Una llamada de Trump a la FIFA convierte el Mundial en otro frente político

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La acción del mandatario de EE. UU. deja claro que todavía no ha encontrado ningún ámbito de la vida estadounidense, ni siquiera mundial, en el que no esté dispuesto a imponer su voluntad.

Durante casi un mes, el presidente Donald Trump se había mantenido al margen del Mundial, sin asistir a ningún partido y centrándose en cambio en proyectos de construcción en Washington y en la guerra con Irán.

Pero mientras el mayor evento deportivo del planeta cautivaba a estadounidenses de todas las tendencias políticas en ciudades de costa a costa, el atractivo resultó demasiado fuerte como para resistirse.

La ya famosa –o infame, según cómo se mire– llamada del mandatario al presidente de la FIFA, antes de que la organización futbolística revocara la suspensión de una estrella estadounidense, desató un debate interminable sobre la influencia política. También se convirtió en tema de conversación en el vestuario de Bélgica, que el lunes por la noche infligió a Estados Unidos una humillante derrota por 4-1.

La selección belga celebró la victoria imitando el baile característico de Trump y publicando un mensaje de dos palabras en internet: “Revoca esto”.

Esta inusual mezcla de política y deporte muestra una verdad indiscutible de la era Trump: el presidente aún no ha encontrado ningún ámbito de la vida estadounidense –ni siquiera mundial– en el que no esté dispuesto a imponerse. Al parecer, no hay ningún evento que antes fuera apolítico que pueda escapar a su influencia.

Quizá no sea de extrañar que Trump, a quien le encantan tanto el deporte como ser el centro de atención, se metiera en una situación en la que otros mandatarios estadounidenses habrían mostrado moderación. Durante mucho tiempo ha tratado de aprovechar políticamente las polémicas deportivas. En su primer mandato, criticó con frecuencia a los jugadores de la NFL que se arrodillaban durante el himno nacional para protestar contra la injusticia racial. Se ha jactado abiertamente de que utiliza el tema de los deportistas transgénero como un arma política infalible para los republicanos en época de elecciones.

Y ha encontrado en ciertos sectores del mundo del deporte una base de apoyo que, en ocasiones, se le ha escapado en otros ámbitos. Después de que Trump fuera vetado de las redes sociales y rechazado por muchos en la comunidad empresarial tras los disturbios del Capitolio del 6 de enero de 2021, recibió una bienvenida de héroe en un evento de la UFC. En su segundo mandato, cuando Trump no consiguió ganar el Premio Nobel de la Paz, Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, le otorgó al presidente estadounidense el “Premio de la Paz de la FIFA” de nueva creación.

“Soy una persona a la que le encanta el deporte y fui un buen deportista”, dijo Trump el lunes. “Y entiendo muy bien de deportes. De verdad, muy bien”.

El presidente tampoco se ha preocupado mucho por dar la impresión de ejercer una influencia indebida, algo que quizá hubiera mantenido a raya a sus predecesores. Así que cuando vio lo que calificó de sanción “muy injusta” contra el jugador estadounidense Folarin Balogun en el partido de su selección contra Bosnia y Herzegovina la semana pasada, se puso en contacto con Infantino y le hizo una petición sorprendente: que la FIFA revisara la suspensión.

Infantino ha insistido en que la posterior reincorporación de Balogun fue resultado del “proceso legal en el que participaron los órganos judiciales independientes de la FIFA”. Pero fue la primera vez desde 1962, cuando las normas eran menos claras, que la FIFA revocaba una suspensión impuesta durante un partido del Mundial.

El incidente sirvió para recordar lo mucho que Trump se ha alejado de la forma de actuar de uno de los predecesores a los que admira, el presidente Calvin Coolidge, quien dijo en una famosa frase: “Quizá uno de los logros más importantes de mi gobierno haya sido meterme en mis propios asuntos”.

Trump, en cambio, se ha metido en casi todos los aspectos de la vida estadounidense, sin importar lo grandes o pequeños que sean. Ha intentado presionar a las universidades sobre cómo gestionar sus instituciones. Se ha metido con bufetes de abogados y ha adquirido participaciones en empresas estadounidenses. Ha tomado el control de importantes organizaciones culturales y artísticas. Y se ha ubicado en el centro de la celebración del aniversario 250 de Estados Unidos.

También se ha metido en asuntos tan insignificantes como la composición de las pajitas o popotes y la presión del agua en los inodoros. Y, por supuesto, los cambios en las reglas del fútbol americano.

Pero fue su implicación en el otro tipo de fútbol lo que desató una reacción mundial.

La Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol, el organismo rector del fútbol en Europa, dijo que la decisión de la FIFA de revocar la suspensión de Balogun “había cruzado una línea roja”. La federación bosnia de fútbol acusó a Trump de “injerencia gubernamental”. Todo eso podría originar una situación incómoda porque Trump tiene previsto entregar el trofeo al ganador final.

Y la federación de fútbol de Irán, cuyo país sigue en guerra con Estados Unidos después de que Trump lanzara miles de ataques aéreos, se regocijó especialmente por la derrota estadounidense a manos –o a pies– de Bélgica.

“Ahora todo el mundo está bailando para celebrar la humillante derrota de la política a manos del fútbol”, dijo un vocero.

Tariq Panja colaboró con reportería.

Luke Broadwater cubre la Casa Blanca para el Times.

Tariq Panja colaboró con reportería.

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