This post was originally published on this site.
Tres reporteros siguieron las cadenas de suministro para revelar que la Casa de la Moneda de Estados Unidos compra oro procedente de casas de empeño y narcotraficantes extranjeros.
Times Insider explica quiénes somos y qué hacemos, y ofrece una mirada entre bastidores sobre cómo se elabora nuestro periodismo.
Hace casi tres años, me obsesioné con el oro.
Llevaba dos décadas observando cómo se disparaba su precio. En diciembre de 2023, el oro costaba unos exorbitantes 2000 dólares la onza, un precio inflado por el nerviosismo de los inversores ricos y los gobiernos. Les preocupaban los atentados terroristas, las guerras, la inestabilidad financiera y, hacía poco, las enfermedades. El oro, razonaban, mantendría su valor si las acciones, los bonos y los dólares perdían el suyo.
Al mismo tiempo, había estado leyendo sobre la minería ilegal de oro que devastaba la zona del Sahel en África y la selva amazónica. Impulsaba atentados terroristas, guerras e inestabilidad financiera y, hacía poco, según descubrían los investigadores, enfermedades.
He dedicado gran parte de mi carrera a escribir sobre el dinero y el poder, y sobre los espacios de intersección entre la gran riqueza y la extrema pobreza. Me fascinan las consecuencias de las acciones que emprenden las instituciones adineradas para enriquecerse. Y siempre estoy en busca de historias sobre cómo las decisiones tomadas en los países ricos afectan a las personas de los países pobres. Así que le dije a mi editor, Matt Apuzzo, que durante esta escalada de precios quería hacer un reportaje sobre la minería del oro.
Se mostró escéptico y planteó lo que resultó ser la gran pregunta: ¿El acaparamiento de oro para evitar la inestabilidad y la violencia en realidad crea más inestabilidad y violencia?
Si resultara que los bancos y el gobierno estadounidense –los mayores y más fiables proveedores de oro para los inversores– compran el mismo oro que procede, por ejemplo, de un grupo terrorista, dijo, eso sería una historia.
Al final de ese día, yo estaba bastante seguro de que no tendríamos una historia.
Las grandes empresas que venden oro a los inversores de Estados Unidos y Europa tienen políticas aparentemente férreas para evitar comprar oro extraído con fines delictivos. Y la ley federal estadounidense obliga al vendedor de oro más reputado de Estados Unidos, la Casa de la Moneda, a utilizar únicamente oro extraído en Estados Unidos para las monedas destinadas a los inversores. Un portavoz de la Casa de la Moneda me dijo al principio de mi reportaje que la institución solo compra oro estadounidense.
Pedí a la Casa de la Moneda de Estados Unidos una lista de sus proveedores de oro y la pasé por una base de datos de registros de envíos. Descubrí que los proveedores importaban, literalmente, toneladas de oro extranjero. Y cuando les llamé, me contaron que fundían todo ese oro, a veces mezclado con oro estadounidense, para fabricar lingotes que la Casa de la Moneda finalmente compra.
¿Infringía la ley la Casa de la Moneda? Después de más de un año de trabajo y más llamadas, más registros comerciales y un rodeo por cuatro décadas de historia legislativa, descubrí lo que sucedía. No era complicado: la Casa de la Moneda compra oro extranjero y afirma que, en lo que respecta a la ley, procede de Estados Unidos.
Durante décadas, los dirigentes de la Casa de la Moneda habían utilizado artimañas lógicas para llamar estadounidense al oro extranjero. Compraban suministros procedentes de la República Democrática del Congo, de casas de empeño de México y a través de intermediarios sudamericanos. Un informe de vigilancia federal de 2024 decía que la Casa de la Moneda había dejado de preguntar a los proveedores sobre el origen del oro hacía más de 20 años.
Decidí rastrear este oro hasta al menos una de sus fuentes.
El oro se acercaba a los 3000 dólares la onza cuando empecé a hacer llamadas a finales de 2024. Una de ellas fue a un intermediario de Texas, quien afirmó que sus dos mayores clientes de oro eran proveedores de la Casa de la Moneda de Estados Unidos. Los registros comerciales mostraban que importaba oro de una empresa colombiana con un historial legal dudoso.
Así que volé a Medellín con mis colegas Simón Posada y Federico Rios para averiguar de dónde procedía ese oro.
Acabamos en Caucasia, una ciudad minera de oro controlada por el Clan del Golfo, un grupo considerado terrorista por Estados Unidos. El grupo vende drogas y oro, y se vale de la violencia para mantener su territorio.
Entre los tres, viajamos allí cuatro veces el año pasado; en el tercer viaje, el oro había superado los 5000 dólares la onza.
El auge del oro en Caucasia es evidente en los clubes nocturnos y en las tiendas que venden flamantes excavadoras nuevas para la minería. En el centro de la ciudad vimos a hombres que cargaban bolsas de oro a un camión Brinks custodiado por guardias armados.
Conocimos a todo tipo de figuras de la industria del oro en la ciudad y sus alrededores: intermediarios, mineros de pala y cubeta y empleados de una enorme empresa que aspira los sedimentos del río para extraer oro legalmente. Fuimos a minas legales, a minas ilegales y a una operación industrializada cuya legalidad no estaba clara para nadie de los presentes.
Conocimos al jefe de un grupo organizado de mineros cuyo compañero acababa de ser asesinado, y a un traficante del mercado negro que anunciaba su negocio con videos de Instagram.
Comimos mucha carne de res (una especialidad local) y pocas verduras (que no son una especialidad local).
Finalmente, un contacto nos llevó a un lugar llamado La Mandinga. Es un rancho ganadero propiedad del gobierno donde los mineros ilegales levantan la tierra con mangueras de alta presión. Nos dijeron que el Clan dirigía el lugar y les cobraba una cuota mensual por explotar la tierra. Los mineros venden el oro a comerciantes que también pagan al Clan. Los comerciantes nos dijeron que venden el oro al exportador, quien lo envía a Texas.
La Casa de la Moneda de Estados Unidos culpó a sus proveedores. Los proveedores me dijeron que dependían de un intermediario tejano para evitar la entrada de oro ilegal. El tejano dijo que se apoya en un tipo de México para hacer lo propio. Cuando les conté lo que había descubierto, todos dijeron que habían dejado de recibir el oro colombiano.
Pero el Tesoro de Estados Unidos, que supervisa la Casa de la Moneda, negó que hubiera algún problema sistémico. La postura del Tesoro es que su práctica de comprar oro extranjero para monedas de inversores no infringe la ley, dijo una portavoz.
Durante años, la Casa de la Moneda había utilizado una definición poco precisa del oro estadounidense al decir que el oro extranjero podía considerarse para estos fines si era suministrado a la Casa de la Moneda por una empresa que hubiera comprado una cantidad compensatoria de oro estadounidense. Un informe federal de 2024 dijo que la Casa de la Moneda había dejado de aplicar este requisito hace más de 20 años.
Después de que presentamos nuestras conclusiones, una portavoz del Tesoro dijo que el departamento está investigando la adquisición de oro de la Casa de la Moneda y ha endurecido sus normas de abastecimiento para asegurarse de que Estados Unidos es la fuente “principal” del oro que compra la Casa de la Moneda.
Justin Scheck es un reportero del Times afincado en Londres.

Leave a Reply