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La capital de Cataluña recibe casi 16 millones de visitantes al año. El trabajo de este hombre es disminuir el impacto de los visitantes. He aquí sus planes.
Estos días, el Mercado de la Boquería de Barcelona está tan concurrido de visitantes que muchos de los puestos que alguna vez vendieron verdura, pescado o carne frescos para que la gente cocine en casa ahora ofrecen vasitos de fruta o camarones fritos para que los turistas coman mientras pasean.
Muchos de los clientes habituales, convencidos de que el mercado ya no es para ellos, han dejado de ir. No obstante, José Antonio Donaire, un vecino del barrio, sigue comprando ahí, pero con una estrategia. “El mercado tiene dos aperturas, la frontal y la de detrás, que normalmente es la zona menos atractiva porque es la zona que está más lejos de la entrada” dijo. “Entonces los vecinos vamos por detrás, para evitar el tapón que hay en la entrada”.
Como nuevo Comisionado para la Gestión del Turismo Sostenible del Ayuntamiento de Barcelona, Donaire está desarrollando estrategias para disminuir el impacto de los casi 16 millones de turistas que visitan la capital de Cataluña anualmente.
Su puesto, creado el año pasado, abona a la labor iniciada por el gobierno municipal hace casi una década cuando emitió su primera política para restringir el turismo de masas que ha contribuido al alza en los precios de las viviendas, saturado el transporte público, convertido las zonas históricas en territorio de souvenirs kitsch y paella calentada en microondas. Desde entonces se han implementado otras iniciativas, como un impuesto a los alojamientos turísticos y una prohibición a los alquileres vacacionales que entrará en vigor en 2028.
Donaire, profesor de estudios turísticos en la Universidad de Girona y exmiembro del parlamento regional, no solo quiere meter en cintura al turismo de masas; quiere revertirlo. Bajo su asesoramiento, Barcelona busca restaurar la vida residencial en los barrios más impactados por los efectos negativos del turismo. Eso incluye un plan para que el Mercado de la Boquería vuelva a ser un lugar en donde los barceloneses quieran comprar; incluso, tal vez, entrando por las puertas frontales.
Esta conversación, realizada en español, ha sido condensada y editada por claridad y extensión.
Barcelona lleva casi una década atendiendo el exceso de turismo. Sin embargo, las cifras siguen en aumento. ¿La creación de tu puesto significa que estas políticas no han dado resultado?
Barcelona lleva bastantes años repensando el turismo con acciones muy innovadoras, [como la moratoria a la construcción de nuevos hoteles de 2017]. Las medidas han sido incrementales. Es un proceso de aprendizaje, las acciones públicas tardarán quizás en tener un impacto, pero digamos que el mensaje de la ciudad es: ni un turista más.
Esta es la estrategia que hemos perseguido: en una curva creciente parecida al infinito, la ciudad toma la decisión de fijar un horizonte plano. No queremos crecer más, no queremos aumentar el número de turistas, queremos tener los turistas que tiene ahora la ciudad. En 2025 hubo 15,7 millones; este es el umbral. Unos 16 millones es el umbral máximo.
¿Pero Turismo de Barcelona no sigue promoviendo el turismo?
No estamos en una posición antiturística. Lo que queremos es planificarlo de manera ordenada. El primer objetivo es el de cambiar el modelo de turistas. El turista de ocio ocupa más o menos dos terceras partes del número de turistas; nuestro objetivo es pasar a un modelo en el cual un tercio de los turistas serán turistas profesionales, un tercio turistas culturales y un tercio turistas de ocio. Estamos haciendo una promoción muy dirigida a captar esos nichos que están interesados en las experiencias culturales; no solo elevadas, no solo hablamos de ir al Liceo, hablamos de cultura popular, de música en vivo, de la cultura popular de la ciudad.
Si miras la página de turismo, verás que el lema ha cambiado de “Vista Barcelona” a “Esta es Barcelona”, de decirle a la gente que venga a los puntos de interés a decirle quiénes somos como ciudad.
No se puede evitar que vengan los turistas de ocio, ¿o sí?
Ese es el efecto de limitar el alojamiento cuando ya no puede crecer más y la demanda va creciendo. Nos encontramos ya este verano en una situación en la que ya hay personas que no pueden [encontrar alojamiento]. No vamos a responder a una demanda creciente.
