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¿Qué tienen en común Bélgica y Uruguay?
A primera vista, poco. Están a miles de kilómetros uno del otro, se hablan idiomas diferentes, se comen cosas distintas, se vive de otra forma.
Pero el punto donde se cruzan está en la Historia, hace casi 200 años.
El origen de Uruguay es disputado. Declaró su independencia de Brasil -un imperio que quería quedarse con el territorio- en 1825, pero los orientales -como se denominaba entonces a los habitantes al este del río Uruguay- no buscaban formar un país nuevo.
Ellos querían que los brasileños se fueran de su territorio y les permitieran ser parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cuya capital era Buenos Aires.
No fue hasta cinco años después que Uruguay tuvo su primera Constitución, lo que le dio forma jurídica al Estado, y por ello muchos señalan esa fecha como la verdadera emancipación.
Sin embargo, un hecho que ocurrió en el medio marcaría su destino como país: la firma en Río de Janeiro de un documento llamado “Convención Preliminar de Paz” en 1828, que acabó con la pretensión del territorio tanto de parte de Brasil como de lo que posteriormente conoceríamos como Argentina.
El artífice de ese pacto no fue un oriental; es más, ningún oriental estuvo presente en la firma del pacto, no tuvieron ni voz ni voto, y simplemente se enteraron semanas después por carta.
Quién había tejido ese acuerdo era un diplomático llamado Lord Ponsonby.
Había sido enviado al Río de la Plata por el rey británico de entonces, Jorge IV, para poner fin a la disputa territorial que impedía el comercio marítimo por esas latitudes y, por tanto, colocar sus productos.
Tal fue el éxito de Lord Ponsonby en la misión que le había encomendado el rey en Sudamérica que dos años más tarde le designó una tarea similar, pero esta vez en Europa.
Se conformaría entonces “una hermandada secreta, una hermandad de escritorio”, dice el uruguayo Ramiro Cabrera, director del documental “Ponsonbyland”, que investiga el nexo entre Bélgica y Uruguay, dos países en los que este lord británico jugó un papel clave para su nacimiento.
El noble y la amante del rey
Si bien se desconoce con exactitud, se cree que el John Ponsonby nació en torno a 1770 en Kilkenny, Irlanda, en una familia de la nobleza cuyos descendientes siguen hasta hoy en los pasillos de la política británica.
Hijo de William Ponsonby y Louisa Molesworth, fue miembro del parlamento irlandés en su juventud y luego pasó a la cancillería en Londres.
Ponsonby era un hombre alto y muy atractivo. Tanto que en una ocasión, estando en París durante la Revolución Francesa, fue detenido por aristócrata pero luego liberado ante el pedido de un grupo de parisinas que acudieron a su rescate porque era “demasiado guapo para ser ahorcado”, según cuenta Jack Fairey en su libro The Great Powers and Orthodox Christendom.
Por eso, Jorge IV quiso mandarlo muy lejos. Los rumores de la época dicen que la cercanía de Ponsonby con una de las amantes del rey, Lady Conyngham, y los celos que eso provocó en el monarca hicieron que se asegurara una misión bien al sur del continente americano.
Primero estuvo en misión en Buenos Aires y luego viajó a Río de Janeiro. En sus contactos políticos descubrió que ninguna de las dos partes iba a ceder a la otra el territorio habitado por aquellos orientales, y que la mejor manera de solucionar el diferendo era crear una nueva nación, un estado tapón, que funcionara como amortiguador entre las dos potencias sudamericanas.
Sus exitosas labores para destrabar el conflicto rioplatense, sumado a que en 1830 asumió como primer ministro de Gran Bretaña su cuñado, el conde Grey, lo llevaron a ser designado a otra tarea donde debería tejer y tejer para conseguir que primara el interés británico.
Al norte de Francia, en el Reino Unido de los Países Bajos, había serias diferencias entre los pueblos belga y neerlandés, y este último era el que dominaba, con el rey Guillermo I a la cabeza.
Para París, quedarse con el control de ese territorio, o al menos que fuera parte de su zona de influencia, era un botín interesante. Pero Londres lo quiso impedir.
“Allí tendría que hacer un trabajo quirúrgico y que no se note”, cuenta Cabrera.
“¿Molestar a los franceses?”
“¿Los belgas son un invento del Reino Unido para molestar a los franceses?”.
La pregunta se la hace la periodista belga Eva Moeraert en el documental “Ponsonbyland”.
En 1830 se desató la revolución belga, un levantamiento contra el poder de La Haya por el descontento de la población con Guillermo de Orange, el calvinismo y la intención de neerlandizar todo el territorio.
Si bien la independencia no era lo primero que buscaba la revolución, las élites católicas de esa región no se sentían representadas en el Reino Unido de los Países Bajos. Y algunos sentían mucho mayor afinidad con Francia.
Con el triunfo de la insurrección, Lord Ponsonby fue designado como enviado diplomático en Bruselas. Su misión: impedir que Francia se impusiera ante el pueblo belga.
“Sus antecedentes liberales, su rango como noble de Gran Bretaña y su conexión con Lord Grey fueron considerados presagios favorables antes de su llegada; mientras que su atractivo semblante, su noble y cortés porte, su perfecta serenidad y la afabilidad de sus modales produjeron los mejores resultados tan pronto como fue presentado al gobierno provisional y a otras personas influyentes”, describió Charles White en su libro “La revolución belga de 1830”, publicado cinco años después de aquella fecha.
En febrero de 1831, los congresistas y revolucionarios belgas debían votar quién los gobernaría, y una parte quería que fuera Luis de Orleans, hijo del rey de Francia, Luis Felipe.
Eso no coincidía con los intereses de Londres, por lo que Ponsonby entró en acción.
“Era un gran esgrimista oral, y hay algunas correspondencias donde más libre de cuerpo dice: ‘Si de acá a un tiempo todo marcha bien, acá mandamos nosotros en lo que importa’”, relata Cabrera.
Uno de sus enemigos políticos de la época, el sacerdote belga Pierre Corneille Van Geel, describió su incursión de esta manera:
“A su llegada a Bruselas, Lord Ponsonby se situó a la cabeza de los principales partidos y se mostró como amigo y protector de todos ellos. El objetivo de esta táctica era ganarse la confianza de los líderes de esos mismos partidos; muy pronto percibió con qué facilidad podría convertirlos tanto en incautos como en cómplices, según sus propios designios y en aras del éxito de la ignominiosa trama que Lord Grey —su cuñado— le había encomendado llevar a cabo”.
Ponsonby dejó que los nombres de los candidatos corrieran hasta su desgaste. Y cuando tuvo la oportunidad, colocó como rey a Leopoldo I, un príncipe alemán que tenía el visto bueno de los británicos, que les daría acceso al río Escalda y, por ende, al puerto de Amberes, uno de los más importantes de Europa.
Al firmarse en Tratado de Londres en 1839, donde Países Bajos reconoció la independencia de Bélgica, Gran Bretaña marcó a fuego al país al exigirle su neutralidad ante conflictos europeos.
“Nosotros fuimos el experimento, y Bélgica la patente de la fórmula del estado tapón”, resume Cabrera.
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