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Una semana después de iniciar la guerra con Irán, preguntaron al presidente Donald Trump si el mapa del país seguiría siendo el mismo tras el fin de las hostilidades. Su respuesta fue sorprendente: “Eso no te lo puedo decir. Probablemente no“.
En un gobierno que con frecuencia confunde la arrogancia con la estrategia, el comentario resultó extraordinario. Irán es uno de los países más grandes del mundo. Redibujar sus fronteras podría desatar conflictos políticos, étnicos y religiosos capaces de desestabilizar toda la región. Este es apenas un ejemplo de un patrón mucho más amplio: la idea que tiene Trump de las fronteras internacionales es, en una palabra, difusa.
Trump ha amenazado con usar el ejército estadounidense en Colombia y México, y prometió “recuperar” el canal de Panamá. Su gobierno afirma estar en conflicto armado con los cárteles de la droga, mientras fuerzas estadounidenses atacan embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, que ha dejado un saldo hasta ahora de 200 personas muertas. Su prolongada obsesión con adquirir Groenlandia –respaldada por una creciente presión diplomática, económica y militar sobre Dinamarca y otros aliados de la OTAN– ha estado a punto de derrumbar una alianza occidental que ya tambaleaba. Tras especular repetidamente en voz alta con convertir a Canadá en el “estado 51”, Trump ahora se permite publicar en redes sociales imágenes de Venezuela cubierta con la bandera estadounidense.
¿A dónde conduce todo esto? El presidente ha adoptado un enfoque abiertamente imperial de la política exterior, uno que considera los tratados como provisionales, los aliados como obstáculos y el poder militar como un instrumento personal de dominación. Aunque los comentaristas han señalado el carácter “neorrealista” de la visión del mundo de Trump, su concepción patrimonial de la geopolítica amenaza algo aún más fundamental: las fronteras internacionales claramente definidas que constituyen el verdadero cimiento de la soberanía estatal en el mundo moderno. Para alguien que habla sin cesar de fronteras, Trump tiene una idea bastante porosa de lo que son. El resultado de esta forma de pensar será un mundo de fronteras difusas, que dará lugar a una cacofonía de reivindicaciones territoriales entre estados rivales de todo el planeta.
Hoy en día, las fronteras internacionales parecen naturales, incluso inevitables. Basta con mirar cualquier mapa convencional del mundo para ver el planeta prolijamente dividido: cada país termina con precisión donde empieza el siguiente, representado en colores distintos y fijado en su lugar como si fuera una configuración predeterminada. Las disputas persisten –por Taiwán, Israel, Cachemira, el Sahara Occidental– y obligan a incómodos compromisos políticos entre cartógrafos y en salas de juntas corporativas, donde una línea mal trazada puede desencadenar represalias diplomáticas o sanciones normativas. El intento del presidente ruso Vladímir Putin de rediseñar el mapa de manera unilateral y borrar la soberanía de Ucrania sobre su territorio legalmente definido resulta escandaloso precisamente porque viola estas convenciones que se daban por sentadas. Aun así, para la mayor parte del mundo, las fronteras parecen fijas, legibles e incuestionables.
Esa estabilidad es una anomalía histórica. Antes del siglo XX, las fronteras internacionales eran vagas, cambiantes e interminablemente disputadas. La idea misma de una línea nítida que divide un estado de otro es un invento moderno. Los imperios se expandían y contraían continuamente mediante guerras, matrimonios, compras y herencias. La soberanía era personal, no definida por jurisdicciones claras; estaba ligada a dinastías, no a territorios fijos. El territorio era un tesoro que había que adquirir y explotar.
Las fronteras imperiales eran zonas de ambigüedad y fricción. A veces daban refugio a disidentes y renegados que escapaban de la represión imperial, pero la autoridad sobre estas tierras fronterizas era casi siempre inestable, disputada por potencias rivales e impuesta mediante estallidos de violencia impredecibles. Las fronteras difusas no eran espacios románticos de libertad. Eran motores de conflicto.
Europa aprendió esa lección por las malas en 1914. Un asesinato en Sarajevo desencadenó una reacción en cadena de reivindicaciones territoriales incompatibles en los Balcanes. Cada gran potencia se sintió obligada a defender sus intereses, a sus aliados o su futuro imperial. El resultado fueron cuatro años de matanza industrial y más de 14 millones de muertos.
