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Mi atuendo de pesca hasta el pecho y mis botas de goma contrastaban con las personas pulcramente vestidas de las elegantes calles de Treviso, Italia. Me sentí como un personaje de Nada es para siempre que apareció de repente en el plató de La Dolce Vita.
Pasé una pierna por encima del parapeto de piedra y la barandilla de hierro forjado del Ponte Sant’Agata y, agarrando mi caña de pescar, bajé suavemente hasta el tajamar de la base del muelle del puente, donde Damiano Molon, mi guía, estaba sumergido hasta la cadera en la corriente fría y clara del canal Cagnan Grande.
Por encima de nosotros, las calles bullían de coches, cafés y conversaciones. Aquí, en el agua y casi ocultos del resto de la ciudad, había comenzado nuestra meditación urbana.
Durante una visita a Treviso, en 2024, tuve un encuentro fortuito con un hombre que vestía un atuendo similar al mío, equipado para pescar, y eso hizo que el verano pasado volviera a pescar. Ese hombre, de pie frente a un bar y saboreando un spritz, me intrigó. Había pescado en arroyos de Carolina del Norte apenas lo suficientemente profundos como para mojarse los tobillos y desde barcas a la deriva en los ríos de Oregón. Pero, aunque llevaba pescando con mosca desde que era niño, nunca lo había hecho en el centro de una ciudad.
Treviso, una elegante ciudad ribereña y llena de canales de unos 94.000 habitantes, al norte de Venecia, tiene una larga historia de pesca. Sus canales de agua, alimentados por una serie de manantiales a pocos kilómetros al norte, se mantienen a unos 10 grados Celsius durante todo el año y rebosan de truchas, carpas y chopas, atrayendo a aves acuáticas y a muchas personas con cañas, aunque, como me dijo Damiano, no muchos estadounidenses.
Damiano vio una gorda trucha marrón en la corriente a varios metros de distancia, y yo le lancé la caña. La línea aterrizó con un golpe lo bastante fuerte como para asustar al pez. Como no había más truchas a la vista, remontamos un poco la corriente para volver a intentarlo.
Todo está en el agua
Se puede pescar en Treviso sin guía, pero Damiano hizo que mi experiencia fuera mucho más agradable. Durante los cuatro días que pasamos juntos, aprendí mucho sobre las delicias y peculiaridades de la pesca urbana. Damiano conocía las aguas y los hábitos de los peces, y me ayudó con las normas locales de pesca, que eran enloquecedoramente difíciles de comprender y variaban según el día, el lugar y los tipos de señuelos permitidos.
Damiano, de 26 años, lleva la pesca en la sangre. Dijo que su padre y su abuelo alimentaron su pasión por la pesca urbana, un rasgo que calificó de inusual entre sus compañeros citadinos. Guiar a los visitantes, explicó, le da la oportunidad de hacer lo que le gusta y compartirlo con los demás.
Como flâneurs con cañas de pescar, deambulamos por la ciudad, a veces pescando desde terraplenes y puentes, a menudo bajando a los canales y ríos, donde los peces eran abundantes y, a menudo, inesperadamente grandes.
Mientras caminábamos y vadeábamos, hablábamos de Treviso y de cómo pueden coexistir la pesca y la vida urbana. Resulta que tiene mucho que ver con la calidad del agua. Como versiones acuáticas de los canarios en las minas de carbón, las truchas dependen de un agua bastante limpia y fría, y los manantiales de Treviso les proporcionan las condiciones ideales. Durante siglos, los artistas han celebrado las aguas de la zona (Dante Alighieri incluso se refirió a ellas en La Divina Comedia).
Incluso mientras ciudades como París, Londres y Los Ángeles se esfuerzan por limpiar y restablecer el acceso a vías fluviales que han sido enterradas, contaminadas y desviadas, y por animar a los pescadores urbanos, los pozos de pesca de Treviso han permanecido prístinos y accesibles, y la pesca urbana ha florecido en ellos.
Persiguiendo a la esquiva trucha marrón
A varios cientos de metros río arriba de donde entramos por primera vez en el agua, pesqué (y liberé) mi primera trucha, una regordeta arcoíris, cerca de la Isola della Pescheria, una pequeña y frondosa isla que alberga el mercado de pescado de la ciudad.
Rápidamente pesqué media decena más de truchas arcoíris, que viven en relativa armonía con sus primas las truchas marrones, autóctonas de la zona. Paradójicamente, aunque los puestos del mercado vendían truchas arcoíris de piscifactoría entre el reluciente marisco, nunca encontré un restaurante en Treviso que las sirviera.
