La mina de turquesa donde nació nuestro alfabeto (y cuáles fueron las primeras palabras que encontraron)

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A principios del siglo XX, en un remoto lugar de la península del Sinaí, la pareja de arqueólogos William y Hilda Petrie hizo un descubrimiento fascinante.

Sucedió en un sitio llamado Serabit el-Khadim, una antigua región minera del suroeste del Sinaí, explotada desde época faraónica y asentada sobre una meseta rocosa.

En uno de sus puntos más elevados, dominando el paisaje circundante, antaño se alzaba un templo en honor a la antigua deidad egipcia Hathor, la diosa del cielo, las mujeres, la fertilidad y el amor, y patrona de muchos minerales.

Por esos lares la llamaban “Dama de la Turquesa”, pues esa era la piedra semipreciosa que se extrajo de allí por milenios.

Para los antiguos egipcios, la turquesa era un ingrediente importante para resucitar los faraones a la vida eterna. Su vibrante tono azul verdoso no solo decoraba las paredes de sus suntuosas tumbas, sino que simbolizaba la alegría, la felicidad y la vida.

No obstante, la tenían que ir a buscar a esos territorios inhóspitos lejos del fértil Nilo, así que le rezaban a Hathor para que los protegiera al embarcarse en la peligrosa tarea de arrancársela a la roca del desierto.

En las ruinas del complejo del templo, los Petrie, como otros exploradores antes que ellos, encontraron decenas de grandes lápidas de piedra llamadas estelas, muchas cubiertas con jeroglíficos.

Eso no los sorprendió: para cuando fueron escritas, los egipcios llevaban utilizando esa compleja escritura pictórica durante más de mil años.

Ruinas egipcias, conocidas como Serabit el Khadim, en Gebel Garabe. Litografía coloreada de Louis Haghe, basada en David Roberts, 1849.

Wellcome Collection
En las ruinas del templo a la diosa Hathor, establecido en el siglo XX a.C., las estelas cuentan historias sobre quienes trabajaron en las minas de turquesa.

Las estelas, además de revelar por qué se había construido un templo en un lugar tan lejano, relataban toda clase de historias, como le contó a la BBC el egiptólogo Pierre Tallet.

En una de ellas, por ejemplo, el autor empieza lamentando que lo hubieran enviado al Sinaí en verano, cuando hacía demasiado calor, pero al final el relato se torna alegre pues cuenta que su expedición ha extraído más turquesa que todas las anteriores, y que todos regresarían sanos y salvos al valle del Nilo.

Otra estela muestra que no eran solamente egipcios los que trabajaban en las minas.

“En la parte inferior, aparece una persona montada sobre un burro y otra lo está guiando”, señala Tallet.

“Los egipcios nunca eran representados montando en burro. Esa es una representación típica de alguien del Negev, alguien que había venido de oriente”, explica.

Incluso se sabe quién era esa persona, ya que había participado en más de una expedición, y aparece en otra estela. Los jeroglíficos nos dan su nombre: “El hermano del príncipe de Retenu, Khebdeb, se une a la expedición para ayudar a los egipcios”.

Retenu era un nombre egipcio para la tierra bíblica de Canaán.

Tallado en piedra, un hombre sobre un burro y otro guiándolo

BBC
Los egipcios solían aparecer representados sobre camellos, no burros.

Pero fue adentro de las minas donde los Petrie hicieron su sorprendente descubrimiento.

“Hilda pisó una piedra, la recogió y le dijo a Petrie: ‘Aquí hay algo’”, le contó a la BBC la egiptóloga Orly Goldwasser.

“En esa piedra en la mina vieron la primera inscripción en algo muy extraño que nadie había visto antes”, continuó.

“Petrie la miró y dijo: ‘Esto no es egipcio. Parecen jeroglíficos feos, pero hay muy pocos signos. Esto podría ser un alfabeto’… ¡BUM!”.

Buey, casa, camello…

Hasta el día de hoy persiste una disputa sobre quiénes inventaron la escritura: los babilonios, con la cuneiforme, o los egipcios, con los jeroglíficos.

