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El tiempo se agotaba para Amanda Sifford, tanto ella como los médicos lo sabían. La ELA, el trastorno neurológico paralizante, le estaba robando la capacidad de respirar.
En una prueba funcional respiratoria, su capacidad pulmonar era solo del 48%, una caída drástica desde el 86% registrado cinco meses antes.
“No podía dar ni diez pasos sin quedarme sin aliento”, dijo. “Ya no podía subir ni un escalón”.
Sifford, una psicóloga escolar en Cape Coral, Florida de 58 años, ha perdido a 14 familiares, entre ellos a su padre y a su abuelo, a causa de una forma genética rara de ELA, también conocida como esclerosis lateral amiotrófica o enfermedad de Lou Gehrig. Los síntomas se habían ido desarrollando gradualmente, pero de repente su respiración cayó en picada.
“Fue aterrador”, dijo el Dr. Nathan Carberry, uno de los neurólogos que la atendía del Sistema de Salud de la Universidad de Miami. “Me preocupaba que le quedaran solo unos meses de vida”.
“¿Estaba pensando en la muerte?”, dijo Sifford, haciendo una pausa para recomponerse. “Tenía todos mis asuntos en orden”.
En mayo de 2023, la Administración de Alimentos y Medicamentos apenas había aprobado la primera terapia para una forma genética de ELA, a pesar de que los resultados de los ensayos clínicos aún no habían demostrado que el fármaco fuera eficaz.
El fármaco tofersen, fabricado por Biogen y comercializado como Qalsody, está dirigido a la condición de ELA que Sifford había heredado, por lo que Carberry y el Dr. Michael Benatar, director ejecutivo del Centro de ELA de la Universidad de Miami, se apresuraron a crear una clínica para administrarlo.
Sifford comenzó a recibir tofersen mediante infusiones en el canal espinal de manera mensual.
Tardó en notarse algún beneficio y meses después de iniciar el tratamiento, experimentó inflamación espinal, un efecto secundario grave que la obligó a suspender temporalmente el fármaco. Pero, poco a poco, su respiración, fuerza muscular y movilidad dejaron de empeorar y después mejoraron. Estos resultados son notables para una enfermedad que casi siempre provoca un deterioro continuo y la muerte.
En enero, en el centro de Miami, obtuvo una puntuación del 63% en la prueba de capacidad pulmonar, la más alta desde que comenzó con tofersen en julio de 2023. “¿Lo puedes creer?”, exclamó Anne-Laure Grignon, directora sénior de proyectos, abrazando entre lágrimas a Sifford.
El tofersen está dirigido solo a alrededor del 2% de los pacientes con ELA, aquellos cuya enfermedad está causada por una mutación en el gen SOD1. (Alrededor del 90% de los casos de ELA no tiene una causa genética conocida; el resto está causado por otras mutaciones). El tofersen reduce los niveles de una forma tóxica de la proteína SOD1.
A pesar de las cifras bajas, las pruebas de que algunos pacientes están mejorando –y de que otros no están empeorando– están generando entusiasmo y optimismo entre las personas que padecen una enfermedad que merma la capacidad de caminar, hablar y respirar, y que a menudo, acaba con la vida de los pacientes en un lapso de cinco años.
Muchos expertos pensaban que, si el tofersen resultaba eficaz, solo aminoraría el deterioro, pero no lo detendría ni lo revertiría.
“Quienes hemos atendido a personas con ELA, nunca vemos una mejoría”, dijo el Dr. Timothy Miller, investigador principal del ensayo de tofersen y neurólogo de WashU Medicine en San Luis. Los pacientes que sufren la forma de ELA causada por SOD1 que progresa más rápido, la variante más común en Norteamérica, suelen fallecer en un año.
Cuando se aprobó el tofersen, los resultados no demostraron que funcionara mejor que un placebo. Sin embargo, debido a que reducía los niveles de una proteína que indica daño en las neuronas, la FDA concedió una autorización condicional, exigiendo a Biogen que realizara otro estudio para demostrar si el fármaco podía lentificar la ELA.
Ahora se cuenta con evidencia. Un estudio que siguió a 46 de los pacientes del ensayo durante unos tres años reveló que casi el 20% mejoró en cuanto a respiración, fuerza y función.
