Por qué busqué al comandante talibán contra el que combatí

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He participado en la muerte de unas seis personas. Tal vez siete. No sé si un hombre se desangró a un lado de la carretera o si lo llevaron a un médico. Pienso en él con frecuencia.

Las muertes ocurrieron en el invierno y la primavera de principios de 2010, durante una de las operaciones más grandes de la guerra de Afganistán: la batalla de Marja. Yo, con 22 años, lideraba un equipo de francotiradores exploradores compuesto por siete Marines y un enfermero de la Marina.

Es algo extraño, haber matado gente en un conflicto que duró 20 años y que, en última instancia, fue una derrota. La suma de semejante gasto de vidas humanas y el trauma que provocó dejó a Afganistán casi igual a como estaba en 2001, antes de que ninguna bota estadounidense llegara al territorio.

Matar en la guerra a menudo se reduce a una mentalidad de “ellos o nosotros”, una postura defendible común en el combate de infantería. Pero también se nos ordenó “ganarnos corazones y mentes”, la estrategia estadounidense destinada a ganarse la confianza de la población y aislar a los talibanes. Tratar de generar buena voluntad mientras se libraban tiroteos junto a las casas de la gente resultaba profundamente confuso. Matar no era algo distante; se sentía profundamente personal.

Los patrullajes requerían una evaluación constante de si alguien era amigo o enemigo, y largas horas mirando a través de visores de alta potencia para intentar determinar las intenciones y los ademanes de nuestros enemigos. Rara vez los veíamos con un rifle en las manos. Matar dependía de nuestros propios instintos y de una serie interminable de miedos. ¿Deberíamos dispararle a este hombre? ¿O no? ¿Qué pasa si no lo hacemos? ¿Morirán nuestros amigos por nuestra vacilación?

También teníamos una cultura retorcida en la que matar te hacía ganar respeto, como si dispararles a los afganos fuera la prueba definitiva de que eras competente. Así que matábamos gente. Yo maté gente. Estas decisiones de apretar el gatillo fueron los pasos finales de nuestra participación en una estrategia que estaba condenada al fracaso incluso antes de que me desplegaran.

Los talibanes, con su exclusión de las mujeres de la vida pública y su trato violento a las minorías étnicas, fracturaron a la sociedad afgana. Durante su ocupación de 20 años, Estados Unidos a menudo utilizó esto como justificación para prolongar la guerra, aunque rara vez abordó sus propios fracasos estratégicos y morales, ni el dolor y las pérdidas que le causaba a tantos afganos.

Mi carrera periodística –la cual comenzó después de dejar el Cuerpo de Infantería de Marina– giraba en torno a tratar de entender por qué continuaba este ciclo sangriento. El periodismo era una forma de retroceder en el tiempo y entender qué había hecho y qué papel jugué en un conflicto que estaba lejos de terminar. Cuanto más veía, cuanto más aprendía, más vergüenza me producía mi contribución a este desastre a mis veintipocos años.

Cubrir la guerra también significaba una cercanía sostenida con la violencia, las víctimas y el trauma, y, de vez en cuando, la deshonestidad pública que acompaña a los conflictos de manera casi inevitable. Ya había vivido lo suficiente en el Cuerpo de Infantería de Marina. Ya había llegado a mi límite con eso. Renuncié a mi trabajo, agotado.

Pero en mayo, cuando me quedaban poco más de dos semanas en The New York Times antes de volver a la escuela para convertirme en profesor de inglés, aterricé en Afganistán. Había venido a hablar con la gente contra la que alguna vez luché: los talibanes.

Mi razonamiento era sencillo. Aunque el Pentágono no emprendería ninguna reflexión significativa sobre estas décadas recientes de guerra, yo podía, al menos, hacerme responsable de mi participación en una estrategia mal concebida que dejó decenas de miles de afganos y estadounidenses muertos.

