Los islandeses aman sus piscinas. Pero que no se enteren los turistas

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Un viento helado azotaba la capital de Islandia, Reikiavik, poco después de las 7:00 a. m. de una mañana de invierno, mucho antes del amanecer. Los charcos estaban helados. La nariz picaba. Al fin y al cabo, hacía -11 grados Celsius.

Eso es frío, incluso en Islandia.

Pero allí, bajo el cielo abierto, en la cubierta del complejo de piscinas públicas de Vesturbaejarlaug, unas 20 personas en bañador hacían saltos de tijera al unísono, con la respiración visible mientras contaban y gritaban, antes de dejarse caer sobre el suelo helado para hacer flexiones. Había unos cuantos nadadores. Pero estos intrépidos amigos se amontonaban en una bañera de hidromasaje, riendo mientras sus arrugas, líneas de expresión y cicatrices de cirugía se hundían bajo el vapor.

Aparte de mí, no había ningún extranjero, y desde luego ningún turista.

“Por eso venimos tan temprano por la mañana”, bromeó Ragna Thorhallsdottir, una de las nadadoras, mientras se tomaba un café después de volver a ponerse ropa seca. “Estamos solas”.

Un nuevo honor trae nuevas preocupaciones

Hasta hace poco, las aproximadamente 150 piscinas de Islandia se las habían arreglado para permanecer casi siempre fuera de la vista de los millones de turistas que acuden al país, algunos de los cuales vuelan sin escalas incluso desde aeropuertos regionales estadounidenses como Raleigh-Durham, Carolina del Norte; Nashville y Baltimore.

De hecho, unos dos millones de visitantes han acudido a Islandia cada año desde 2017, salvo un descenso durante los años más álgidos de la pandemia de coronavirus. Es mucho para un país de menos de 400.000 habitantes. Muchos turistas acuden en masa a los principales lugares de interés, como los glaciares y las cascadas, así como a las lagunas, que son más escarpadas, lujosas y fotogénicas que las piscinas.

Ahora, a algunos islandeses les preocupa que el exceso de turismo pueda llegar también a sus piscinas. Esto se debe a que, a finales del año pasado, la UNESCO declaró la cultura de las piscinas del paíspatrimonio cultural inmaterial“, una designación que se ha dado a unas 850 tradiciones de todo el mundo, como hornear baguettes en Francia, fabricar canoas en Micronesia y tocar reggae en Jamaica.

De repente, el secreto mejor guardado de Islandia había salido a la luz. Desde la designación, dijeron algunos clientes habituales, ya habían visto más turistas.

“Es demasiado”, dijo Unnur B. Hansdottir, quien lleva muchos años acudiendo a Vesturbaejarlaug para hacer ejercicio por las mañanas.

Incluso a nadadoras como Thorhallsdottir, que ha pasado años en el extranjero y habla un inglés sin acento, les preocupa que las piscinas puedan perder un carácter islandés intangible si las visitan demasiados turistas.

“Queremos conservarlas para nosotros”, dijo.

El hogar de todos fuera de casa

Las piscinas se construyeron hace generaciones como medida de seguridad pública: demasiados pescadores se ahogaban a poca distancia de la orilla, y como casi nadie sabía nadar, nadie podía salvarlos. Así que Islandia comenzó a construir muchas piscinas, que suelen calentarse con energía geotérmica, en su mayoría al aire libre y abiertas todo el año.

Hoy en día, las clases de natación son obligatorias para todos los niños pequeños. Las piscinas de Islandia –en concreto las bañeras de hidromasaje– son ahora un querido “tercer espacio”, algo así como los saunas de Finlandia o los pubs del Reino Unido.

Las personas mayores se reúnen allí para chismear. Los profesionales vienen después del trabajo para desestresarse. Los padres traen a sus hijos al atardecer para darse un chapuzón después de cenar. Y a última hora de la noche, cuando los deberes están hechos y la aurora boreal baila sobre sus cabezas, los adolescentes se reúnen, a veces, para coquetear.

En parte, el atractivo es económico. Las piscinas son uno de los lugares más baratos para reunirse en un país con una elevada inflación. Y en invierno, el sol brilla solo unas horas, si es que lo hace. Así que las bañeras de hidromasaje adyacentes a las piscinas son los únicos lugares cómodos al aire libre.

“También es el único espacio donde puedes estar realmente al aire libre sin pasar frío”, dijo Sigridur Sigurjonsdottir, directora del Museo de Diseño y Artes Aplicadas de Islandia, que albergó una exposición sobre la cultura del baño islandesa en 2022.

Vigilancia de las duchas al aire libre

Todo viaje a una piscina islandesa empieza con una ducha. O al menos debería.

“Nos asusta un poco que los extranjeros no se limpien lo suficientemente bien”, dijo Thordis Erla Agustsdottir, una fotógrafa que lleva dos décadas documentando las piscinas.

Ella –como casi todos los demás islandeses que conocí– me dejó muy claro que primero tendría que ducharme adecuadamente. Eso significaba desnudarme por completo y frotarme lo suficiente como para hacer espuma. Muchos vestuarios exhiben un diagrama corporal en el que se señalan las axilas y los genitales, por si alguien necesita un recordatorio. Es por higiene, ya que las piscinas solo están ligeramente cloradas.

