Opinión: Tim Cook hizo maravillas por Apple. También por China

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Tim Cook ha culminado su ilustre etapa como director ejecutivo de Apple. Este hombre de voz suave logró casi lo imposible: ocupar el lugar del visionario cofundador Steve Jobs, convertir el iPhone de un fenómeno cultural a un monstruo financiero y transformar su empresa en un titán de 4 billones de dólares, aumentando su valor de mercado en 682 millones de dólares al día, en promedio, durante 15 años. Según las métricas que interesan a los inversores, Cook no es ni más ni menos que una estrella del rock.

Pero cuando se considera su papel en la historia de Estados Unidos, su legado se complica, ya que gran parte del éxito de Apple se debe a su decisión de consolidar prácticamente toda la fabricación de su empresa en China.

Los resultados han sido profundos. Bajo la dirección de Cook, Apple desempeñó un papel significativo en el ascenso de la clase media china, y produjo el iPhone en enormes cantidades a un costo lo suficientemente bajo como para que aproximadamente la mitad de los estadounidenses tengan uno. Sus decisiones también aumentaron drásticamente la posición económica y la destreza tecnológica de China hasta el punto de que sus líderes, cada vez más autoritarios, se consideran ahora poderosos rivales de Estados Unidos.

Si los instintos imperialistas del presidente Xi Jinping se desvanecen, Cook será recordado por ayudar a llevar el capitalismo y el liberalismo a uno de los países más poblados del mundo. Si las tensiones entre China y Estados Unidos siguen aumentando, especialmente si Pekín cumple sus amenazas de atacar la isla de Taiwán –una democracia que da la casualidad que produce la inmensa mayoría de los chips semiconductores del mundo–, Cook será recordado de otra manera. Será el hombre que no solo dilapidó el futuro de su empresa (ya que sigue dependiendo en gran medida de China), sino que también entregó la destreza tecnológica de Occidente a su mayor amenaza.

La historia puede ser una editora brutal. Pensemos en Jack Welch, el largamente aclamado director ejecutivo de General Electric. En sus dos décadas de reinado, que terminaron en 2001, Welch obtuvo para los accionistas un asombroso rendimiento anual del 21 por ciento –solo un poco menos que Cook– y fue nombrado “directivo del siglo” por la revista Fortune. Su paso a la ingeniería financiera fue material de leyenda en Wall Street, hasta que la crisis financiera dejó al descubierto que la empresa estaba vacía y temerariamente sobreendeudada. Ya para 2009, GE mendigaba inyecciones de liquidez respaldadas por el gobierno; el precio de sus acciones se había desplomado un 85 por ciento. En 2022, el escritor David Gelles redefinió a Welch como “el hombre que quebró el capitalismo”.

Cook empezó en Apple como vicepresidente sénior de operaciones en 1998 y con rapidez revisó la estrategia de fabricación de Apple para recurrir a mano de obra barata en el extranjero. Al poseer el proceso en lugar de las fábricas, Apple podía mantener el control de la producción y descargar los riesgos de fabricación en los proveedores. Cook también luchó por arrebatar los derechos de autor a los creadores de aplicaciones y se introdujo en la transmisión multimedia y la publicidad, todo ello como parte de un impulso de los “servicios” que resultó el doble de rentable que el hardware que vendía Apple.

Año tras año, Cook eliminó los microrriesgos del negocio de Apple e hizo que sus finanzas fueran más fluidas y predecibles. Pero al mismo tiempo, demostró estar ciego ante un macrorriesgo, trasladando la mayor parte de las operaciones de Apple a China justo cuando el país autoritario se convertía en el adversario más feroz de Estados Unidos.

Basándome en mis investigaciones, estoy convencido de que ninguna empresa ha hecho más para favorecer al presidente Xi. Desde 2008, Apple ha trabajado con sus proveedores para formar a 30 millones de trabajadores, principalmente en China. Ha invertido cientos de miles de millones de dólares allí y ha facilitado una transferencia épica de conocimientos prácticos sobre cómo hacer cosas a cientos de fábricas chinas. Escribí en mi libro que, en dos momentos, la sede de Apple en Cupertino, California, enviaba tantos ingenieros para orquestar la producción que convenció a United Airlines para que volara tres veces por semana de San Francisco a Chengdu y Hangzhou, argumentando que compraría tantos asientos de primera clase que la ruta sería rentable aunque el resto del avión estuviera vacío.

