Opinión: Hungría demostró cómo derrotar a un autócrata

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Desde primera hora de la mañana del segundo sábado de mayo, primero cientos y luego miles de personas se congregaron en la plaza frente al majestuoso edificio del Parlamento húngaro para celebrar el inicio de una nueva era política. Era la plaza donde decenas de miles se reunieron en 1956 y 1989 para exigir el fin de la ocupación soviética y, en 2006, para protestar contra un gobierno desacreditado. Era la plaza a la que el régimen del primer ministro Viktor Orbán impuso un importante rediseño hace más de una década –desvió el tráfico, instaló un gran estanque reflectante y parterres elevados, y trazó caminos estrechos–, aparentemente para garantizar que no volviera a producirse una concentración masiva de este tipo. Ahora era la plaza donde Péter Magyar, antiguo leal a Orbán, juraría su cargo, con la promesa del renacimiento de la democracia y la libertad tras 16 años de control autocrático.

La multitud, que se juntaba en los espacios disponibles llenando gradualmente los cafés y calles cercanas, acogió a personas de todas las edades: jóvenes que no recordaban una época previa a Orbán y que habían votado en un número sin precedentes; intelectuales de edad avanzada que creían que jamás volverían a celebrar su país; familias multigeneracionales que habían llegado en autobús después de ver a Magyar en sus ciudades y pueblos natales. Durante su campaña, Magyar viajó a unas 700 localidades, convirtiendo muchas de ellas en “islas del Tisza”, puestos avanzados de apoyo a su partido. Al final, Magyar celebraba cinco o más mítines al día.

Parecía una misión imposible. Orbán y sus compinches dominaban los medios de comunicación, perseguían y difamaban a los políticos de la oposición y cambiaban las leyes electorales en beneficio de su partido, el Fidesz. Orbán parecía haber logrado lo que el sociólogo y teórico político húngaro Balint Magyar (sin parentesco) denomina “ruptura autocrática”, el punto a partir del cual es imposible desbancar a un autócrata mediante elecciones. Políticos iliberales de otros países peregrinaron a Hungría para aprender de Orbán; CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora, por su sigla en inglés), la reunión de los conservadores nacionales estadounidenses, empezó a celebrar allí una convención anual; y el vicepresidente JD Vance visitó Budapest antes de las elecciones, en una muestra de apoyo a Orbán. Y, sin embargo, los húngaros no solo le dieron al partido Tisza la victoria, sino la mayoría constitucional, poder suficiente para revertir los cambios introducidos por Orbán en las leyes e instituciones húngaras. El triunfo fue asombroso –único en nuestra era de retrocesos democráticos– y deja lecciones claras para Estados Unidos.

Una lección evidente del éxito de Péter Magyar reside en la escala, el alcance y la tenacidad de su red organizativa. “Tenían 2000 islas del Tisza con entre 30.000 y 50.000 voluntarios”, me dijo Balint Magyar, con evidente asombro. “Solo en sus centros de llamadas, tenían entre 3000 y 4000 personas en la última semana de campaña”. Hablamos dos días antes de la ceremonia de investidura, en su despacho del espectacular, aunque prácticamente vacío, edificio de la Universidad Centroeuropea. En 2018, el gobierno de Orbán obligó a la mayor parte de las operaciones de la universidad a exiliarse en medio de una campaña de desprestigio antisemita centrada en el filántropo estadounidense de origen húngaro George Soros, fundador y principal financiador de la UCE. Algunas de las muchas otras campañas de desprestigio de Orbán se centraron en los migrantes, “las élites de Bruselas” y las personas LGBTQ. Durante la última campaña electoral, vallas publicitarias y mensajes en las redes sociales generados por inteligencia artificial advertían a los húngaros que corrían peligro de ser invadidos por Ucrania y que solo Orbán podía protegerlos. Debería haber parecido absurdo –era absurdo–, pero durante años la estrafalaria propaganda xenófoba y antisemita le había funcionado bien a Orbán. No funcionó contra Péter Magyar, probablemente porque muchos húngaros tuvieron la oportunidad de verlo en persona, muchos de ellos en repetidas oportunidades. Esta es otra lección de su éxito: la anticuada política en persona puede ser un poderoso antídoto contra el alarmismo de los medios de comunicación.

