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A 500 años de la captura de la ciudad de México-Tenochtitlán, el éxito que consiguió Hernán Cortés lo persigue para bien y para mal.
El explorador ibérico se lanzó apenas a los 19 años a la aventura en las “nuevas” tierras de América y con su habilidad logró convertirse unos años después en la figura más conocida del inicio de la conquista de México de 1521.
Aunque tal logro fue resultado de una fuerza militar 99% indígena, Cortés pudo identificar el momento preciso para lograr sus objetivos personales y los de la Corona española y conformar un nuevo orden político-social-cultural en el vasto territorio que abarcaba el imperio indígena de los mexicas.
Y a partir de la caída de Tenochtitlán, se encargó de que su nombre fuera el que más brillara sobre aquel episodio.
“Hay que entender que Cortés sin duda fue uno de los protagonistas, pero no fue el protagonista, sino que fue realmente una constelación de personajes indígenas e hispanos que participaron en ese complejísimo proceso de negociación política, militar y cultural”, explica el historiador Martín Ríos Saloma.
“El problema es que dada la publicidad que tuvieron las relaciones de Cortés desde el propio siglo XVI, parecería que él fue el único protagonista de la conquista militar, porque él mismo se encargó de silenciar a los otros capitanes que conformaban la expedición”, añade el investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México.
La figura de Cortés se afianzó como el “conquistador de México” a lo largo de los siglos y, con las revisiones históricas de las últimas décadas, objetivo de partidarios y detractores.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido en los últimos días un cruce de declaraciones con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, sobre el papel de Cortés en la conquista y la hispanidad que heredó México producto de ella.
¿Pero quién era Hernán Cortés y cómo se convirtió en un objeto de disputa política cientos de años después de su llegada a México?
Un joven aventurero
Cortés nació en Medellín, en la comarca castellana de Extremadura, en 1485. Era hijo Martín Cortés de Monroy y Catalina Pizarro Altamirano, una familia con cierto linaje noble, según la biografía escrita por el cronista Francisco López de Gómara.
Aunque fue enviado a educarse a Salamanca, pues sus padres tenían la ilusión de que fuera un jurista, solo tomó un par de años de estudios y optó por seguir las influencias de los jóvenes de su época de crearse un nombre a través de las armas.
“Cortés comparte una mentalidad con numerosas personas de finales de la Edad Media y principios del Renacimiento: la de la expansión de la monarquía castellana, el espíritu caballeresco y de aventura, la convicción de estar peleando en nombre de Dios para expandir la religión cristiana”, explica Ríos Saloma.
En 1504, zarpó hacia la isla de La Española, donde participó en varias acciones de sometimiento de los indígenas que se rebelaban en la isla, lo que le dio sus primeros créditos militares. Para 1511, viajó a Cuba, como uno de los hombres de confianza del capitán Diego Velázquez -con el que se enemistaría después- para concretar el dominio sobre la isla.
Es desde Cuba donde Cortés planea la exploración de lo que se pensaba que era una isla más pero que, en realidad, era la península de Yucatán. Y se lanza a la aventura por encima de otros líderes militares de Velázquez.
“Cuando sale de Cuba a principios de 1519, no sabe lo que se va a encontrar. Tiene noticias de que hay unas tierras, pero no tiene conciencia de lo que hallará. Es durante el reconocimiento de las costas del hoy golfo de México donde intuye que hay algo más que simples grupos humanos asentados en la costa”, señala Ríos Saloma.
La clave de su éxito
Con su avance por el golfo, Cortés fue asimilando cómo eran las relaciones de los distintos pueblos, siendo indígenas como Malintzin –a quien por las buenas o por las malas hizo su esposa e interprete– piezas importantes para tanto hacer la guerra como alianzas con los locales.
En aquella época, los mexicas estaban al frente de un prolífico sistema de dominio tributario, que tenía un vasallaje sobre otros de la región. Los tributos económicos eran tan importantes como los humanos, por lo que los mexicas sostenían constantemente batallas para capturar vivos a guerreros rivales y ofrendarlos a sus dioses.
La llegada de Cortés significó para los pueblos avasallados una oportunidad para liberarse de los mexicas y el señorío de Tlaxcala se convierte así en el brazo militar más importante de los extranjeros. Entonces, Cortés se da cuenta que está ante la puerta de algo muy grande.
“A Cortés le han llegado noticias de la riqueza de México-Tenochtitlán y se va percatando de la complejidad de las relaciones políticas entre los distintos señoríos mesoamericanos. Es durante su estancia en los arenales de Veracruz donde alumbra el proyecto de adentrarse hacia el altiplano central, aunque con mucha reticencia por parte de otros capitanes, quienes argumentaban que sus instrucciones eran únicamente reconocer el territorio, capturar perlas, traer algunos indígenas y poco más”, explica Ríos Saloma.
