Un grupo de venezolanos fueron deportados a su país desde EE. UU. El mismo día, ocurrieron los terremotos

This post was originally published on this site.

El gobierno venezolano no dijo cuántas personas deportadas estaban en un centro en lo alto de una colina en La Guaira, el estado más afectado, ni cuántos murieron.

El avión que transportaba a 146 venezolanos deportados de Estados Unidos llegó al principal aeropuerto de Venezuela el miércoles pasado, apenas ocho horas antes de que la tierra empezara a temblar violentamente.

Las autoridades venezolanas dieron la bienvenida a los deportados –120 hombres, 19 mujeres y 7 niños– y grabaron videos con cuidadosas puestas en escena para celebrar su llegada tras pasar semanas en centros de detención estadounidenses.

A la mayoría, si no a todos, los llevaron luego lejos de las cámaras a un centro de retención estatal, donde se acomodaron en literas y les dijeron que los dejarían en libertad al día siguiente, tras tramitar sus expedientes, según contaron dos deportados a The New York Times.

Pero, cuando el sol comenzaba a ponerse, el edificio empezó a temblar, y lo que se suponía que iba a ser un regreso a casa agridulce se convirtió en una de las innumerables tragedias devastadoras provocadas por los terremotos consecutivos que asolaron Venezuela la semana pasada.

Dentro, los deportados gritaban y se apresuraban a escapar mientras las paredes y los techos se derrumbaban a su alrededor, sepultando a la mayoría bajo una enorme montaña de escombros, según contaron dos sobrevivientes al Times.

Ninoska Gutiérrez Rodríguez, de 45 años, dijo que salió corriendo de la habitación donde la habían alojado con otras mujeres en la primera planta y se abalanzó por un pasillo, mientras otros deportados desesperados por huir la empujaban y tiraban de ella, cuando una pared le aplastó las piernas.

Quedó atrapada cerca de dos hombres inconscientes, golpeados en la cabeza por unas vigas metálicas. Gritó durante unos 45 minutos –“¡Auxilio!”– hasta que logró salir por sí sola de entre los escombros.

Fuera del edificio derruido, los funcionarios del gobierno subieron a seis sobrevivientes a una furgoneta. Gutiérrez Rodríguez dijo que se topó con otros cuatro deportados, cubiertos de polvo y desorientados, que tropezaban en la oscuridad.

Eran algunos de los pocos que lograron salir con vida.

Gutiérrez Rodríguez, a quien las autoridades de inmigración estadounidenses habían detenido en Miami tras pasar casi dos años en Estados Unidos, dijo que lo que pasó era terrible, pues todos estaban ansiosos por volver a su país para ser libres de nuevo.

Mientras los equipos de rescate siguen recuperando cuerpos por toda Venezuela –las autoridades elevaron el número de muertos a más de 1900 el martes–, el destino de los venezolanos deportados por el gobierno de Donald Trump el mismo día en que se produjo el terremoto ha sumido a sus familiares en una angustiosa búsqueda de respuestas.

El gobierno venezolano no dijo cuántos deportados había en el edificio, situado en lo alto de una colina en La Guaira, el estado más afectado, ni cuántos murieron. El gobierno no respondió a las peticiones de comentarios, y las familias de los deportados dijeron que les ha proporcionado muy poca información y ha restringido el acceso a las instalaciones.

Los testimonios de las familias, compartidos en entrevistas con el Times, sugieren que muchos de los deportados podrían haber fallecido, y que sus cuerpos ya han sido recuperados o siguen atrapados entre los escombros. Solo han salido a la luz unos pocos testimonios de sobrevivientes.

“Nadie quiere perder un familiar y si está muerto, por lo menos que nos digan dónde está su cuerpo para poderle dar cristiana sepultura como él se merece”, dijo Glina Audivet, de 42 años, cuyo hermano, Ángel Romero, de 31, seguía desaparecido. “Mi hermano no era un delincuente. Se fue a Estados Unidos buscando un mejor futuro, porque lastimosamente en Venezuela no lo hay”.

Abandonadas a su suerte, las familias han viajado desde todos los rincones de Venezuela hasta La Guaira para exigir respuestas a los responsables del gobierno. Han recurrido a súplicas desesperadas en las redes sociales, en las que comparten fotos de sus seres queridos desaparecidos. Y se han organizado a través de un grupo de WhatsApp llamado “Vuelo 164”, el número de vuelo anunciado por las autoridades venezolanas.

Sus búsquedas a menudo se han convertido en días de angustia mientras revisan cuerpos en estado de descomposición en morgues y hospitales, en busca de las pulseras de identificación que se les pusieron a los deportados cuando aterrizaron en Caracas, la capital del país.

Anyela Escandela Reyes dijo que le había comprado ropa nueva a su hijo, Arturo Alejandro Morales Escandela, de 24 años, y que había organizado una fiesta sorpresa, llena de globos y fotos suyas, para darle la bienvenida a casa después de que lo detuvieran mientras conducía en Texas.

Su regreso a casa también coincidió con su cumpleaños número 25.

Él la llamó desde el centro de detención el miércoles por la tarde, dijo Reyes, y le pidió la dirección de la vivienda de su abuela, donde se suponía que las autoridades venezolanas iban a dejarlo. Pero unas horas más tarde, el suelo empezó a temblar y nunca más supo nada de él.