En su discurso de investidura ante el Parlamento, retransmitido en pantallas gigantes instaladas alrededor de la plaza, Péter Magyar dijo que los votantes le habían otorgado un mandato “no solo para cambiar el gobierno, sino para cambiar el sistema. Para empezar de nuevo”.

Magyar enumeró las formas en que Orbán había dañado a Hungría: una economía estancada en la que un tercio de la población vive en la pobreza, servicios de salud inadecuados, escuelas de baja calidad, instituciones de bienestar infantil plagadas de abusos, una atmósfera de odio y miedo. El régimen de Orbán había “robado del bien común de la nación húngara, de los bolsillos del pueblo húngaro y de las mesas de los niños y ancianos húngaros”, dijo Magyar, “unos 20 billones de florines húngaros”, es decir, unos 65.000 millones de dólares, en la última década y media.

Políticos de la oposición habían descrito el régimen de Orbán como “corrupto”, un término relativamente suave que sugería una cierta aberración respecto a la función prevista del gobierno. Péter Magyar no hizo esa concesión. Tomando prestado un término acuñado por Balint Magyar, lo ha calificado de Estado mafioso: una empresa fundamentalmente criminal. Tercera lección: no te andes con rodeos.

En lugar de rehuir la confrontación directa, se fortaleció contra ella. Al ser elegido diputado al Parlamento Europeo, en 2024, se aseguró la inmunidad judicial en Hungría. Cuando circularon rumores sobre un video íntimo que se utilizaría para chantajearlo, pasó a la ofensiva y acusó a Orbán de utilizar “kompromat al estilo ruso” (no se divulgó ningún video). Sabiendo que probablemente bloquearían su registro de un nuevo partido político, asumió el control de uno que había quedado inactivo. Y lo que es aún más importante, en lugar de intentar crear coaliciones entre otros partidos, se centró en reclutar al mayor número posible de personas reales, de todo el espectro político y, en última instancia, construyó una gigantesca organización capaz de derribar el monopolio político de Orbán.

Podría decirse –y algunos lo han hecho– que Magyar ganó, al menos en parte, porque era un antiguo miembro del partido Fidesz de Orbán. Pero mis interlocutores en Hungría subrayaron que la credibilidad de Magyar residía en que no era miembro de la antigua oposición, cuyas políticas habían provocado el descontento que hizo posible el ascenso de Orbán y cuya timidez había contribuido a perpetuar su poder. Eso también es una lección: la persona mejor posicionada para acabar con el poder de Donald Trump no sería un republicano anti-Trump, sino alguien ajeno al grupo de poder demócrata, alguien que pueda afirmar con credibilidad que Trump no llegó al poder durante su mandato: un Graham Platner en lugar de un Thomas Massie.

A pesar de todo su incansable trabajo durante los dos últimos años, Magyar no creó su maquinaria política desde cero. Al igual que Zohran Mamdani, Magyar destacó en la conversión de potenciales simpatizantes en voluntarios de campaña. Un servicio de distribución de noticias ya existente proporcionó la estructura inicial de la red organizativa. Una amplia gama de movimientos de protesta de base también se unió. El día de la toma de posesión de Magyar, una conmemoración paralela, más pequeña, organizada por la ciudad de Budapest, celebró a esas organizaciones. Uno a uno, tomaron el micrófono para pronunciar un breve discurso sobre su causa y su participación en la victoria electoral: profesores que se habían organizado contra un currículo unificado dictado por el Estado; un joven que denunció abusos en el sistema de atención a la infancia; un estudiante de secundaria perseguido por recitar un poema contra Orbán; organizadores de la celebración del Orgullo LGBTQ de Budapest. Los oradores permanecieron en el escenario, formando poco a poco una multitud del tipo –de los muchos tipos– de húngaros comunes y corrientes que habían puesto fin a la era Orbán.

Esa es la quinta lección: las organizaciones de base que tienen poca o ninguna conexión con la política electoral –en Estados Unidos, podrían ser las redes formadas por los mítines No Kings, los grupos de resistencia al ICE, etc.– pueden importar tanto o más que las que ya están centradas en ganar votos.