Si bien Cortés zarpó de Cuba acompañado de otros líderes militares, como Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid, Gonzalo de Sandoval, y unos 450 hombres, algunos caballos y artillería de su época, sabía que no tendrían oportunidad de hacer caer a la ciudad de Tenochtitlán de más de 200.000 habitantes (más grande que Sevilla, Venecia y otras grandes urbes europeas).
Así que en su avance hacia la capital mexica, Cortés tiene la habilidad de tejer múltiples alianzas con los indígenas de la región que le suman miles de hombres.
“La conquista, en realidad, la realizaron los grupos mesoamericanos enemigos de Tenochtitlán, no porque estuvieran sometidos, como afirma Díaz Ayuso, sino por las lógicas propias de la guerra en las sociedades mesoamericanas”, explica Ríos Saloma.
“Cortés supo leer esa realidad política para imponer, al final de la contienda, el dominio de la monarquía, aprovechándose también de las lógicas mesoamericanas, que no pretendían el sometimiento de Tenochtitlán sino únicamente su destrucción”, añade.
Tres grandes masacres (y un virus)
Cortés realizó una de sus mayores ofensivas en Cholula en su marcha hacia la capital mexica.
El lugar era un importante centro ceremonial, y según algunas fuentes, los visitantes fueron recibidos en términos pacíficos. Pero de forma inesperada, Cortés lanza una ofensiva contra los cholultecas, lo que causó -según él- unos 3.000 muertos, pero otras fuentes cifran el número de víctimas en casi 30.000.
Aunque Cortés luego explicaría que la matanza se dio en anticipación a un ataque, las fuentes indígenas señalan que no hubo ninguna provocación y que las fuerzas invasoras atacaron sin piedad sobre mujeres, hombres y niños.
Ríos Saloma considera que este episodio fue una acción de intimidación a Tenochtitlán: “Cholula era un lugar importantísimo, un santuario muy reconocido en toda Mesoamérica, y su conquista enviaría una señal clara sobre quién detentaba el poder político. Cortés no podía comprender la dimensión espiritual del lugar, pero sí la conocían sus aliados de Zempoala y Tlaxcala. Es significativo que, pudiendo ir directamente de Tlaxcala a la Ciudad de México, pasaran primero por Cholula como un acto deliberado para sembrar el terror”.
Al cruzar las montañas hacia el valle de México, Cortés descubre la enorme dimensión de la ciudad mexica y evita un choque inmediato. Se encuentra de manera pacífica con el emperador Moctezuma en 1519, la diplomacia colapsa rápido con el apresamiento del soberano.
Un periodo de tensa calma se rompe en mayo de 1520 con la fiesta de Tóxcatl, en el Templo Mayor de la gran ciudad. Mientras Cortés se fue a un viaje obligado a la costa del golfo, sus hombres al mando, liderados por Alvarado, llegan a sentirse intimidados por los rituales de esa fiesta y reaccionaron con violencia. Nuevamente, miles de indígenas desarmados son asesinados.
“Las fuentes indígenas son unánimes: fue un ataque sin sentido, no premeditado, contra danzantes, bailarines y sacerdotes”, señala Ríos Saloma. Moctezuma II muere en medio del conflicto que desencadenó esa masacre.
Los mexicas respondieron poco después con un contraataque que le propinó a Cortés una dura derrota -con la pérdida de muchos de los ibéricos y otros aliados- en la llamada Noche Triste. Luego de unos meses de reagrupamiento, lanzó entonces un plan para capturar Tenochtitlán.
Además de una fuerza que llegó a cifrarse en 100.000 indígenas -que luchaban junto a unos 950 españoles-, Cortés, Alvarado, Olid y Sandoval crearon un plan para sitiar Tenochtitlán y privarlos de agua, comida y cualquier apoyo externo. Y tuvo un arma adicional: miles de mexicas comenzaron a enfermar en una epidemia de viruela traída por los europeos.
El sitio de Tenochtitlán se prolonga por casi 80 días, tras lo cual la ciudad arrasada cae el 13 de agosto de 1521, fecha que marca la caída final del hasta entonces inigualable imperio.
Los tres episodios hacen que Cortés sea señalado como la mano detrás de la muerte de decenas de miles de indígenas en su empresa de la captura de México.
“La clave para comprender este período es situarnos en los contextos históricos de finales del siglo XV y principios del siglo XVI, y leer las acciones con base en sus propios parámetros”, reflexiona Ríos Saloma. “El ejercicio de la violencia ha sido siempre una forma de dominación: desde finales de la Edad Media se constata el uso del terror como arma política para debilitar la resistencia de las poblaciones que se quieren conquistar”.
