Opinión: Cómo superé mi adicción al algoritmo sin ayuda de la tecnología

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A pesar del odio que está recibiendo últimamente, a veces me gusta el algoritmo. He adiestrado mi TikTok como si fuera un perro obediente, solo que en lugar de traerme aves silvestres a mis pies, me trae videos de artistas en bodas egipcias, influentes culinarios de las zonas rurales de Vietnam y presentaciones de diapositivas de algo llamado “estética balcánica”. Me gusta cuando los anuncios de Instagram me enseñan algún objeto de cocina sin sentido con forma de un tomate lindo.

Pero estos regalos vienen acompañados de las muchas ardillas muertas que mi algoritmo también me trae: el vacío que te invade al ver los detalles mundanos de la vida de tanta gente, la sensación molesta de que todo el mundo está en otro sitio divirtiéndose sin ti, el empobrecimiento de tus gustos y tu sensibilidad. ¿De verdad me gustan las zapatillas ballerinas o Meta y tres influentes de moda a los que sigo en Europa han conspirado para que me las compre?

Por eso he estado intentando vivir un “verano de Ludd”, un término que he tomado prestado de un grupo que lleva unas semanas pegando carteles por toda la ciudad de Nueva York para intentar que la gente deje los celulares. “NO TODO ESTÁ EN INTERNET”, decía un cartel que vi descascarillándose de una pared en el East Village. Para mí, cada vez hay menos cosas ahí. Llevo unos meses haciendo un experimento: he borrado todas mis aplicaciones de redes sociales –Instagram, Twitter, TikTok– y las he pasado a un iPhone viejo que tenía en casa. A este teléfono lo he bautizado como mi “teléfono de escroleo“. He elegido un único sitio en mi casa donde puedo usarlo: un sillón a rayas de mi salón, al que ahora he bautizado como el “sillón de escroleo”.

El teléfono de escroleo no tiene tarjeta SIM, solo wifi, y puedo usarlo todo lo que quiera, siempre y cuando esté sentada en el sillón de escroleo. El sillón de escroleo existe para que no acabe haciendo exactamente lo mismo que hacía cuando mi teléfono de verdad también era mi teléfono de escroleo: cenar con mi teléfono de escroleo, ver la tele con mi teléfono de escroleo, sentarme en el baño con mi teléfono de escroleo. (Tú también lo haces, no finjas que no). El sillón de escroleo me permite limitar mi uso de las redes sociales a un único lugar. Si estoy con el teléfono de escroleo, tengo que estar en el sillón de escroleo. Incluso me compré un soporte para el teléfono con forma de cerdito para dejarlo en mi estantería, una forma de recordarme lo que estoy haciendo cuando lo cojo: devorando las redes sociales como un cerdo en el comedero.

A veces, mis amigos se quedan incrédulos cuando se enteran de la existencia del teléfono de escroleo. Da la impresión de que estuviera sumida en una grave adicción a las redes sociales. De hecho, ya estaba reduciendo su uso, publicando en Instagram como mucho cada pocas semanas. Pero había pasado por cambios difíciles en mi vida en los últimos años, y las redes sociales no me ayudaban. Me di cuenta de que, en mis momentos más vulnerables, me ponía a navegar para distraerme, y solo conseguía hundirme más en la ansiedad y la inseguridad. Borraba o desactivaba mis cuentas durante meses enteros, solo para volver a descargarlas y darme un atracón, llegando una vez más al mismo callejón sin salida emocional y deprimente.

Ese ciclo de borrar y repetir era solo una estrategia. Probé poner mi celular en escala de grises durante varios meses, un truco pensado para que nos sintamos menos tentadas por esos dispositivos adictivos que todos llevamos en el bolsillo. Eliminé Instagram del celular y solo lo miraba en la computadora. Tenía los temporizadores diarios que ahora ofrece Apple en las aplicaciones. (Casi siempre los ignoraba, como seguro que tú también haces). Aunque conseguía pasar menos tiempo en las aplicaciones, nada de eso acababa realmente con esa sensación molesta de querer mirar y volver a mirar, como un tic nervioso, igual que me pasaba cuando fumaba cigarros. Recuerdo que un amigo me dijo: “¿Por qué no te lo tomas con calma?”, cuando me quejaba de querer estar conectada pero de sentirme fatal cada vez que lo estaba. Pero no podía tomármelo con calma; hiciera lo que hiciera, sentía que el algoritmo me volvía a atrapar.

Hay cosas que no probé: Brick, un dispositivo que bloquea las aplicaciones de tu celular hasta que lo acercas a un pequeño cuadrado magnético; plugins que hacen que la pantalla de tu celular sea aburrida; una aplicación que se llama, literalmente, Brainrot, que convierte en un juego la reducción del tiempo que pasas desplazándote por la pantalla. Luego están los llamados dumbphones, o teléfonos tontos, dispositivos fabricados a propósito sin acceso a estas aplicaciones que parecen haberse puesto de moda entre los neoluditas. Pero a menudo su uso parecía más una pose que una solución que pudiera aplicar realmente a mi vida.