Otra lección reside en las cuestiones que motivaron a los votantes de Magyar. La economía húngara es un desastre, pero los sondeos postelectorales de Median, una organización que había predicho los resultados de las elecciones con una precisión asombrosa, muestran que los votantes consideraron que la corrupción era, con diferencia, el tema más importante. Al preguntarles por qué pensaban que Orbán había perdido, el 49 por ciento citó la corrupción, y solo el 18 por ciento pensó que era “el empeoramiento de la situación económica, el aumento del costo de la vida”. Las otras razones citadas fueron “mentiras” (15 por ciento); “alarmismo, retórica de guerra” (11 por ciento); y “la gente se hartó” (10 por ciento). En otras palabras, los húngaros parecían considerar que el daño que el orbanismo le había hecho a la nación era más importante que cualquier daño que hubiesen experimentado como individuos. Estaban unidos por un sentimiento de indignación moral: “opciones de valor”, como me lo describió una persona cercana al gobierno entrante.

Las encuestas han demostrado sistemáticamente que incluso los votantes del Fidesz desean en general que Hungría siga en la Unión Europea (UE). Algunos seguramente solo quieren la facilidad de viajar y residir, pero otros probablemente tienen en mente los ideales más elevados de la UE, como el Estado de derecho, los derechos humanos y el objetivo esencial de la UE, que es la paz.

Hungría es uno de los países más pobres del bloque, y en los primeros años de su régimen, Orbán pudo utilizar la pertenencia a la UE para asegurarse financiación y, por tanto, poder, aunque arremetiera contra la burocracia de Bruselas. Pero en 2022, la Unión Europea empezó a retener la financiación, alegando corrupción. Y en 2024, después de que Hungría ignorara una sentencia del Tribunal de Justicia Europeo que le obligaba a tramitar las solicitudes de asilo, el tribunal le ordenó a Hungría que pagara 200 millones de euros e impuso una multa diaria de 1 millón de euros. (Cuando Orbán se negó a pagar, Bruselas dedujo el dinero de los fondos de la UE destinados a Hungría). Estas acciones no solo perjudicaron a la economía húngara, sino que también permitieron a Magyar establecer una conexión causal entre las políticas de Orbán y el bienestar de los votantes comunes. Una de sus principales promesas electorales fue desbloquear la financiación de la UE.

Hungría ingresó en la Unión Europea en 2004. La bandera de la UE –12 estrellas doradas sobre fondo azul– adorna la fachada del edificio del Parlamento húngaro junto al estandarte rojo, blanco y verde de la nación. Pero la política de Orbán, como la de la mayoría de los autócratas, era la política del agravio. Bajo su régimen, la bandera de la UE fue retirada y sustituida por la bandera de los Szekelys, una minoría húngara que se vio obligada a vivir en Rumania cuando los vencedores de la Primera Guerra Mundial redibujaron las fronteras de la región. El gesto simbólico de Orbán contribuyó a avivar el resentimiento contra la UE y lo que, según él, era una nueva generación de ataques a la soberanía húngara.

Péter Magyar programó su toma de posesión para el Día de Europa: el 76 aniversario de la declaración que creó la hoja de ruta para un continente unido. Antes de su toma de posesión, se volvió a izar la bandera europea. Pero se mantuvo la bandera de Szekely, señal de que Magyar pretende representar a todos los ciudadanos húngaros, incluidos quienes apoyaron a Orbán. En algunos reportajes estadounidenses, Magyar ha sido calificado de centrista o de centro-derecha. En realidad, su política –y esta es otra lección de su victoria– es pluralista.

El ascenso de Péter Magyar comenzó en febrero de 2024, cuando concedió una entrevista al medio de comunicación independiente Partizan. Arremetió contra Orbán por corrupción y por no representar a los húngaros, pero, de forma más explosiva, por un asunto totalmente distinto: encubrir los abusos sexuales a niños bajo tutela del Estado. Un caso que implicaba a más de 40 acusados había llegado a los tribunales, pero, al parecer, Orbán dio instrucciones a su departamento de justicia para que indultara a varios de ellos. Dos mujeres que habían dado su aprobación en aquel momento –la presidenta Katalin Novak y la ministra de Justicia Judit Varga, entonces esposa de Magyar– acabaron dimitiendo. Magyar acusó al régimen de Orbán de esconderse “tras las faldas de las mujeres”. Sorprendentemente, en la cercana Polonia, el único otro país europeo que ha derrocado a un gobierno autocrático, un escándalo de abuso sexual infantil y su posterior encubrimiento también parecen haber desempeñado un papel importante. Quizá se deba a que estas historias pueden arrojar una luz especialmente cruda sobre las redes y los abusos de poder. Esta es una lección que podría resultar útil en los Estados Unidos. Tal vez ya lo haya sido.

