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En algunas partes de Estados Unidos y Europa, la palabra “sionismo” se ha convertido en poco más que una consigna gritada por bandos opuestos en manifestaciones. Puede ser un término de orgullo o una forma mordaz de expresar la ira y la condena hacia Israel y sus partidarios. Esto ha generado un serio malentendido sobre lo que es y lo que no es el sionismo. El mal uso de la palabra ha simplificado en exceso su complejidad. En la práctica, ha perdido su significado para el público en general.
El sionismo es la creencia de que el pueblo judío tiene derecho a vivir libremente en su patria ancestral, a forjar su futuro, a defender su dignidad, a preservar su civilización y a aportar sus valores y sabiduría a la humanidad. Se entiende que una patria judía es el principal medio para que los judíos construyan una sociedad próspera, con todos sus habitantes –tanto judíos como no judíos–, que manifieste y difunda los valores fundamentales de la Torá: la dignidad humana, la justicia y la compasión. El término precede por décadas al Estado moderno de Israel. Y la historia del origen del sionismo comenzó siglos antes de eso.
En el Génesis se nos cuenta cómo Dios bendijo a Abraham y a sus descendientes con una tierra desde la que serían una bendición para “todas las familias de la tierra”. Esa promesa permaneció en los corazones de los israelitas durante los 400 años de esclavitud en Egipto. Inspiró su regreso a la tierra donde nacieron sus antepasados, así como la fundación de la primera comunidad judía, que creció, bajo el reinado del rey Salomón, hasta convertirse en un centro de comercio, sabiduría y moralidad.
Las expulsiones de los judíos de Israel, primero en la época babilónica y luego en la romana, dieron lugar a un duelo colectivo que se expresa una y otra vez en la liturgia judía. Hasta el día de hoy, los judíos le piden a Dios tres veces al día la bendición de la tierra en la que puedan construir una sociedad. Y en las bendiciones después de las comidas, le dan las gracias a Dios por darnos una tierra “codiciable, buena y amplia” como herencia.
El anhelo por la tierra se tradujo en una presencia judía continua a lo largo de su larga historia bajo gobernantes extranjeros, incluyendo un aumento significativo de las comunidades judías en el siglo XIX. En ese momento, la visión sionista moderna comenzó a echar raíces.
En su influyente texto de 1896 sobre la idea de la autodeterminación judía, Der Judenstaat, Theodor Herzl imaginó un Estado judío que beneficiaría a la humanidad, y escribió: “Todo lo que intentemos allí en nuestro propio beneficio redundará de manera poderosa y beneficiosa en el bien de toda la humanidad”.
A raíz de los pogromos en Rusia y del caso Dreyfus en Francia, Herzl, el fundador del movimiento sionista moderno, creía que el sionismo liberaría a los judíos de las ataduras del miedo físico, así como de la discriminación profesional, social y generacional. Les permitiría crear una sociedad que fuera la máxima expresión de sí mismos y contribuir al mundo de manera más contundente.
Los primeros pensadores sionistas imaginaban a judíos y no judíos conviviendo pacíficamente en un país inclusivo que se rigiera por los más altos principios morales. La misión del sionismo, tal y como la expresó el periodista de principios del siglo XX Ahad Ha’am (un seudónimo), era crear “un Estado judío y no simplemente un Estado de judíos”.
El primer titular del cargo de primer ministro de Israel, David Ben-Gurión, defendió una idea similar, afirmando que el éxito definitivo de Israel vendría determinado “no por sus riquezas ni por su poderío militar, ni por sus habilidades técnicas, sino por su valor moral y sus valores humanos”.
Desde sus inicios, la patria judía se comprometió tanto con la autodeterminación judía como con la plena dignidad y la ciudadanía en igualdad de condiciones de personas de todas las religiones y orígenes. Este compromiso está consagrado en la Declaración de Independencia de Israel de 1948, redactada tras la creación del país por parte de las Naciones Unidas. Al igual que muchos ideales nacionales, se ha visto puesto a prueba por la guerra, el miedo, el extremismo, el fracaso político y las aspiraciones nacionales contrapuestas. La realidad actual no siempre refleja toda la plenitud de la visión de los primeros pensadores sionistas. Y, sin embargo, los retos y contratiempos de un momento concreto no invalidan la promesa subyacente de la idea en sí misma.
Al igual que los ideales democráticos fundacionales de Estados Unidos siguen desenvolviéndose de forma imperfecta, la promesa del sionismo no es algo que se haya completado en su creación, sino un ideal que se va perfeccionando y construyendo generación tras generación. Israel ha avanzado en esa promesa creando una sociedad basada en la libertad, las oportunidades y el Estado de derecho, además de lograr avances revolucionarios en ciencia y medicina que mejoran y salvan vidas en todo el mundo. Creer en el potencial del sionismo es creer en la obligación de seguir construyendo los ideales a los que aspira.
Nada de esto significa que no se puedan criticar las políticas y prácticas de un gobierno israelí. El antisionismo, sin embargo, va mucho más allá y rechaza por completo la idea de la autodeterminación judía. Quienes niegan a los judíos el derecho a un Estado judío, en un mundo que acepta sin problemas los Estados musulmanes y cristianos, están discriminando a los judíos. Es aquí donde el antisionismo se convierte en antisemitismo.
Reducir el sionismo a banderas, eslóganes o epítetos sirve de tapadera a quienes buscan la destrucción de Israel e ignora todo el bien que ha aportado el proyecto sionista. Un hospital universitario israelí en el que trabajan científicos, médicos y enfermeros tanto judíos como no judíos, todos con un mismo objetivo, es una iniciativa sionista. También lo es el sistema judicial de Israel, compuesto por jueces judíos, musulmanes, cristianos y drusos.
Cuando una universidad judía proisraelí, como la mía en Nueva York, forma a psicólogos que restituyen la dignidad, a abogados que protegen a los más vulnerables, a trabajadores sociales que fortalecen a las familias, a dentistas que atienden a comunidades desfavorecidas o a científicos que persiguen descubrimientos revolucionarios –capacitando a estudiantes de todos los orígenes para que aporten sanación, dignidad y oportunidades al mundo–, eso también se inspira en la misión sionista.
Aunque el Estado moderno de Israel se fundó sobre las cenizas del Holocausto y sirvió de cobijo para los refugiados, el sionismo siempre aspiró a ser algo más que una simple respuesta al antisemitismo o un refugio frente a él. Fue un medio para permitir que los judíos vivieran al máximo de su potencial, sin las ataduras de las experiencias restrictivas –y a menudo brutales– de vivir en tierras extranjeras. El sionismo es, por tanto, la respuesta a un anhelo de 3800 años de antigüedad, no solo una respuesta a una crisis moderna.
Visto a través del prisma de su historia y su propósito último, el sionismo se convierte en un marco para el diálogo constructivo y una inspiración renovada. Desde sus orígenes bíblicos hasta hoy, el sionismo ha transmitido una de las ideas más perdurables de la humanidad: que un pueblo, arraigado en sus valores y de vuelta en su patria, puede construir una sociedad que honre la fe, la dignidad, la responsabilidad y la esperanza.
Ari D. Berman es el rector de la Universidad Yeshiva. Su próximo libro trata sobre la filosofía de las bendiciones.

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