Sus familiares emprendieron un viaje de más de 10 horas en coche hasta La Guaira, y fueron de un hospital a otro durante tres días hasta que encontraron sus restos. Pudieron identificarlo por un tatuaje que tenía en el brazo. La familia lo enterró unas horas más tarde en un funeral apresurado porque su cuerpo estaba en un grado avanzado de descomposición.

“Lo esperaba con un abrazo de bienvenida”, dijo Escandela Reyes, entre sollozos. “No de despedida”.

Su hijo y otros deportados habían viajado en uno de los tres vuelos semanales de deportación que han devuelto a decenas de miles de venezolanos a su país como parte de la campaña del gobierno de Trump para deportar migrantes. Muchos viajaron al norte en los últimos años, arriesgando la vida en un viaje peligroso mientras millones de venezolanos huían del colapso económico y del régimen autoritario del país.

El Departamento de Seguridad Nacional no respondió a las peticiones de comentarios sobre si se suspenderían las deportaciones a raíz de los terremotos, que dañaron el aeropuerto internacional a las afueras de Caracas. Pero no ha habido vuelos de deportación a Venezuela desde el miércoles pasado, según los rastreadores de vuelos en línea.

Las instalaciones donde estaban recluidos los deportados –un refugio de cemento de cuatro plantas con techo de ladrillo– estaban gestionadas por los servicios de inteligencia de Venezuela, conocidos como SEBIN, un brazo del régimen represivo del país. Este organismo tiene un largo historial de represión política y violaciones de los derechos humanos, desde torturas hasta detenciones arbitrarias.

Al menos un sobreviviente contó al Times que el SEBIN lo había amenazado para que guardara silencio sobre lo que había pasado en las instalaciones.

El sobreviviente, José, de 33 años, que pidió que solo se le identificara por su nombre de pila por miedo a represalias, dijo que estaba acostado en una litera en el segundo piso cuando se produjo el terremoto, lo que obligó a decenas de deportados a huir y provocó un embotellamiento.

“Éramos como 20 amontonados y salimos unos 12”, dijo José, describiendo cómo se abrieron paso hacia un hueco entre los escombros por donde veía pasar la luz del exterior. “Nosotros mismos los deportados estábamos ayudando a nuestros compañeros”.

Dijo que varios agentes del SEBIN y dos bomberos llegaron al edificio, pero hicieron muy poco por buscar sobrevivientes. Al menos algunos agentes del SEBIN y trabajadores del centro también murieron durante el derrumbe del edificio, según dijeron dos sobrevivientes.

José dijo que finalmente lo trasladaron a una base del SEBIN cerca del aeropuerto, donde también llegaron las mujeres y los niños que habían sobrevivido.

Los familiares de los deportados desaparecidos también acusaron al gobierno venezolano de no dar prioridad a la búsqueda de sobrevivientes y de ofrecer muy poca información: el gobierno facilitó números de teléfono a los que las familias podían llamar, pero las líneas parecían no estar en funcionamiento.

Daniely Pastora Hurtado Suárez, de 32 años, dijo que fue una de las primeras familiares en llegar al centro el miércoles por la noche, en busca de su esposo, Eduardo José Ozal Mujica, de 32 años, que había vivido en Colorado y fue detenido por las autoridades estadounidenses mientras repartía comida.

Volvió día tras día y vio cómo los agentes del SEBIN acabaron acordonando el centro a medida que más familias se reunían allí. Tanto ella como otros familiares dijeron que apenas vieron actividades de rescate en las instalaciones, a pesar de que las familias pedían a gritos que los dejaran entrar para buscar por su cuenta.

Al final, el domingo encontró el cuerpo de su esposo en una morgue improvisada en La Guaira, donde se respiraba un hedor insoportable a muerte. Los cuerpos estaban tan destrozados, contó, que casi se llevó a casa el cadáver equivocado.

Pastora Hurtado dijo que se sentía muy culpable: ella había convencido a su esposo de emigrar a Estados Unidos hace tres años, para que pudiera encontrar un trabajo estable y enviar dinero para darle un futuro mejor a su hijo de 8 años, Fernando José.

“Mi esposo en ningún momento se quería ir”, dijo entre lágrimas en una entrevista telefónica. “No sabes lo feliz que estaba cuando le dijeron que por fin se venía a Venezuela”.

Algunos sobrevivientes sufrieron heridas graves.

Marlene Lozano, de 74 años, dijo que a su nieto, Anderson Daniel Salcedo Lozano, de 22 años, lo sacaron de entre los escombros tras 26 horas. Un video del rescate que compartió con el Times muestra a tres hombres sacándolo por los brazos de un agujero entre las ruinas, en estado de shock y cubierto de escombros.

Los médicos tuvieron que amputarle las piernas en el hospital de Caracas, donde sigue intubado, dijo.

“Esperamos que, cuando vuelva a la realidad, no sea fuerte para él ver que no tiene piernas”, dijo Lozano en una entrevista telefónica.

El lunes, dos equipos de rescate internacionales llegaron al lugar con perros de rescate, dijeron las familias. Determinaron que no había señales de vida bajo los escombros, y pronto empezaron a llegar excavadoras. Al día siguiente, seis familiares se quedaron esperando fuera del recinto, con la esperanza de recuperar un cuerpo.

Isayen Herrera colaboró con reportería desde La Guaira.

Isayen Herrera colaboró con reportería desde La Guaira.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *