This post was originally published on this site.
A medida que aumenta el número de fallecidos, el sistema forense de Venezuela se ha visto desbordado con miles de cuerpos, hasta el punto de que un puerto se ha convertido en una morgue provisional.
En los primeros días después de los devastadores terremotos en Venezuela, rescatistas y voluntarios hurgaron entre los escombros de los edificios derrumbados en busca de señales de vida.
Ahora, a medida que las esperanzas de encontrar más supervivientes se desvanecen, las autoridades enfrentan un reto distinto: recuperar, identificar y dar sepultura a miles de víctimas en un país cuyas instituciones ya estaban debilitadas por años de colapso económico y mala gestión gubernamental.
La repentina llegada de cuerpos ha desbordado el sistema forense del país y llevó a las autoridades a convertir un puerto en una morgue temporal, trasladar a las víctimas a contenedores de transporte refrigerados y prepararse para la posibilidad de realizar entierros masivos.
La cifra oficial de muertos ha aumentado cada día y el gobierno venezolano informó el miércoles de otras 300 personas fallecidas más respecto al día anterior, hasta alcanzar el número de 2295. Más de 11.000 personas resultaron heridas.
Los forenses y trabajadores humanitarios afirman que la cifra real probablemente sea mucho mayor.
Dos médicos de la morgue principal de Caracas estimaron que el número real de fallecidos se acercaba más a los 4000. Anticipando que la cifra podría seguir aumentando, la ONU está consiguiendo 10.000 bolsas para cadáveres en coordinación con el gobierno venezolano, señaló Gianluca Rampolla del Tindaro, coordinador residente de la organización en Venezuela.
El alud de cuerpos superó con rapidez la capacidad de las morgues de La Guaira, el estado más afectado por el terremoto.
En los dos primeros días posteriores a la catástrofe, decenas de cadáveres yacían sobre cartones en el estacionamiento de un hospital de La Guaira, bajo el calor tropical, según Gerson Hernández, un pastor de la localidad. Los familiares hacían fila en sus coches para dejar cuerpos.
Para el sábado, las autoridades habían comenzado a trasladar los cuerpos del hospital al patio de carga de un puerto local para que el instituto nacional de medicina forense pudiera trabajar en una zona centralizada, según dos patólogos forenses de la agencia que pidieron no ser identificados porque no estaban autorizados a hablar del tema en público.
Bajo carpas enormes, los médicos realizan las autopsias que exige la ley antes de que los cuerpos puedan ser enterrados o incinerados. Investigadores de la policía judicial de Venezuela fotografían a las víctimas, recogen huellas dactilares y ayudan a identificar a los fallecidos.
El lunes, afuera del puerto, los camiones seguían entregando ataúdes. Más allá del perímetro de seguridad se podían ver filas de cuerpos tendidos uno al lado del otro en el suelo.
Las autoridades también han comenzado a utilizar contenedores de transporte refrigerados –normalmente destinados al traslado de carne y otros productos perecederos– para conservar los cuerpos mientras se espera su identificación, según los agentes de policía que vigilan el lugar y un directivo local del sector del transporte marítimo que conoce bien la operación.
Para los familiares que buscan a sus seres queridos desaparecidos, las búsquedas pueden ser desgarradoras.
Daniely Pastora Hurtado Suárez, de 32 años, dijo que estuvo cinco días buscando a su marido, yendo de hospital en hospital y finalmente a la morgue improvisada del puerto de La Guaira, llena del hedor de la muerte, donde los cuerpos estaban tan desfigurados que casi se lleva a casa el cadáver equivocado.
José Rincón dijo que pasó tres días caminando entre cadáveres en descomposición esparcidos por el suelo del puerto, abriendo a mano las bolsas forenses repletas de gusanos para buscar a su nieto. Había más víctimas en cuatro contenedores refrigerados. Los cuerpos estaban amontonados sin ningún orden, comentó. Él revisó más de 100.
El reto al que se enfrentan los forenses es descomunal.
Dos médicos forenses en una morgue estatal de Caracas dijeron el domingo que estaban recibiendo entre 40 y 80 cadáveres al día, incluyendo víctimas rescatadas con vida de edificios derrumbados que luego murieron en los hospitales y cuerpos traídos desde La Guaira por sus familiares.
Hasta el domingo, quedaban 150 cadáveres en la morgue, incluyendo 130 que aún no habían sido identificados. Las autoridades de La Guaira habían estado procesando unos 750 cuerpos al día, dijo el médico, con unos 50 trabajadores forenses que se desplazaban desde Caracas cada día.
Los médicos dijeron que muchas víctimas han resultado tan dañadas por el peso de los escombros de los edificios derrumbados que la identificación visual se había vuelto imposible. Los especialistas han recurrido a técnicas de recuperación de huellas dactilares, mientras que los familiares buscaban tatuajes, lunares, peinados y manicuras.
Aunque varios familiares que esperaban afuera del puerto el lunes dijeron que el proceso de identificación se había agilizado y estaba mejor organizado, el creciente número de fallecidos ha llevado a tomar decisiones difíciles sobre cómo lidiar con los cuerpos. Algunos familiares comentaron que les habían dado precios de entre 400 y 850 dólares para cremaciones, algo demasiado costoso para la mayoría de los venezolanos.
Los médicos de la morgue de Caracas dijeron que el gobierno había ofrecido cremaciones gratuitas a las familias y que las fosas comunes siguen siendo una opción para las autoridades si el número de víctimas mortales sigue aumentando.
Sin embargo, la Sociedad Venezolana de Infectología instó a las autoridades a no recurrir a los entierros masivos, argumentando que deben evitarse para prevenir brotes de enfermedades infecciosas que complican la identificación y prolongan la angustia de las familias.
Hurtado encontró el cuerpo de su marido después de cinco días de búsqueda. Dijo que debido al abrumador número de víctimas, las autoridades estaban incinerando algunos cuerpos no reclamados.
Por miedo a perder la oportunidad de recuperar sus restos, ella pidió prestados 850 dólares para que una funeraria privada lo incinerara, diciendo que quería quedarse con sus cenizas.
“Como familiar, uno espera tener algo de su familiar”, dijo. “Saber dónde está para ir a llorar, para ir a llevarle flores, para todo. Es lo mínimo que uno se merece”.
Frances Robles y Julie Turkewitz colaboraron con reportería.
Luis Ferré-Sadurní es periodista del Times en Bogotá, Colombia.
Genevieve Glatsky es una reportera del Times radicada en Bogotá, Colombia.
Frances Robles y Julie Turkewitz colaboraron con reportería.

Leave a Reply