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Había que enderezar el dedo de Lionel Messi. Aún había que esculpir los músculos de sus piernas y luego vestirlos con el pantalón corto de la selección argentina. Y hacía falta una red para tapar la boca de Messi y evitar que las palomas anidaran dentro, dijo Aldo Beroisa, el artista, mientras contemplaba su colosal escultura, aún sin terminar, del ídolo del fútbol argentino.
Mientras Messi, el capitán de la selección argentina, persigue el ambicioso objetivo de llevar a su equipo a un segundo título consecutivo en la Copa Mundial, Beroisa se ha enfrentado a otro reto monumental: construir una gigantesca estatua del ídolo del fútbol en medio del desierto patagónico.
Beroisa, con los tobillos hinchados por una caída reciente que sufrió al correr entre las piernas de Messi para terminar la obra antes del torneo de este año, aseguró que lograrían terminarla y añadió que el jugador lo merecía.
Desde hace más de un año, Beroisa –extrabajador ferroviario y artista local cuyo currículum incluye varias estatuas de dinosaurios y de Jesús– ha cortado y soldado viejas tuberías de petróleo en medio del polvo del desierto para darles forma y crear el esqueleto de acero de Messi.
Ha desafiado los implacables vientos patagónicos que pulverizaron la barba de Messi y la gravedad terrestre que en su día le rompió el brazo al jugador y que casi le rompe el cuello a él mismo, todo ello para rendir un homenaje descomunal a la leyenda del fútbol de su país.
Los vecinos cuentan que las autoridades les dijeron que más les valía marcharse. La localidad estaba demasiado apartada y aislada en un desierto inhóspito sin ningún motivo para seguir adelante. A Beroisa lo despidieron de la empresa ferroviaria estatal, que también había sido privatizada.
En lugar de rendirse, los vecinos organizaron protestas, se resistieron y se quedaron. Beroisa, técnico ferroviario de formación pero, en el fondo, un apasionado del Renacimiento italiano, cogió un cincel. Empezó con maniquíes para tiendas de ropa y figuritas religiosas. Luego vino un dinosaurio a tamaño real para el museo local. Después llegaron los encargos públicos.
Aunque el miedo de su mujer a volar echó por tierra su sueño de ver la Capilla Sixtina, Beroisa estudió fotografías de La piedad de Miguel Ángel para plasmar los pliegues de la túnica de una estatua de Cristo de 15 metros de altura, situada en una carretera descolorida por el sol por la que circulan sobre todo camiones cisterna.
Cuando un responsable deportivo local sugirió hace más de un año construir una estatua de Messi a tamaño real, Beroisa propuso hacerla más grande para que estuviera a la altura de la fama mundial de la estrella. La ciudad de Calcuta, en la India, ya tenía una estatua de Messi de 21 metros. Beroisa propuso hacer la suya 5 metros más alta.
El alcalde, Ramón Rioseco, estuvo de acuerdo, y dijo que esa obra sería su Capilla Sixtina.
Rioseco dijo que sabía que crear la escultura no iba a ser tarea fácil. A casi nadie le llamaría la atención un error en los rasgos de una figura religiosa de otro milenio, pero no se podía estropear el rostro del dios viviente de Argentina.
Rioseco dijo que uno puede intentar plasmar el aspecto de Cristo o el de los apóstoles en La última cena, pues está abierto a la interpretación. Pero añadió que con Messi no se puede cometer ningún error.
Agregó que era plenamente consciente de las expectativas.
Emma Bubola es una reportera del Times que cubre Argentina. Reside en Buenos Aires.

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