Opinión: La dignidad de EE. UU. cayó a la lona

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Si te pareció extraño, surrealista y francamente alucinante presenciar que el espectáculo de la Ultimate Fighting Championship celebrara un evento masivo en el jardín de la Casa Blanca, en el que hombres sudorosos fueron escoltados desde el Despacho Oval hasta un octágono resplandeciente para darse de golpes mientras el presidente de Estados Unidos y su gabinete de guerra los animaban, no fuiste el único. Debes saber que los luchadores y mucha gente de la UFC parecían sentir lo mismo. Quizás incluso más.

“He visto cosas surrealistas en mi vida, pero esta es la más surrealista de todas. No parece real. Nada de esto parece real. Es una locura”, dijo Joe Rogan, el comentarista de la transmisión, al borde de hiperventilar, mientras el presidente Donald Trump salía al comienzo del evento, junto al director ejecutivo de la UFC, Dana White. El excampeón de la UFC Daniel Cormier dijo: “Simplemente no puedo creer que estemos en la Casa Blanca viendo combates de la UFC. Hombre, estoy tan lleno de testosterona que me dan ganas de darle una patada en el pecho a alguien, es una locura”.

La noche, anunciada como UFC Freedom 250, estuvo sin duda llena de testosterona y en verdad fue una locura. La disonancia cognitiva de ver los símbolos fundacionales de nuestro país, donde los presidentes por tradición reciben a jefes de Estado extranjeros y organizan la tradicional búsqueda de huevos de Pascua, utilizados como telón de fondo para una serie de peleas en jaula –y, por supuesto, para celebrar el cumpleaños 80 del presidente– fue algo que casi todos los involucrados comentaron constantemente, aunque parecía molestarles menos de lo que probablemente le molestaría a tu profesor de ética gubernamental local.

En muchos sentidos, ver a los luchadores de la UFC salpicados de sangre y dándose patadas y puñetazos resultaba menos impactante que verlos hacerlo mientras miembros del ejército los observaban y los saludaban. Puede que los integrantes del equipo de la UFC se sintieran como invasores bárbaros a las puertas de la democracia, pero también es posible que se comportaran mejor y de forma más ética que la familia a la que habían ido a entretener y, en teoría, a honrar.

Poco antes del evento, Cormier publicó en las redes sociales (y borró rápidamente) un supuesto intercambio de mensajes directos que tuvo con Eric Trump en el que parecía que el hijo del presidente preguntaba si alguna de las peleas estaba amañada y, de ser así, si Cormier podría darle algún consejo privilegiado. El hijo del presidente negó que esto hubiera ocurrido, al igual que Cormier. Todo el incidente fuera de cámara, que se desarrolló en internet incluso mientras se celebraba el evento televisado, puso de manifiesto lo que quizá fue el elemento más inquietante –y más revelador– de todo el espectáculo: la energía caótica que generaban los invitados peleoneros de la UFC no podía igualar la energía caótica generada por sus anfitriones de la Casa Blanca.

Uno de los aspectos más extraños, aunque cautivadores, de la velada fue ver a la Banda de la Infantería de Marina de Estados Unidos, que ha tocado para todos los presidentes desde John Adams, interpretar la música de entrada de cada luchador. Entre ellas se incluían el himno cursi de la década de 1980 “Real American”, popularizado por Hulk Hogan; “Thunderstruck” de AC/DC, y, sorprendentemente, la canción de entrada del luchador de peso pesado Derrick Lewis, “Tops Drop”, de la leyenda del hip-hop underground de Houston de la década de 1990, Fat Pat.

La presencia de Lewis en el evento merece una explicación más detallada. Es un exjugador de fútbol americano universitario que perdió su beca cuando fue condenado a prisión después de violar su libertad condicional por un delito de agresión con agravantes. Tras su salida de la cárcel, encauzó esa agresividad hacia las artes marciales mixtas, donde se hizo famoso por sus nocauts inusualmente violentos y se ganó el apodo de “The Black Beast” (la bestia negra).