Llevé recuerdos de una tienda de regalos cerca de mi casa en Rhode Island, los cuales obsequiaría a algunos funcionarios talibanes a quienes conozco desde hace casi media década. Corazones y mentes, después de todo, aunque esta vez como invitado y no como ocupante.

Al final, quería hablar con el mulá Abdul Rahim Gulab, un comandante talibán al que conocí por casualidad en 2021, apenas unos meses después de que Kabul cayera ante los talibanes. Pero también habíamos peleado el uno contra el otro en febrero de 2010 en el sur de Afganistán.

Sabía que tendría una versión de la batalla de Marja distinta a la mía. Tal vez tendría historias con sus propios héroes y amigos muertos que yo pudiera apreciar y respetar, historias en las que él tampoco podía dejar de pensar. Tal vez podría sentir lástima por él y no solo sentirme mal por seguir vivo cuando mis amigos murieron.

El lado correcto

Cuando aterricé en Kabul en mayo, un viceministro talibán del ministerio de información y cultura llamado Muhajer Farahi quiso hablar conmigo después de ver la solicitud que presenté para hablar con Gulab.

No nos habíamos conocido antes. Pero sentado frente a mí en su oficina, Farahi me dijo que sus razones para luchar contra Estados Unidos eran simples: quería a los estadounidenses fuera de su tierra.

Hablaba despacio y en voz baja, y evitaba el contacto visual. Su inglés era bueno. Dejó claro que su tiempo en la provincia de Farah, en el suroeste de Afganistán durante la guerra, o yihad, como los talibanes se refieren a su campaña militar de 20 años, fue difícil.

“Estábamos del lado correcto”, dijo. “Luchábamos por nuestra fe”.

Me disculpé por sus amigos muertos y por las personas inocentes que perdieron la vida en la guerra. Me miró y pensó por un momento antes de recordarme que yo era un soldado, un engranaje en una máquina que decidió invadir su país y quedarse. Fue lo más cerca que estuve de un perdón.

Él quería hablar de otras cosas. Más que nada, se preguntaba cuántos estadounidenses había matado, y seguía desconcertado porque, aunque había visto detonar bombas caseras bajo nuestros vehículos blindados, los anuncios de bajas del Pentágono eran relativamente pocos. Asumía que Estados Unidos mentía sobre sus cifras de muertos.

Le expliqué la compleja red de atención de emergencias a la que se podía llegar rápidamente en helicóptero. No pareció convencido. En cambio, dijo algo de lo que la mayoría de los talibanes se han hecho eco al hablar de mi época como Marine: no intenten invadir de nuevo.

Le aseguré que Estados Unidos parecía haber pasado la página, pero él sacó a colación las guerras más recientes en las que el país se había involucrado.

“No han aprendido”, dijo. “Miren a Irán y Gaza: están peleando por los israelíes. No les importan los derechos humanos”. Culpó al pueblo estadounidense por votar para llevar al poder a una larga fila de presidentes que comenzaron y continuaron las llamadas guerras eternas.

Al salir a la luz cegadora del centro de Kabul, sentí lo que solo podría describirse como una extraña sensación de alivio. Me habían sermoneado, sí, pero en el fondo se sentía como si hubiera algún reconocimiento de nuestra humanidad.

Eso parecía suficiente, por ahora. Era momento de hablar con Gulab.

Hechos difíciles

Cuando entrevisté a Gulab en 2021, no le revelé que había sido infante de marina. Lo entrevisté como reportero sobre sus días de combate. Confirmó cosas que yo sabía: cómo él y sus compañeros dejaban sus armas y nos saludaban como amigos en las calles, y que dependían de los niños para rastrear nuestras huellas hasta nuestros puestos de avanzada improvisados.