Ahora, al hablar en el Parlamento, el nuevo primer ministro húngaro ofreció una disculpa extensa y detallada a las víctimas de abusos y a quienes buscaron justicia. Y anunció que, para hacer frente a los crímenes del régimen de Orbán, iba a presentar una legislación para crear la Oficina Nacional de Recuperación y Protección de Activos, que prometió que “sería uno de los pilares del cambio de régimen de 2026”. Todas las personas a las que entrevisté en Hungría insistieron en que el cambio de régimen no estaría completo hasta que se hubiera producido un recuento completo de los abusos del régimen de Orbán y se hubiera castigado a los culpables de los delitos, aunque nadie, incluidas las personas cuyo trabajo será garantizar que se haga justicia, parecía tener una idea clara de cómo podría organizarse este proceso. Es evidente, sin embargo, que su objetivo no solo será satisfacer el deseo de retribución, sino también separar a quienes se enriquecieron gracias a sus conexiones con el régimen de Orbán de los millones de votantes comunes que lo permitieron, un paso esencial para sanar una sociedad que se ha regido por la política del odio, la ira y la sospecha. También hay una lección en eso.

Como muchos otros autócratas y aspirantes a autócratas –Vladimir Putin, Benjamín Netanyahu, Donald Trump–, Orbán estaba aparentemente desesperado por mantenerse en el poder porque, si perdía su cargo, podía enfrentarse a cargos penales. Por este motivo, incluso cuando Péter Magyar subió en las encuestas, e incluso el día de las elecciones, cuando los primeros resultados apuntaban a una victoria aplastante de Tisza, muchos húngaros supusieron que Orbán encontraría la forma de aferrarse al poder. ¿Se negaría a reconocer los resultados de las elecciones? ¿Declararía la ley marcial? Pero incluso después de que autorizara el pago de una suma global de seis meses de salario a los miembros de los servicios uniformados, se dijo que el personal militar estaba abrumadoramente a favor de un cambio de régimen. Orbán debía saber que no podía contar con ellos.

Abandonó el Parlamento tras las elecciones, y el día de la investidura no estaba en el edificio. Tampoco estaban varios de los miembros más destacados del Fidesz, el partido que aún dirige y que obtuvo aproximadamente una cuarta parte de los escaños de la legislatura. Sin embargo, sí se presentó el presidente Tamas Sulyok, leal a Orbán. Antes de que Magyar jurara su cargo, Sulyok pronunció un anodino discurso sobre la importancia del Estado de derecho y el orden constitucional.

Magyar se negó a seguirle el juego. “Es irónico oírlo hablar ahora del Estado de derecho, tras dos años de silencio”, dijo. “Presidente, guardó silencio cuando el fracasado primer ministro llamó a la mitad del país” –los que se le oponían– “‘insectos a exterminar’. No expresó ninguna preocupación cuando los servicios secretos fueron enviados tras el mayor partido de la oposición. No alzó la voz cuando se utilizaron miles de millones de fondos públicos para difundir el odio a la guerra entre los húngaros, incluso entre nuestros hijos. Después de tanta cobardía y de hacer la vista gorda, ¿cómo puede representar la unidad de esta nación? No puede. Es hora de que se marche con la cabeza en alto mientras tenga la oportunidad”.

Los húngaros se consideran un pueblo educado y reservado. Llegan a tiempo. Observan el decoro. Se abstienen de la confrontación. Sin embargo, la noche de las elecciones se sorprendieron a sí mismos bailando por las calles al grito de “¡Se acabó!”. Y ahora su nuevo primer ministro volvía a escandalizarlos. Dentro del Parlamento reinaba el silencio, pero los miles de personas que seguían el discurso en las pantallas exteriores prorrumpieron en gritos y aplausos. Y cuando la cámara enfocó a Sulyok, con la cara congelada en una media sonrisa incómoda, la multitud soltó una ronda de abucheos que probablemente se oyó al otro lado del Danubio.

