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En un sótano pintado de blanco en una aldea al sur de Kabul, una docena de mujeres jóvenes se apuran a revolver las cerezas y ciruelas que hierven en calderos y a pegar etiquetas en frascos de mermelada. Iniciativas como esta son uno de los pocos espacios donde las mujeres aún pueden adquirir habilidades y encontrar empleo en el Afganistán gobernado por el Talibán.
Este emprendimiento lo dirige Najia, una empresaria afgana de 47 años y madre de nueve hijos a quien casaron a los 14 años.
Si las autoridades no les hubieran prohibido a las niñas y mujeres jóvenes el acceso a las escuelas secundarias y universidades, muchas de las mujeres que participan en este taller, incluidas las hijas de Naija, estarían estudiando para un tener un futuro diferente.
Pero ahora, hasta esta actividad se está viendo afectada.
Las regulaciones más recientes establecen que las mujeres tienen que pedirles a los hombres que lleven sus productos al mercado, y solo los hombres pueden atender los puestos en los que se exhiben su mercancía en las ferias comerciales.
Los talibanes justifican la regla apelando a varios argumentos, entre ellos, que las mujeres no usan el hiyab o el velo adecuado.
“El mundo tiene que hablar con los talibanes de otra manera porque simplemente no está funcionando”, dice Najia. “La vida de las mujeres afganas tiene que cambiar porque estamos perdiendo la esperanza”.
Cinco años después de que este movimiento islamista ultraconservador recuperara el poder en Afganistán, las mujeres tienen prohibido el acceso a gran parte del ámbito público y las niñas tienen prohibido ir a la escuela después de los 12 años.
Muchos, tanto dentro como fuera de Afganistán, se hacen la misma apremiante pregunta: ¿cuál es la mejor manera de dialogar con el Talibán para intentar lograr un cambio significativo?
El tema genera divisiones profundas.
Hay fracturas entre distintos grupos, separados por la gran cantidad de intereses que están en disputa.
Entre ellos están los derechos de las mujeres, los impredecibles edictos talibanes, las sanciones internacionales y los recortes de ayuda durante una crisis humanitaria cada vez más grave.
La respuesta internacional está dividida entre los países occidentales, a menudo centrados en los derechos humanos, y otros más interesados en las oportunidades de inversión.
Y el propio Occidente está dividido sobre cuál es la mejor respuesta.
Muchos ahora aceptan que, sea lo que sea que se está haciendo, no está funcionando.
Interacción, no aislamiento
Son pocas las voces que abogan por el aislamiento absoluto del país, sobre todo cuando Naciones Unidas advierte que en la actualidad hay 22 millones de afganos —casi la mitad de la población— que dependen de algún tipo de ayuda extranjera para sobrevivir en el país.
Afganistán se ha visto afectado por una secuencia de dificultades que incluyen una angustiosa crisis económica; desastres naturales devastadores; enfrentamientos con el vecino Pakistán y la llegada masiva de millones de afganos deportados de países cercanos y lejanos a esta tierra empobrecida.
Y no hay forma de evitarlo: los talibanes están ahora al mando.
En los años transcurridos desde que sus combatientes irrumpieran en Kabul el 15 de agosto de 2021, el Talibán ha aumentado su confianza y consolidado su control a pesar de los ataques intermitentes de grupos armados de oposición con base en el extranjero, así como de combatientes del autodenominado Estado Islámico.
Los talibanes están recaudando impuestos y firmando acuerdos en los sectores de la minería, la energía y otros ámbitos con Pekín, Moscú, Abu Dabi y Taskent (Uzbekistán), además de otros países vecinos.
Pero siguen asfixiados por las sanciones internacionales relacionadas con el terrorismo y los derechos humanos.
Rusia es el único país que reconoce formalmente su soberanía, y no se les ha permitido ocupar lo que consideran su legítimo asiento en la ONU en Nueva York.
Pero el reconocimiento diplomático formal ya no es el punto central.
“Occidente está perdiendo la batalla por el reconocimiento”, dice un ex alto funcionario de la ONU que solicitó el anonimato por seguir trabajando en Afganistán.
Resalta el creciente número de países que han otorgado reconocimiento de facto mediante acuerdos, la acreditación de diplomáticos, la gestión de embajadas, entre otras medidas.
“No cabe duda de que a los talibanes les gustaría ser reconocidos en la ONU, pero esa ya no es una ficha de negociación tan poderosa como lo era al principio”, concluyen.
Detrás de los imponentes muros de protección del Ministerio de Relaciones Exteriores en Kabul, en el extenso complejo de cuidados jardines y elegantes edificios históricos, los diplomáticos talibanes siguen añadiendo nombres y banderas a la creciente colección de embajadas afganas en todo el mundo que ahora están bajo su control, en lugar de los últimos bastiones del gobierno que derrocaron.
La cifra actual supera las 40.
“Necesitamos acercarnos diplomáticamente en lugar de hablar desde la distancia si queremos avanzar en nuestra relación”, expone Zabihullah Mujahid, principal portavoz de los talibanes.
Nos reunimos en Kandahar, en el sur de Afganistán, el verdadero centro del poder.
Aquí es donde el hermético emir talibán, Hibatullah Akhundzada, ha estado consolidando su base política y militar, y emitiendo cientos de edictos, muchos de ellos centrados en eliminar a las mujeres y las niñas de la vida pública, lo que él presenta como una obligación islámica de protegerlas.
Poca atención para Afganistán
Este hito de los cinco años se considera un punto de inflexión.
“Un equilibrio inestable y potencialmente peligroso”, así describió la situación un alto funcionario de la ONU en unas declaraciones a puerta cerrada durante una reciente reunión internacional.
Sin embargo, Afganistán ha pasado completamente desapercibido para el mundo.
Las guerras en Ucrania y Medio Oriente acaparan la atención internacional, y la principal preocupación de Europa es cómo detener la fuga masiva de afganos hacia sus costas. Es un giro sorprendente.
“Resulta extraordinario, dada la magnitud del esfuerzo occidental entre 2001 y 2021, el grado de indiferencia que sufre Afganistán actualmente”, comenta un diplomático occidental que recientemente fue enviado al país.
Prefirió permanecer en el anonimato por seguir en el servicio diplomático.
“La verdadera brecha diplomática reside en EE.UU.”, añade, en referencia a la decisión del actual gobierno estadounidense de eliminar el puesto de enviado especial y desmantelar numerosas agencias, incluida la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), que en su día lideró el enfoque mundial en casi todos los asuntos afganos.
Incluso dentro de las filas talibanes, especialmente entre aquellos que se sabe que discrepan de algunos de los edictos más estrictos que ha emitido su emir, existe la frustración de que el mundo no parezca estar dispuesto o ser capaz de forjar un tipo de relación diferente.
“Queremos formar parte de la comunidad internacional”, subraya el mulá Abdul Salam Zaeef, miembro fundador de los talibanes que ahora dirige una madrasa para niños y niñas en las afueras de Kabul.
A diferencia de las escuelas convencionales, las madrasas admiten niñas de todas las edades y algunas, especialmente las privadas, imparten clases que van más allá de la religión.
“Solamente ejercer presión no servirá de nada”, nos dice.
Su perspectiva es a largo plazo y se basa en la historia de rebelión afgana a las invasiones extranjeras, “no nos rendimos ante los rusos ni ante los estadounidenses, ¿por qué iban a rendirse ahora los talibanes?”.
Diálogo abierto
Los funcionarios de la ONU creen que su presencia en Afganistán está marcando una diferencia, aunque sea limitada.
Destacan los avances que se han logrado en cuestiones como el trato a los prisioneros, sus conversaciones detalladas sobre la estricta aplicación del código moral conocido como Propagación de la Virtud y Prevención del Vicio, al igual que los esfuerzos por mejorar el acceso humanitario.
“El diálogo es lento, el progreso es gradual y los retrocesos son frecuentes”, es el sobrio resumen que hace la ONU de los últimos cinco años de diálogo intermitente.
Pero sigue insistiendo en que debe mantener el rumbo.
“Un proceso estancado es mejor a que no haya proceso alguno”, subraya Georgette Gagnon, representante especial adjunta del secretario general para Afganistán, que actualmente dirige la misión de la ONU en Kabul.
La ONU ha sido criticada por no oponer suficiente resistencia a los talibanes, incluso por organizar foros como el llamado Proceso de Doha, en el que una delegación talibán viajó a la capital de Qatar en 2024 para debatir diversos temas, con la condición de que ninguna representante de las mujeres afganas estuviera presente.
Los funcionarios de la ONU insisten en que se trataron todos los temas y que las mujeres sí participaron en las reuniones posteriores.
Un nuevo proceso, denominado Mosaic, aborda las negociaciones de forma más estructurada, centrándose en seis temas clave.
Por un lado, se encuentran los derechos humanos, incluidos los derechos de las mujeres, la gobernanza inclusiva y la lucha contra el terrorismo.
Por otro, están las demandas de los talibanes: el levantamiento de las sanciones, la descongelación de activos y la representación diplomática.
“La confianza y la reciprocidad comienzan a tomar forma para abrirle la puerta al diálogo sobre los temas más difíciles”, afirma Gagnon, con quien nos reunimos dentro del vasto y fuertemente fortificado recinto de la ONU.
Ella los llama “pequeños pasos en un largo camino”.
Insiste en que debe hacerse mediante un esfuerzo colectivo, no solo a través de debates entre gobiernos individuales.
“Hasta ahora, la presión no ha funcionado, las amenazas tampoco; nuestra mejor opción reside en un mensaje y una acción comunes y coherentes”.
Para algunos escépticos, incluso dentro de la ONU, existe la preocupación de que el enfoque Mosaic tampoco vaya a funcionar.
Pero se considera esencial mantener el suministro eléctrico, evitar que la población caiga en el aislamiento y continuar con la labor de protección de las comunidades vulnerables, especialmente las mujeres.
Concesiones de ambos lados
En las polvorientas capitales de provincia y en los campos de cultivo, donde las agencias de ayuda internacionales y afganas se esfuerzan por encontrar la mejor manera de trabajar sobre el terreno, las conversaciones siguen dándose todos los días.
Es allí donde los edictos dictados por el emir, un hombre de carácter reservado, se traducen en lo que se conoce como soluciones alternativas.
Estas soluciones permiten que las mujeres trabajen en algunos sectores de la agencia desde casa, o en salas, pisos o incluso edificios distintos a los de los hombres.
“En Afganistán, todo se basa en las relaciones, y el día a día es fundamental para facilitar las cosas”, explica Chris Kinder, presidente de Afghanaid, una organización benéfica británica que lleva más de 40 años trabajando en Afganistán.
Subraya que la mayoría de estas conversaciones sobre acceso e implementación las realiza personal afgano con amplia experiencia.
Mis visitas a ciudades y pueblos de provincia en los últimos años han puesto de manifiesto cómo algunos funcionarios locales talibanes intentan encontrar soluciones pragmáticas.
Sin embargo, otros siguen desconfiando profundamente de cualquier ayuda extranjera.
Otra organización benéfica describió los acuerdos locales como “verbales y frágiles”.
Kinder rechaza las críticas que dicen que las agencias de ayuda han tenido que ceder en sus principios para mantener sus proyectos en marcha.
“Los talibanes tienen sus líneas rojas y nosotros, y nuestros donantes, tenemos las nuestras. Analizamos diferentes enfoques para que ambas partes comprendan sus posturas”.
También en este caso muchos responsables de ayuda humanitaria abogan por un enfoque más unificado.
La defensa de la mujer
“Debemos seguir dialogando, pero ahora necesitamos establecer condiciones”, opina Najia, la fabricante de mermeladas.
Esta postura también la comparten activistas feministas de la diáspora y grupos de derechos humanos, quienes afirman que el diálogo ha sido unilateral, ya que los talibanes no han ofrecido concesiones significativas a cambio.
Insisten en que el debate no debe ir más allá de las cuestiones de ayuda hasta que lo hagan.
Un punto álgido reciente fue la decisión de funcionarios de la UE, en junio, de recibir en Bruselas a una delegación del Ministerio de Asuntos Exteriores afgano por primera vez desde que los talibanes regresaron al poder.
Representantes de 15 estados miembros participaron en esta reunión de un día para debatir los procedimientos para la repatriación de ciudadanos afganos que no tienen derecho legal a permanecer en la UE.