Cuando lo configuré por primera vez, supuse que el teléfono de escroleo sería otra más en una larga lista de ese tipo de soluciones a medias. Pero, de alguna manera, ha cambiado por completo mi forma de usar las redes sociales; creo que, en parte, porque logré recrear la sensación que tuve cuando empecé a interactuar con el algoritmo. Estaba en secundaria cuando empezó Facebook, y en la universidad cuando lo hizo Instagram, así que soy de la generación que se lanzaba a las salas de computadoras de la universidad para ver quién había subido un álbum en Facebook con las fotos de la fiesta de la noche anterior. La primera vez que alguien tuiteó algo negativo sobre mí, no recibí una notificación instantánea avisándome de su comentario malicioso de 140 caracteres. Un chico me lo contó antes de una clase de biología; para cuando me conecté, ya habían pasado días desde que esa persona había tuiteado. Para consultar las redes sociales había que ir a un sitio concreto; dependían de computadoras, que a su vez estaban conectados a cables ethernet, a los que básicamente solo podías acceder si estabas sentado y en un lugar cerrado.

Para nosotros los milénials, la nostalgia por los inicios del internet es fácilmente mercantilizada por las marcas y los montajes de “recuerdas cuando”, pero hay una razón por la que podemos recordar con cariño una época en la que el uso de internet se limitaba a un lugar y momento: podías tratarlo como cualquier otro pasatiempo, no como la extraña extensión de tu psique que conlleva tener acceso constante a información, tanto importante como trivial, sobre todas las personas que has conocido en los últimos 10 años.

Mi verano de Ludd me ha devuelto a los hábitos de aquellos años, pero mejor: ahora experimento una ausencia casi total de FOMO. Es difícil sentir envidia de lo que está haciendo en Berlín el amigo de mi antiguo compañero de piso en un día cualquiera, porque no lo veo. Rara vez siento la necesidad de sacar el celular y capturar lo que estoy haciendo, porque ya no estoy creando contenido sobre mi vida, ese reflejo que estas aplicaciones nos han inculcado a todos. Me da un poco de vergüenza ajena ver a la gente grabando o fotografiando algo que simplemente deberían estar viviendo. Cuando hago fotos, han adquirido un aire boomer que he llegado a disfrutar: suelen ser horizontales, no verticales, menos compuestas, sin espacio muerto para textos ni pies de foto.

Y esta observación es tan obvia que roza lo trillado: cuando vivo mi vida, me siento más presente. Cuando limitas tu público a la gente que está físicamente a tu lado, es más fácil dejar de preocuparte por cómo te perciben. ¡Hay menos gente que me está mirando!

Cuando me acomodo en el sillón de escroleo, hago lo que hacemos todos: disfruto de la oleada del algoritmo que me envuelve. Me pongo al día con los mensajes directos; a veces, los amigos me envían historias que caducaron hace tiempo y que ya no puedo ver. ¡Bueno, qué le vamos a hacer! Si fuera importante, habrían hecho una captura de pantalla y me la habrían mandado por mensaje. (Nunca lo es). De hecho, he marcado un horario para comunicarme con las personas a través de las aplicaciones: cuando estoy en casa, por las noches y las mañanas de los fines de semana. A veces, cuando hablo con gente en las redes que sabe lo del teléfono de escroleo, me dicen: “¡Dios mío! ¿Estás en tu teléfono de escroleo ahora mismo?”. Si te respondo en Instagram, puedes estar seguro de que te estoy escribiendo desde un lugar muy concreto de mi departamento.

De vez en cuando publico algo en Instagram, pero el proceso es tan engorroso (tengo que enviar las fotos por AirDrop desde mi teléfono principal al teléfono de escroleo antes de subirlas a Instagram) que, a mitad del proceso, me doy cuenta de lo tonta que es la foto para empezar. Cuando no publicas nada sobre varios acontecimientos importantes de tu vida, el atractivo de hacerlo para los futuros también se desvanece, y pronto se trata solo de pasarlo bien de vez en cuando.

Aunque no voy a fingir que soy una ludita rigurosa. Leo un montón de noticias, blogs y publicaciones de Reddit en mi teléfono de verdad. Chismeo, envío mensajes, y mi tiempo de pantalla sigue siendo de más de dos horas al día (¡he bajado de seis, que conste!). De vez en cuando pido ver el celular de un amigo cuando salgo; es como darle una calada al vaporizador de alguien en una fiesta. Simplemente hago la mayor parte de todo eso donde el algoritmo no puede encontrarme. A diferencia de los neoluditas, sigo disfrutando de las redes sociales, siento un atisbo de cariño por lo que podrían ser si se usaran con moderación en lugar de en exceso. No hace falta destruirlas; solo hay que dejarlas en un rincón, en una estantería, sobre un soporte con forma de cerdito que me recuerde que las redes sociales siempre estuvieron pensadas para no ser tomadas tan en serio.

Meher Ahmad es editora de la sección de Opinión.

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