Opinión: ‘La odisea’ nos da el héroe que merecemos

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Algunas personas te van a decir que el problema con La odisea de Christopher Nolan es que trata sobre personas modernas, no antiguas. Yo no. Trata sobre personas modernas, pero eso también sucede con todo lo creado por personas modernas. Si quieres encontrarte con el mundo antiguo, tienes que abrir un libro. (Homero está disponible en varias traducciones; a mí me gusta en inglés la de Richmond Lattimore).

Otras personas te van a decir que el problema con La odisea de Nolan es que utiliza un texto antiguo para retomar sus propias preocupaciones: el heroísmo, la culpa, la memoria y la naturaleza del tiempo. Yo no. Me gusta un artista que no teme seguir royendo el mismo hueso.

No, para mí el problema con La odisea de Nolan es otro. Es Odiseo.

Para refrescar brevemente la memoria de aquellos que no recuerdan la historia y no han visto la película: los dos poemas épicos de Homero, la Ilíada y la Odisea, siguen la historia de la guerra de Troya, cuando el rapto de Helena, la esposa de Menelao, desencadena un enorme conflicto. Los griegos asedian Troya durante 10 años, con grandes pérdidas en ambos bandos, y finalmente consiguen la victoria cuando Odiseo engaña a los troyanos para que introduzcan en la ciudad un caballo lleno de soldados. Odiseo, al regresar a casa victorioso, enfurece a Poseidón, el dios del mar, lo que retrasa su regreso a casa otra década. Cuando por fin logra regresar, descubre que su casa está llena de pretendientes que cortejan a su esposa, Penélope, y conspiran para acabar con la vida de su hijo, Telémaco. Penélope ha mantenido astutamente a los pretendientes a raya mediante engaños, pero ha sido traicionada por algunos de sus sirvientes y no puede aguantar mucho más.

Algo que puede sorprender a los lectores contemporáneos de Homero es que Odiseo es uno de los pocos héroes épicos cuyas motivaciones resultan comprensibles para nosotros. No quiere estar en Troya; quiere estar en casa. Es taimado y astuto sin ser un completo sinvergüenza, y en general lo motivan la curiosidad y la sed de conocimiento.

Sin embargo, en manos de Nolan, el sagaz Odiseo se convierte en un tipo diferente, aunque aún reconocible: el héroe a medias. Es un hombre que, de alguna manera, fracasa como padre; un hombre que se ensucia en nombre de una causa superior, pero luego descubre que la causa no valía la pena; un hombre con el poder de cambiar el mundo pero que, al final, o bien fracasa en el intento o empeora el mundo.

Al igual que J. Robert Oppenheimer, el protagonista de la película anterior de Nolan, este héroe a medias parece ajeno al autoconocimiento, ya sea por una ingenuidad culpable o por una arrogancia cegadora. El Odiseo de Nolan, por ejemplo, se sorprende de que una vez que logra introducir a los griegos en Troya, sus camaradas la saqueen y maten a sus habitantes. Durante la caza, tensa su arco por espíritu deportivo y, cuando sus barcos zarpan para volver a casa, decide no llevarse provisiones de Troya porque, según él, ya se han llevado suficiente de la ciudad.

Como ya se ha mencionado, este es un Odiseo para gente moderna, y la gente moderna tiene dificultades para comprender la idea de los héroes verdaderos. ¿Una figura que identifica lo que hay que hacer y luego lo hace sin un conflicto interno tremendo? ¿Qué sentido tiene eso? Una persona así solo hará que la mayoría del público moderno se sienta fracasada. Quizás los espectadores contemporáneos desconfían de la idea de un líder astuto y decidido, o quizás la noción de hacer algo sin sentirse mal por ello les parece inherentemente malvada. En la política contemporánea, los estadounidenses tendemos a alternar entre personas que nos dicen que no se puede hacer nada y personas que juran que todo se puede hacer, y ambos decepcionan a su manera. Así que el Odiseo de Nolan, que se muestra conflictuado después de hacer algo que resulta ser un error, parece una figura especialmente fascinante.