Lo que nadie niega es que fue un salto conceptual brillante, aquel de registrar lo que está en la mente de manera que pueda transportarse a muchas otras mentes más.

Se llama el Principio de Rebus, la idea de que una imagen puede representar más que el objeto mismo, lo que permite expresar hasta lo intangible.

Ese salto, además, lo dieron de forma independiente los chinos y los mayas.

Pero los Petrie se habían topado con algo que iba más allá.

Raspados sobre rocas, vasijas y objetos, encontraron garabatos de una naturaleza inesperada pero extrañamente familiar.

Parecía que en ese período tan temprano, alrededor del 1700 a.C., los mineros y los esclavos semitas habían comenzado a utilizar un nuevo sistema informal de grafiti, brillantemente simple, infinitamente adaptable y perfectamente transportable.

Era el alfabeto.

Una inscripción en una pared, en forma de la cabeza de un buey simplificada.

BBC
Labrada en una de las paredes de la mina de turquesa está una de las primeras “A” de la historia.

Habían llegado a él usando lo que se llamaría principio de la acrofonía, un método de escritura donde un símbolo pictográfico o ideográfico de un objeto se usa para representar el sonido inicial de la palabra que nombra ese objeto.

La que se convirtió en la primera letra de la mayoría de los alfabetos del mundo, por ejemplo, empezó como un buey, el animal de granja más importante de la época en aquella región.

En el lenguaje canaanita, la palabra para buey era “aluf”, “alf” o “alef”, así que si dibujaban la cabeza de un buey, al ver el dibujo, no se leía como “alef”, sino que se quedaban sólo con la “A”.

Entonces, así como cuando necesitaban el sonido “A” pintaban la cabeza de un buey, para la “B” hacían una casa (que se decía “bait”) o para la “G”, un camello o “gamal”.

Parece obvio pero, si te pones a pensar, fue una hazaña sofisticada. Tuvieron que analizar su idioma para separar todos los sonidos principales y solo luego acordar un dibujo para representar cada sonido.

Era un concepto tan distinto que los egipcios, quienes llevaban la delantera con su hermoso lenguaje escrito, ya habían hecho algo similar para deletrear nombres extranjeros como Cleopatra (que era griego), pero nunca se dieron cuenta de que tenían un alfabeto dentro de su sistema.

Seguían utilizando los alrededor de 600 signos de sus jeroglíficos, mientras que esta escritura que aparecía a su lado, sólo requería de unos 30.

Eso la hacía más democrática: no se necesitaban años de instrucción para aprender a usarla.

Por si fuera poco, ese ejemplo tan temprano de escritura alfabética, conocida como escritura protosinaítica, guardaba un asombroso parecido con la nuestra.

Y no solo es similar al nuestro.

Ese revolucionario primer alfabeto viajó de su tierra natal con los fenicios hacia el Mediterráneo y de ahí más y más allá hasta conquistar tres cuartas partes del planeta.

Su influencia se extendió geográfica y temporalmente, de manera que incluso alfabetos lejanos en tiempo y espacio llevan su impronta.

Las letras se fueron volviendo más abstractas y cambiando de forma pero, a pesar de sus variantes cirílicas y árabes, y la infinidad de idiomas que lo han usado para escribir, los expertos aseguran que pueden rastrear las huellas de ese primer alfabeto en los demás.

Tanto que llegan a afirmar que es posible considerar que existe esencialmente un solo alfabeto en todo el mundo.

El orden de los factores

¿Por qué empezar por “A”, “B”, “C” y no por “J”, “X”, “M”? ¿Quién decidió cuál sería el orden del alfabeto?

La verdad es que sigue siendo un enigma. No se sabe por cuál motivo el abecedario está organizado de esa manera.

Sin embargo, hay historias que revelan la razón de que algunas de las letras estén donde están.

El español heredó el abecedario latino; los romanos lo habían recibido, vía los etruscos, de los griegos, quienes lo habían adoptado de los fenicios, que llevaron la escritura protosinaítica al Mediterráneo.