Esa misma mañana, Magyar y Agnes Forsthoffer, la nueva presidenta del Parlamento, habían depositado coronas de flores en la estatua de Attila Jozsef, un poeta de principios del siglo XX cuyo poema “Junto al Danubio” es un himno a la diversidad húngara. Termina con esta estrofa, entendida como un llamado a solucionar las diferencias:

La lucha que libraron nuestros antepasadosva disolviéndola en paz la memoria,y arreglar al fin nuestras cosas comunes,esto es nuestro trabajo – y no es poco.

La mayor parte de la poesía de Jozsef se considera tan compleja que es intraducible. Así, cuando los nuevos dirigentes políticos depositaron flores en su estatua con el acompañamiento de un concierto para clarinete de Mozart, proyectaban una nueva-vieja actitud hacia la alta cultura.

Esta es otra lección de la victoria de Magyar: su política es aspiracional e inspiradora, un tono que es un antídoto contra el cinismo y la vulgaridad de la autocracia. Es lo contrario de, por ejemplo, el enfoque adoptado por el gobernador de California, Gavin Newsom, quien trolea a Trump intentando superarlo en el envilecimiento del lenguaje político y de la vida política. Al hablar en el edificio del Parlamento, que Magyar calificó como “el edificio más bello del mundo” –y puede que lo sea–, proclamaba una nueva era de belleza y amor. Forsthoffer había utilizado la palabra “amor” cuatro veces en su breve discurso.

Cuando Magyar terminó su discurso ante el Parlamento, anunció que había invitado a actuar a un conjunto de niños romaníes. La persona con la que estaba –Zsofia Ban, una de las autoras más célebres de Hungría, y una persona tan poco acostumbrada a participar en exuberantes muestras de optimismo que me dijo que se sentía como si se hubiera disfrazado– lloró. Nunca había ocurrido nada parecido en el Parlamento. Los romaníes constituyen aproximadamente el 8 por ciento de la población húngara, lo que los convierte en uno de los mayores grupos minoritarios de Hungría y, posiblemente, el más pobre y el más discriminado. Magyar había hablado mucho de la difícil situación de los niños romaníes, de la que parecía haber aprendido en campaña.

Una decena y media de preadolescentes con camisa blanca y pajarita negra tocaron tamburas y entonaron una canción que es considerada como el himno del pueblo romaní húngaro, seguida de una canción popular húngara. Varios diputados recién elegidos lloraron abiertamente. Pero los diputados electos del partido de extrema derecha Nuestra Patria abandonaron la cámara en señal de protesta. La subjefa de esta facción, Dora Duro, alguna vez realizó una rueda de prensa para romper físicamente uno de los libros infantiles de Ban, que tachó de “propaganda homosexual”. Había sido muy bueno para las ventas del libro, pero sé lo que es ser denunciado por gente de tu propio país. Le pregunté a Ban cómo se sentía al saber que Duro seguía siendo miembro del Parlamento. “Perdieron”, respondió.

Cuando Magyar salió del edificio para dirigirse a la multitud reunida, ofreció su propia lección sobre su imposible victoria. “Contra una máquina de poder”, dijo, “no necesitamos otra máquina de poder, sino personas de verdad que –yendo de buzón en buzón, de casa en casa, en el frío, la escarcha y la lluvia– son capaces de cualquier cosa por su patria, sus vecinos, sus parientes y su comunidad”.

La siguiente tarea era “redescubrir cómo volver a vernos como una comunidad”, dijo. “Por tanto, les pido que se dirijan hacia aquellos compatriotas que hoy están decepcionados, que tienen miedo o que viven este periodo como una pérdida. No intenten derrotarlos, no los menosprecien. Escúchenlos y hablen con ellos. Díganles que este país también les pertenece a ellos; que son necesarios, como todo el mundo es necesario; y que juntos reconstruiremos Hungría, porque no hay izquierda, no hay derecha, solo hay húngaros”.