Aunque alrededor del 75% no se estabilizó ni mejoró, su deterioro fue más lento de lo esperado, dijo Miller, cuyo laboratorio desarrolló el tofersen junto con Biogen e Ionis Pharmaceuticals. Esto fue especialmente cierto en los casos en que recibieron tofersen en una fase más temprana de la enfermedad, al inicio del ensayo, en lugar de recibir primero un placebo durante seis meses. En el caso de los pacientes con ELA de progresión rápida, aquellos que recibieron tofersen al principio vivieron unos tres años más que los pacientes que comenzaron el tratamiento más tarde.
“Esto nos dice que la ELA es tratable”, dijo Miller.
Rickey Malloy, de 44 años, de Hillsboro, Illinois, comenzó a tomar tofersen semanas después de que le diagnosticaran ELA en julio de 2023. En aquel momento, Malloy, plomero de toda la vida, cojeaba, llevaba una ortesis para pie caído y necesitaba ayuda para subir las escaleras. Ahora, dijo, la mayoría de esos problemas se han estabilizado o mejorado.
El año pasado, los médicos consideraron que estaba lo suficientemente sano como para someterse a una operación de prótesis de rodilla por un problema no relacionado y para participar en un ensayo clínico de fisioterapia en WashU Medicine.
“Estoy progresando”, dijo. “No hay una solución que se dé de la noche a la mañana y es mucho más lento de lo que me gustaría, pero ahí vamos”.
Para Paula Trefiak, de Regina, Saskatchewan, la ELA era tan frecuente en su familia que, de niña, aprendió a caminar empujando las sillas de ruedas de sus familiares y a leer sosteniendo los periódicos para un primo afectado. Veintiséis familiares han fallecido de ELA, incluido su padre a los 56 años.
Alrededor de los veinte años, empezó a sufrir espasmos musculares. Era una bailarina apasionada de ballet y tuvo que dejarlo debido a problemas de equilibrio. Más tarde, tuvo que dejar de trabajar como socorrista médica de urgencias.
Comenzó en el ensayo clínico de tofersen poco después de ser diagnosticada en 2016, pero no recibió la dosis completa hasta 2019. Poco a poco, su respiración y fuerza mejoraron. Ahora, “puedo ponerme de puntillas” como una bailarina, dijo.
Tiene 44 años, una edad que no esperaba alcanzar, ya que la mayoría de sus parientes femeninas con ELA fallecieron más jóvenes.
Su hijo de 18 años se enteró recientemente de que tiene la mutación SOD1, aunque todavía no presenta ningún síntoma.
“Tenía la enorme preocupación de: “Dios mío, este diagnóstico va a ser devastador”, comentó. “Pero él no deja de decirme: “Mamá, este no es el mismo diagnóstico que te dieron a ti. Ahora tengo una enfermedad tratable”.
A pesar de la extensa investigación, solo hay otros dos tratamientos aprobados específicamente para la ELA: el riluzol, que puede prolongar la supervivencia varios meses, y el edaravone, que puede ralentizar la progresión en aproximadamente un 33%.
Otro, Relyvrio, se aprobó en 2022, pero se retiró en 2024 tras fracasar en un ensayo a gran escala.
Con el tofersen, “aún nos queda mucho por aprender”, dijo Benatar, coautor del reciente estudio sobre el tofersen. “Por muy eufóricos que estemos, tanto yo como todo el sector, al ver que las personas mejoran, aún es pronto para que comprendamos lo que eso significa. ¿Será duradero? ¿Avanzará la enfermedad de otras maneras, a pesar de lo que ha mejorado?”.
“Puede haber efectos secundarios graves que debemos detectar, tener en cuenta e intentar tratar”, dijo Benatar.
Los casos más graves han implicado inflamación de la médula espinal o de las raíces nerviosas espinales. Sifford desarrolló ambas afecciones, que pueden provocar debilidad, hormigueo y dolor. Aproximadamente un año después de comenzar el tratamiento, mientras estaba en un barco, llamó a Carberry y le dijo: “Siento como si me recorriera una corriente eléctrica por todo el cuerpo”.
“Bájate del barco y ve al hospital”, le indicó. Necesitó numerosos tratamientos con esteroides y un fármaco de inmunoterapia.
“Ha tenido la peor reacción inflamatoria hasta ahora”, dijo Carberry. “Estuvimos muy preocupados todo el tiempo porque su respiración era muy débil”.
Finalmente, reanudó el tratamiento con tofersen, con inyecciones de esteroides en el canal espinal antes de cada infusión, además del fármaco de inmunoterapia cada seis meses.
Benatar está estudiando si el tofersen puede retrasar o prevenir la ELA en portadores de SOD1 que aún no presentan síntomas, pero cuyos niveles de proteínas relacionadas con la enfermedad han aumentado.