De herencia en herencia, las primeras letras quedaron así por tradición: del hebreo, “alef”, “bet”, “gimel”, al griego “alfa”, “beta”, “gama”, y en latín, “A”, “B”, “C”.

Y sí, ahí hay una “G” que se volvió “C”.

Lo que pasó fue que el latín primitivo utilizaba la letra “C” tanto para el sonido /k/ como para /g/, pues el alfabeto etrusco, del que el latín tomó sus letras, no tenía una “G” independiente.

Más tarde, la “G” fue creada (hacia el siglo III a.C.) mediante la modificación de la “C”, con el fin de distinguir el sonido /g/.

La nueva letra se insertó en el alfabeto, pero para explicarte por qué quedó de séptima, primero tengo que contarte lo que le pasó a la “Z”.

Alfabeto sin la J ni la W

Getty Images
En este ejemplo del alfabeto de manuscrito medieval, basado en una biblia que perteneció a Carlos el Temerario, aún faltan algunas letras.

Al principio, el latín no tenía realmente el sonido /z/, así que cuando los romanos heredaron el alfabeto, les pareció prescindible, y la eliminaron.

Durante un tiempo, no hubo ningún problema.

De hecho, a la “G” la insertaron en lugar que había ocupado la descartada “Z”.

Pero a medida que Roma iba absorbiendo más cultura griega, surgió un pequeño inconveniente: ¿cómo escribir correctamente palabras griegas sin ella? La solución fue clara: había que recuperar la letra.

Ahora bien, el alfabeto latino ya estaba firmemente establecido, y nadie tenía ganas de reorganizarlo entero, así que se optó por una solución pragmática: reintroducir la Z, pero colocarla al final.

Siglos después, esa estrategia no se pudo repetir, así que hubo que abrir espacio para acomodar otras adiciones.

Hasta bien entrado el Renacimiento alto, ni la “J” ni la “U” existían como letras independientes, aunque sí como sonidos que compartían su representación gráfica con los símbolos “I” y “V”, de manera que, por ejemplo, el nombre Julius se escribía Ivlivs.

Las formas gráficas de “U” y de “J” habían empezado a aparecer en la escritura medieval, pero solo se consolidaron entre los siglos XVI y XVII, gracias a la influencia de la imprenta, los humanistas y los gramáticos.

La “W”, por su parte, llegó mucho más tarde.

No existía en el alfabeto latino clásico, pues era necesaria, pero se desarrolló en la Alta Edad Media en los idiomas germánicos como una “doble V”.

En español, se empleó primero solo en préstamos extranjeros (como nombres o palabras foráneas), y recién fue incorporada oficialmente al alfabeto por la Real Academia Española en 1969.

A cada una de esas tres recién llegadas se les hizo lugar junto a las letras con las que habían tenido tan estrecha relación: la “J” justo después de la “I”, y la “U” y la “W” a ambos lados de la “V”.

Lo mismo ocurrió con la “Ñ”, esa letra que es exclusivamente nuestra.

Aunque tiene una larga historia, pues se empezó a usar en la Edad Media para abreviar “nn” como “n” con una tilde, no fue incorporada oficialmente al abecedario por la Real Academia Española hasta 1803, y ocupó su sitio junto a la “N”.

Así que ya tienes lo prometido: un puñado de razones por las cuales algunas de las 27 letras del abecedario están donde están.

Pero al final, la colocación de las letras en el alfabeto parece esencialmente arbitraria, lo cual quizás no sea extraño pues, a diferencia del orden numérico, el de las letras no tiene un significado intrínseco.

Incluso si hubiera una forma más sensata de organizarlas, es dudoso que cualquier otra secuencia sería mejor o peor a la hora de leer o escribir.

De lo que sí no hay duda es que de la “A” a la “Z”, el alfabeto es una asombrosa proeza de ingeniería intelectual.

* Si quieres más fascinantes detalles sobre este tema, busca el documental de la BBC The Secret History of Writing.

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BBC

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