Las familias de la NASA no van a la Luna, pero también están en la misión

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Mucho antes de que se produzca el despegue, no solo los astronautas sienten la carga de tal riesgo, sino también sus seres queridos.

Cuando el astronauta Reid Wiseman supo que comandaría la misión Artemis II de la NASA para viajar alrededor de la Luna, su reacción inmediata no fue de entusiasmo.

“Fue bastante pesado”, dijo Wiseman en el pódcast Curious Universe de la NASA. Eso se debe, en parte, a que es padre de dos hijas en una familia monoparental.

“No fue como si te tocara la lotería y salieras corriendo a saltar de alegría”, dijo. “No fue esa sensación en absoluto”.

Aventurarse al espacio siempre ha sido peligroso. Pero el riesgo de Artemis II es aún mayor. El vuelo de prueba es la primera vez que los humanos van a la Luna en más de medio siglo, y la misión utiliza un vehículo que nunca antes había llevado astronautas al espacio.

Mucho antes de que se produzca el despegue, no solo los astronautas sienten la carga de tal riesgo, sino también sus seres queridos.

“El lanzamiento es un acontecimiento culminante que ocasiona estrés”, dijo James Picano, psicólogo del Centro Espacial Johnson de la NASA en Houston, quien trabaja para apoyar a las familias de la misión Artemis II. Pero “hay una cantidad increíble de estrés en una familia antes incluso de que se produzca el lanzamiento”.

Para ellos, añadió, “la misión comienza en la asignación”.

La NASA seleccionó a la tripulación de Artemis II en 2023, casi tres años antes del lanzamiento de la misión el miércoles.

El entrenamiento de los astronautas es riguroso y requiere mucho tiempo, incluso para los viajes más rutinarios a la Estación Espacial Internacional. La tensión que suponen los largos periodos de tiempo lejos de los cónyuges y los hijos se ve amplificada por los intensos calendarios y la ambigüedad de unos plazos que siempre están cambiando.

Catherine Hansen, quien está casada con Jeremy Hansen, especialista de la Agencia Espacial Canadiense en la misión Artemis II, describió el estrés que supuso compaginar diversas reuniones informativas y la elaboración de planes de contingencia antes del lanzamiento a la Luna.

“Es algo que absorbe por completo a toda nuestra familia”, escribió en un publicación de Facebook. (Los Hansen tienen dos hijas y un hijo). La planificación se hizo aún más difícil por la necesidad de prepararse para el peor de los casos, añadió, “conversaciones que ninguna familia de un astronauta que va a la Luna quiere tener jamás, pero que son absolutamente necesarias”.

Cuando la NASA empezó a enviar astronautas al espacio en la década de 1960, las esposas y los hijos disponían de poco apoyo formal.

Tracy Scott, socióloga de la Universidad de Emory que investiga la vida de las familias de los astronautas, describió la agencia espacial de entonces como “mucho más parecida a una empresa emergente”: pequeña, informal y casual.

“Todo el mundo se conocía”, dijo Scott, cuyo padre, el comandante David Scott, voló en los programas Gemini y Apolo de la agencia.

En las unidas comunidades que rodean las instalaciones de entrenamiento de astronautas de la NASA en Houston, las familias forjaron sus propios lazos de apoyo.

Los astronautas de misiones anteriores visitaban las casas de los miembros de la tripulación en el espacio para explicarles lo que estaba ocurriendo. Algunas de las mujeres, unidas por la experiencia compartida de criar a sus hijos mientras estaban casadas con maridos ausentes que tenían carreras peligrosas, formaron el Club de Esposas de Astronautas (objeto de un libro y una serie de televisión).

Las familias se vieron expuestas a la opinión pública, ya que los reporteros se instalaban en sus jardines e incluso dentro de sus casas. La NASA no proporcionó capacitación para tratar con los medios de comunicación, aunque muchas de las esposas disfrutaron de ser el centro de atención.