“Son lógicas comunes no solo a las sociedades mediterráneas, sino a distintas civilizaciones. Las sociedades indígenas mesoamericanas también hacían de la violencia un elemento esencial: si algo distingue al período posclásico en Mesoamérica respecto del clásico es la enorme militarización de las sociedades”, añade.
La disputa política por Cortés
Los tlaxcaltecas y otros pueblos indígenas que participaron en la captura de Tenochtitlán superaban infinitamente en números y fuerza a los de Cortés, pero cumplido su objetivo se marchan a casa. En el vacío de poder, es el explorador castellano el que tenía otros planes.
“Cortés materializa el proyecto que alumbró tras la derrota de la Noche Triste: tras tres meses comprendiendo la importancia de la ciudad, su valor económico, político y comercial, decide incorporarla para la monarquía”, explica Ríos Saloma.
Y a partir de entonces, el capitán extremeño se encarga no solo de administrar la naciente Ciudad de México, sino también asume el relato de qué ocurrió y hace suya la victoria del gran contingente indígena que lo acompañó, al igual que de los otros líderes españoles.
“Él mismo se encarga de publicitarse como el gran conquistador de México. Una campaña tan efectiva que hoy, en el siglo XXI, seguimos pensando que fue el conquistador de México, cuando más bien podríamos hablar de los conquistadores y de múltiples conquistas”, señala el historiador.
“Gracias al relato de Bernal Díaz del Castillo, mucho más rico y complejo en detalles que el de otros capitanes, y sobre todo gracias a las fuentes indígenas, podemos entender hoy -a partir de la revisión académica motivada por el quinto centenario- que Cortés fue uno de los protagonistas, pero no ‘el protagonista’”, añade.
Sin embargo, desde que se profundizaron los estudios de la época colonial en el siglo XX, la figura de Cortés también se convirtió en un tema de uso político entre quienes celebran la herencia española en el México independiente, y quienes reivindican los orígenes indígenas y subrayan la violencia de la conquista.
En 2019, el entonces presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (2018-24) -quien tiene un fuerte ideario nacionalista- planteó en una carta a los reyes de España una revisión de la conquista y pedir perdón junto con México y El Vaticano a los pueblos indígenas, lo cual generó un fuerte rechazo español, donde muchos en los ámbitos políticos y sociales consideran que no hay nada vergonzante en aquel periodo, sino lo contrario.
El episodio trastocó las relaciones de los gobiernos de ambos países. Y aunque ha habido acercamientos, en los últimos días la visita a México de la presidenta de la Comunidad de Madrid, la derechista Isabel Díaz Ayuso, volvió a agitar el tema al proponer una reivindicación de Cortés y rechazó la promoción del “odio” hacia la historia de México y España.
“Es incomprensible que todavía haya quien quiera vivir de ello”, dijo esta semana en Ciudad de México.
La presidenta Claudia Sheinbaum criticó la postura de Díaz Ayuso, los políticos mexicanos del Partido Acción Nacional y otros conservadores. “Fíjense, el poco conocimiento de la historia de España de esta mujer y el poco conocimiento de los panistas que deciden traerla, junto con [el empresario] Ricardo Salinas Pliego y otros, para reivindicar lo que ellos piensan. ¿Qué piensan ellos? Que ‘hay que adorar a Hernán Cortés, que se caracterizó por ordenar matanzas, por ser uno de los más crueles invasores’”, dijo.
Ríos Solama indica que las sociedades actuales no tienen por qué tomar partido en alguna de las dos posturas: “Hay que asumir que el actual México es resultado de la interacción, a lo largo de varios siglos, de dos civilizaciones: la civilización hispana, nutrida por la tradición greco-latina, romano-árabe-islámica; y la civilización mesoamericana en toda su complejidad”.
Ambos países se influenciaron mutuamente en distintos niveles, como lo hicieron en otras épocas previas al encuentro de los dos mundos.
“Un platillo que tanto identifica a los capitalinos, como el taco al pastor, solo puede elaborarse con la llegada de los cerdos en el siglo XVI; y la tortilla de patata, tan representativa de la culinaria española, solo es posible a partir de que las papas fueron llevadas al otro lado del Atlántico”, concluye.
“Para mí, eso es lo importante: aprender a reconocernos en esa historia compartida, que tiene sus claroscuros, pero que no podemos seguir cargando. El presente es demasiado complejo y el futuro no se anuncia necesariamente promisorio. Más bien, hay que pensar cómo el buen conocimiento de la historia puede llevarnos a plantear soluciones a los problemas del presente y posicionarnos como región frente a los desafíos del siglo XXI”.
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