En las historias, parece que nos atraen estos héroes a medias: personas que más o menos saben qué hacer, pero tienen muchas dificultades para hacerlo y cuyo eventual momento de resolución personal, de alguna manera, al fin lo arregla todo. En sus formas menos ingeniosas, esto convierte el arte en una sesión de terapia sucedánea en la que uno se perdona por sus fracasos… y luego salva al mundo.

Nolan es más ingenioso. Sus héroes suelen ser hombres excepcionales que causan problemas y luego se angustian por cómo enmendarlos. El hecho de que sean hombres no es casualidad. Sus fracasos tanto en lo que respecta a la masculinidad como a la intimidad son esenciales para entenderlos. No son hombres buenos, en el sentido de ser miembros honorables de la comunidad que trabajan para construir algo mejor. Y tampoco son hombres malos, es decir, parásitos violentos. En cambio, son héroes a medias, personas carismáticas pero vacías que consideran que el amor es algo que se demuestra mejor con su ausencia, porque su presencia resulta demasiado peligrosa.

El problema que da forma a La odisea es lo que ha ocurrido en los hogares desatendidos mientras los hombres han estado ausentes. Los pretendientes que acosan a Penélope para que se case con uno de ellos son hombres inferiores a Odiseo, y en ausencia de hombres como Odiseo, nadie les ha enseñado a comportarse. La generación a la que representan se ha descarriado, y no hay forma de remediarlo.

No es revelar demasiado sobre la película decir que, al igual que la interpretación que hace Nolan de Batman, e incluso su Oppenheimer, su Odiseo decide convertirse en un devorador de pecados, alguien que expía las malas acciones de otros: busca rectificar no solo el desorden que se ha apoderado de su hogar, sino enmendar toda la guerra de Troya. Su solución a la desastrosa generación que se interpone entre la suya y la de su hijo es la misma que en el poema: Odiseo mata a los pretendientes. Son hombres peligrosamente débiles, no son lo suficientemente fuertes para gobernar o para mostrar autocontrol, pero sí lo suficientemente fuertes como para aterrorizar a los ancianos, los ciegos, las mujeres y los niños. En la película, Odiseo intenta mantener las manos de su hijo limpias de sangre, pero fracasa, por lo que el proyecto de crear una nueva generación genuinamente inocente termina antes de haber comenzado. Pero tras haber asumido toda esta violencia sobre sí mismo, Odiseo puede intentar purificar su hogar simplemente al retirarse y abandonarlo de nuevo.

En la vida real, fuera de las películas, ciertamente se nos presentan muchos ejemplos de hombres peligrosamente débiles, muy parecidos a los pretendientes: hombres cuya concepción de ser un hombre comienza y termina con la sensación de ser capaces de humillar a los demás, hombres que viven del trabajo de otros mientras no aportan nada, hombres que son cobardes manipuladores a los que les encanta contar historias de su propia virtud. Cuando intentamos imaginar alternativas a estos hombres, se nos ocurre el héroe a medias: alguien que no puede prevenir una crisis, pero que intentará con todas sus fuerzas arreglar el desastre que provocó. Como dijo uno de los personajes de Nolan en otra película: “O mueres como un héroe o vives lo suficiente para verte convertido en el villano”, un epigrama que se aplica por igual a Batman, a Oppenheimer y a Odiseo.

No es tarea de Nolan como artista darnos una solución a estos dilemas, y en cierto modo, me alegra que en La odisea realmente no lo intente. Aun así, vi el final de su Odisea con algo de resignación. Tal vez, parafraseando otra frase célebre de una de las películas de Nolan –“no el héroe que merecíamos, sino el héroe que necesitábamos”–, los héroes a medias parecen ser los héroes que deseamos, porque sin duda son los que creemos necesitar en este momento. Pero podríamos merecer otro tipo de héroe completamente distinto.

BD McClay es una crítica y ensayista.

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