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El rey Carlos III citó a Oscar Wilde cuando bromeó que los británicos tienen todo en común con Estados Unidos “excepto, por supuesto, el idioma”. El presidente Donald Trump dijo que la sombría lluvia de la mañana le recordaba un “hermoso día británico” y señaló que su madre pensaba que el joven príncipe Carlos era “tan lindo”. Ambos hablaron con poesía de los lazos que unen a sus países.
Y, sin embargo, en el primer día completo de una visita de Estado enfocada en la historia compartida entre Estados Unidos y el Reino Unido, el rey intercaló algunas refutaciones muy sutiles a Trump. Carlos habló el martes del valor de la alianza transatlántica, de la importancia de los controles y equilibrios y de su pasión por el medio ambiente. Incluso habló de su época en la Marina Real, después de que Trump menospreciara las capacidades navales británicas en las últimas semanas.
El rey incluyó sus réplicas en un discurso más bien desenfadado ante el Congreso, el martes por la tarde, y en unas palabras pronunciadas por la noche en un banquete oficial en la Casa Blanca.
“Tengan la seguridad de que no estoy aquí como parte de una astuta acción de retaguardia”, dijo el rey a los legisladores por la tarde, en la que fue apenas la segunda ocasión que un monarca británico se dirigía al Congreso.
Las apariciones públicas, en su mayoría disciplinadas y cuidadosas, tanto de Carlos como de Trump se produjeron en un momento funesto de las relaciones británico-estadounidenses, posiblemente en su punto más bajo en décadas a causa de la guerra en Irán y los mordaces ataques de Trump a la OTAN.
Pero por un día (y quizá solo por un día), la relación especial que se ha desarrollado en los últimos 250 años pareció –al menos en apariencia– especial.
De forma poco habitual en la era Trump, el presidente se ciñó principalmente a su guión durante los actos ceremoniales del día. No invitó a una horda de periodistas al Despacho Oval justo antes de su reunión para responder a preguntas sobre Irán, el salón de baile o Groenlandia en presencia de su dignatario extranjero visitante. No arremetió contra ningún aliado mundial.
En un comentario aparentemente improvisado durante la cena de Estado, Trump se refirió a la guerra en Irán e insistió en que “Carlos está de acuerdo conmigo”. Fue un momento incómodo porque Carlos se mantiene deliberadamente al margen de tales asuntos relacionados con la guerra y la política.
Sin embargo, en general, Trump se deshizo en elogios hacia el rey durante todo el día.
“Antes de que proclamáramos nuestra independencia, los estadounidenses llevábamos dentro el más inusual de los dones: la valentía moral, y procedía de un pequeño pero poderoso reino al otro lado del mar”, dijo Trump el martes por la mañana al dar la bienvenida a Carlos a la Casa Blanca.
Hay pocos indicios en la historia más reciente de que una era de buenos sentimientos vaya a durar mucho más allá de la partida del jet de la pareja real de las costas estadounidenses el jueves, sobre todo porque el conocido afecto de Trump por la realeza no se extiende al gobierno británico.
Trump está furioso con el Reino Unido por su negativa a unirse a la lucha contra Irán, y su gobierno sigue acusando al gobierno británico de negar la libertad de expresión a las voces conservadoras. En Londres, el primer ministro Keir Starmer promete no dejarse arrastrar a otra guerra elegida por Estados Unidos, y se eriza ante la descripción que hace el presidente de los portaaviones británicos como nada más que “juguetes”.
No es probable que esas diferencias se borren con la primera visita del rey a Estados Unidos como monarca británico. Por ley y tradición, se supone que el rey debe estar por encima de las disputas que a menudo atormentan a los dirigentes de ambos gobiernos.
Trump fue invitado de la familia real a una cena de estado en el castillo de Windsor en septiembre, una experiencia que describió como “uno de los mayores honores de mi vida”. Meses después, tachó a Starmer de cobarde por no entrar en la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán.
“Eso no fue hace mucho tiempo y mira dónde estamos en términos de relación bilateral”, dijo Philippe Dickinson, director adjunto de la Iniciativa de Seguridad Transatlántica del Consejo Atlántico. “Puede ser citado como prueba por quienes van a argumentar que son palabras bonitas un día y olvidadas al día siguiente”.
Carlos eligió cuidadosamente sus palabras durante sus declaraciones públicas.
Durante su discurso ante el Congreso, pareció abordar -de forma indirecta– el escándalo de Jeffrey Epstein, que ha causado dolores de cabeza políticos al gobierno de Trump y ha provocado una ruptura en la familia real.
“En nuestros dos países, es precisamente el hecho de que nuestras sociedades sean vibrantes, diversas y libres lo que nos da nuestra fuerza colectiva, entre otras cosas para apoyar a las víctimas de algunos de los males que, por desgracia, existen hoy en nuestras dos sociedades”, dijo Carlos.
También se llevó una ovación de pie durante su discurso ante el Congreso cuando habló de cómo el concepto de controles y equilibrios en el gobierno estadounidense tiene sus raíces en la historia inglesa. Trump ha trabajado para ampliar significativamente el poder ejecutivo.
Carlos dijo que la Sociedad Histórica de la Corte Suprema de Estados Unidos descubrió que la Carta Magna se citaba en al menos 160 casos de la Corte Suprema desde 1789, “sobre todo como fundamento del principio de que el poder ejecutivo está sujeto a controles y equilibrios”.
Habló de “las maravillas naturales” de Estados Unidos y de “nuestra responsabilidad compartida de salvaguardar la naturaleza, nuestro bien más preciado e irremplazable”. Carlos es un ávido ecologista; Trump, por el contrario, se retiró del Acuerdo de París sobre el cambio climático, con lo que convirtió a Estados Unidos en el único país del mundo que ha abandonado el compromiso internacional de frenar el calentamiento global.
El rey habló de su propio servicio en la Marina Real hace más de medio siglo, y repitió la afirmación de Starmer de que el Reino Unido se había “comprometido al mayor aumento sostenido del gasto en defensa desde la Guerra Fría”.
También rebatió, con delicadeza, los ataques de Trump al Reino Unido y a la alianza de la OTAN por no unirse a la guerra en Irán. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el rey dijo a los legisladores: “Respondimos juntos al llamado, como lo ha hecho nuestro pueblo durante más de un siglo”.
Y al comienzo de la cena de Estado de la noche, Carlos recordó cómo las dos naciones han tenido “momentos de dificultad” en el pasado, como en 1957, cuando la reina Isabel II visitó Estados Unidos tras la crisis del canal de Suez.
“Es difícil imaginar que algo así ocurra hoy en día”, dijo Carlos, mientras algunos invitados a la cena se reían, lo que hizo que Trump se volviera y sonriera. “Pero no es difícil darse cuenta de lo importante que sigue siendo la relación, tanto en asuntos que se ven como en los que no”.
Aunque no estaba claro si el llamado del rey bastaría para restañar las heridas de la relación transatlántica, Dickinson dijo que probablemente los británicos esperaban que la visita creara una vía de recuperación.
“Por eso el gobierno valora a la familia real como un as diplomático en la mano”, dijo. “No es una varita mágica, pero ayuda”.
Michael D. Shear es un corresponsal sénior del Times que cubre la política y la cultura del Reino Unido y la diplomacia de todo el mundo.
Zolan Kanno-Youngs es corresponsal de la Casa Blanca para el Times, y cubre al presidente Trump y su gobierno.

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