El precio de hacer negocios en China era hacer la vista gorda ante sus impulsos cada vez más autoritarios. Apple ha eliminado decenas de miles de aplicaciones de su App Store chino por orden de Pekín. Trasladó los datos de iCloud de los usuarios de China continental a servidores gestionados por una empresa estatal, exponiendo probablemente sus datos personales al gobierno. (Apple dice que respeta las leyes chinas).

Cook se ha pronunciado a favor del derecho de voto, el medioambiente, el control de armas y la protección de la comunidad LGBTQ, pero ha guardado un llamativo silencio sobre el sometimiento por China de los manifestantes de Hong Kong, la persecución de los uigures en Xinjiang o la condena a 20 años de prisión del magnate de los medios de comunicación prodemocracia Jimmy Lai. Lo más revelador de todo es que, desde que asumió el cargo de director ejecutivo de Apple, no ha puesto un pie en Taiwán, una democracia floreciente, pero una provincia rebelde desde la perspectiva de Pekín. Que el jefe de la empresa tecnológica más emblemática del mundo no visite a sus proveedores de chips más importantes es revelador.

Apple no es, en absoluto, la única. Muchas empresas estadounidenses, en sus esfuerzos por obtener precios más bajos, han regalado a China parte de sus conocimientos prácticos, maquinaria, procesos y talento. Proporcionaron al presidente Xi los recursos que necesitaba para alcanzar el dominio en campos tan dispares como los imanes de tierras raras, las obleas solares, el acero y los productos farmacéuticos. Los miles de millones que China está invirtiendo en la construcción de automóviles eléctricos podrían dejar a Detroit rezagado.

China está construyendo mucho más de lo que el país necesita o de lo que quieren los importadores. Cuando los economistas occidentales critican el exceso de oferta resultante por considerarlo ineficaz, no están entendiendo el punto. El objetivo de China no es proporcionar un rendimiento a los accionistas. Es controlar el mundo dominando su producción material. Como observó el economista Noah Smith, “el lucro no es el objetivo de la guerra”.

A pesar de los esfuerzos de los gobiernos de Biden y Trump por frenar el impulso del país, se espera que la cuota de China en la producción industrial mundial aumente hasta el 45 por ciento en 2030, frente al 30 por ciento aproximadamente en 2025. Además, Pekín acaba de aplicar nuevas normas para castigar a las empresas extranjeras que tomen medidas para desinvertir en China.

Apple, por su parte, ha hecho movimientos tímidos para ampliar el ensamblaje del iPhone a India, pero el grueso de su cadena de suministro sigue profundamente arraigada en China.

John Ternus, el sucesor de Cook, es relativamente joven, capaz y ambicioso. Hay motivos para esperar que pueda replantearse y desaprender algunos de los supuestos básicos de Cook. Pero Cook no se jubila, sino que asciende a presidente ejecutivo. Y es posible que Ternus no pueda trazar un nuevo rumbo si el arquitecto de la estrategia actual está por encima de él.

Por supuesto, ningún empresario puede conocer realmente las consecuencias históricas de sus actos. El historiador de Cambridge Christopher Clark argumentó que la catástrofe que supuso la Primera Guerra Mundial fue el resultado de la suma de decisiones racionales y defendibles tomadas por estadistas en un mundo complejo. La decisión de Cook de consolidar las operaciones de Apple en China encaja en ese molde: cada decisión de profundizar su huella en el país tuvo sentido en su momento.

Esas decisiones también hicieron que Apple y sus inversores ganaran enormes sumas de dinero. Pero los precios de las acciones no reflejan los costos para nuestra economía y nuestras propias industrias devastadas.

Patrick McGee cubrió Apple durante seis años para el Financial Times y es autor de Apple en China. Ahora es articulista del Financial Times y columnista del Free Press.

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