El alcalde anunció hace muy poco que la ciudad ha decidido encaminarse hacia la eliminación total de los cruceristas de escala. No queremos ninguno, cero cruceristas de escala, y para eso vamos a utilizar un instrumento que es la tasa. Hemos pedido a las autoridades regionales que nos permitan subir la tasa tanto como sea posible, el máximo que nos permita; que sea una tasa tan alta que no tenga sentido que un crucerista entre en la ciudad.
¿El impuesto turístico sobre los alojamientos también busca desalentar a los turistas?
Queremos utilizar el impuesto como una fórmula para recaudar dinero que nos permita llevar a cabo políticas públicas en turismo. Nosotros les decimos a los residentes de la ciudad que todos los servicios que usa un turista –por ejemplo, la seguridad, la limpieza, la iluminación, el transporte– son sufragados en su totalidad con el impuesto de estancias turísticas, porque pensamos que un residente no tiene que hacerse cargo de los servicios que se prestan a un visitante.
Lo que hacemos también con estos recursos es invertirlos en estrategias encaminadas a recuperar esa identidad de la ciudad. De alguna manera, los turistas están financiando la “desturitización”.
¿Cómo sería eso de recuperar la identidad de la ciudad?
Para nosotros lo más importante es que el residente de una zona turística pueda comprar el pan, un libro o un tornillo en su barrio. Eso hace que una persona esté vinculada emocionalmente con ese lugar, pero pensamos que eso también es una estrategia turística; creemos que se sentirán más interesados por una ciudad donde el espacio urbano no es un espacio de souvenirs, carcasas de móvil, kebabs
Entonces, ¿la ciudad está subsidiando algunos tipos de comercios?
Sí, hay diversos programas de ayuda a los comercios que lo que hacen es dirigirse claramente a estos perfiles. También hay una normativa muy rigurosa de usos que impide que crezcan los establecimientos turísticos. Para mí, la metáfora de este proceso es la Boquería.
Hemos trabajado con los paradistas del mercado para un nuevo acuerdo según el cual se incrementa sensiblemente el número de paradas que están destinadas para lo que es lo que no es el consumo inmediato. No es que no queramos turistas; en un mercado son bienvenidos. Lo que queremos decirle al turista es que el mercado tiene que continuar siendo un mercado.
Barcelona obtiene el 13 por ciento de sus ingresos del turismo. ¿Qué les responde a quienes critican estas medidas por considerar que pondrán en riesgo la prosperidad?
Que hay que establecer una jerarquía de prioridades. Y para nosotros, en nuestro orden, hemos situado en la cúspide de la pirámide el derecho a vivir. Y si alguna estrategia entra en conflicto con esta, esta va a prevalecer. Queremos una ciudad que permita que todo el mundo pueda prosperar.
¿Está diciendo que, incluso después de que un barrio haya perdido su carácter residencial por el turismo, es posible recuperarlo?
Sí. Esto ocurre en zonas muy importantes. La Rambla es el corazón de la ciudad. En nuestras encuestas detectamos que hay ciudadanos que dejan de ir a La Rambla porque consideran que ya no es su espacio. Entonces toda nuestra estrategia está centrada en recuperar ese espacio, estamos usando medidas como reducir el número de terrazas, el espacio de las terrazas para estructura comercial. Nuestro mayor objetivo es que las personas de Barcelona vuelvan a usar La Rambla como su lugar de paseo o su lugar de estancia.
Estamos desarrollando muchas medidas de recuperación del tejido residencial en el centro histórico. Esta suma de medidas va muy encaminada a un principio básico: el derecho a residir, el derecho a quedarse en la ciudad. La ciudad no puede funcionar sin ciudadanos.
Hace dos años, se vieron por todo el mundo imágenes de habitantes locales rociando con pistolas de agua a los turistas. ¿Qué pueden esperar los visitantes este verano?
Yo quiero poner el énfasis que somos una ciudad hospitalaria. Tenemos un espíritu de acoger y de sentirnos incluso honrados porque alguien quiera vernos. Yo creo que cualquier persona que viene a Barcelona se siente en un espacio abierto. Pero igual yo creo que todos estamos en un contexto en el que todos, residentes y turistas sabemos que debemos convivir.
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