Entonces vi una trucha marrón tan cerca que solo necesitaba hacer un simple lance rodado para atraparla. En lugar de eso, me pasé, golpeando el puente con mi señuelo mosca, asustando al pez y creando un nido de nudos en mi sedal. “Increíble”, se burló Damiano.
Deseoso de encontrar menos obstáculos, me guió en un paseo de casi un kilómetro hasta un rincón de las antiguas murallas de la ciudad. Acechando con cuidado a lo largo de las orillas del río Botteniga, junto a un enorme bastión de tierra y ladrillo, podíamos oler el vigorizante perfume de la menta silvestre. Lancé mi línea en una poza profunda y enganché una arcoíris enorme. Pero en medio de mi excitación, jalé el pez con demasiada fuerza y me arrancó la mosca de mi delicado sedal. “No es un atún”, dijo Damiano. “Suave”.
Tras un rápido almuerzo a base de cicchetti –unos aperitivos parecidos a las tapas habituales en la región– y botellas frías de cerveza Peroni en un restaurante cercano, volvimos a subir por el canal Cagnan Grande. Bajo el Ponte di San Francesco, a poca distancia del apartamento que alquilé, avistamos una trucha marrón en las aguas un poco más tranquilas que brotaban bajo una de las ruedas hidráulicas de la ciudad, que seguían girando. Pero el pez ignoró mis numerosos lanzamientos. “Fa lo snob“, dijo Damiano: “Está siendo un esnob”.
El arte de la pesca urbana
Esa misma tarde, en la Puerta de San Tomaso, una monumental puerta renacentista de piedra blanca luminosa de Istria situada en la muralla norte de la ciudad, Damiano me dio otra lección sobre la idiosincrasia de la pesca urbana.
Desde el fondo de la empinada orilla del Botteniga, lanzó la caña hacia el cielo, con la línea de mosca navegando por encima de la gente que pasaba andando, en bicicleta o en coche. El truco, como siempre, era lanzar sin enganchar nada ni a nadie por accidente.
“A este lo llamo el lanzado del sol”, dijo, dejando caer hábilmente una ninfa de color oscuro en un estanque que, en el pasado, formaba parte del sistema de fosos de la ciudad. Tras un fuerte tirón del sedal y una batalla de varios minutos, capturó y liberó una enorme trucha marrón. A pesar de lo monótono de su nombre, el pez era un derroche de colores.
Eso me hizo desear pescar mi propia trucha marrón.
Cuando la lluvia nocturna hizo que las aguas cristalinas de la ciudad estuvieran demasiado turbias para pescar al día siguiente, nos dirigimos un par de kilómetros al noreste, al río Storga, un afluente suburbano.
Mientras estaba en la mitad de la corriente en un túnel salpicado por el sol de ramas bajas de árboles, visualicé un fresco colosal que había visto en la iglesia de San Nicolò. En él, un San Cristóbal nimbado, patrón de los viajeros, se encontraba en un río repleto de anguilas, cangrejos de río, lucios y truchas. Mi lanzamiento no fue de inspiración divina; más bien parecía el movimiento de un hombre que intenta espantar torpemente a una avispa. Pero la maldición se rompió de todos modos. Enganché, pesqué y liberé mi primera trucha marrón, y ese día pesqué varias más.
En mi última mañana en Treviso, mientras esperaba afuera de mi apartamento un taxi para ir al aeropuerto de Venecia, vi a un trío de pescadores en la orilla del otro lado del canal. Nadie dijo una palabra mientras lanzaban.
Quise interrumpir su ensoñación y hablarles de mis propias revelaciones en la pesca urbana, de haber pescado mi primer marrón, pero luché contra el impulso, recordando las palabras de Damiano del día anterior.
“Llevamos siglos pescando aquí”, dijo. “La gente de aquí no cree que seamos tan raros”.
Si vas
- La temporada de pesca de este año va del 8 de marzo al 27 de septiembre.
- Las normas de concesión de licencias son complejas. La licencia de pesca cuesta unos 13 euros, o 15,30 dólares, para los no italianos. También necesitarás un permiso local aparte, que cuesta 25 euros al día, o 165 euros al año. Un guía puede ayudarte a organizarlo.
- Puedes encontrar un guía a través de la Associazione Italiana Guide Professionali di Pesca. La pesca con mosca guiada suele costar entre 150 y 200 euros al día y no incluye la licencia ni el alquiler del equipo, por el que la mayoría de los guías cobran unos 50 euros al día.

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