Uno de los secretos del éxito de Péter Magyar, me había dicho Balint Magyar, residía en recuperar los símbolos de la nación: la bandera, el himno nacional, la idea misma de la identidad húngara. Ahora Péter Magyar presenciaba una elaborada representación nacional: el izado de la bandera, soldados marchando al paso de la oca, caballería con uniformes ornamentados.

Y entonces terminó la pompa, pero Magyar seguía separado de la multitud por grandes extensiones de espacio vacío, la distancia que el gobierno de Orbán había diseñado tan cuidadosamente. Magyar empezó a hacer gestos a la multitud: acérquense, acérquense, pero la gente ya estaba apretada contra el borde del estanque reflectante. Al cabo de unos instantes, la excitación y el deseo de participar plenamente en este momento histórico se volvieron demasiado fuertes como para resistirse. Algunos hombres se subieron los pantalones y corrieron por la piscina reflectante, que resultó tener solo unos centímetros de profundidad. Casi inmediatamente, les siguieron cientos más. Corrieron chapoteando por el agua y hacia el otro lado, llenando el espacio del que tanto tiempo habían estado excluidos. “¡Ahora esta es su casa!”, exclamó Magyar.

Todas las personas a las que entrevisté en este viaje a Budapest creen en esta nueva era. Los académicos creen que volverán a ser libres para enseñar. Los jóvenes creen que serán la primera generación en años para la que quedarse en Hungría sea una opción deseable. Los activistas de la sociedad civil creen que podrán dejar de luchar por su propia supervivencia y centrarse en ayudar a las personas a las que quieren ayudar. Márta Pardavi, copresidenta de la única organización de Hungría que proporciona representación legal gratuita a las personas que solicitan asilo, se mostró incluso esperanzada –a pesar de la ausencia de tales promesas– de que el nuevo gobierno vuelva a aceptar solicitudes de asilo.

Los expertos con los que hablé fuera de Hungría se muestran más escépticos, preocupados por las notas de “sangre y tierra” que habían oído en los discursos de Magyar, seguros de que su atención a la difícil situación de los romaníes no era más que un calculado acercamiento a Bruselas, hecho con la esperanza de desbloquear fondos de la UE. Por otra parte, ¿no es para eso para lo que sirve el gobierno europeo: para fomentar y hacer cumplir los valores humanistas? Es demasiado pronto para decir algo sobre las políticas de Magyar, pero las elecciones de su gabinete parecen coherentes con el espíritu integrador de su campaña, política y socialmente.

Magyar terminó de hablar y cedió el escenario a Ibolya Olah, estrella del pop de etnia romaní y abiertamente lesbiana. Interpretó “Magyarorszag” (“Hungría”), una balada que hacía muchos años que no interpretaba porque, según dijo, su sentimiento patriótico había perdido sentido.

Ban, una amiga suya y yo nos sentamos en un café y pedimos Aperol spritz. “Por el primer día de la democracia”, dijo Ban, y chocamos nuestras copas. El dueño de la cafetería, quien reconoció a Ban, nos trajo magdalenas rellenas de nata. Ban bailó en su silla al ritmo de “We Are the Champions” de Queen. Le pregunté qué le parecía depositar sus esperanzas en un político que procedía de la derecha, que aparentemente nunca había dicho una palabra en defensa de los inmigrantes y que apenas se había pronunciado a favor de los derechos de las personas LGBTQ. ¿Podría ser un lobo con piel de revolucionario?

“Quizá lo sea”, dijo, sonriendo ampliamente. “Quizá lo sea”.

Y entonces bailamos por la plaza al son de la canción de Icona Pop con el estribillo “I don’t care, I love it” (no me importa, me encanta). Gente de todas las edades bailaba en fila de conga, quitándose las manos de los hombros para chocarnos los cinco. La fiesta en la plaza continuó hasta el día siguiente.

Máté Bartha es fotógrafo y cineasta residente en Budapest.

M. Gessen es columnista de opinión en The Times. Ganó el Premio Pulitzer de opinión en 2026 y ha escrito 11 libros, entre ellos El futuro es historia: Rusia y el regreso del totalitarismo, que obtuvo el Premio Nacional del Libro en 2017.

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