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Cuando las zapatillas de punta aparecen en la cultura popular, a los bailarines les suele dar vergüenza ajena.
Las zapatillas de punta, el calzado emblemático del ballet, suelen cautivar a los editores de revistas de moda, a los ejecutivos de publicidad y a los músicos de pop. Quienes no están familiarizados con la danza suelen estar deseosos de usarlas como símbolo de un cierto tipo de feminidad delicada.
Pero una zapatilla de puntas no es (solamente) un símbolo; es una herramienta artística. Bailar correctamente en puntas requiere años de entrenamiento intensivo. Es prácticamente imposible fingirlo. Para los bailarines, ver un trabajo en puntas deficiente puede resultar doloroso: no solo es una afrenta estética, sino un insulto al rigor de su oficio.
Así que cuando la cantante Rosalía abrió en junio un concierto de su Lux Tour en el Madison Square Garden vestida de bailarina de ballet –de pie, recatada, sobre una plataforma, con un enorme tutú al estilo de Degas y, sí, zapatillas de punta–, contuve la respiración.
Pero luego, en cuanto empezó a moverse, exhalé con alivio.
Nadie confundiría a Rosalía con una bailarina de ballet profesional. Sin embargo, en el espectáculo de la Lux Tour, se acerca al ballet con lo que parece un interés y un respeto genuinos. (La gira estará en California hasta el 6 de julio).
Mientras cantaba la conmovedora “Porcelana” en el Garden, ejecutó un impecable arabesque sobre puntas en pareja, con el pie de apoyo impresionantemente arqueado. Momentos después, mientras se desplazaba en pas de bourrée hacia el fondo del escenario, dando pasitos minúsculos en puntas, sus brazos recordaban de forma convincente a los de un cisne: fluidos, pero con una gran articulación en las muñecas y los dedos. El ballet no es una pose; es un lenguaje, y está claro que Rosalía lo ha estado estudiando.
Una mezcla similar de curiosidad y devoción impulsa su álbum Lux. Rosalía, que se inició en el flamenco, ha construido una carrera en la música pop en torno a yuxtaposiciones estilísticas inesperadas. En Lux, incorpora elementos de ópera y canta en 13 idiomas. En la Lux Tour, presenta el ballet clásico como un equivalente físico de la ópera clásica. Su baile es balletístico de la misma forma que su música es operística: puede que la técnica no sea perfecta, pero la intención es buena.
Quizá por eso Misty Copeland publicó el emoji de “mente explotando” tras asistir al concierto en el Madison Square Garden, o por eso la estrella del New York City Ballet, Tiler Peck, ha comentado con aprobación las fotos de Instagram de Rosalía en las que aparece en posiciones de ballet. Cuando la gira hizo parada en Houston el 23 de junio, Rosalía invitó al primer bailarín del Houston Ballet, Harper Watters, a subir al escenario para una aparición especial. “Eres una bailarina de ballet preciosa”, dijo Watters. “Muchas gracias por mostrar nuestro arte de una forma tan bonita y por cuidarlo tanto”.
El trío coreográfico (La)Horde, que ayudó a crear la coreografía de la Lux Tour, dijo que las secuencias de ballet del espectáculo fueron idea de Rosalía. (Hablé con Marine Brutti, pero el colectivo –que también incluye a Jonathan Debrouwer y Arthur Harel– habla al unísono). Aunque los miembros de (La)Horde son los directores del Ballet Nacional de Marsella, “no sé si alguna vez le habríamos aconsejado que fuera por ese camino”, dijeron. “Ella tenía la visión de empezar el espectáculo como bailarina de ballet, y confiamos en ella. Fuimos como los ayudantes de un mago”.
Parte de la magia de la gira reside en cómo se mezclan con naturalidad el ballet y otros estilos de danza. El equipo de coreografía está liderado por (La)Horde y CharmLa’Donna, la mente creativa detrás de las actuaciones de Bad Bunny y Kendrick Lamar en el Super Bowl. Dimitris Papaioannou, el coreógrafo griego conocido por sus intrigantes ilusiones ópticas, y el famoso bailaor de flamenco José Maya también aportaron su granito de arena.
“Ella quería ofrecer una experiencia que fuera una mezcla de museo, iglesia, discoteca y teatro de danza”, dijo (La)Horde sobre Rosalía. “Todos nos dejamos llevar por la fluidez de su pensamiento”.
La Lux Tour se presenta, con gran pompa teatral, en cuatro actos. Tras el clasicismo celestial de la apertura, la segunda sección empieza con un descenso a la majestuosidad más oscura del primer sencillo del álbum, “Berghain”, que lleva el nombre de la famosa discoteca de Berlín. Rosalía vuelve al escenario tras haber cambiado sus zapatillas de punta por unas botas negras, con dos plumas en forma de cuerno que se rizan sobre su cabeza.