Según Scott, empezaron a aparecer recursos psicológicos, médicos y financieros más formales para las familias de los astronautas después del desastre del Apolo 1 de 1967, en el que tres tripulantes perdieron la vida.

“Pero en aquel momento se desarrollaron un poco guiados por el instinto”, dijo.

A medida que la NASA crecía, la cultura pasó a ser menos personal y más burocrática, y las familias de astronautas desaparecieron de la vista del público. El Club de Esposas de Astronautas se transformó en una organización conocida como Grupo de Cónyuges de Astronautas, que está en comunicación con la Oficina de Apoyo a las Familias de Astronautas de la NASA y su grupo de Operaciones de Salud Mental y Rendimiento.

“Las necesidades familiares y el apoyo a la familia han cobrado especial relevancia”, dijo Picano, y añadió que esos recursos eran esenciales para el éxito de las misiones, pues permiten a la tripulación a bordo concentrarse plenamente en las tareas en el espacio.

Picano ha trabajado con Anna Morgenthaler, psicóloga de la NASA, para ofrecer terapia, revisiones rutinarias y otros servicios a las familias de los astronautas que se dirigen a la Estación Espacial Internacional.

Pero el grupo ha tenido que replantearse estrategias de apoyo para el programa Artemis, que planea establecer una presencia sostenida en la Luna y enviar astronautas a Marte. La exploración del espacio profundo conllevará nuevos retos para las familias.

Un gran problema será la comunicación.

En la Estación Espacial Internacional, los astronautas pueden mantenerse en contacto con la gente de la Tierra por correo electrónico, teléfono y videollamadas. Las tripulaciones de Artemis, en cambio, tendrán menos oportunidades para conectar con sus seres queridos. Las comunicaciones con los astronautas en la Luna sufren un breve desfase temporal. Las familias de los tripulantes de Artemis II recibieron formación sobre qué esperar y cómo sortear esos retrasos.

Para esta misión, también habrá un breve periodo de tiempo el lunes en el que nadie –ni siquiera el control de la misión– podrá hablar con los astronautas, ya que estarán detrás de la Luna.

“Puedes imaginar algunas de las emociones complejas que podrías sentir como familiar”, dijo Morgenthaler. “Estás emocionado, estás orgulloso de ellos, pero también hay cierta ansiedad y cierto temor ante los posibles riesgos”.

Dos semanas antes del lanzamiento, los astronautas entraron en cuarentena en Houston con sus familias. La tripulación viajó separada de sus seres queridos al Centro Espacial John F. Kennedy de Florida cinco días antes del despegue.

“Este tiempo al final es probablemente el tiempo más precioso que puedes tener”, dijo Wiseman en una entrevista en enero desde la cuarentena en Houston antes de un intento de lanzamiento que se pospuso. “Tienes un momento para pensar en lo que es verdaderamente valioso en tu vida”.

El miércoles por la tarde, los astronautas, vestidos con trajes espaciales de color naranja brillante, se alinearon frente a sus seres queridos para compartir las últimas despedidas. Victor Glover, piloto de Artemis II, lanzó besos a su mujer y a sus cuatro hijas. La especialista de misión Christina Koch formó un corazón con los dedos hacia su marido.

Después, la tripulación subió a una furgoneta que los condujo a la plataforma de lanzamiento, se abrocharon los cinturones de sus asientos dentro de una nave espacial situada en la parte superior del cohete gigante de la NASA y despegaron hacia el espacio.

Los astronautas no pudieron hablar con sus familias hasta el tercer y cuarto día de la misión. En una videollamada con NBC News, Wiseman describió la conversación con sus hijas como “surrealista”, mientras él y el resto de la tripulación se dirigían a toda velocidad hacia la Luna.

“Por un momento, me reuní con mi pequeña familia”, dijo. “Fue el mejor momento de toda mi vida”.

Timothy Bella colaboró con reportería.

Katrina Miller es periodista de ciencia del Times y reside en Chicago. Obtuvo un doctorado en física por la Universidad de Chicago.

Timothy Bella colaboró con reportería.

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