Tras la devastación de la Primera Guerra Mundial, los aliados victoriosos intentaron resolver el problema de las fronteras difusas, y fracasaron estrepitosamente. El sueño del presidente Woodrow Wilson de estados-nación perfectamente alineados se derrumbó ante la oposición política en su propio país y la realidad étnica en el exterior. El Acuerdo de Versalles dejó a la Alemania de Weimar humillada y territorialmente desmembrada, socavando la legitimidad democrática y alimentando los resentimientos que más tarde explotaría Adolf Hitler. Del mismo modo, el Tratado de Trianón dejó a Hungría territorialmente disminuida y políticamente resentida, lo que avivó reclamos irredentistas contra los estados vecinos que entonces gobernaban a grandes poblaciones de etnia húngara.
La Segunda Guerra Mundial comenzó de la misma manera: con disputas fronterizas. La anexión de Austria por Hitler en 1938 encontró apenas una oposición simbólica de la comunidad internacional y fue racionalizada por las élites influyentes como una unificación “natural” de los pueblos de habla germana. Esa concesión convirtió en negociable cada frontera de Europa Central y Oriental. El Acuerdo de Múnich desmanteló Checoslovaquia al entregar a Hitler las zonas de población alemana. El pacto nazi-soviético dividió las zonas fronterizas entre dos regímenes totalitarios. Polonia fue borrada. El resultado fue otra guerra mundial y la muerte de unos 50 millones de personas, incluida la casi total aniquilación del judaísmo europeo.
El nuevo orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial, pese a sus muchas deficiencias, ha sido notablemente exitoso en el manejo del problema de las fronteras difusas. Solemos pensar que el orden liberal mundial se sustenta principalmente en la creación de nuevas instituciones internacionales como las Naciones Unidas, la OTAN, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Menos advertida es la creación de un sistema mundial en el que, en principio, los límites lineales de cada estado del planeta pueden demarcarse y son reconocidos por todos. Este acuerdo ha sido violado con frecuencia, incluso por las potencias occidentales que lo establecieron. Fueron necesarias décadas de lucha sangrienta para que las antiguas colonias europeas obtuvieran soberanía estatal, y los legados del trazado imperial de fronteras continúan perturbando la política en gran parte del mundo poscolonial. Sin embargo, el sistema de fronteras de la posguerra sigue siendo mucho más preciso e institucionalizado que el de cualquier época anterior.
El desprecio displicente de Trump por la relevancia de las fronteras estatales para la política exterior estadounidense amenaza con devolver a la humanidad al peligroso mundo de las interminables luchas geopolíticas por territorios fronterizos en disputa. La intransigencia del conflicto que está surgiendo sobre quién tiene exactamente la soberanía sobre el estrecho de Ormuz es apenas un anticipo. En su segundo discurso inaugural, Trump abogó por “una nación en crecimiento, que aumente nuestra riqueza y expanda nuestro territorio”. Pero si Estados Unidos puede reclamar la totalidad o parte de Canadá, Panamá, Venezuela, Groenlandia o Cuba, ¿por qué deberían las potencias de otros continentes seguir observando el derecho internacional en sus relaciones con vecinos cuyo territorio consideran parte de su propio patrimonio nacional?
Un sistema de fronteras difusas, en el que las potencias tratan el territorio como algo negociable y la soberanía como algo condicional, no es una alternativa viable al orden liberal mundial. Implicaría el resurgimiento de una lógica política mucho más antigua, en la que el poder, y no la ley, determina los límites de la comunidad política. Las grandes potencias del siglo XXI –Estados Unidos, China y Rusia– pueden sentirse tentadas, cada una a su manera, por esta visión patrimonial de las relaciones internacionales. Pero el precio de volver a ese mundo no se pagaría en prestigio o retórica, sino en sangre.
Stephen E. Hanson es profesor del Departamento de Gobierno de William & Mary. Jeffrey S. Kopstein es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de California, Irvine. Son autores de The Assault on the State: How the Global Attack on Modern Government Endangers Our Future.
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