llamada telefónica del general en la que le comunicaba que su vida corría peligro. Regresó tras la destitución de su hermano. El papa Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de Santiago de Guatemala en 1987. Se retiró en 2010.

Mario Enrique Ríos Montt nació el 17 de marzo de 1932 en Huehuetenango, en el altiplano occidental de Guatemala, uno de los 12 hijos de Hermógenes Ríos y Consuelo Mont (como figuraba en su partida de nacimiento; la familia de su madre era de origen francés).

Su padre era un comerciante acomodado que quebró durante la Depresión. De niño, Mario iba a misa todos los días; se decía que su hermano mayor era aficionado a los desfiles militares. Más tarde, Efraín se hizo cristiano evangélico.

Mario estudió en el Seminario Nacional de Costa Rica y en 1959 se ordenó sacerdote en la Sociedad de San Vicente de Paúl, cuyo ministerio es el cuidado de los pobres. Tras servir como párroco en Ciudad de Guatemala y en El Salvador, en su capital, San Salvador, pasó un tiempo como misionero en Cuba.

No se dispuso en un primer momento de información sobre sus supervivientes.

Aunque el obispo Ríos Montt se mostró crítico con las fuerzas armadas en una entrevista concedida en 1999 a la televisión guatemalteca, en la que señaló que la historia de Guatemala estaba llena de injusticia e impunidad, quienes trabajaron más de cerca con él nunca lo oyeron hablar de su hermano.

“Fue mi jefe inmediato durante muchos años y nunca me comentó nada, si estaba bien o mal lo que él había hecho”, dijo Rodenas.

Eso no sorprendió a muchos analistas del país. “Tiene que ver con el pegamento que mantiene unida a América Latina”, dijo Virginia Garrard, profesora emérita de Historia en la Universidad de Texas y autora de un libro sobre el general Ríos Montt. “Es la sensación de que la sangre es más espesa que el agua”.

Al mismo tiempo, el obispo Ríos Montt no guardó silencio sobre los crímenes que se cometieron durante la larga lucha interna del país.

“Algunas personas solo quieren olvidar las cosas”, dijo en una entrevista con The Los Angeles Times en 1999. “Pero primero, no se puede hacer; y aunque se pudiera, eso no nos permitiría aprender de la experiencia”.

Jody García colaboró con la reportería desde Ciudad de Guatemala.

Adam Nossiter ha sido jefe de las corresponsalías del Times en Kabul, París, África Occidental y Nueva Orleáns y ahora es redactor de la sección Obituarios.

Jody García colaboró con la reportería desde Ciudad de Guatemala.

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