Lewis, a sus 41 años, ya ha pasado hace tiempo su mejor momento y normalmente no se le incluiría en una cartelera de la UFC tan destacada como esta, pero, según White, fue añadido a petición del propio presidente. Trump dijo que Lewis, un partidario suyo desde hace mucho tiempo, es uno de sus luchadores favoritos. En UFC Freedom 250, Lewis acabó recibiendo una buena paliza de un luchador llamado Josh Hokit, quien fingió vomitarse encima en el pesaje del día anterior. La celebración de Hokit de su victoria por nocaut técnico en el segundo asalto consistió en salir del ring y entregarle a Trump un collar con un medallón (que el presidente se puso inmediatamente) y, en su entrevista posterior al combate, gritó: “¡Michelle Obama es un hombre! ¿No es así, Estados Unidos?”. Así que quizá Trump ahora tenga un nuevo luchador favorito.

El presidente parecía genuinamente encantado de saludar a cada luchador. De hecho, puede que fuera todo lo que un cumpleañero podría haber deseado: ver a todos sus juguetes favoritos dándose puñetazos en su honor. Cabe preguntarse si parte de ese tiempo no se habría aprovechado mejor para ultimar los detalles de un acuerdo preliminar para poner fin a la guerra en Irán, un acuerdo que Trump anunció en Truth Social antes del evento. Los detalles que se dieron a conocer cambiaron repetidamente a lo largo de la noche, incluso mientras el enviado a Medio Oriente, Steve Witkoff, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, estaban sentados en el evento junto a Trump.

Se notaba que era su cumpleaños porque, sin duda, recibió regalos. El “patrocinador” del combate entre Hokit y Lewis se anunció como “Truth Social, la verdadera voz del presidente Trump”, y esa fue una colocación de producto bastante discreta, en términos comparativos. Independientemente de lo que pienses sobre la arena con forma de ovni construida en el jardín, llamada “la Garra”, o sobre cómo el parque de la Elipse se convirtió en un slam para tipos sin camiseta, el uso más discordante de la propiedad pública estadounidense de la noche fue cómo cada centímetro de la arena, que se alzaba con una amenaza estridente frente a la Casa Blanca, se transformó en una valla publicitaria que no paraba de mostrar a los patrocinadores corporativos, muchos de los cuales benefician directamente a Trump y a su familia.

Crypto.com estuvo especialmente presente: todas las camisetas de calentamiento de los luchadores tenían el logotipo de Crypto.com estampado. Tampoco podías pasar por alto a Polymarket, Total Wireless, CrowdStrike, Riyadh Season, las camionetas Ram (cuyo anuncio principal mostraba a White, el director ejecutivo de la UFC, quien se sentó junto a Trump toda la noche, gritando “¡La libertad es ruidosa, nena!” mientras conducía una camioneta) y Trump Coins, que ofrecía monedas conmemorativas con el rostro de Trump y su firma que según, la página web de Trump Coins, es una reproducción. Las monedas se vendían por hasta 12.000 dólares.

La celebración se describió de antemano como “el evento deportivo más histórico de todos los tiempos”, lo cual es una forma extraña de retratar algo que aún no ha pasado. Pero ese lema reflejaba la sensación ineludible de que todos los presentes el domingo por la noche parecían creer que esto no era una anomalía aislada. A medida que avanzaba la noche, se podía ver cómo tanto la UFC como los altos cargos del gobierno empezaban a hinchar un poco el pecho, mientras los cánticos de “¡Estados Unidos, Estados Unidos, Estados Unidos!” se hacían cada vez más fuertes. El mensaje era claro: este es el tipo de espectáculo que todos los asistentes querían y, a pesar de que White había dicho que no podía permitirse volver a organizar un evento así, si se sale con la suya, esto es solo el principio.

“Este es el siguiente capítulo de la historia del espíritu de lucha de Estados Unidos”, dijo el comentarista de la UFC Brendan Fitzgerald con una gran sonrisa bobalicona que daba a entender que sabía algo que nosotros desconocemos. Quizás podía ver el futuro, y ese futuro se parece mucho a esto. Fue una locura. Te daba ganas de darle una patada en el pecho a alguien.

Will Leitch es editor colaborador de la revista New York y autor de las novelas How Lucky y Lloyd McNeil’s Last Ride, así como del boletín The Will Leitch Newsletter.

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