Estos habían sido hechos difíciles de afrontar para mí en 2010, y todavía resonaban al escucharlos, en retrospectiva, de boca de un insurgente victorioso, un combatiente local que usó la astucia para derrotarnos, aunque nosotros estábamos mucho mejor armados que su grupo de 20 hombres. Sus tácticas formaban un rompecabezas que yo tenía que descifrar en cada patrulla para poder sobrevivir el día. Algunos de mis amigos no lo lograron.

Cuando conocí a Gulab por primera vez, caminé hacia un muro de adobe en Marja como periodista. Como Marine más de una década antes, le había disparado a un joven en la cabeza en ese mismo lugar. Recordaba el último vistazo a su rostro antes del estampido de mi rifle de cerrojo. Mi mente no procesó que lo había matado hasta después, cuando alguien me dijo que habían encontrado su cuerpo arrastrado detrás de una esquina, junto con su arma.

Gulab y yo tenemos casi la misma edad, ambos cerca de los 40 años. Se unió a los talibanes porque dos de sus hermanos murieron en combate. Uno de ellos es su foto de perfil de WhatsApp.

Me uní a los Marines porque mi padre era un veterano de Vietnam que rara vez hablaba de la guerra, y porque yo era un niño bajito que creció en un pueblo agradable y fue a una buena escuela secundaria pública y quería demostrar mi valía.

En mayo, cuando volví a contactar a Gulab, esta vez por teléfono, le conté la verdad sobre mi pasado: no solo era periodista, había luchado en Marja como infante de marina. Dijo que se había dado cuenta de eso cuando nos conocimos, dada la especificidad de mis preguntas.

Se preguntaba qué quería ahora: “¿Qué sentido tiene volver a hablar?”.

Gulab había ganado su guerra y cerrado ese capítulo con Estados Unidos mucho antes que yo. Ahora se preparaba para librar otro conflicto, esta vez contra Pakistán. Dirigía una gran unidad del Ejército afgano desde una base que todavía se conoce como Camp Dwyer, desde donde yo había volado en 2010 para luchar contra él y sus tropas de muyahidines.

La base llevaba el nombre de un soldado británico: el cabo bombardero James Dwyer, quien tenía 22 años cuando su vehículo pasó sobre una mina dos días después de Navidad en 2006.

Nuestra conferencia telefónica comenzó con cortesías antes de que su reticencia desapareciera y se mostrara dispuesto a hablar sobre el comienzo de la operación en Marja. Tenía curiosidad por conocer su versión de nuestras experiencias compartidas, incluido el destino de un francotirador talibán que Gulab habría conocido, o al menos del que habría oído hablar.

Ese francotirador les había disparado a dos de mis Marines, incluido el sublíder de mi equipo, el primer día de la batalla. Era el anochecer. Estábamos en la azotea de un edificio de dos pisos, la única estructura de esa altura en kilómetros a la redonda. Recuerdo un sonido parecido al de un bate de béisbol al golpear carne cruda. Levanté la vista y vi a mi amigo Matt gritando. Le habían disparado en el brazo. Cerca de una semana después, acorralamos a ese francotirador hacia un huerto, donde presuntamente lo mató un ataque con dron. Pero 16 años después, todavía quería saberlo con certeza.

Gulab comenzó a hablar, pero su escolta lo interrumpió y dijo, tajante, que compartir esos detalles era ilegal. En cambio, Gulab tenía sus propias preguntas, que involucraban a ese mismo francotirador. Dijo que estaba cerca cuando hirieron a mis compañeros, y recordaba informes de que dos “extranjeros” habían recibido disparos en esa azotea y habían caído de ella.

“¿Murieron?”, preguntó.

Le expliqué que ambos Marines habían sobrevivido a sus heridas, pero que Matt murió en un accidente de motocicleta en casa, poco más de un año después.

“¿Por qué muchos soldados estadounidenses que combatieron en Afganistán y luego regresaron a su país se suicidan?”, preguntó Gulab. “He oído esto muchas veces. ¿Cuál es la razón?”.