Lo que no había previsto era que Agustsdottir prefería el vestuario exterior de Hafnarfjordur, al sur de Reikiavik. Yo temblaba incontrolablemente incluso bajo el agua caliente, enjabonándome disciplinadamente mientras ella charlaba en el aire cortante.

“Soy como la policía en la ducha”, dijo, riéndose un poco de sí misma. “Es algo tan sencillo de hacer. Solo tienes que limpiarte”.

Era una de los muchos islandeses que dijeron estar preocupados por las normas de limpieza si la designación de la UNESCO atraía a más turistas inconscientes. Ya de por sí, por eso muchos islandeses optan por evitar las lagunas, preocupados por que esos lugares sean más laxos en cuanto al cumplimiento de las normas de ducha.

Hay otras diferencias entre los tipos de lugares de baño. Las lagunas pueden tener bares a nivel del agua, toallas de felpa y permitir que los visitantes lleven sus teléfonos a la cubierta para hacerse selfis y revisar sus redes sociales. Las piscinas normalmente no. Y la diferencia de precio es enorme. Las piscinas cuestan unos 10 dólares al día, dependiendo del lugar, o unos 300 dólares al año (por lo general son gratis para los niños y adultos mayores). Pero una entrada básica a la Laguna Azul, una de las más famosas, puede costar unos 150 dólares en horas pico.

“No vamos allí”, dijo Kristin Jorunn Hjartardottir, en referencia a las lagunas.

Ella nada al aire libre, incluso en el océano, y escribió un libro con su esposo sobre natación en aguas abiertas. Una mañana reciente, caminó por una playa helada antes de atravesar una capa de hielo para abrirse paso y nadar unos minutos mar adentro.

¿La protección ayuda o perjudica?

Los funcionarios de la UNESCO son conscientes de que su reconocimiento del patrimonio inmaterial puede afectar a los mismos lugares o prácticas que pretende celebrar y salvaguardar.

En respuesta a las preguntas de The New York Times, la UNESCO reconoció en una declaración que el honor “puede aumentar la visibilidad de un lugar o práctica”, lo que puede “ejercer presión sobre entornos frágiles, afectar las prácticas culturales o repercutir en el bienestar de las comunidades”.

Esto hace que a algunos islandeses les preocupe que la designación pueda resultar contraproducente y convertir sus piscinas en otra parada obligatoria de un viaje a Islandia.

Algunos islandeses señalaron que otros lugares con designaciones de la UNESCO se han visto inundados de turistas. El fiordo de Geiranger, en Noruega, reconocido por la UNESCO en 2005, se ha convertido recientemente en una atracción para los viajeros que buscan unas “vacaciones frescas” para evitar las mortales olas de calor que han asolado el sur de Europa. Los cruceros y autobuses turísticos que abarrotan el fiordo están empezando a amenazar el frágil ecosistema.

Algunos europeos incluso han presionado para que la UNESCO anule sus honores. El año pasado, un naturalista británico defendió que se revocara el estatus del Distrito de los Lagos como Patrimonio de la Humanidad, alegando un “turismo excesivo perjudicial”. Los habitantes del pueblo eslovaco de Vlkolinec declararon a los medios de comunicación locales que la designación de la UNESCO había atraído a un número abrumador de turistas a contemplar sus casas de madera.

Valdimar Tr. Hafstein, profesor de folclor de la Universidad de Islandia y coautor de un libro sobre las piscinas del país, dijo: “En cierto modo, la salvaguardia es la principal fuente de amenaza”.

A los islandeses siempre les han gustado los “espíritus aventureros” que se acercaban para darse un chapuzón, dijo.

Pero ahora “existe el temor de que entren los autobuses turísticos”, dijo. “Ese es un tipo de animal muy diferente”.

Una recomendación de la IA

Sin embargo, los turistas vienen. Y a menudo necesitan que les recuerden lo de las duchas.

Esto es especialmente cierto en Sundhollin, una piscina pública que atrae a muchos visitantes extranjeros, en parte porque está en Reikiavik. Allí, en los vestuarios, una mañana reciente, Marianna Niemann Filippi se preparaba para un baño. “No me gusta hacer cosas de turistas”, explicó Niemann Filippi, una estadounidense que vive en Dinamarca, todavía seca mientras se ponía el traje.

Error de novata, le expliqué gentilmente. Se desnudó.

“Lo siento, es algo automático”, dijo, medio disculpándose con las demás mujeres de las duchas. Una sonrió tenuemente.

Fuera, unos amigos de la zona de Washington D. C., descansaban en la bañera de hidromasaje. Algunos llevaban sus teléfonos en fundas impermeables. Lan Yue dijo que les había encantado Islandia, pero que se marchaban pronto y querían marcar un último punto en su lista de cosas que hacer antes de morir.

Habían pensado terminar el viaje en la Laguna Azul. Pero querían algo más auténtico. Así que preguntaron a ChatGPT dónde ir, dijo, “para conocer la cultura local y, tal vez, mezclarse con los lugareños”.

Esta piscina fue su primera sugerencia, dijo Yue. Y no defraudó, añadió, señalando a una joven familia islandesa cercana.

Egill Bjarnason reportó desde Husavik, Islandia.

Amelia Nierenberg es reportera del Times de noticias internacionales para el Times en Londres.

Egill Bjarnason reportó desde Husavik, Islandia.

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