La UE las calificó de conversaciones de “nivel técnico”.
Los talibanes las interpretaron de otra manera.
Un portavoz describió la agenda como una que incluía la posible presencia consular en Europa y la “necesidad de medidas para generar confianza”.
“La comunidad diplomática es muy consciente de que ya existen canales a través de los cuales se pueden discutir cuestiones técnicas con los talibanes”, apunta Rina Amiri, una exdiplomática estadounidense nacida en Afganistán que se desempeñó como enviada especial de EE.UU. para las mujeres, las niñas y los derechos humanos afganos entre 2022 y 2025.
“Celebrar la reunión en Bruselas fue claramente una decisión política, no logística”, sostiene.
Los críticos lo llaman “normalización progresiva”.
¿Funcionará?
“Después de estos últimos cinco años que he pasado en Afganistán, ¿qué puedo mostrar?”, pregunta Mahbouba Seraj, una activista afgana que dirige un refugio, cuando la visitamos en Kabul.
Cuando los talibanes tomaron el poder en 2021, Seraj fue noticia al anunciar que se quedaría en su país para luchar por los derechos de las mujeres.
Seraj, de 78 años, dice ahora que se está preparando para marcharse.
Su último refugio, que brindó protección vital a más de 30 mujeres afganas que huían de la violencia doméstica, fue clausurado en diciembre.
Sus reiterados llamamientos a los líderes talibanes para que reabran las aulas para mujeres y niñas han sido ignorados.
“Estas pequeñas ventanas que el mundo ve, esas pequeñas aperturas aquí y allá, incluyendo escuelas secretas para niñas, solo sirven para engañar a todo el mundo”, lamenta con visible tristeza.
Pero Seraj insta a la comunidad internacional a seguir dialogando.
“Tienen que hablar, pero deben asegurarse de que cuando se sienten a conversar, no sea solo un montón de gente hablando sin parar”.
Hay otros que dicen lo mismo.
“Solo una diplomacia más eficaz, basada en un diálogo discreto y confidencial, puede lograr el cambio”, defiende un exfuncionario afgano que ha participado en conversaciones discretas con líderes talibanes.
Espera que quien sea elegido como nuevo secretario general de la ONU y asuma el cargo a principios del próximo año logre un diálogo más efectivo.
Pero, en definitiva, no es la comunidad internacional la que lleva las riendas de ningún cambio.
“No creo que la solución sea que el mundo encuentre el lenguaje adecuado para hablar con los talibanes”, dice un analista occidental con larga trayectoria en Afganistán, quien, al igual que otros entrevistados para este artículo, pidió permanecer en el anonimato.
“Cinco años después, es evidente que el verdadero cambio solo puede venir desde dentro”.
Algunos altos cargos talibanes se han pronunciado ocasionalmente sobre las órdenes más severas del emir, en particular el cierre de las escuelas para niñas, y ha habido casos excepcionales en los que algunos lograron encontrar maneras de revertir sus normas.
Un ejemplo de ello fue el bloqueo nacional de internet del año pasado, que paralizó la vida cotidiana y que posteriormente fue revocado.
Los edictos del emir se consideran absolutos. El movimiento ha demostrado que valora la unidad y el poder por encima de todo.
Ni siquiera las súplicas de eruditos islámicos y funcionarios de países islámicos de todo el mundo han logrado doblegar la férrea voluntad del emir y sus ejecutores, especialmente en el tema más delicado de la educación.
Cinco años después, no existen soluciones sencillas ni rápidas.
En el taller de mermeladas de Najia, una mesa repleta de sus certificados de formación enmarcados —desde institutos afganos locales hasta la ahora desaparecida Usaid— da fe de sus esfuerzos por convertirse en una empresaria más grande y mejor frente a las crecientes restricciones.
Año tras año, una nueva sociedad comienza a tomar forma. Muchos afganos siguen luchando y rezando por un futuro diferente, y esperan que el mundo no los olvide.
Este artículo fue escrito originalmente en inglés y usamos una herramienta de inteligencia artificial para traducirlo. Un periodista de la BBC revisó el texto antes de su publicación. Más información sobre cómo usamos IA.
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