Aquí es donde se nota más claramente la huella de (La)Horde. Fiel a su nombre, al colectivo le encanta recurrir a una multitud desenfrenada. En la coreografía de “Berghain” –que en parte se inspira en la actuación viral de Rosalía en los Brit Awards a principios de este año–, una masa primigenia de cuerpos de bailarines envuelve a la cantante vibrando al ritmo de cada uno de sus gestos. Las cuerdas orquestales impulsan “Berghain”, pero la gira añade un remix electrónico alucinante al final de la canción. Al terminar, la bailarina, que antes parecía una joya, se ha convertido en toda una chica de club, y se retuerce extasiada bajo las luces estroboscópicas.
A pesar de su iconografía del cielo y el infierno, el espectáculo no es todo altibajos épicos. También incluye fragmentos del álbum de Rosalía de 2022, Motomami, una colección de canciones insolentes e irreverentes que adoptan un enfoque más lúdico a la hora de mezclar estilos. Mientras interpretaba el popular tema de reguetón “Saoko”, Rosalía se metió con naturalidad en el papel de diva del pop, y su columna vertebral fluía mientras ella movía el torso. La canción incluye un improbable interludio de jazz; y, de forma igual de improbable, ella se pone a hacer twerking al ritmo de la música, mientras una cámara se acerca para hacer un primer plano de sus pantalones cortos color rosa chillón.
Esa descarada alegría se extiende también al territorio de Lux. La aportación de Papaioannou al espectáculo es el número “La perla”, que convierte el vals de Lux –una despedida desenfadada a un ex– en un encantador espectáculo de ilusiones ópticas. Sobre un fondo negro, las manos enguantadas de blanco de los bailarines se convierten en la falda de Rosalía, luego en un halo, luego en un velo, evocando en un momento a la Venus de Milo y al siguiente a Rita Hayworth. Como era de esperar, el número ha arrasado en TikTok.
Rosalía, que es de España, empezó su carrera estudiando tanto baile flamenco como música flamenca, una formación que se nota claramente a lo largo de todo el espectáculo de la Lux Tour. (Quizá eso explique esos impresionantes brazos de cisne, primos lejanos de los expresivos movimientos de la parte superior del cuerpo del flamenco). En la canción de flamenco-pop “De madruga”, su juego de pies percusivo y sus giros de muñeca tan delicados provocaron gritos de “¡Olé!” entre el público. “La rumba del perdón”, el tema de Lux que más se acerca al flamenco clásico, no es un número de baile en este espectáculo, pero en cuanto empezaron las palmas rítmicas, Rosalía no pudo evitar chasquear los dedos y zapatear al ritmo.
Esa formación en flamenco también le da seguridad con su cuerpo, una base sobre la que construir cuando prueba otros estilos de danza. En ese esfuerzo cuenta con el apoyo del elenco del espectáculo, formado por bailarines de gran prestigio e increíblemente versátiles. Mientras baila en puntas, Rosalía tiene como compañeros a antiguos miembros del Ballet Nacional de Marsella y del Nederlands Dans Theater. Y cuando se contonea y se mueve de forma sensual, lo hace junto a veteranos de giras por estadios de gran repercusión y videos musicales. (A veces son las mismas personas).
“No parece un grupo de bailarines de apoyo”, dijo (La)Horde. “Parece una compañía de danza en toda regla”.
El acto final de la gira Lux vuelve a los cielos y al ballet, aunque menos a través de su coreografía y más a través de un collage de referencias visuales. Rosalía y los bailarines aparecen con alas blancas de plumas que los sitúan a medio camino entre los cisnecitos de El lago de los cisnes y los ángeles de Victoria’s Secret. Al final de la canción “Focu ‘Ranni”, la cantante subió por una escalera al fondo del escenario y cayó hacia atrás, con los brazos extendidos a modo de alas, sumiéndose en el olvido de la Reina de los Cisnes. Te la podías imaginar citando al personaje de Natalie Portman en El cisne negro al aterrizar: “Ha sido perfecto”.
En el mundo del ballet, una referencia a El cisne negro también puede dar un poco de pena ajena. Pero aquí –con una Rosalía descalza y agotada, y sus alas ligeramente desaliñadas por el esfuerzo– el momento se interpretó como un homenaje al esfuerzo.
A algunos artistas les atrae la imposibilidad inherente al ballet. El esfuerzo de perseguir los ideales inalcanzables de esta forma artística se convierte en su propia recompensa. Rosalía, la diligente estudiante de una decena y pico de idiomas y casi otros tantos estilos de baile, parece sentirse igualmente atraída por las tareas imposibles. La Lux Tour, con toda su ambición coreográfica, es una celebración de ese tipo de dificultad: del virtuosismo que no nace, sino que se gana a base de sudor.

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