Creativo, rápido y nada ‘tonto’: cómo es tener dislexia

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Hasta un 20 por ciento de los estadounidenses presentan dislexia, un trastorno del aprendizaje que no está relacionado con el cociente intelectual.

A Erica Stock Williams la dislexia le viene de familia. Ella la padece, al igual que su padre y su hija de 16 años.

“Pasé gran parte de mi vida sintiéndome estúpida”, dijo Stock Williams, de 45 años, quien vive en Scotts Mills, Oregón. “La gente no entendía lo que ocurría realmente en el cerebro, y que no estaba relacionado en absoluto con tu cociente intelectual”.

Stock Williams dijo que esta condición, que puede dificultar la lectura y la escritura rápidas, también hacía más complicado el rendimiento escolar de su hija y mermaba su autoestima. Pero con ayuda, su hija adolescente lee ahora al mismo ritmo que sus compañeros y obtiene calificaciones sobresalientes en sus clases avanzadas.

Aun así, dijo Stock Williams, durante mucho tiempo su hija “sintió que algo estaba mal con ella”.

La dislexia, un trastorno del aprendizaje que afecta a las redes cerebrales responsables del procesamiento del lenguaje y de la lectura, continúa siendo ampliamente incomprendida. En la última semana, el presidente Donald Trump ha atacado en diversas ocasiones a Gavin Newsom, gobernador de California, por padecer dislexia. Sus comentarios han hecho aflorar estereotipos negativos y han subrayado el estigma que rodea a esta condición.

Trump dijo a mediados de marzo que Newsom, considerado un probable candidato presidencial demócrata, no era apto para el cargo porque es disléxico y lo calificó de “persona de bajo cociente intelectual”.

“Sinceramente, estoy a favor de las personas con problemas de aprendizaje, pero no si son mi presidente”, dijo Trump, quien tiene un historial de burlas a personas con discapacidades. “Todo en él es tonto”.

Aunque la dislexia se describe a menudo como palabras que saltan de la página y se mezclan, muchas personas que la padecen afirman que leer lleva más tiempo y esfuerzo, como si hubiera que descodificar manualmente cada frase en lugar de comprenderla de una manera fácil. Este trastorno afecta hasta al 20 por ciento de la población de Estados Unidos y suele diagnosticarse en la infancia.

El tratamiento precoz puede ayudar a rediseñar el cerebro y mejorar la capacidad lectora, dijo Jeffrey Brosco, pediatra del desarrollo de la Facultad de Medicina Miller de la Universidad de Miami, aunque la dislexia es una condición que dura toda la vida.

Las investigaciones han demostrado que la dislexia no está asociada a una menor inteligencia, y muchas personas con dislexia son creativas y piensan con rapidez, dijo Thomas Preston, director de neuropsicología del hospital universitario Stony Brook Medicine.

Ben Powers, presidente de la Fundación para la Dislexia, dijo en un comunicado que “la idea de que refleja un cociente intelectual bajo o limita la capacidad de liderazgo de alguien sencillamente no está respaldada por la ciencia”. Millones de personas con dislexia triunfan en los más altos niveles en todos los campos”.

Aun así, la dislexia puede resultar angustiosa y aislante, sobre todo cuando un niño tiene dificultades sin entender por qué. “No podía leer, no podía deletrear, no podía escribir”, escribió Newsom en sus memorias recientes sobre su crecimiento con dislexia grave. “Salía corriendo de la habitación gritando que no sabía qué le pasaba a mi cerebro”.

Para los niños pequeños, la dislexia puede ser especialmente desmoralizante.

La dislexia de Tessa Balderrama a veces iba acompañada de un persistente sentimiento de ineptitud, “como si sintiera que debería ser más lista que esto”, dijo. En la escuela, cuando la elegían al azar para leer en voz alta en clase, se esforzaba por procesar las palabras de la página y pronunciarlas correctamente. Fue “la mayor pesadilla de mi vida”, dijo Balderrama.

Algunos niños afrontan esta angustia portándose mal y metiéndose en líos, dijo Brosco, mientras que otros la interiorizan y se sienten tristes, ansiosos o deprimidos. El aislamiento y la falta de comprensión “pueden impulsar un ciclo de marginación social, educativa y, en última instancia, profesional”, añadió Preston. Pero con las adaptaciones y la apoyo adecuados, como las tecnologías de asistencia a la lectura, las personas con dislexia pueden prosperar en la escuela y más allá.

A Abby Van Metre, de 27 años, especialista en neurociencia de Miami, le diagnosticaron dislexia en el primer grado tras tener dificultades para leer y hacer operaciones matemáticas básicas. Pero dijo que su madre reconoció su potencial desde el principio y buscó apoyo y adaptaciones para ella, como terapia visual y ampliación del tiempo para los exámenes.

A su vez, Van Metre aprendió a asociar sonidos, recuerdos y colores con las palabras escritas para procesarlas mejor. Con el tiempo, llegó a ver su dislexia como un motivo de orgullo y como algo que le ayudaba a pensar de forma no lineal.

Hoy, Balderrama, de 25 años, trabaja en marketing en Austin, Texas, y atribuye a su dislexia el mérito de haberla ayudado a destacar en su trabajo creativo, incluido el diseño gráfico. “Tienes que ser paciente contigo misma y aceptar que te va a llevar un poco más de tiempo que a los demás leer esto o entenderlo”, añadió. Pero Balderrama cree que esto también la ha hecho más empática y comprensiva.

Stock Williams nunca recibió el tipo de apoyo que ha tenido su hija, como clases particulares o un programa educativo individualizado en su colegio. Tampoco su padre, a quien no le diagnosticaron dislexia hasta los 50 años. Apenas terminó el bachillerato, pero acabó convirtiéndose en un empresario de éxito.Ver lo diferentes que son las cosas para su nieta, dijo, “le hace llorar”.

Simar Bajaj cubre salud y bienestar para el Times.

Christina Caron es reportera del Times y cubre salud mental.

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