Otro cuestionamiento importante es si el tofersen podría ayudar a otros pacientes con ELA sin mutaciones del gen SOD1. Miller y Biogen han iniciado recientemente un pequeño ensayo clínico, basado en la evidencia de que algunos pacientes de la población general con ELA también presentan proteínas SOD1 mal plegadas sin la mutación, dijo Stephanie Fradette, directora de desarrollo neuromuscular de Biogen. Sin embargo, indicó que no está claro si las proteínas mal plegadas contribuyen a causar o agravar la ELA.
“No es en absoluto un éxito seguro”, dijo. “Pero es una hipótesis importante que hay que evaluar”.
El precio de venta de Tofersen es de 15.500 dólares por dosis mensual, lo que lo hace prácticamente inasequible sin seguro. Los médicos han luchado contra las aseguradoras que denegaban la cobertura a los pacientes. Biogen dijo que ofrece ayuda para el copago y un programa de medicamentos gratuitos para los pacientes que cumplan los requisitos y no puedan pagar.
En enero, el equipo médico de Miami evaluó exhaustivamente a Sifford por medio de pruebas cognitivas y la recolección de lágrimas para buscar proteínas relacionadas con la ELA.
Varios meses antes de empezar con tofersen, su respiración era tan precaria que apenas podía mantener una conversación. Los médicos le insertaron un puerto para una sonda de alimentación. Les preocupaba que, si más adelante necesitara alimentación por sonda, su función pulmonar estuviera demasiado comprometida para la cirugía. Empezó a usar un respirador portátil no invasivo, al que llamó Vinny, y lo necesitaba cada vez más.
Ahora, utiliza a Vinny con menos frecuencia.
Unos dos meses después de empezar con tofersen, sus puntuaciones respiratorias dejaron de empeorar. Por aquella época, alcanzó un hito frente al Mel’s Diner en Cape Coral, cuando fue capaz de subir a la acera.
Al cabo de aproximadamente un año, sus puntuaciones comenzaron a mejorar. El verano pasado, en un bar de Key West, consiguió bailar por primera vez en años, balanceándose al ritmo de una canción de Lou Rawls mientras un camarero le sujetaba las manos para evitar que se cayera.
Pero el tofersen no ha aliviado todos sus síntomas. La ELA ha avanzado hasta los músculos de la garganta, lo que le dificulta tragar y hace que su habla se vuelva arrastrada. “La alteración del habla es nueva, así que algunas partes de la enfermedad se han frenado y mejorado, pero otras no”, dijo Benatar.
Los tratamientos con tofersen parecen tener menos capacidad para llegar a los músculos relacionados con la lengua, la garganta y la cara, dijo, posiblemente porque el fármaco tiene dificultades para distribuirse hasta allí desde el punto de infusión espinal.
Carberry quiere aumentar sus infusiones a cada tres semanas, algo que ha hecho con otro paciente, con la esperanza de que la medicación adicional llegue a esos músculos, que también son importantes para la respiración. El seguro no lo cubre, así que lo está planificando como un ensayo clínico para varios pacientes. “No nos sentimos cómodos colocando un letrero de “Misión cumplida”, exclamó. “El medicamento no es perfecto. La enfermedad es espantosa”
Durante la evaluación, Carberry utilizó dispositivos que evalúan la función de los nervios motores. La ELA es una disputa entre la lesión nerviosa y el recrecimiento, y el objetivo es que la regeneración supere a la degeneración, comentó. Mientras las líneas saltaban en la pantalla, dijo: “No estamos viendo mucha degeneración activa, y estamos observando cierto recrecimiento, lo cual es muy alentador”.
Tras las pruebas y la infusión del día siguiente, Sifford estaba agotada, pero agradecida.
“He tenido la oportunidad de ayudar a encontrar un tratamiento para algo que mató a mi padre y a mi abuelo”, dijo, señalando el anillo de bachillerato de su padre. Y “estoy viva”.
Amanda Sifford, cuyo estado se había deteriorado rápidamente a causa de la ELA antes de comenzar a recibir infusiones de la primera terapia para una forma genética de la enfermedad hace casi tres años, en su casa de Cape Coral, Florida, el 25 de enero de 2026. (Eva Marie Uzcategui/The New York Times)
Amanda Sifford, en el Sistema de Salud de la Universidad de Miami, se somete a una serie de evaluaciones, incluidas pruebas para valorar su fuerza muscular, en Miami el 9 de enero de 2026. (Eva Marie Uzcategui/The New York Times)