Era una pregunta que nos atormenta a muchos de nosotros. Intenté explicarle cómo cargábamos con el peso aplastante de nuestras propias expectativas destrozadas: habíamos crecido con la nostalgia de la Segunda Guerra Mundial y luego habíamos hecho algo de lo que se suponía que debíamos estar orgullosos. En lugar de eso, lo que obtuvimos de nuestros políticos y generales fueron evasivas y mentiras. Nuestros comandantes nunca pudieron explicar cómo nuestros despliegues, toda la violencia que cometimos y las pérdidas que sufrimos hacían que alguien estuviera más seguro en Estados Unidos.

Nos dejaron para que resolviéramos todo por nuestra cuenta mientras ellos conseguían trabajos lucrativos en empresas de defensa y cobraban grandes honorarios en los circuitos de conferencias. Para algunas personas, fue demasiado para soportar.

Los años de Gulab posteriores a la guerra no habían sido así en absoluto, dijo. “Nuestros muyahidines son lo opuesto, por la yihad que libraron y por los amigos que perdieron, están muy felices, porque nuestra yihad tenía un objetivo claro”.

Aunque los talibanes habían ganado la guerra, ganar la paz había traído sus propias dificultades: Afganistán seguía en crisis económica y aislado de gran parte del mundo.

“En cuanto a tu disculpa”, dijo, “debo decir que en ese entonces nuestra yihad era por Alá, y no nos preocupaba morir o resultar heridos. Tampoco nos afligimos por nuestros amigos que murieron o resultaron heridos, porque todos deseábamos ser mártires o resultar heridos en el camino de la yihad. Como las condiciones de ese entonces eran de guerra, a menudo morían o resultaban heridos civiles”.

Deseé poder aceptar también las muertes de mis amigos y las consecuencias de mis propias acciones, en lugar de habitar una niebla de ira y amargura por una juventud desperdiciada. Gulab me dijo que esos sentimientos también existían en Afganistán.

“En cuanto a los muyahidines que murieron a manos de ustedes, no sé si ellos o sus familias los perdonarían”, dijo Gulab. “Puede que esos civiles no perdonen a las fuerzas extranjeras, pero yo, personalmente, tengo mi propia autoridad y los he perdonado”.

Pisé Afganistán por primera vez como cabo segundo, a los 20 años, en 2008. Los talibanes eran entonces sombras en la línea de los árboles, y personajes que aparecían en mis pesadillas mientras yo intentaba mantenerme con vida. En agosto de 2021, los vi darse la mano con un escuadrón de Marines estadounidenses mientras el ejército afgano se desvanecía, Kabul caía y mi guerra se perdía al fin, por completo.

Ahora, quien alguna vez fue mi enemigo me ofrecía generosamente una especie de colofón a una línea que escribí en mi diario durante ese primer despliegue, hace 18 años: “Es difícil explicar este lugar, y siento que me va a tomar el resto de mi vida entender qué pasó aquí”.

Al abordar mi vuelo de regreso a Estados Unidos, me di cuenta de que una profunda tristeza persistía en los rincones de mi mente. Estaba cansado, como si volver a librar mi guerra la hubiera, de alguna forma, reiniciado. Gulab y yo fuimos, en algún momento de nuestras vidas, dos personas, apenas hombres en ese entonces, que luchaban por razones muy diferentes. Tal vez fue suficiente que ahora lo viera, de una manera retorcida, más como un amigo que como mi enemigo.

Unos días después en Rhode Island, mientras paseaba a mi perro en una noche húmeda de Nueva Inglaterra, mi teléfono vibró.

Gulab me había enviado un mensaje de texto en pastún: “¿Ya llegaste a tu casa?”, preguntó.

Le dije que sí.

“Me alegra escuchar que llegaste a salvo”.

Yaqoob Akbary y Safiullah Padshah colaboraron con reportería.

Yaqoob Akbary y Safiullah Padshah colaboraron con reportería.

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